La compañía

Joseph Finder · Capítulo 66 de 111

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La compañía

Capítulo 65

 

 

A la mañana siguiente Nick tuvo que revisar un montón de documentos, una tarea complicada y aburrida, pero se alegró de hacerlo. Así no pensaba en lo ocurrido, ni se obsesionaba con lo que los policías habían hallado en su casa. Ese fragmento de casquillo no le había dejado pegar ojo en toda la noche; no había parado de revolverse en la cama, pasando de un terror difuso a una persistente ansiedad que hacía que se le acelerara el pulso.

Había varios informes de la asesora jurídica de la empresa referente a la querella sobre derecho de patentes que querían presentar contra Knoll, uno de los principales competidores de Stratton. Los colaboradores de Stephanie Alstrom insistían en que Knoll había birlado un diseño patentado por Stratton de un teclado ergonómico.

Stratton presentaba docenas de ese tipo de querellas cada año, al igual que seguramente hacía Knoll. Eso daba trabajo a los abogados corporativos. El departamento jurídico se frotaba las manos ante la perspectiva de un litigio; Nick prefería recurrir al arbitraje. Así se evitaba que los gastos a fondo perdido se elevaran, y aunque Stratton ganara la querella, a Knoll ya se le habría ocurrido una argucia para burlar la ley. Si atacaban a Knoll en un tribunal, darían al traste con el tema de la confidencialidad, revelarían sus secretos para que sus competidores se aprovecharan de ellos. Por otra parte, recibirían todo tipo de mandatos judiciales; Stratton tendría que entregar numerosos documentos secretos relativos a sus diseños. No merecía la pena. Además, según había comprobado Nick, el monto de los daños y perjuicios concedidos por el tribunal rara vez era cuantioso, una vez deducidos los honorarios de los abogados. Nick escribió «ARB» en la página superior.

Al cabo de una hora de estar sentado ante su mesa, ocupado con el tedioso papeleo, a Nick empezaron a dolerle los hombros. Lo cierto era que últimamente no se sentía a gusto en su lugar de trabajo.

Nick miró una de las fotografías familiares. Laura, los niños, Barney. Habían desaparecido dos, quedaban tres, pensó Nick. La maldición de la Casa de Conover.

Nick recordó una frase que había visto en alguna parte: «Posiblemente este mundo sea el infierno de otro planeta». Sin duda podía añadirse numerosos corolarios a eso. Nick había convertido el mundo de otra persona en un infierno, y alguien había convertido el suyo en un infierno. La cadena trófica del sufrimiento humano.

En el monitor de Nick apareció un mensaje instantáneo de Marjorie, aunque ella estaba sentada a menos de tres metros, al otro lado del panel. Marjorie no quería distraer a Nick, pues sabía que se desconcentraba fácilmente.

¿Te pido lo de costumbre para comer?

Anda, es verdad, pensó Nick. Recordó que tenía el almuerzo semanal con Scott. Lo cual no le apetecía nada. Ese tío se llevaba algo entre manos, y no era nada bueno.

Nick quería encararse con Scott, decirle que se fuese a tomar viento y regresara con McKinsey. Pero no podía hacerlo, al menos de momento. Antes tenía que averiguar exactamente qué ocurría. Además, Nick ya no tenía poder para despedir a Scott, por más que deseara hacerlo. Y en estos momentos lo deseaba fervientemente.

Nick tecleó:

De acuerdo. Gracias.

Nick observó que en su buzón había un correo electrónico de Cassie; lo adivinó por el asunto.

No había facilitado a Cassie la dirección de su correo electrónico, y no había recibido ningún mensaje de ella. Nick dudó unos instantes antes de abrirlo.

De: ChakraGrrl@hotmail.com A: Nconover@Strattoninc.com Asunto: De Cassie

Nick, ¿dónde se ha metido mi chico de los repartos? ¿Estás libre a la hora de comer? Ven entre las 12:30 y las 13:00. Los sándwiches los pongo yo.

