La compañía
Tercera Parte
Culpa
37
Nick los condujo a una de las salas de conferencias. No podían hablar en su despacho, puesto que cualquiera, incluida Marjorie, podría escuchar la conversación.
Nick tomó la iniciativa. Se sentó a la cabecera de la mesa. En cuanto los dos inspectores de homicidios empezaron a hablar, Nick hizo lo propio. Adoptó un tono sosegado, competente, serio pero cordial.
Era el director de una importante empresa, tenía un millón de asuntos que atender, y esos dos policías se habían presentado sin haber concertado una cita, sin haber tenido siquiera la cortesía de llamarlo para anunciar su visita. Con todo, Nick no quería minimizar la importancia de su labor. Estaban investigando el asesinato de un exempleado de Stratton. Quería darles la impresión de que se lo tomaba muy en serio. Era una situación delicada.
Nick estaba aterrorizado. No le gustaba el hecho de que se hubieran presentado en su lugar de trabajo. Había algo agresivo, casi acusatorio en eso. A través de su tono y su actitud, Nick quería darles a entender que eso le disgustaba, pero transmitiendo al mismo tiempo el respeto que le infundía su misión.
—Sólo puedo concederles cinco minutos, inspectores —dijo—. Tengo un día muy ajetreado.
—Gracias por atendernos —respondió la mujer negra.
El hombre rubio parpadeó unas cuantas veces, como un dragón de Komodo acechando a una cabra de aspecto apetecible, pero no dijo nada. La mujer negra mostraba un talante dulce, como pidiendo disculpas, sin duda con ánimo de conquistarle. El hombre rubio —¿Busbee, Bugbee?— era el peligroso.
—Preferiría que llamaran a mi secretaria y concertaran una cita. Estaré encantado de conversar con ustedes largo y tendido.
—No le entretendremos mucho —respondió el rubio.
—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó Nick.
—Como sabe, señor Conover, la semana pasado un empleado de Stratton fue hallado asesinado —dijo la mujer negra. Era muy guapa, y exhalaba un aire de serenidad.
—Sí —confirmó Nick—. Andrew Stadler. Una tragedia.
—¿Conocía al señor Stadler? —prosiguió la inspectora.
Nick negó con la cabeza.
—Lamentablemente, no. Tenemos cinco mil empleados. Hace dos años teníamos diez mil, antes de vernos forzados a despedir a un gran número de personas. Es imposible que los conozca a todos, aunque me gustaría —agregó Nick, sonriendo con cierto aire de tristeza.
—Asistió a su funeral —señaló la inspectora.
—Desde luego.
—¿Asiste siempre a los funerales de los empleados de Stratton? — inquirió el policía rubio.
—No. Pero asisto siempre que puedo. Actualmente, no siempre agradecen mi presencia. Pero creo que es lo menos que puedo hacer.
—¿Así que no conocía personalmente al señor Stadler? —preguntó la mujer negra.
—No.
—Pero estaba al tanto de su… situación, ¿no es así? —prosiguió la inspectora.
—¿Su situación?
—Sus problemas personales.
—Posteriormente averigüé que había estado ingresado en una clínica, pero muchas personas padecen trastornos psíquicos y no son violentas.
—Disculpe —se apresuró a decir la policía negra—, ¿cómo se enteró de que Stadler había estado ingresado en una clínica? ¿Lo vio en su expediente?
—Supongo que lo leí en la prensa.
—La prensa no publicó ese detalle —dijo el tipo rubio.
—Me extraña —insistió Nick. Estaba convencido de haberlo leído en el periódico—. Decía algo sobre su «historial de trastornos mentales» o algo por el estilo.
—Pero no que hubiera estado ingresado —replicó el rubio con firmeza.
—Entonces debió de decírmelo alguien.
—¿Su jefe de seguridad, Edward Rinaldi?
—Es posible. No lo recuerdo.
—Ya —dijo la mujer negra mientras tomaba unas notas.
—Señor Conover, ¿le dijo Edward Rinaldi que creía que Andrew Stadler había matado a su perro? —preguntó el policía rubio.
Nick entornó los ojos, como tratando de recordar. Recordaba habérselo preguntado a Rinaldi.
«Le dije que ni siquiera le conocías. Lo cual es cierto».
«Ni siquiera había oído el nombre de ese individuo —había dicho Nick—. ¿No es así? ¿No se lo mencionaste a la inspectora?».
«Pues claro. Le dije que eras un hombre muy ocupado, que yo cumplía con mi trabajo y tú no te metías en lo que yo hacía».
—Eddie no mencionó ningún nombre —dijo Nick.
—¿De veras? —respondió la mujer, sorprendida.
