La compañía
Capítulo 108
La elevada verja de hierro forjado comenzó a abrirse, pero con una lentitud exasperante.
Audrey se puso a tamborilear sobre el volante, hasta que por fin dijo:
—Por favor, haga que la puerta se abra más deprisa. No hay tiempo que perder.
—Lo siento, no puedo —contestó el guardia—. Esta puerta no se abre más deprisa. Lo lamento.
—Deja el cuchillo, Cassie —dijo Nick con forzada serenidad, empleando un tono suave y persuasivo.
—Cuando haya concluido mi tarea, Nick. Estoy muy cansada. Sólo quiero terminar con esto. Tiene que terminar.
—Tu tarea —repitió Nick, aturdido—. Te lo suplico, Cassie. ¿Qué les has hecho? —Nick se sintió abrumado por el miedo.
«Te lo ruego, Señor, los niños no, Jesús, no».
—¿A quiénes te refieres? —inquirió Cassie.
«Eso no, Dios mío, los niños no».
—A… mi familia.
—Ah, ellos están a salvo, Nick. Como debe estarlo una familia. A salvo. Protegida.
—Por favor, Cassie —musitó Nick con voz entrecortada y los ojos empañados por las lágrimas—. ¿Dónde están mis hijos?
—A salvo, Nick.
—Por favor, dime que están… —Nick se detuvo, incapaz de pronunciar la palabra «vivos», sin poder formarla siquiera en su mente, porque lo contrario era impensable.
—¿No les oyes? —preguntó Cassie, ladeando la cabeza—. ¿No les oyes aporrear la puerta? Están encerrados a salvo en el sótano. Sé que puedes oírlos.
Al indicárselo Cassie, Nick aguzó el oído y oyó unos golpes lejanos. ¿Estaban aporreando la puerta del sótano? Nick casi suspiró de alivio, sintiendo que las piernas apenas le sostenían. Cassie los había encerrado en el sótano. Estaban vivos.
De donde provenía el gas.
—¿Dónde está Eddie? —balbució Nick.
«Por favor, Dios mío, si Eddie está en el sótano, ya se le ocurrirá la forma de sacarlos de allí, derribando la puerta o haciendo un agujero en ella. Maldito sótano sin ventanas. Los orificios de ventilación son demasiado reducidos para que pasen a través de ellos. Pero a Eddie se le ocurrirá alguna manera de sacarlos de allí».
Cassie negó con la cabeza.
—Eddie no está allí. Nunca me he fiado de él —dijo, agitando el encendedor. La calavera parecía observar a Nick con expresión burlona.
—No lo hagas, Cassie. Nos matarás a todos. Te suplico que no lo hagas, Cassie.
Ella siguió agitando el encendedor de un lado a otro, sin retirar el pulgar de la ruedecita.
—Yo no le pedí que viniera. Te lo pedí a ti. Eddie no es de la familia.
Nick miró desesperado alrededor de la cocina, y de repente se fijó en un cuerpo que yacía en el césped. A través del cristal de las contraventanas Nick reconoció el cuerpo de Eddie.
Vio que la pechera de la camisa de color claro de Eddie tenía una mancha oscura.
Vio que estaba en el suelo como un monigote, espatarrado.
Al comprender lo sucedido, Nick hizo un esfuerzo sobrehumano para no gritar.
Audrey no soportaba la lentitud con que se abría la puerta de la verja, con una parsimonia casi deliberada, como si los residentes de la urbanización Fenwicke no tuvieran nunca prisa, porque la prisa era poco elegante.
«¡Ábrete de una puñetera vez!», gritó Audrey mentalmente.
Sujetó el volante con fuerza al tiempo que daba unos golpecitos con el pie en el acelerador.
«¡Venga ya!».
