La compañía

Joseph Finder · Capítulo 24 de 111

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La compañía

Capítulo 23

 

 

Audrey encontró en el sótano del hospital una habitación vacía para poder hablar los tres. Era una sala de descanso de los empleados: una colección de butacas tapizadas en diversos tejidos con el estampado del hospital, un pequeño sofá, una cafetera eléctrica que parecía que nadie la utilizaba y un televisor. Audrey y Bugbee juntaron tres butacas. En una mesa situada en una esquina había un par de latas de refresco abiertas. Audrey encontró una caja casi vacía de pañuelos de papel. Los finos hombros de Cassie Stadler no dejaban de sacudirse mientras la mujer sollozaba en silencio, con todo su cuerpo. Bugbee, que por lo visto sí había aprendido a distanciarse, se sentó sosteniendo una carpeta con sujetapapeles en el regazo, claramente molesto. Audrey, que no soportaba más esa situación, rodeó los hombros de la mujer con un brazo.

—Ya sé que es muy duro —murmuró.

Cassie respiraba entrecortadamente, con la cabeza agachada. Por fin alzó la vista, vio la caja de pañuelos y sacó unos cuantos para sonarse.

—Lo siento —dijo—. No pensé…

—No se disculpe, cielo —dijo Audrey—. Es un momento tremendo para usted.

Cassie sacó un paquete de cigarrillos y extrajo uno.

—¿Puedo fumar?

Audrey asintió con la cabeza y miró a Bugbee de refilón. Estaba prohibido fumar en esa sala, pero no pensaba insistir sobre este punto en vista de lo mal que lo estaba pasando esa pobre mujer, y por fortuna tampoco lo hizo Bugbee, que también asintió con la cabeza. Cassie sacó un encendedor barato de plástico y encendió el cigarrillo, tras lo cual exhaló una nube de humo.

—¿Le dispararon… en la boca?

En una funeraria habrían reconstruido hábilmente el rostro de la víctima, le habrían maquillado. El rostro habría presentado un aspecto artificial, como todos los cadáveres en las funerarias, pero al menos su hija no habría contemplado aquel atroz espectáculo.

—Sí —respondió Bugbee. No añadió más detalles, no lo repitió, no dijo que a Stadler le habían disparado en el pecho. Seguía el procedimiento habitual, que consistía en ofrecer la mínima información posible, por si un detalle que se reservaran pudiera ayudarles a confirmar la identidad del asesino.

—¡Dios mío! —exclamó la mujer—. Pero ¿por qué? ¿Quién le hizo eso a papá? —Dio otra calada al cigarrillo, tomó una lata de coca-cola vacía de la mesa y echó la ceniza en la pequeña abertura.

—Es lo que queremos averiguar —contestó Audrey. El oír de labios de una mujer adulta el apelativo «papá» le suscitó un profundo dolor. Pensó en su propio padre, recordó su olor a tabaco, a sudor y a Vitalis—. Necesitamos su ayuda. Sé que es un momento muy difícil, y probablemente no quiera hablar de nada, pero cualquier cosa que nos diga puede ayudarnos.

—Señorita Stadler —terció Bugbee—, ¿su padre tomaba drogas?

—¿Drogas? —La mujer le miró perpleja—. ¿Qué tipo de drogas?

—Por ejemplo crack.

—¿Crack? ¿Mi padre? Jamás.

—Le asombraría comprobar la cantidad de personas que toman drogas como crack —se apresuró a añadir Audrey—. Personas que jamás imaginaría que se drogaban, de todas las extracciones sociales. Incluso personas importantes.

—Mi padre no sabía nada sobre ese mundo. Era un hombre sencillo.

—Pero es posible que le ocultara a usted ese tipo de cosas —insistió Audrey.

—Claro, es posible, pero… ¿crack? Yo lo habría notado —respondió Cassie, expulsando dos columnas de humo a través de las fosas nasales como un dragón que exhala fuego—. He vivido con él durante casi un año, me habría dado cuenta de algo.

—No necesariamente —dijo Bugbee.

—Oiga, mire, yo no me drogo, pero conozco a gente que sí lo hace. Soy pintora, vivo en Chicago, es algo bastante corriente. Mi padre no mostraba síntomas de… Él… eso es absurdo.

—¿Es usted de Chicago? —preguntó Audrey.

—Nací aquí, pero mis padres se divorciaron siendo yo niña y fui a vivir con mi madre a Chicago. Vengo… venía aquí con frecuencia para visitar a mi padre.

—¿Por qué decidió quedarse?

