La compañía
Capítulo 18
La única razón por la que Audrey asistió a la autopsia fue porque no había tenido más remedio. Era la política del departamento. La oficina del forense requería que al menos uno de los policías que investigaban el caso estuviera presente. Audrey lo consideraba una norma absurda, dado que sabía que podía preguntar al patólogo lo que quisiera, cualquier dato que no constara en el informe.
A decir verdad, era lógico que estuviera un policía presente. En una autopsia descubrían todo tipo de detalles que no aparecían en las asépticas líneas de un informe. Con todo, Audrey lo consideraba el aspecto más desagradable de su trabajo. La disección de cadáveres le provocaba náuseas. Siempre temía ponerse a vomitar, aunque nunca lo había hecho: desde la primera vez que asistió a una autopsia, que en aquella ocasión fue el cadáver de una mujer que sufrió quemaduras atroces.
Pero eso no era lo que Audrey más detestaba de las autopsias. Le parecían profundamente deprimentes. Se trataba de un cuerpo humano despojado de su espíritu, su alma, un montón de carne medido en gramos y litros. Para Audrey, los casos de homicidio significaban remediar una situación. Solventar el crimen no siempre restañaba las heridas de la familia de la víctima —con frecuencia no lo hacía—, pero era una forma de restaurar cierto orden moral en un mundo desquiciado. Audrey había pegado en el ordenador de su despacho una cita de un tal Vernon Geberth, un nombre conocido por todos los policías que investigaban homicidios, que era autor de un texto clásico titulado Investigación práctica de homicidios. La cita decía: «Recuerda que trabajamos para Dios». Audrey lo creía a pies juntillas. Estaba convencida de que, por más que su trabajo la disgustara —lo cual ocurría las más de las veces—, estaba trabajando para Dios en la Tierra. Estaba buscando a una oveja descarriada. Pese a ello, las autopsias requerían un distanciamiento que Audrey prefería no tener.
Audrey entró a regañadientes en la sala de azulejos blancos que apestaba a cloro, formol y desinfectantes, mientras su compañero se encargaba de las llamadas telefónicas y entrevistas de rigor, aunque Audrey se preguntaba hasta qué punto iba a esforzarse Roy Bugbee en resolver un caso de lo que él llamaba «la escoria de la sociedad». No mucho, dedujo Audrey.
El depósito y la sala de autopsias estaban en el sótano del Boswell Medical Center, detrás de una puerta con un cartel que decía SALA DE CONFERENCIAS DE PATOLOGÍA. Todo lo relativo a ese lugar hacía que a Audrey se le pusiera la piel de gallina, desde la mesa de acero inoxidable sobre la que reposaba el cuerpo desnudo de la víctima, con la cabeza ligeramente más elevada que los pies para facilitar el drenaje de los fluidos corporales, hasta el Stryker, el aparato para serrar huesos que descansaba sobre la balda de acero, los recipientes para los detritos en la pila de acero inoxidable y la bandeja de órganos cuyo tubo de drenaje de plástico, en un principio transparente, presentaba ahora un color marronáceo.
El ayudante del forense, uno de los tres adjuntos al departamento, era Jordan Metzler, un joven médico extraordinariamente atractivo, algo que él sabía. Tenía una espesa mata de pelo negro y rizado, los ojos grandes de color castaño, la nariz romana, los labios carnosos y una sonrisa deslumbrante. Todo el mundo sabía que no permanecería mucho tiempo allí, pues últimamente le habían ofrecido un puesto en el departamento de patología en el Hospital General de Massachusetts, en Boston. Al cabo de unos pocos meses estaría sentado en un elegante restaurante de Beacon Hill, divirtiendo a una bonita enfermera con anécdotas sobre aquel pueblo de mala muerte en Michigan, donde había tenido la desgracia de vivir durante los dos últimos años.
—¡Mira a quién tenemos aquí! ¡Pero si es Audrey! —exclamó Metzler con tono de rechifla cuando ella entró—. ¿Le han tendido una trampa, inspectora?
¿Por qué se empeñaban algunos blancos en expresarse como los negros cuando estaban en presencia de una persona afroamericana? ¿Acaso creían que eso les daba un aire más moderno, en lugar de ridículo? ¿O creían que de ese modo conectaban mejor con los negros? ¿No se había percatado el doctor Metzler de que Audrey no se expresaba así?