Audrey sabía lo que iba a ocurrir, lo que haría esa pobre demente, al igual que había hecho antes. Cassie Stadler había conseguido entrar en casa de los Conover, lo cual, bien pensado, no debió de resultarle muy difícil. Ella y Conover habían mantenido una relación íntima; incluso era posible que le hubiera dado una llave. Sin duda había sucedido algo que la había disgustado, que la había hecho sentirse rechazada. El doctor Landis había dicho que Cassie Stadler padecía un trastorno límite de personalidad, con un peligroso componente psicótico.
Cassie Stadler iba a incendiar la casa de los Conover.
Audrey rogó al Señor que los niños no estuvieran allí. Era pronto por la tarde, quizá se encontraran aún en el colegio. Quizá la casa estuviera desierta. En tal caso, lo peor que podía pasar era que el edificio quedara destruido.
Quizá no hubiera nadie. Audrey rezó para que así fuera.
—Deja el encendedor, cariño —dijo Nick con voz aterciopelada, haciendo acopio de todo el afecto que era capaz de fingir—. ¿Estás disgustada por lo de Maui? ¿Porque no te he invitado a venir con nosotros?
Maldito cuchillo. A la primera oportunidad Nick se arrojaría sobre Cassie y se lo arrebataría.
¿El encendedor? Cassie no tenía más que encender su Bic; podía saltar una chispa accidentalmente. Nick tenía que ser prudente con eso.
—¿Por qué ibas a invitarme a un viaje familiar, Nick? Es sólo para la familia, y yo no soy de la familia.
Nick lo comprendió todo. Comprendió que no conocía a Cassie, que nunca la había conocido, que sólo había visto en ella lo que había querido ver.
La propia Cassie lo había dicho. «No vemos las cosas como son —había dicho en cierta ocasión, citando a alguien—, sino como somos nosotros».
Pero Nick sabía lo suficiente sobre Cassie para comprender lo que decía en esos momentos.
Audrey percibió el olor a gas en cuanto se apeó del coche.
Vio los tres vehículos aparcados frente a la casa, dos de ellos pertenecientes a Nicholas Conover, el otro no lo reconoció. No era el coche de Bugbee. Éste se encontraba en el otro extremo de la ciudad. Tardaría un rato en llegar. Audrey confió en que estuviera en camino, a toda velocidad, con las sirenas y las luces encendidas.
Su intuición le indicó que no entrara por la puerta principal. En estas situaciones, Audrey siempre hacía caso de su intuición.
Audrey sacó la pistola de la sobaquera y echó a andar a través del amplio césped, de un verde muy intenso, hacia la parte posterior de la casa, por donde entraría sigilosamente.
Optó por el ala derecha, donde Audrey recordó que estaba la cocina. Al rodear el edificio vio una figura de pie en la cocina, una figura menuda, delgada, y comprendió que era Cassie Stadler.
De pronto Audrey vio el cuerpo postrado sobre la hierba.
Audrey se agachó y echó a correr hacia la persona que estaba tendida en el suelo.
Era un espectáculo atroz. ¡Cielo santo! Se trataba de Edward Rinaldi, y parecía que le habían destripado.
Tenía los ojos abiertos, fijos en el cielo, una mano crispada junto a su abdomen, la otra extendida hacia la cocina. Llevaba una camiseta de punto color beige cosida a puñaladas.
La mayor parte de la pechera estaba empapada en sangre, que había formado un charquito sobre el verde césped.
Audrey se arrodilló y le tomó el pulso.
No estaba segura.
Si aún le latía el pulso, era tan leve que Audrey no lo detectó. Quizá aún estuviera vivo. O quizá no.
Audrey le tocó la arteria carótida y no sintió el pulso, y en ese momento comprendió que Eddie Rinaldi estaba muerto.
No podía hacer nada por él. Audrey dejó el arma en el suelo, sacó el móvil y llamó a Bugbee, que contestó de inmediato.
—Notifica al forense —dijo Audrey—. Y pide una ambulancia.
Audrey no se había sentido nunca tan aterrorizada como en esos momentos, pese a haber estado presente en unos escenarios de crímenes horripilantes. Se levantó y rodeó la casa a la carrera.