Nick asintió con la cabeza.
—A decir vedad, ha sido un año muy duro. Soy el director de una empresa que ha tenido que despedir a la mitad de su plantilla. Me he granjeado muchas antipatías, lo cual es comprensible.
—O sea, que no es usted el hombre más querido de la ciudad —dijo la inspectora.
—Por decirlo suavemente. He recibido cartas de odio de empleados que han sido despedidos, unas cartas desgarradoras.
—¿Amenazas? —preguntó la inspectora.
—Quizá, no lo sé.
—¿Cómo es posible que no sepa si ha recibido amenazas? —preguntó el inspector.
—Yo no soy el primero en abrir mi correo. Si recibo una carta amenazadora, va directamente a seguridad. Esa carta no llega a mi mesa.
—¿No quiere saberlo? —dijo el policía—. Yo querría saberlo.
—Yo no. A menos que deba estar al corriente por algún motivo concreto. Cuanto menos sepa, mejor.
—¿Lo dice en serio? —preguntó el tipo rubio.
—Desde luego. No quiero obsesionarme. No merece la pena.
—¿Le dijo el señor Rinaldi por qué estaba indagando en la vida del señor Stadler? —insistió la mujer negra.
—No. Ni siquiera sabía que lo estuviera haciendo.
—¿No le dijo que había estado investigando a Stadler? —insistió la inspectora.
—No. No me dijo nada sobre Stadler. Yo no tenía ni remota idea de lo que estaba investigando Eddie. Él hace su trabajo y yo el mío.
—¿El señor Rinaldi no le mencionó nunca el nombre de Stadler? — preguntó la mujer.
—Que yo recuerde, no.
—Estoy confundida —dijo la inspectora—. Acaba usted de decir que es posible que el señor Rinaldi le dijera que Andrew Stadler había estado ingresado en una clínica. Lo cual requeriría que le mencionara el nombre de Stadler, ¿no es así?
Nick sintió que una gotita de sudor se deslizaba por el lóbulo de su oreja.
—Cuando publicaron la noticia de la muerte de Stadler, es posible que Eddie me mencionara su nombre. Pero no lo recuerdo.
—Humm —respondió la mujer. Transcurrieron unos instantes de silencio.
Nick no hizo caso de la gota de sudor, pues no quería llamar la atención enjugándosela.
—Señor Conover —intervino el hombre rubio—, su casa ha sido allanada en varias ocasiones durante este año, ¿no es así? Desde que comenzaron los despidos.
—Sí, varias veces.
—¿Fue siempre la misma persona?
—Es difícil precisarlo. Pero supongo que se trata de la misma persona.
—¿Hicieron unas pintadas?
—Hicieron unas pintadas con spray en las paredes de mi casa.
—¿Qué tipo de pintadas? —preguntó la inspectora negra.
—«No hay escondite posible».
—¿Eso era lo que habían escrito?
—Sí.
—¿Recibió alguna amenaza de muerte?
—No. Desde que empezaron los despidos, hace dos años, he recibido alguna que otra llamada telefónica de amenazas, pero nada tan específico.
—Mataron a su perro —dijo el policía rubio—. ¿No lo considera una amenaza de muerte?
Nick reflexionó unos momentos.
—Es posible. Lo hiciera quien lo hiciese, fue una salvajada, una aberración. —Nick temió haber ido demasiado lejos, haber traicionado su ira. Pero ¿cómo iba a reaccionar? Observó que la mujer negra escribía algo en su bloc de notas.
—¿La policía de Fenwick sospecha quién lo hizo? —inquirió el policía.
—No tengo ni la más remota idea.
—¿Suele llevar el señor Rinaldi el tema de su seguridad personal fuera de la empresa? —preguntó la inspectora negra.
—Oficiosamente, sí —contestó Nick—. A veces. Después de este último incidente, le pedí que me instalara un nuevo sistema de seguridad.
—De modo que comentó el incidente con él —señaló la inspectora.
Nick se demoró unos instantes en responder. ¿Qué les había contado Eddie exactamente? ¿Les había dicho que había ido a casa de Nick después de que mataran a Barney? Nick se lamentó de no haber hablado con Eddie más a fondo, para averiguar todo lo que les había dicho. Mierda.
—Brevemente. Le pedí consejo, como es lógico.
Nick esperó la inevitable pregunta siguiente, al menos inevitable para él: ¿Fue Eddie Rinaldi a su casa después de que hallaran a Barney en la piscina? ¿Cuál era la mejor respuesta?
Pero en lugar de formularle esa pregunta, la inspectora negra dijo:
—Señor Conover, ¿cuánto hace que se mudó a la urbanización Fenwicke?