—Buenos días, doctor Metzler —dijo Audrey, sonriendo con dulzura.
Metzler la encontraba atractiva, según había deducido Audrey por la forma en que le sonreía. Sus antenas seguían funcionando, a pesar de llevar ocho años casada con Leon. Al igual que la mayoría de mujeres, Audrey era una experta en interpretar a los hombres; a veces estaba convencida de que los conocía mejor de los que ellos mismos se conocían. Ocho años de matrimonio con Leon no habían logrado mermar su autoestima, ni siquiera los últimos y espantosos años. Audrey sabía que los hombres siempre se sentían atraídos por ella debido a su atractivo personal. No se consideraba en absoluto una belleza, pero sabía que era bonita. Se cuidaba, hacía ejercicio, nunca salía sin haberse maquillado y sabía elegir el tono de barra de labios más acertado para su cutis. Le gustaba creer que su atractivo se debía a su profunda e inquebrantable fe, pero Audrey había visto en la iglesia a suficientes mujeres tan piadosas como ella, cuyo aspecto sólo podía complacer a Dios, para saber que su tesis no era cierta.
—¿Ha encontrado alguna bala? —preguntó Audrey.
—Tiene que haber dos, según las radiografías. No se aprecian salidas de bala. Ya lo comprobaré. ¿Han identificado el cadáver?
Audrey procuró no mirar el cuerpo, la carne arrugada y las uñas de los dedos de los pies de color marrón. Esto implicaba que debía seguir mirando a Metzler, y ella no quería transmitirle un mensaje equivocado a un tipo tan obsesionado por el sexo como él.
—Quizá tengamos suerte y obtengamos algún resultado con la identificación de huellas —respondió Audrey.
Los técnicos del escenario del crimen acababan de tomar las huellas dactilares de la víctima, recogiendo todas las pruebas que habían hallado en el cadáver, raspando y recortando las uñas y demás. Puesto que el cadáver no había sido identificado, habían enviado las huellas de inmediato al AFIS, el sistema automático de identificación de huellas dactilares de Michigan, en Lansing.
—¿Ha encontrado indicios de consumo de drogas? —inquirió Audrey.
—¿Se refiere a marcas de agujas hipodérmicas y demás? No, no he encontrado nada de eso. Veremos lo que el análisis de toxicología indica sobre la sangre.
—¿Le parece un vagabundo sin techo?
Metzler crispó la mandíbula y frunció el ceño.
—Yo diría que no. Su ropa no olía exageradamente mal, y el cuidado de su persona, higiene o estado de su dentadura tampoco apuntan a eso. De hecho, este tipo presenta un aspecto bastante limpio. Podría tener las uñas más cuidadas, pero parece más un enfermo hospitalario que un delincuente.
—¿Alguna señal de pelea?
—No, que yo haya observado.
—Parece haber recibido un golpe contundente en la boca —comentó Audrey, obligándose a mirar el cadáver—. Tiene unos dientes partidos. ¿Es posible que le golpearan con la culata de una pistola?
A Metzler pareció divertirle su hipótesis.
—¿Posible? Todo es posible. —Al percatarse de que su respuesta sonaba un tanto arrogante, Metzler se apresuró a suavizar el tono—. Los dientes están rotos y desportillados, no desprendidos. Lo cual puede deberse a una bala. Y los labios no están hinchados o amoratados, como lo estarían de haber recibido un golpe violento. Además, el paladar presenta un orificio de bala.
—Ya. —Audrey dejó que el forense gozara de su momento de superioridad. El frágil ego masculino necesitaba su dosis de halagos. Audrey no tenía problemas con eso; venía haciéndolo durante toda su vida adulta—. ¿A qué hora calcula que se produjo la muerte, doctor? Encontramos el cadáver a las seis…
—Llámeme Jordan. —Otra sonrisa deslumbrante. El chico no regateaba esfuerzos—. Es difícil de precisar. En estos momentos está en pleno rigor mortis.
—En el escenario del crimen usted dijo que no había rigor mortis, y puesto que éste no comienza hasta al cabo de tres o cuatro horas después de la muerte, deduzco que…
—No, Audrey, hay que tener en cuenta muchos otros factores, como la complexión de la víctima, el entorno, la causa de la muerte, si el tipo estaba corriendo o no… En realidad no nos dice gran cosa.