—Dios, ni siquiera pensé en ello —dijo Nick sacudiendo la cabeza—. Tenía tanta prisa por llevarme a los niños de la ciudad, por irnos de vacaciones, que la pifié. Me equivoqué.
—Déjalo, Nick —respondió Cassie, pero Nick observó un cambio de expresión en sus ojos, como si deseara creerle.
—Lo digo en serio, ¿cómo iban a ser unas vacaciones realmente familiares sin ti? Te has convertido en una parte importante de la familia, cariño, te lo aseguro. De no haber estado tan absorto en todo lo ocurrido en la oficina, yo…
—Déjalo, Nick —repitió Cassie, alzando la voz y con tono petulante—. Por favor.
—Podemos seguir siendo una familia, Cass. Es lo que quiero. ¿Y tú?
Cassie tenía los ojos húmedos.
—Ya he pasado antes por eso, Nick. Me conozco el guión de memoria.
—¿A qué te refieres? —Sintiendo que el corazón le latía violentamente, Nick observó que el destello de esperanza que había visto en los ojos de Cassie se disipaba, como un fuego que se extingue.
—Los primeros signos. Siempre es igual. Te acogen y hacen que te sientas parte de la familia, y luego siempre ocurre algo que lo estropea todo. Hay una línea que nunca te permiten cruzar. Un muro de piedra. Como ocurrió con los Stroup.
—¿Los Stroup?
—Un buen día, sin razón alguna, me dicen que no vaya más, que me paso el día en su casa. Trazan unos límites. Son una familia, de la que tú no formas partes. A lo mejor es así como tiene que ser. Pero no puedo volver a pasar por eso. No lo soportaría.
—Te equivocas, cariño —dijo Nick—. No es demasiado tarde. Aún podemos ser una familia.
—A veces tiene que terminar un mundo. Para que puedan nacer otros.
El aullido electrónico, persistente, ensordecedor.
Audrey pensó en entrar por la contraventana que conducía a la cocina, pero rechazó esa opción. No. Debía proceder con cautela. Echó a correr hacia las siguientes cristaleras, pero también estaban cerradas. ¿No había ninguna trampilla o puerta que condujera al sótano?
Todo indicaba que no.
Un sonido sibilante la atrajo hacia el otro extremo de la casa, junto a la valla que rodeaba la piscina. Audrey vio unas tuberías, y dedujo que eran los conductos del gas. En el suelo, junto a las tuberías, había unos objetos metálicos, y una llave inglesa. Parecían unas válvulas, que habían sido extraídas de las tuberías, y por eso el sonido sibilante era tan intenso, como si el flujo del gas hubiera aumentado.
Audrey pensó que esos conductos debían de llegar al sótano, porque era lo habitual.
En ese preciso instante oyó un grito que sobrepasó el sonido sibilante. Provenía de una rejilla de ventilación situada a unos cinco metros.
Audrey corrió hacia la rejilla y apoyó la cara contra ella. La rejilla emanaba un nauseabundo olor metálico a gas.
—¿Hola? —gritó Audrey.
—¡Estamos aquí! ¡Estamos aquí! —Era la voz de un adolescente varón. ¿El hijo de Conover?
—¿Quién eres? —preguntó Audrey.
—Lucas. Estoy con mi hermana. Ella nos ha encerrado aquí.
—¿Quién?
—Esa chiflada. Cassie.
—¿Dónde está tu padre?
—No lo sé. Ayúdanos, ¿quieres? ¡Vamos a morir aquí!
—Tranquilízate —respondió Audrey, aunque ella misma estaba muy lejos de sentirse tranquila—. Escucha, Lucas. Tienes que ayudarme. Vas a ayudarme, ¿de acuerdo?
—¿Quién es usted?
—La policía inspectora Rhimes, de la policía. Escúchame. ¿Cómo está tu hermana?
—Asustada, ¿cómo va a estar?
