La compañía

Joseph Finder · Capítulo 12 de 111

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La compañía

Capítulo 11

 

Nick siguió a su hijo al piso de arriba.

—Tenemos que hablar —dijo.

—¿Qué pasa ahora? —rezongó Lucas. Al llegar a la puerta de su habitación, que estaba abierta, preguntó—: ¿Has entrado aquí?

—Siéntate, Luke.

Lucas se sentó en el borde de la cama. Sus ojos azules y enfurecidos eran límpidos como el cristal, inocentes y puros. Nick observó que estaba dejando que le creciera la barba en el mentón. Durante unos momentos Lucas pareció dudar sobre si debía confesar su falta en vista de las apabullantes pruebas.

—No he visto nada que no supiera antes, Nick. Tengo dieciséis años.

—Deja de llamarme Nick.

—De acuerdo, papá —replicó Lucas malhumorado—. Al menos no visito páginas web para ver películas snuff o de tortura. No tienes ni idea de la mierda que circula por ahí.

—Si vuelves a hacerlo, te corto el acceso a Internet, ¿entendido?

—No puedes hacer eso. Necesito disponer del correo electrónico para el colegio. Nos lo exigen.

—Entonces te dejaré sólo los controles de AOL.

—¡Pero qué dices! Utilizo Internet para consultar cosas.

—Ya, seguro. ¿Dónde estabas esta tarde?

—En casa de un amigo.

—Más bien parecía que estabas en un bar.

Lucas miró a su padre como si no estuviera dispuesto a responder a esa ofensa.

—¿Qué ha pasado con Ziggy?

—Es un capullo.

—Es tu mejor amigo.

—Tú no le conoces, ¿vale?

—¿Quiénes son esos chicos con los que sales?

—Unos amigos.

—¿Cómo se llaman?

—¿A ti qué más te da?

Nick se mordió el labio y reflexionó unos momentos.

—Quiero que vuelvas a ver a Underberg. —Lucas había estado yendo a un psicoterapeuta durante cuatro meses después de la muerte de Laura, hasta que dejó las visitas porque dijo que Underberg era un «gilipollas integral».

—No pienso volver a verlo.

—Tienes que hablar con alguien, ya que no quieres sincerarte conmigo.

—¿Sobre qué?

—Por favor, Lucas, acabas de sufrir uno de los peores traumas que puede sufrir un adolescente. Es lógico que lo estés pasando mal. ¿Crees que es menos duro para tu hermana y para mí?

—Olvídalo —dijo Lucas, alzando bruscamente la voz—. No insistas en el tema.

—¿Qué quieres decir con eso?

Lucas miró a su padre como si se compadeciera de él.

—Tengo deberes —contestó, levantándose de la cama y sentándose a su mesa.

 

Nick se sirvió un whisky con hielo, se sentó en el cuarto de estar y miró la televisión un rato, pero no daban nada que le interesara. Empezó a sentir un ligero y agradable zumbido. Aproximadamente a medianoche subió a su habitación. Las luces de las habitaciones de Julia y de Lucas estaban apagadas. El interruptor del sistema de alarma recientemente instalado en su dormitorio emitía un resplandor verde y anunciaba «preparado» con letras negras. «¿Preparado para qué?», se preguntó Nick. El instalador le había llamado esa tarde y le había dado una charla de diez minutos sobre el funcionamiento del mismo. Si había una puerta abierta en la casa, el interruptor indicaría algo así como FALLO-PUERTA DEL SALÓN. Si alguien bajaba la escalera indicaría FALLO-SENSOR DE MOVIMIENTO, SALÓN o donde fuera.

Nick se lavó los dientes, se desnudó hasta quedarse en ropa interior y se acostó en su gigantesco lecho. Junto al lado que había ocupado Laura había la misma pila de libros desde la noche del accidente. Marta les quitaba el polvo, pero no se atrevía a recogerlos. Parecía como si Laura estuviera de viaje por asuntos de trabajo y fuera a aparecer en el momento menos pensado sosteniendo sus llaves en la mano. Uno de los libros, que al verlo Nick siempre sentía que se le encogía el corazón, era un viejo catálogo de cursos de la Universidad Saint Thomas More en el que figuraba el nombre de Laura en la clase de historia del arte. A veces, por las noches, Laura lo hojeaba entristecida.

Las sábanas estaban frescas y suaves. Al volverse Nick notó un bulto: un muñeco de Julia. Nick sonrió y lo apartó. De un tiempo a esta parte Julia dejaba uno de sus muñecos en la cama de Nick cada noche, un juego que la niña se había inventado. Nick suponía que lo hacía porque de alguna forma eso daba a Julia la sensación de que dormía con su papá, puesto que hacía tiempo que no la dejaban acostarse en la cama de sus padres.

Nick cerró los ojos, pero en su mente no dejaba de darle vueltas al asunto. El whisky no le había servido de nada. En su imaginación no dejaba de visualizar una película confusa, de mala calidad: el policía preguntándole: «¿Tiene usted enemigos, señor Conover?». Las lágrimas ardientes de Julia, abrazada a él junto a la piscina, empapándole el cuello de la camisa.

Al cabo de unos quince o veinte minutos Nick desistió de su empeño, encendió la luz del baño y sacó una pastilla de Ambien del frasco de plástico marrón. La partió en dos, se la tragó sin agua y guardó la otra mitad en el frasco.

Luego encendió la lámpara de la mesilla para leer un rato. Nick no era un lector ávido, nunca leía novelas, sólo le gustaban las biografías, pero últimamente no tenía tiempo de leer. Detestaba esos libros sobre gerencia empresarial que muchos de sus colegas ejecutivos tenían en sus estanterías.

Por fin, al cabo de un rato, Nick empezó a sentir algo de sueño y apagó la luz.

No sabía el tiempo que había transcurrido cuando de pronto le despertó un pitido agudo y rápido. Los operarios de Eddie habían instalado la alarma de forma que sólo sonara, y no muy fuerte, en el dormitorio o el estudio de Nick cuando él estuviera en casa.

Nick se incorporó en la cama. El corazón le latía con fuerza y tenía la mente embotada. Durante unos momentos no supo dónde se hallaba ni a qué obedecía el intenso e insistente pitido.

Cuando comprendió de dónde provenía, saltó de la cama y miró el mensaje luminoso que emitía el interruptor de la alarma.

Éste indicaba: ALARMA *** PERÍMETRO *** ALARMA.

Nick se dirigió a la escalera, procurando no hacer ruido para no despertar a sus hijos, y bajó a investigar.