—Aproximadamente un año.
—¿Después de que anunciaran los despidos? —prosiguió la inspectora.
—Un año después.
—¿Por qué?
Nick dudó unos instantes.
—Mi esposa insistió.
—¿Por qué?
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De que nuestros hijos sufrieran algún daño.
—¿Qué le hacía temer eso?
—Era una cosa instintiva, más que nada. Sabía que había varias personas que querían lastimarnos.
—De modo que sí recibió amenazas —dedujo la inspectora negra—. Pero usted ha dicho que no sabía nada de amenazas, que no quería saberlo.
Nick apoyó las manos en la mesa, una sobre otra. Se sentía desesperado, atrapado como un animal acorralado, y sabía que la única forma de responder era empleando un tono razonable y franco.
—¿Sabía yo que había recibido unas amenazas específicas? No. ¿Sabía que había recibido unas amenazas, unos casos aislados, que nos la tenían jurada a mi familia y a mí? Pues claro. La gente habla. Los rumores se difunden rápidamente. No iba a esperar con los brazos cruzados hasta comprobar si esos rumores eran fundados o infundados. Y les aseguro que mi esposa tampoco estaba dispuesta a esperar.
Los dos policías parecieron aceptar la respuesta de Nick.
—Antes de mudarse a su nueva casa, ¿sufrió algún allanamiento de morada?
—No hasta que nos trasladamos a la urbanización Fenwicke.
El policía rubio sonrió.
—Supongo que esa… urbanización vallada… no le ofrecía ninguna protección —dijo, pronunciando despectivamente las palabras «urbanización vallada», sin molestarse en disimular cierta nota de satisfacción.
—Se tarda más en entrar y salir, eso es todo —reconoció Nick.
El tipo rubio se rió y meneó la cabeza.
—Pero seguro que cuesta mucho más.
—¡Qué cosas tiene!
—Aunque usted puede permitírselo.
Nick se encogió de hombros.
—No fui yo, sino mi esposa quien decidió que nos mudáramos allí.
—Su esposa murió el año pasado —terció la mujer negra—, ¿no es así?
—Sí.
—¿No hubo sospechoso en su muerte?
Una pausa.
—No, nada sospechoso —respondió Nick lentamente—. Fue un accidente de carretera.
—¿Conducía usted? —preguntó la inspectora.
—No, mi esposa.
—¿Habían bebido?
—El otro conductor había bebido media botella de vino —contestó Nick.
—Pero usted no.
—No —respondió Nick—. Yo no. —Apretó los labios y consultó su reloj —. Me temo que…
El tipo rubio se levantó y dijo:
—Gracias por dedicarnos estos minutos.
Pero la mujer negra permaneció sentada.
—Sólo quiero hacerle un par más de preguntas, señor.
—¿No podríamos seguir con el interrogatorio en otro momento? — preguntó Nick.
—Sólo nos llevará un par de minutos, si no le importa. No queremos dejar ningún cabo suelto. ¿Tiene usted alguna arma de fuego, señor Conover?
—¿Un arma de fuego? —Nick negó con la cabeza. Confiaba en no haberse sonrojado.
—Una pistola —explicó la inspectora.
—No. Lo siento.
—Gracias. A propósito, ¿dónde estaba usted el martes por la noche?
—En casa. No me he movido de la ciudad desde hace aproximadamente diez días.
—¿Recuerda a qué hora se acostó?
—¿El martes?
—El martes pasado.
Nick reflexionó unos momentos.
—El miércoles salí a cenar. El martes me quedé en casa.
—¿Recuerda a qué hora se fue a dormir?
—No… normalmente me acuesto sobre las once, o las once y media.
—¿Así que podemos decir que sobre las once y media estaba acostado?
—Eso creo. —Nick comprendió entonces que la inspectora era muy lista, más que su compañero rubio, que era simple fachada.
—¿No se despertó en toda la noche?
—No. —Joder, pensó Nick. ¿Qué está insinuando?
—De acuerdo, estupendo —dijo la inspectora al tiempo que se levantaba —. Esto es todo. Le agradecemos el tiempo que nos ha dedicado.
Nick se levantó y les estrechó la mano a ambos.
—A su disposición —dijo—. Pero la próxima vez les agradecería que me avisaran antes de venir.
—Lo haremos —respondió la mujer negra. De pronto se detuvo, como si vacilara—. Siento haberle entretenido, señor Conover. Pero las víctimas no son simples números, son seres humanos. Al margen de sus problemas y de sus dificultades, un hombre ha muerto. Alguien que era importante para otra persona. Todos tenemos alguien que nos quiere.
—Eso espero —respondió Nick.