—Mi padre me llamó y me dijo que había dejado su trabajo en Stratton, lo cual me preocupó. No está bien de salud y mi madre murió hace cuatro o cinco años. Comprendí que mi padre necesitaba que alguien cuidara de él. Temí que no pudiera arreglárselas solo.

—Cuando el inspector Bugbee le preguntó hace unos momentos si su padre se drogaba, usted vaciló antes de responder —dijo Audrey—. ¿Tomaba algún tipo de medicación?

La mujer asintió con la cabeza y se pasó la mano por los ojos.

—Tomaba bastantes medicamentos, entre ellos Risperdal, un antipsicótico.

—¿Psicótico? —soltó Bugbee—. ¿Su padre era un psicópata?

Audrey cerró brevemente los ojos. Ese tío nunca dejaba de meter la pata.

Cassie se volvió lentamente hacia Bugbee al tiempo que apagaba el cigarrillo en la parte superior de la lata de coca-cola y metía la colilla por la abertura.

—Era esquizofrénico —dijo distraídamente—. Padeció esta enfermedad durante buena parte de mi vida. —Luego se volvió hacia Audrey y añadió—: Pero la tenía más o menos controlada.

—¿Desaparecía a veces durante unos días? —preguntó Audrey.

—No. De vez en cuando iba a dar un paseo. Yo me alegraba cuando salía de casa. Este último año ha sido muy duro para él.

—¿En qué trabajaba en Stratton? —inquirió Bugbee.

—Construía prototipos.

—¿Eso qué significa?

—Trabajaba en el taller construyendo prototipos de los productos que la compañía iba a lanzar, el último modelo de sillas y esas cosas.

—¿Lo despidieron? —preguntó Bugbee.

—Estaban a punto de hacerlo, pero mi padre se hartó y se fue antes de que lo echaran.

—¿Cuándo le vio usted por última vez? —preguntó Audrey.

—El viernes por la noche a la hora de cenar. Yo… acababa de preparar la cena. Mi padre siempre mira la tele después de cenar. Yo me metí en el cuarto que utilizo como estudio y me puse a pintar.

—¿Es usted pintora?

—Más o menos. No pinto tan en serio como antes, pero aún me dedico a ello. No tengo una galería ni nada de eso. Me gano la vida dando clases de yoga.

—¿Aquí?

—En Chicago. No he trabajado desde que llegué a Fenwick.

—¿Vio a su padre antes de acostarse? —preguntó Audrey.

—No —respondió la mujer con tristeza—. Me quedé dormida en el sofá de mi estudio, cosa que me ocurre con frecuencia. Cuando un cuadro no me sale bien y quiero pensar en ello, a veces me quedo dormida y no me despierto hasta la mañana siguiente. Eso fue lo que ocurrió el sábado por la mañana. Me levanté y desayuné, y a las diez, al ver que mi padre no bajaba, empecé a preocuparme. Cuando entré en su habitación, comprobé que no estaba. Yo… discúlpenme, tengo sed, necesito…

—¿Qué le apetece beber? —preguntó Audrey.

—Lo que sea, tengo mucha sed.

—¿Agua? ¿Un refresco?

—Algo que contenga azúcar. —La mujer sonrió con gesto de disculpa—. Necesito una dosis de azúcar. Sprite, 7-Up, da lo mismo. Me pongo muy nerviosa.

—Roy —dijo Audrey—, hay una máquina expendedora en el pasillo, ¿podrías…?

Bugbee arqueó las cejas al tiempo que esbozaba una cínica sonrisa. Parecía a punto de decir algo desagradable. Pero Audrey deseaba pasar un rato a solas con esa mujer. Intuía que Cassie se mostraría más abierta si hablaba con ella en confianza.

—De acuerdo —contestó Roy al cabo de una prolongada pausa—. Será un placer.

Cuando se cerró la puerta, Audrey carraspeó para aclararse la garganta, pero Cassie se le adelantó.

—Ése no la traga.

¡Santo cielo! ¿Tanto se notaba?

—¿El inspector Bugbee? —preguntó Audrey, fingiendo asombro.

Cassie asintió con la cabeza.

—Le tiene manía, y no puede disimularlo.

—El inspector Bugbee y yo mantenemos una buena relación profesional.

—Me sorprende que usted le soporte.

Audrey sonrió.

—Preferiría que habláramos de su padre.

—Desde luego. Lo siento, es que… me ha llamado la atención. —La mujer se echó a llorar de nuevo y se enjugó los ojos—. Agente, yo… no tengo la menor idea de quién pudo matar a mi padre. Ni por qué. Pero tengo la sensación de que si alguien puede averiguarlo, es usted.

Audrey sintió que se le humedecían los ojos.

—Haré lo que esté en mi mano —respondió—. Es lo único que puedo prometerle.