La compañía

Joseph Finder · Capítulo 17 de 111

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La compañía

Capítulo 16

 

 

El escenario del crimen era un pequeño aparcamiento cubierto con un techado negro, situado detrás de un restaurante de mala muerte llamado Lucky’s. El área estaba acordonada por una banda amarilla de plástico, que impedía que se acercaran los consabidos curiosos. Era asombroso, pensó Audrey, no sin cierta tristeza, que este vagabundo anónimo obtuviera estando muerto el tipo de atención que no había recibido cuando le habría sido útil. Un hombre vaga por las calles sin que nadie repare en él, solo y desesperado. Luego, cuando ya está muerto en el suelo, una multitud se agolpa a su alrededor para presentarle sus respetos, un respeto que nunca había conseguido en vida.

No había cámaras de televisión. No estaba la furgoneta del Newschannel Six. Quizá ni siquiera estaba presente un reportero del Fenwick Free Press. A nadie le apetecía acercarse hasta ese barrio de mala muerte a la seis de la mañana para informar sobre el hallazgo del cadáver de un vagabundo.

Roy Bugbee aparcó en la calle, entre dos coches patrulla. Él y Audrey se apearon sin cambiar ni una palabra. Audrey se fijó en la furgoneta blanca perteneciente a la oficina de identificación, lo que significaba que los técnicos en el escenario del crimen ya estaban allí. Pero el forense aún no había llegado. El jefe del equipo de policías, que había llamado a la central, se paseaba con aires de superioridad, manteniendo a raya a los curiosos del vecindario, evidentemente gozando del primer caso importante que le habían asignado en toda la semana. Quizá en todo el mes. Se acercó a Audrey y a Bugbee con una tablilla con sujetapapeles y les pidió que firmaran.

Audrey se percató de un destello de luz, seguido de otro. El técnico del departamento de identificación, encargado de recoger pruebas en el escenario del crimen, era Bert Koopmans. A Audrey le caía bien. Era inteligente y minucioso, tan obsesivo como los mejores técnicos especializados en el escenario del crimen, pero en absoluto arrogante ni conflictivo. Era el tipo de policía que Audrey admiraba. Koopmans también eran gran entendido en armas, incluso tenía su propia página web sobre armas de fuego y pruebas forenses. Era un hombre delgado de cincuenta y tantos años, con una incipiente calvicie, que llevaba unas gruesas gafas Polar Gray. En ese momento estaba tomando unas fotografías, utilizando alternativamente una Polaroid, una cámara digital de 35 milímetros y una videocámara como un paparazzo enloquecido.

El jefe de Audrey, el oficial Jack Noyce, director del equipo de Casos Prioritarios, hablaba a través de su teléfono Nextel. Al ver que ella y Bugbee pasaban por debajo de la cinta amarilla, alzó un dedo para pedirles que aguardaran. Noyce era un hombre corpulento, con la cara redonda y los ojos melancólicos, afable y simpático. Él era quien había convencido a Audrey para que solicitara el traslado a Casos Prioritarios. Le había dicho que deseaba tener a una mujer en su equipo. Nunca había reconocido que quizá se hubiera equivocado. Noyce era el gran paladín de Audrey, y ésta le hacía el favor de no quejarse a él de las mezquinas ofensas que le dedicaban sus colegas. De vez en cuando, cuando Noyce se enteraba de algo, llamaba a Audrey y le prometía hablar con ellos. Pero nunca lo hacía. Noyce prefería evitar cualquier enfrentamiento, cosa que nadie podía reprocharle.

Cuando colgó, Noyce dijo:

—Varón blanco adulto, no identificado, de unos sesenta y tantos años, que presenta heridas de bala en la cabeza y el pecho. El empleado de la limpieza municipal lo encontró después de haber cargado el contenedor en la plataforma del camión. Era el primer contenedor que vaciaba. ¡Menuda forma de comenzar la jornada!

—¿Antes o después de verter la basura en la tolva? —preguntó Audrey.

—Se fijó en él antes. Dejó el contenido intacto y buscó a un coche patrulla.

—Podría haber sido mucho peor —comentó Bugbee—. Podría haberlo echado en la trituradora —añadió, riendo y guiñándole el ojo a su jefe—. En lugar de burrito tendríamos una quesadilla. ¿Has visto alguna vez un cadáver así, Audrey? No creo que lo soportaras.

—Tienes razón, Roy —respondió Noyce, sonriendo secamente. Audrey siempre había sospechado que su jefe compartía su antipatía hacia Roy Bugbee pero era demasiado educado para manifestarlo.

Bugbee apoyó una mano en el hombro de Noyce, en un gesto de camaradería, y se adelantó.

—Lo lamento —murmuró Noyce.

Audrey no comprendía muy bien de qué se lamentaba su jefe.

—Bugbee tiene un peculiar sentido del humor —se aventuró a decir Audrey.

—Según me informaron en la central, Owens estaba bebido. Bugbee era el siguiente de la lista. No te lo habría asignado como compañero, pero… — Noyce se encogió de hombros, sin terminar la frase.