—¿Y la temperatura corporal? —preguntó Audrey, adoptando un tono tentativo. Quería obtener respuesta del patólogo; no le interesaba ponerlo en evidencia.
—¿Qué quiere saber?
—Cuando tomaron la temperatura en el escenario del crimen, ésta era de treinta y tres grados. Lo cual significa que había disminuido unos seis grados, ¿de acuerdo? Si la temperatura corporal disminuye entre un grado y medio y dos grados cada hora después de producirse la muerte, calculo que la víctima fue asesinada entre tres y cuatro horas antes de que hallaran el cadáver. ¿Le parece un cálculo correcto?
—En un mundo perfecto, sí. —El doctor Metzler sonrió, pero esta vez miró a Audrey como un padre miraría a su hija de cinco años al preguntarle ésta si la luna estaba hecha de queso—. No es una ciencia exacta. Existen demasiadas variables.
—Entiendo.
—Parece más familiarizada con la medicina forense que muchos de los policías que pasan por aquí.
—Bueno, es una parte importante de mi trabajo.
—Si le interesa, estaré encantado de proporcionarle algunos datos, para echarle una mano. No tiene sentido que guarde esta información en mi cabeza si no puedo compartirla con alguien que tiene ganas de aprender.
Audrey asintió con la cabeza, sonriendo educadamente. «Es el problema de ser tan listo», estuvo a punto de contestar.
—Me pregunto si los de Casos Prioritarios la valoran como es debido — dijo el doctor Metzler, fingiendo ajustar el tubo perforado de acero inoxidable alrededor del perímetro de la mesa, el cual drenaba los fluidos corporales durante la autopsia.
—Nunca me sentido infravalorada —mintió Audrey. Observó por primera vez la etiqueta sujeta al pie izquierdo del cadáver, que decía: «Juan Nadie desconocido n.º 6». ¿No era eso un…? ¿Cómo se decía? Un «Juan Nadie» era por definición un desconocido, ¿no?
—Sospecho que su belleza no representa una ventaja en su trabajo.
—Es muy amable, doctor —respondió Audrey. Se esforzó por encontrar una pregunta que le permitiera cambiar de tema, pero en ese momento tenía la mente en blanco.
—Nada de eso. Es la pura verdad. Es usted una mujer muy guapa, Audrey. Belleza e inteligencia, una combinación envidiable.
—Habla usted como mi marido —contestó Audrey como de pasada. Leon jamás le había dicho nada remotamente parecido, pero Audrey quería que el patólogo captara el mensaje sin que tuviera que ponerse seria, y eso fue lo primero que se le ocurrió.
—Ya me había fijado en su alianza, Audrey —dijo Metzler, dirigiéndole una sonrisa más que insinuante.
¡Por el amor de Dios, ese hombre estaba desmembrando un cadáver! Esto no era un bar para solteros.
—Es usted demasiado amable —dijo Audrey—. ¿Las heridas de bala le permiten calcular la distancia entre el agresor y la víctima, doctor?
Metzler sonrió un tanto turbado mientras examinaba el cadáver que yacía sobre la mesa. Tomó un bisturí de acero de la balda metálica adherida a la mesa y practicó, acaso con excesiva fuerza, una profunda incisión en forma de «Y» desde los hombros hasta el hueso del pubis. Era evidente que trataba de aceptar su derrota lo más airosamente posible.
—No hay desgarros, ni quemaduras de pólvora, ni tatuajes, ni hollín — dijo. Su voz había cambiado; había adoptado un tono profesional.
—De modo que no son heridas de contacto.
—Ni de contacto ni causadas a una distancia media. —El patólogo empezó a levantar la piel, el músculo y el tejido.
—Entonces, ¿qué nos indican con respecto a la distancia?
Metzler guardó silencio durante unos treinta segundos mientras trabajaba. Luego dijo:
—En realidad, inspectora, no nos indican nada salvo que el cañón de la pistola se hallaba a más de diez metros de la herida. Para tener más datos habría que determinar el calibre de la bala, el tipo de munición y disparar la pistola para comprobar los resultados. Podrían haberla disparado a diez metros de distancia, o a cien. Es imposible precisarlo.
Después de abrir la caja torácica, Metzler situó la hoja redonda dentada sobre los huesos y accionó el interruptor para ponerla en marcha.
—Apártese un poco, inspectora —dijo el patólogo, alzando la voz para hacerse oír entre el agudo sonido mecánico—. No vaya a ensuciarse.