—Se llama Julia, ¿no es así? ¿Me oyes bien, Julia?
—Sí —contestó una vocecita aterrorizada.
—¿Tienes suficiente oxígeno ahí abajo?
—¿Qué?
—Acércate a la rejilla, cariño. Así respirarás aire del exterior. No pasará nada.
—De acuerdo —respondió la niña.
—Ahora, Lucas, dime si hay una luz piloto ahí.
—¿Una luz piloto?
—¿Estás cerca del calentador? Suele tener un piloto encendido, y si esa luz prende fuego a la nube de gas, toda la casa saltará por los aires. Tienes que apagarla.
—No veo ninguna luz piloto. —La voz de Lucas sonaba tenue, distante, como si se hubiera alejado para comprobarlo—. No hay nada de eso. Cassie debió de apagarlo para que el gas no se encendiera demasiado pronto.
«Un chico listo», pensó Audrey.
—De acuerdo. ¿Hay alguna llave para cerrar el gas? Debe de haber una en la pared, por donde entran las tuberías.
—Ya lo veo.
—¿Ves la llave?
Unos pasos.
—No, no veo ninguna llave de paso.
Audrey suspiró, tratando de buscar otra solución.
—¿Están abiertas algunas de las puertas de la casa?
—No lo sé. ¿Cómo quiere que lo sepa? —replicó el chico.
—Creo que están todas cerradas. ¿Hay alguna llave oculta en el exterior, debajo de una piedra o algo por el estilo?
Audrey oyó un chasquido metálico y por entre las barras de la rejilla apareció una pequeña llave de acero inoxidable.
—Use la mía —dijo el chico.
Los ruidos frenéticos que provenían del sótano tranquilizaron a Nick, porque significaba que sus hijos estaban vivos. En el breve silencio que se produjo, Nick oyó débilmente la voz de Lucas. Estaban vivos y trataban desesperadamente de salir de allí.
—Voy a llamar a la United ahora mismo —declaró Nick—. Conseguiré un billete para ti en nuestro vuelo cueste lo que cueste. En primera clase, si quieres, aunque supongo que preferirás sentarte con nosotros en preferente.
«No se te ocurra utilizar el teléfono, ni siquiera fingir que lo utilizas —se dijo Nick—. Podría encender el gas». Recordó haber leído en alguna parte que una mujer que tenía una fuga de gas en su casa había descolgado el teléfono para llamar a emergencias, y había saltado una chispa del circuito telefónico haciendo que la casa volara por los aires.
—A los niños les encantará. Te lo aseguro, cariño.
—Por favor, Nick. —Cassie siguió jugueteando con el encendedor, mientras en la otra mano, que mantenía perpendicular al cuerpo, sostenía el cuchillo.
Nick podía arrojarse sobre ella y derribarla al suelo, si lo hacía con cautela, si elegía el momento idóneo.
—Ahora te conozco —dijo Cassie en tono monocorde—. No puedes engañarme.
Audrey hizo girar sigilosamente la llave en la cerradura de la puerta posterior y la abrió.
Se oyó un pitido. El aviso de entrada del sistema de alarma.
Acababa de anunciar la llegada de Audrey.
La pestilencia era insoportable.
Audrey echó a andar lentamente, tratando de orientarse. No recordaba bien la distribución de la casa, pero oyó unas voces, femenina y masculina, y comprendió hacia dónde debía dirigirse.
¿Mantenía esa pobre loca a Conover como rehén? En tal caso, los pasos de Audrey al entrar podían distraerla, alarmarla, obligarla a cometer un disparate. La llave inglesa, las tuberías del gas… Todo indicó a Audrey que Cassie Stadler (no podía ser sino ella) había abierto todas las llaves de paso para hacer que la casa se llenara de gas, como había hecho anteriormente en otras ocasiones.
No tenía más que encender una cerilla para que la casa estallara, matándose a sí misma y a los niños en el sótano, y de paso a Audrey. Pero ¿por qué no lo había hecho aún?