C.

Nick se sintió de inmediato más animado, y respondió:

Allí estaré.

—Marge —dijo Nick por el intercomunicador—, ha habido un cambio de planes. Di a Scott que hoy no podré almorzar con él.

—De acuerdo. ¿Quieres que le dé algún motivo?

Nick hizo una pausa.

—No.

Cuando se dirigía al ascensor, se cruzó con Scott, que salía del lavabo.

—He recibido tu mensaje —dijo Scott—. ¿Va todo bien?

—Perfectamente. Es que tengo un día muy ajetreado.

—Eres capaz de lo que sea con tal de saltarte la ensalada de números — comentó Scott, sonriendo.

—Qué bien me conoces —respondió Nick, devolviéndole la sonrisa mientras se encaminaba hacia los ascensores. Dos empleadas de personal se subieron en el ascensor en el piso inferior y le sonrieron tímidamente.

—Hola, señor Conover —dijo una.

—Hola, Wanda. Hola, Barba —contestó Nick.

Las dos mujeres parecieron sorprendidas, y también complacidas, de que Nick conociera sus nombres. Pero Nick procuraba averiguar el nombre de tantos empleados de Stratton como fuera posible; sabía que contribuía a mantener alta la moral del equipo. «Y dado que cada vez hay menos empleados —pensó Nick sarcásticamente—, resulta más fácil».

Cuando el ascensor se detuvo en el tercer piso, Eddie se subió y dijo:

—Pero si es el jefe de la camada.

Un comentario muy irrespetuoso, teniendo en cuenta que había otros empleados presentes.

—Hola, Eddie.

—Creía que te habías ido a… «almorzar» —dijo Eddie.

La forma en que Eddie pronunció la palabra inquietó a Nick. «¿Acaso sabe adónde voy? ¿Cómo puede saberlo?». Entonces Nick recordó que había pedido a Eddie que examinara detenidamente los correos electrónicos de Scott.

Nick se preguntó si Eddie había aprovechado la ocasión para examinar también sus mensajes. En tal caso, era intolerable, pero ¿cómo diablos iba Nick a evitar que Eddie lo hiciera? Era el jefe de seguridad.

Nick le dirigió una mirada glacial, la cual pasó inadvertida a Wanda y a Barb de personal.

—Te acompaño hasta el coche —dijo Eddie. Llevaba un paraguas.

Nick asintió con la cabeza.

Echaron a caminar juntos, en silencio, a través del vestíbulo, adornado por una cascada que un experto en feng shui había insistido en que instalaran allí para aliviar «la sensación de energía bloqueada» que se producía en la entrada. A Nick le había parecido una sandez, pero había accedido, del mismo modo que siempre había seguido la superstición de no meter el pie en los socavones de las aceras.

Nick vio a través de las enormes puertas de cristal que estaba lloviendo. Eso explicaba el paraguas. ¿Pero de verdad había decidido Eddie salir a comer, o se había topado «por casualidad» con Nick en el ascensor… intencionadamente? Nick pensó la cuestión, pero decidió no decir nada. Se le ocurrió preguntar a Eddie sobre lo que la inspectora Rhimes le había dicho, que Eddie había abandonado el cuerpo de policía de Grand Rapids «en circunstancias sospechosas». Pero Nick no sabía por qué le había dicho eso la inspectora. ¿Acaso trataba de meter cizaña entre ambos? En ese caso, había elegido un sistema muy ingenioso. Si efectivamente Eddie había mentido a Nick sobre el motivo por el que había abandonado el trabajo de policía, ¿en qué otras cosas podía haberle mentido?

Se lo preguntaría a Eddie. Pero en otra ocasión.

Al salir, Eddie abrió su amplio paraguas de golf y lo sostuvo sobre Nick. Cuando se habían alejado varios metros del edificio, Eddie dijo:

—Es mejor que Foxy Brown se ande con cuidado.

—No sé a qué te refieres.