Noyce saludó a alguien con la mano. Audrey se volvió para comprobar quién era. Curtis Decker, el encargado de trasladar el cadáver, se apeó de su vieja furgoneta negra Ford Econoline. Decker. Un hombre menudo y pálido como un fantasma, tenía una funeraria en Fenwick y era también el especialista en mudanzas de la ciudad. Hacía veintisiete años que se dedicaba a trasladar cadáveres del escenario del crimen al depósito de Boswell Medical Center. Decker encendió un cigarrillo, se apoyó en su furgoneta y se puso a charlar distraídamente con su ayudante, esperando que le tocara el turno.

El teléfono de Noyce sonó y éste atendió la llamada.

Audrey se disculpó con un gesto y se alejó.

Bert Koopmans estaba aplicando minuciosamente un poco de polvo con una brocha en el borde del desvencijado contenedor de basura de color azul oscuro.

—Buenos días, Aud —dijo sin volverse.

—Buenos días, Bert. —Al acercarse al contenedor, Audrey percibió un hedor acre, que se mezclaba con el olor a beicon que emanaba a través de la puerta abierta del restaurante.

El asfalto estaba sembrado de colillas. Aquí era donde los ayudantes de los camareros y los pinches de cocina fumaban. Había unos fragmentos de vidrio de color marrón de una botella de cerveza. Audrey sabía que no era probable que hallaran ninguna pista en este lugar, ni unos casquillos de bala ni ningún otro objeto, puesto que el cadáver había sido arrojado al contenedor.

—Veo que te han asignado a Bugbee de compañero en este caso.

—Humm.

—El Señor pone a prueba a los justos.

Audrey sonrió y observó el cadáver que había en el contenedor, envuelto en unas bolsas de basura negras. Debía admitir que recordaba vagamente la forma de un burrito. El cadáver yacía sobre un pestilente montón de lechugas y pieles de plátano podridas, un sándwich «submarino» a medio comer, junto a una gigantesca lata vacía de margarina Kaola Golden Solid Vegetable Griddle Shortening.

—¿Estaba ahí encima? —preguntó Audrey.

—No. Enterrado debajo de un montón de basura.

—Deduzco que no has encontrado casquillos de bala ni nada por el estilo.

—Aún no he terminado. En este contenedor hay seis metros cúbicos de basura. Supongo que ese trabajo les corresponde a los de uniforme.

—¿Has tomado las huellas de las bolsas?

—Anda, no se me había ocurrido —contestó Koopmans, lo cual significaba: «Pues claro, ¿por quién me tomas?».

—¿Y qué has encontrado, listillo?

—¿Dónde?

—¿Has abierto ese paquete?

—Fue lo primero que hice.

—¿Y qué? ¿Un atraco? ¿Has encontrado una cartera o algún otro objeto?

Koopmans terminó de aplicar un poco de polvo en una zona y guardó la brocha en su estuche.

—Sólo esto —respondió, y mostró a Audrey una bolsita de plástico.

—Crack —dijo Audrey.

—Una bolsa que contiene una sustancia compacta y blanquecina, para ser más precisos.

—Que parece crack. Calculo que debe valer unos ochenta dólares.

Koopmans se encogió de hombros.

—Un hombre blanco en este barrio… —dijo Audrey—. Tiene que tratarse de un asunto de drogas.

—Si el negocio se complicó, ¿cómo es que el tipo se quedó con el crack?

—Buena pregunta.

—¿Dónde está tu compañero?

Al volverse Audrey vio a Bugbee fumando, riendo estentóreamente con uno de los policías de uniforme.

—Allí, ocupadísimo entrevistando a testigos. Pide que analicen esto cuanto antes, Bert.

—Como de costumbre.

—¿Cuánto tardarás en obtener los resultados?

—Unas cuantas semanas, teniendo en cuenta el montón de trabajo acumulado. —Todos los análisis de pruebas se hacían en el laboratorio de la policía del estado de Michigan.

—¿Has traído uno de esos equipos portátiles para examinar pruebas?

—Supongo que debo de tener alguno.

—¿Me prestas unos guantes? Me he dejado los míos en el coche.

Koopmans sacó de su mochila de nailon una caja de cartón azul, de la que extrajo unos guantes de látex.

—¿Me pasas esa bolsa? —preguntó Audrey, enfundándose los guantes.

Koopmans la miró con cierta extrañeza, pero le pasó la bolsa de crack. Era una de esas bolsas con cierre, para los bocadillos. Audrey la abrió, sacó uno de los paquetes de crack —observó que había cinco o seis envueltos separadamente— y retiró el envoltorio de plástico.

—No te pongas a hacer mi trabajo —dijo Koopmans—. Acabarás examinando pruebas a través del microscopio y quejándote de los policías.

Audrey rascó con el índice enguantado un trocito de la sustancia blanquecina. Qué extraño, pensó. Era una pieza demasiado redonda, de una forma demasiado perfecta. Sólo un lado presentaba una pequeña hendidura. Audrey se lamió ligeramente el índice.

—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó Koopmans alarmado.

—Es lo que suponía —contestó Audrey—. No me ha dejado la lengua dormida. Esto no es crack. Son caramelos de limón.

Koopmans sonrió lentamente.

—¿Aún quieres que vaya a por el equipo portátil?

—No, déjalo. Ayúdame a subir por este lado del contenedor. ¡Tenía que ponerme mis mejores zapatos de tacón justamente hoy!