La compañía

Joseph Finder · Capítulo 67 de 111

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La compañía

Capítulo 66

 

 

Cuando Nick llegó a casa de Cassie, caía un auténtico aguacero. Aparcó frente a la entrada del edificio, se dirigió a la carrera hacia la puerta principal, llamó y esperó chorreando a que se abriera la puerta. Nadie respondió, de modo que Nick volvió a tocar el timbre.

Tampoco esta vez hubo respuesta. Nick llamó por tercera vez y miró su reloj. Eran la una menos veinte, la hora a la que habían quedado. Cassie le había dicho que fuera entre las doce y media y la una. Aunque bien mirado resultaba un tanto ambiguo; quizá Cassie había querido que Nick especificara la hora.

Calado hasta los huesos, temblando debido a la gélida lluvia, Nick llamó una y otra vez a la puerta con los nudillos. Tendría que cambiarse de ropa en el despacho, donde siempre tenía una muda. El director general de Stratton no podía pasearse por la sede de la compañía con la ropa empapada.

Por fin Nick hizo girar el pomo y le sorprendió que la puerta cediera.

—¿Cassie? —dijo al entrar.

No hubo respuesta.

Nick entró en la cocina.

—Soy yo, Nick. ¿Estás aquí, Cassie?

Nada.

Nick se dirigió al cuarto de estar, pero ella tampoco estaba ahí. Empezó a inquietarse. Cassie parecía un tanto frágil, y su padre acababa de morir, por lo que cualquiera sabía si era capaz de cometer un disparate.

—Cassie —gritó Nick más fuerte. Ella no estaba en la planta baja. Las persianas del cuarto de estar estaban cerradas. Nick miró a través de la rendija de una persiana, pero tampoco vio a Cassie fuera.

Inquieto, Nick subió la escalera, llamándola. El piso superior estaba aún más oscuro y resultaba más lóbrego que la planta baja. A Nick no le extrañó que Cassie no le hubiese permitido subir allí. Había dos puertas, una a cada lado de un pequeño pasillo, y otras dos en los extremos, ninguna de ellas cerrada. Nick empezó por la habitación situada al fondo del pasillo. Era un dormitorio, sobriamente amueblado con una cama de matrimonio y un tocador. La cama estaba hecha. Por el aspecto y el olor, hacía tiempo que nadie ocupaba esa estancia. Nick dedujo que era el dormitorio de Andrew Stadler. Salió y se dirigió a la habitación situada en el otro extremo del pasillo. La cama sin hacer, unos vaqueros vueltos del revés y tirados en el suelo y el olor a pachulí y a tabaco indicaban que era el dormitorio de Cassie.

—Cassie —dijo Nick de nuevo, tras lo cual se dirigió a otra habitación.

En ésta reinaba un penetrante olor a pintura, y antes de entrar comprendió que era el estudio. Había un lienzo sin terminar sobre un caballete, un cuadro extraño en el que aparecía una mujer rodeada por unas pinceladas de color naranja y amarillo intenso. Había otras telas apoyadas en las paredes, que parecían unas variaciones de la extraña imagen de una joven de cabello negro, desnuda, con la boca contraída en un rictus, como si gritara. Guardaba cierto parecido con El grito, el famoso cuadro de Edvard Munch. En todos los cuadros la mujer aparecía rodeada por unas pinceladas concéntricas amarillas y naranjas, como una puesta de sol, o quizá un fuego. Eran unos cuadros inquietantes pero bien ejecutados, pensó Nick, aunque no era un gran entendido en pintura.

Cassie tampoco estaba allí, lo cual significaba que había ocurrido algo grave o quizá un malentendido desde que Nick le había enviado el mensaje un par de horas atrás. Quizá Cassie había cambiado de opinión, o había tenido que salir, o le había enviado otro correo electrónico informándole de que no podían verse, y Nick no lo había recibido. Eran cosas que ocurrían.

Nick entró en la última habitación, pero era un baño. Hacía un buen rato que tenía ganas de orinar, de modo que lo hizo y luego tomó una toalla y se secó un poco la camisa y el pantalón. Dejó la toalla en su sitio y antes de salir echó un vistazo al armario con espejo que contenía el botiquín, sintiéndose mal por espiar.

