La compañía
Capítulo 57
Audrey no llegó a casa hasta pasadas las siete, y al girar la llave en la cerradura de la puerta sintió una opresión en la boca del estómago. Había dicho a Leon que estaría de vuelta para cenar, aunque no había precisado la hora. Leon se enfurecía por nada. Pero su marido no se encontraba allí.
Leon había regresado tarde durante varias noches consecutivas, casi a las diez de la noche. Esto había comenzado a raíz de su estúpida rabieta a propósito de la llamada telefónica que Audrey había atendido después de llevarle el desayuno a la cama. ¿Qué estaría haciendo? ¿Había salido de copas? Últimamente no parecía borracho cuando volvía a casa. Audrey no había notado que su aliento oliera a alcohol.
Audrey tenía otra sospecha, aunque le asqueaba pensar en ella. Si era cierta, eso explicaría por qué Leon ya no quería acostarse con ella. Se acostaba con otra. Audrey temía que tuviera una aventura con otra mujer, y últimamente ni siquiera se molestaba en tratar de ocultarlo.
Leon se pasaba el día en casa mientras ella trabajaba, lo cual le ofrecía numerosas oportunidades de engañarla sin que Audrey lo supiera. Pero el hecho de que saliera y regresara a casa a las nueve, o a las diez, sin una excusa, irritaba a Audrey. Lo consideraba un descaro.
A las diez y unos minutos, Audrey oyó el sonido de la llave en la cerradura y apareció Leon, quien se dirigió a la cocina y llenó un vaso de agua. Ni siquiera se dignó a saludarla.
—Leon —dijo Audrey.
Pero él no respondió. Audrey lo comprendió todo. No era necesario ser detective. Estaba clarísimo. Al comprenderlo, Audrey sintió como si le hubieran asestado un puñetazo en el plexo solar.
Nick estaba en su estudio, revisando unos papeles. Había llamado a Eddie, a casa y a su móvil, pero no había obtenido respuesta. Al cuarto intento, Eddie contestó enojado:
—¿Qué pasa?
—Eddie, ha venido a veme esa mujer —respondió Nick.
—¿La Cleopatra Jones de Fenwick? No tiene superpoderes, Nick. Te está presionando para tratar de sonsacarte algo. Conmigo han intentado la misma táctica. Vino a verme el otro, Bugbee, y me hizo un montón de preguntas, pero comprendí que no tienen ninguna pista.
—Me interrogó sobre la llamada que te hice esa noche.
—¿Qué le dijiste?
—Pues, verás… Le había dicho que esa noche había dormido de un tirón.
—Mierda.
—No, escucha. Ésa fue mi primera versión, pero cuando comprobé que sabía que yo te había llamado al móvil, le dije que me había confundido de noche. Que esa noche la alarma había sonado y te había llamado para que vinieras a echarle un vistazo. —Nick esperó con creciente temor la respuesta de Eddie—. ¡Dios santo, Eddie, espero que no le dieras una versión distinta! Supuse que el hecho de que se disparara la alarma era un dato comprobable…
—Has hecho lo correcto. Cuando vi lo que el otro sabía, le dije más o menos lo mismo. Pero, joder, estaba cagado de miedo al pensar que podías dar otra respuesta. Te felicito.
—Tenemos que coordinar más nuestras versiones, Eddie. Tenemos que asegurarnos.
—De acuerdo.
—Y otra cosa. La inspectora admiró el sistema de alarma.
—Tiene buen gusto. —Eddie bajó la voz—. Al igual que la zumbada que está desnuda en mi cama. Estaba admirando mi polla. Motivo por el cual tengo que dejarte.
—Sobre todo las cámaras. Sobre todo las cámaras, Eddie.
—¿Sí?
—¿Estás seguro de que no hay forma de restaurar la parte de la cinta que borraste?
—No es una cinta, es digital —contestó Eddie bruscamente—. Ya te he dicho que no tienes nada de que preocuparte. Lo pasado, pasado está. ¿A qué viene tanta charla? Me he pasado diez minutos precalentando el horno, y ahora ya lo tengo a punto para meter mi baguette, ¿captas la indirecta?
—O sea, que el disco duro está completamente limpio, ¿no es así? No pueden recuperar la información.
Eddie emitió un suspiro de exasperación.
—Deja de comportarte como una nenaza, ¿vale?
Nick se enojó, pero comprendió que le convenía contenerse.
—Espero que sepas lo que haces —dijo con aspereza.
—Y dale. Ya has vuelto a meterte en mi terreno, joder. A propósito, ¿recuerdas ese trabajo que me pediste que hiciera sobre Scott McNally?
—Sí.
—¿Recuerdas que el mes pasado se ausentó durante una semana?
—Perfectamente. Se fue a un rancho para turistas en Arizona. Grapevine Canyon, si no me equivoco. Dijo que era como City Slickers, pero sin las risas.
—¿Como City Slickers? Sí, hombre, más bien se parece a Tigre. Scott es un mentiroso, pero los mediocres como él no renuncian a los descuentos corporativos que les hacen las agencias de viajes. De modo que ese cretino pidió un descuento por trabajar en Stratton cuando adquirió su billete para Hong Kong. Las chicas de la agencia de viajes me facilitaron los recibos. ¡Es increíble!
—¿Hong Kong?
Eddie asintió.
—Hong Kong y luego Shenzhen. Es una gigantesca zona industrial cerca de Hong Kong, llena de fábricas, en la China peninsular.
—He oído hablar de Shenzhen.
—¿Te dice algo ese lugar?
—Que Scott me está mintiendo —contestó Nick. Y que todos esos rumores son ciertos. Cuando el río suena, agua lleva, como dijo el tipo del DST.
—Tengo la impresión de que no haces más que meterte en problemas — dijo Eddie—. Unos graves problemas.