La compañía
Capítulo 14
Nick le miró fijamente, sin saber qué decir, y entró de nuevo en su estudio, seguido por Eddie. Nick se sentó en una de las sillas fabricadas por la compañía y se frotó los ojos con las palmas de las manos.
—Fue en defensa propia —repitió.
—Quizá.
—¿Quizá? ¿Qué quieres decir con eso? Ese tío era peligroso.
—¿Iba armado?
—No. Pero ¿cómo iba yo a saberlo?
—No podías saberlo —reconoció Eddie—. Quizá viste relucir algo, una navaja o una pistola, y no estabas seguro de lo que era.
—Vi que se metía la mano en el bolsillo. Tú me dijiste que ese tío tenía una pistola, y deduje que iba a sacar un arma.
Eddie asintió en silencio, se volvió hacia la puerta con expresión sombría y se adentró de nuevo en la densa oscuridad. Al cabo de un par de minutos volvió a aparecer sosteniendo unos objetos que depositó sobre la mesita de café.
—La cartera y el llavero. Ese tipo no llevaba navaja, ni pistola ni nada parecido.
—Yo no lo sabía —replicó Nick—. No hacía más que repetir lo mismo: «Nunca estarás seguro».
—Joder, Nick, por supuesto que no lo sabías. A fin de cuentas, ese tío era un psicópata; tú hiciste lo que debías hacer. No se trata de eso.
—La verdad es que me prestaste tu pistola como protección —dijo Nick —. Temporalmente. Dijiste que es una falta.
Eddie se golpeó la palma de la mano con el otro puño.
—Sigues sin comprenderlo. Has matado a ese tipo fuera de tu casa, no dentro.
—Iba a atacarme, te lo aseguro.
—Ya lo sé. Estás autorizado a utilizar la fuerza física para impedir un allanamiento de morada. —Las palabras que Eddie articuló entrecortadamente, como si las hubiera memorizado durante sus tiempos de policía, sonaban artificiales—. Pero no estás autorizado a emplear la fuerza física mortal. Ésa es la premisa de la ley. Verás, Nick, la ley dice que sólo puedes emplear la fuerza física mortal para defenderte de la fuerza física mortal.
—Pero teniendo en cuenta el historial de ese individuo…
—No digo que no logres salirte del apuro. Pero ¿qué crees que te va a ocurrir?
Nick apuró su taza de café. La cafeína sólo consiguió contrarrestar el efecto del somnífero; era la adrenalina y el temor lo que le mantenía en pie.
—Soy el director general de una importante empresa, Eddie. Soy un miembro respetado de la comunidad.
—¡Eres el maldito Nick el Verdugo! —le espetó Eddie—. ¿Qué coño crees que os va a ocurrir a ti y a tu familia? Piénsalo. ¿Crees que los polis van a tratarte con benevolencia?
—La ley es la ley.
—¡Y una mierda! No me hables de la ley, Nick. Sé cómo funciona. Sé que la policía puede manipularla a su antojo. Yo mismo lo he hecho.
—No todos los policías son iguales —contestó Nick.
Eddie le dirigió una mirada de clara hostilidad.
—Te lo diré sin rodeos: la policía local no tendrá más remedio que acusarte del crimen, ¿comprendes?
—Es posible.
—Tenlo por seguro. Y cuando llegue el juicio (que llegará, puedes estar seguro de ello), quizá consigas salvarte, no lo niego. Es posible. Después de diez meses de pesadilla. Sí, es posible que tengas suerte y te toque un fiscal razonable, pero van a estar sometidos a todo tipo de presiones para condenar a Nick el Verdugo. Te enfrentarás a un jurado compuesto por doce personas que te odian a muerte, para quienes la perspectiva de meterte entre rejas… En una población como ésta, no habrá un solo jurado que no tenga a un conocido, un amigo o un pariente a quien hayas despedido. Ya viste lo que el jurado hizo a Martha Stewart por abuso de información privilegiada. Has asesinado a un viejo, ¿entiendes? Un viejo enfermo.
—En cualquier caso, soy inocente. —Nick volvía a sentirse mareado, de modo que alzó la vista y trató de localizar su papelera metálica por si tenía que utilizarla.
—A ti no te corresponde decir qué ocurrirá en cualquier caso.
—¡Pero fue en defensa propia!
—¡Eh, no te pongas a discutir conmigo! Estoy de tu parte. Pero se trata de un homicidio, Nick. Como mínimo de un homicidio involuntario. Tú dices que fue en defensa propia, pero no tienes testigos, no has sufrido heridas, y has matado a un tipo que no iba armado. Aunque te gastes una fortuna en un abogado, te juzgarán aquí, en Fenwick. ¿Y cómo crees que lo pasarán tus hijos durante el circo mediático que se montará? ¿Tienes idea de lo que representará para ellos? Si ya les resulta difícil encajar la muerte de Laura, los despidos y todo lo demás, imagina cuando te juzguen por asesinato. La gente irá a por ti, Nick. ¿Quieres que tus hijos pasen por eso?
Nick no respondió. Permaneció inmóvil en su silla, sin saber qué decir.
—Lo más probable es que acabes en la cárcel, Nick. Cinco, diez años si tienes suerte. Con ese tipo de sentencia, te perderás la infancia de tus hijos. Y ellos crecerán con el estigma de tener a su padre en la prisión. Han perdido a su madre, Nick. Sólo te tienen a ti. ¿Estás dispuesto a jugar a la ruleta rusa con tus hijos, Nick?
Eddie lo miró furioso, con una expresión implacable.
—¿Qué propones que haga? —preguntó por fin Nick.