Aparte de los acostumbrados cosméticos y productos femeninos, Nick encontró dos frascos farmacéuticos de plástico de color marrón que, según sus respectivas etiquetas, eran Zyprexa y litio. Nick sabía que el litio lo tomaban los maníaco-depresivos, pero no sabía qué era el otro fármaco. Vio el nombre de Andrew Stadler escrito en las etiquetas.

Eran las medicinas del padre de Cassie, pensó Nick, que ella aún no había tirado.

—No todas son de mi padre.

La voz de Cassie sobresaltó a Nick.

—El litio lo tomo yo —añadió Cassie—. Lo odio. Hace que me engorde y me produce acné. Es como volver a la adolescencia. —Cassie le mostró una cajetilla de tabaco sin abrir, y Nick comprendió el motivo de que hubiera salido.

—Joder, Cassie, lo siento. —Nick ni siquiera fingió estar buscando un analgésico o algo parecido—. Me siento fatal. No pretendía husmear en tus cosas, quiero decir que lo estaba haciendo, pero no debí…

—Para saber si está lloviendo no es necesario espiar nada. Salta a la vista. Cuando conoces a una persona que obtuvo las mejores calificaciones en el instituto, con un expediente académico intachable, que ha sido admitida en todas las universidades en las que quería ingresar y que no hace nada de provecho en la vida, uno se pregunta cómo es que no está cobrando un sueldo de seis cifras en Corning o trabajando en las vías de transducción de señales en la Facultad de Medicina Alfred Einstein.

—Escucha, Cassie…

Cassie se apoyó el índice en la sien e hizo un gesto circular, como indicando que estaba loca.

—Tienes que llegar a la conclusión de que a esa chica le falta un tornillo.

—No digas eso.

—¿Preferirías que me pusiera una bata blanca y te hablara sobre los niveles de catecolaminas en la parte anterior media del hipotálamo? ¿Qué exhibiera mis conocimientos científicos? ¿Te parecería menos ofensivo? No es más revelador.

—No creo que estés loca.

—Si pareces loco, es que estás loco —replicó Cassie, imitando la voz de Forrest Gump.

—Déjalo, Cassie.

—Vamos abajo.

Después de sentarse juntos en el sofá de color marrón lleno de bultos que había en el cuarto de estar, Cassie prosiguió:

—Conseguí una beca para estudiar en Carnegie Mellon. Yo quería ir al MIT, pero mi padrastro no pensaba gastarse ni un centavo en mis estudios, e incluso con una ayuda económica iba a resultar bastante caro. El primer curso fue duro. No tanto debido a la dificultad de la carrera como a mis compañeros. Durante el primer año, la residencia donde me alojaba se incendió y la mitad de las chicas murieron. Eso me trastornó hasta el punto de que regresé aquí y me encerré en mi habitación, negándome a salir. No volví a la universidad.

—Estabas traumatizada.

—Me enganché a la cocaína, al Valium y a otras drogas. Yo misma me medicaba. Tardé unos años en comprender que tenía «tendencias bipolares». Estuve ingresada seis meses en un hospital debido a una fuerte depresión. Pero los médicos que me atendieron hicieron un buen trabajo.

—Vives mejor gracias a los fármacos, por así decirlo.

—Sí. Pero me había apartado del Sendero.

—¿El Sendero? ¿Se trata de algo religioso?

—El Sendero, Nick. El Sendero. Tú fuiste a la Universidad Estatal de Michigan, estudiaste empresariales, conseguiste un puesto en el Vaticano del mobiliario de oficina, tenías ante ti una carrera brillante siempre que trabajaras con ahínco, te portaras bien y no te granjearas demasiadas antipatías.

—Entiendo. ¿Y tú…?

—Yo me aparté del Sendero. O me perdí por el camino. Quizá me adentré en el bosque y se levantó una fuerte ráfaga de viento que diseminó las hojas sobre la senda, haciendo que tomara una dirección equivocada. Quizá los pájaros se comieron las dichosas migas que señalaban la ruta. No digo que mi vida no tenga un propósito. Pero quizá el propósito sea ofrecer un ejemplo para que otros no cometan el mismo error.

—No creo que el mundo sea tan cruel —dijo Nick.

—Eso es lo que pensáis las personas como tú —contestó Cassie.

—Nunca es demasiado tarde.

Cassie se inclinó hacia Nick y se apoyó en su pecho.

—Qué pensamiento tan bonito —murmuró.