A Audrey se le ocurrió una idea.
Cassie Stadler llevaba un rato llenando la casa de gas. Quizá esperaba a que invadiera toda la casa para provocar una explosión tan fuerte como fuera posible.
Sí. Eso era lo que estaba esperando. Los niños. Eso era lo primero, se dijo Audrey. Tenía que liberarlos.
Unos golpes en una puerta cercana le indicaron hacia dónde debía dirigir sus pasos. Una puerta en el pasillo. Audrey oyó a los niños, o quizá fuera sólo Lucas, aporreando la puerta.
Audrey giró apresuradamente el pomo, que emitió un sonoro y grato clic, y abrió la puerta. El chico salió precipitadamente y cayó de bruces al suelo.
—No hagas ruido —murmuró Audrey—. ¿Dónde está tu hermana?
—Aquí —respondió Lucas. La niña salió corriendo, sollozando, con la cara arrebolada.
—¡Salid de aquí enseguida! —murmuró Audrey señalando la puerta abierta—. ¡Daos prisa!
—¿Dónde está papá? —gimió Julia—. ¿Dónde está?
—Vuestro padre se encuentra bien —contestó Audrey, sin saber qué decir. Tenía que sacar a los niños de allí—. ¡Venga, fuera de aquí!
Julia salió como un rayo, abrió la puerta mosquitera y echó a correr a través del césped, pero Lucas no se movió. Se quedó mirando a Audrey.
—No dispare —dijo—. Prenderá fuego al gas.
—Lo sé —respondió Audrey.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Cassie.
—¿A qué te refieres?
—Ese sonido. La alarma. Alguien acaba de entrar en la casa.
Cassie se volvió lentamente y miró hacia una entrada y la otra, pero sin apartar mucho rato los ojos de Nick, para cerciorarse de que no se abalanzara sobre ella.
—Es curioso —dijo Cassie, fijando la vista en Nick—, cambié varias veces de opinión con respecto a ti. Primero te vi como el destructor de familias. Tú acabaste con la vida de mi padre cuando le despediste, de modo que tuve que hacerte comprender que tú tampoco estabas seguro.
—Las pintadas —dijo Nick, comprendiéndolo todo—. «No hay escondite posible».
—Pero entonces, cuanto te conocí mejor, creí que me había equivocado. Pensé que eras un buen hombre. Pero ahora ya sé cómo eres realmente. A veces la primera impresión es la buena.
—Deja el encendedor, Cassie. Tú no quieres hacer esto. Hablemos, analicemos la situación.
—¿Sabes lo que me desconcertó? Cuando vi lo buen padre que eras.
—Por favor, Cassie.
Detrás de Cassie había una puerta que daba acceso al pasillo trasero. Nick percibió un ligero cambio en la luz, una sombra. Un movimiento.
Una figura que se acercaba lentamente.
Nick comprendió que no debía romper el contacto visual con Cassie. Miró sus ojos enrojecidos, al tiempo que en su visión periférica distinguía a una mujer que avanzaba sigilosamente arrimada a la pared, hacia la cocina.
Era Audrey Rhimes, la inspectora de policía.
«No rompas el contacto visual». Nick se esforzó en mirar a Cassie a los ojos, que ésta apenas podía mantener abiertos, los cuales parecían unos pozos insondables de desesperación, angustia y locura.
—No eras como mi padre. Mi padre me temía, me seguía a todas partes, no me dejaba tranquila, pero jamás habría hecho por mí lo que tú haces por tus hijos.
—Tu padre te quería, Cassie, y tú lo sabes —aseguró Nick. La voz le temblaba un poco.
«No dejes de mirar a Cassie a los ojos».
La inspectora Rhimes avanzaba lentamente.