—Venga, hombre. Cleopatra Jones. La reina de Saba.

—Tengo prisa, Eddie. Ha sido divertido mantener este curioso intercambio verbal contigo.

Eddie agarró a Nick del hombro.

—Tu inspectora de policía negra, colega. La que pretende cortarnos los cojones para servirlos en bandeja. —La lluvia batía ruidosamente sobre el paraguas—. La negra que la tiene tomada contigo porque dejaste a su marido en la puta calle —dijo Eddie con ferocidad, pero articulando pausadamente las palabras.

—¿Bromeas?

—¿Crees que bromearía sobre una cosa así? ¿Sobre algo que debería bastar para que la apartaran del caso?

—¿Quién es su marido?

—Un don nadie, que trabajaba de chapista en la fábrica. El caso es que fue despedido de Stratton y ahora su esposa quiere cobrarse tu cabellera. — Eddie sacudió la cabeza y añadió—: Y a mí no me parece justo.

—Esa mujer no debería investigarnos —respondió Nick—. Es intolerable.

—Eso me parece a mí. Es preciso descalificar a esa tía.

—¿Cómo?

—Déjalo de mi cuenta. —Eddie esbozó una sonrisa que más parecía una mueca—. Por cierto, he conseguido unos informes muy interesantes sobre tu amigo Scott.

Nick le miró con expresión interrogante.

—Me pediste que examinara sus correos electrónicos y todo eso.

—¿Has averiguado algo?

—¿Sabes lo que ha estado haciendo Scott prácticamente cada fin de semana durante los dos últimos meses?

—Quemar hamburguesas —contestó Nick—. Estuve en su casa el sábado pasado.

—Menos el sábado pasado, casi todos los fines de semana ha viajado a Boston. ¿Supones que va a visitar a su tía Gertrude?

—Obtiene un descuento corporativo a través de la agencia de viajes — observó Nick.

Eddie asintió con la cabeza.

—Seguramente supone que con tu trabajo, no te dedicarás a revisar los gastos de desplazamiento.

—Es cierto que dirijo una compañía. Aunque algunos dirían que la estoy hundiendo.

—Además de un montón de llamadas entre él y ese tal Todd Muldaur de Fairfield Equity Partners. Supongo que no se dedicarán a charlar del tiempo.

—¿Sabes de qué hablan?

—No, para eso habría que examinar el registro de las llamadas. Puedo meterme en el buzón de voz, pero nuestro Scotty es un chico aplicado. Borra todos los mensajes después de haberlos escuchado. Él y Todd se comunican a través del correo electrónico, pero se trata de asuntos generales como las cifras del mes pasado y cosas por el estilo. Supongo que Scotty sabe que los mensajes por e-mail son peligrosos. Quizá por eso recurre a la codificación, cuando el tema exige discreción.

—¿Codificación?

—Sí. Mis técnicos interceptaron unos cuantos documentos codificados entre Scotty y Todd O.

Nick no se explicaba el motivo por el que Scott enviaba y recibía documentos codificados. Pero tampoco se explicaba por qué había realizado un viaje secreto a China.

—¿De qué tratan esos documentos?

—Todavía no lo sé, puesto que están codificados. Pero los de mi equipo son unos putos genios. Conseguirán descifrarlos. En cuanto averigüe su contenido, te lo diré.

—De acuerdo.

Habían llegado al Suburban de Nick, y éste pulsó el mando a distancia para abrirlo.

—Fantástico. Disfruta de tu… —Eddie carraspeó— «almuerzo».

—¿Estás insinuando algo, Eddie?

—¿No has cogido un paraguas o un abrigo? —preguntó Eddie—. ¿No gozas de unas vistas espectaculares desde las ventanas de tu despacho? Debiste de observar que estaba lloviendo.

—Estaba demasiado ocupado trabajando.

—No conviene que salgas sin protección —dijo Eddie, guiñándole el ojo —. Sobre todo, cuando vayas adonde te diriges ahora.

Y con esto se marchó.