—Esa noche estabas aterrorizado. Lo vi desde donde me encontraba, en el bosque. Lo oí todo. Te oí decirle, «alto» y «¡no des un paso más o disparo!». —Cassie meneó la cabeza—. No sé lo que te dijeron sobre él, pero me lo imagino. Que era esquizofrénico, ¿no es así? Creíste que había sido mi padre quien había matado a vuestro perro. No sabías que sólo trataba de entregarte una nota diciendo que era inocente. Pensaste que iba a sacar una pistola. De modo que hiciste lo que debías hacer, lo valiente. Proteger a tu familia. Proteger a tus hijos. Apretaste el gatillo y le mataste, como habría hecho cualquier padre. Protegiste a tu familia.
«Joder. Yo le arrebaté a su padre y ella lo sabía desde el principio. Lo sabía ya antes de que nos conociéramos».
«Yo le arrebaté a su familia, y ahora ella me arrebatará a la mía».
Nick sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.
Cassie asintió en silencio, alzó la mano izquierda, en la que sostenía el encendedor, y Nick contuvo el aliento, pero Cassie se limitó a limpiarse la nariz con el antebrazo, porque estaba moqueando.
—Sí, yo estuve presente esa noche, Nick. Llegué antes que mi padre. Mi padre me seguía, como siempre. Sabía que yo había venido a hacerte otra visita. Yo te vi, Nick.
Nick vislumbró con el rabillo del ojo a la inspectora Rhimes, que avanzaba lentamente hacia ellos, aproximándose, pero no se atrevió a apartar la vista ni un milímetro del rostro de Cassie.
—Mi padre siguió acercándose a ti. Y por más que le dijiste que se detuviera, no lo hizo porque no entendió lo que le decías. —La voz de Cassie se tornó más grave, en una inquietante imitación de la voz de su padre—. «¡Jamás estarás a salvo!». «¡Jamás estarás a salvo!». —Cassie sacudió la cabeza—. Nunca olvidaré la expresión de tu cara después de haberlo matado. Jamás había visto a un hombre tan aterrorizado. Y tan compungido.
—Cassie, yo… ¡Dios, lo siento mucho! No sé qué decirte. He decidido afrontar lo que hice. Voy a responder por ello.
—¿Lo sientes? No me malinterpretes, no estoy disgustada. No te disculpes. Lo que hiciste fue muy hermoso. Protegías a tu familia.
—Cassie, por favor…
—Claro que tenías que hacerlo. Bueno, no sé. No me malinterpretes, me siento agradecida. Fue una liberación. Me liberó. Mi padre estaba encerrado en la cárcel de su mente, pero yo también estaba presa, hasta que tú me liberaste. Entonces te conocí y comprobé que eras un hombre fuerte. Pensé que eras un buen hombre. Necesitabas una esposa y tus hijos necesitaban una madre, y podíamos formar una familia.
—Aún podemos hacerlo.
Cassie meneó la cabeza, sosteniendo el cuchillo con la mano que tenía perpendicular al cuerpo y jugueteando con el encendedor con la otra.
—No, Nick —dijo, sonriendo con tristeza—. Ya sé cómo funciona esto. He pasado varias veces por la misma situación, y no… —Se le quebró la voz, su rostro pareció encogerse y arrugarse, y rompió a llorar desconsoladamente —. No puedo volver a pasar por esto. Estoy cansada. No puedo volver a hacerlo. Cuando la puerta se cierra de un portazo, no es posible volver a abrirla. Las cosas nunca vuelven a ser como antes. ¿Entiendes?
—Lo entiendo —respondió Nick, avanzando hacia Cassie, mostrando una expresión de amable empatía.
—Quédate ahí, Nick —advirtió Cassie, alzando el encendedor en un gesto amenazante al tiempo que retrocedía—. No te acerques.
—Las cosas pueden cambiar, Cassie. Para bien.
De los ojos enrojecidos de Cassie comenzaron a caer unas gruesas lágrimas que rodaron por su rostro.
—No —replicó Cassie—. Ha llegado el momento —sentenció, y Nick oyó el roce de su pulgar sobre la ruedecita de la piedra.