La compañía

Joseph Finder · Capítulo 51 de 111

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La compañía

Capítulo 50

 

Tan pronto como Audrey regresó a la comisaría, Bugbee se acercó a su mesa, sosteniendo una taza de café en una mano y unos papeles en la otra, mostrando un aspecto satisfecho.

—No me lo digas —dijo Bugbee—. El psiquiatra te lo ha contado todo sobre los tarados de sus pacientes.

Audrey comprendió entonces la satisfacción de Bugbee. Parecía un gato que se relame, sí, pero había algo más. Mostraba la misma expresión que Audrey había visto en LaTonya cuando sus hijos se metían en un apuro por haber hecho algo que ella les había pedido que no hicieran.

—Me dio unos datos muy útiles sobre la esquizofrenia y la violencia — contestó Audrey.

—Cosas que igualmente podías haber encontrado en cualquier libro de texto, supongo. Pero seguro que no te ha dicho nada sobre Stadler. Aduciendo la confidencialidad entre médico y paciente.

—Debe de existir un medio de acceder al historial médico de Stadler. — Audrey no quería reconocer ante Bugbee que tenía razón.

—¿Qué crees que haría Jesús, Audrey? Conseguir un mandato judicial.

Audrey hizo caso omiso del chiste.

—Eso no servirá —respondió ella—. Lo máximo que obtendremos con un mandato judicial son las fechas en que Stadler fue ingresado en el hospital y demás. Su historial seguirá estando protegido. Quizá podamos solicitar un documento alegando libertad de información.

—¿De cuántos años dispones para resolver el caso?

—Tienes razón.

—A propósito de mandatos judiciales —dijo Bugbee, agitando los papeles que sostenía en la mano izquierda—, ¿cuándo pensabas decirme que habías pedido el registro de llamadas telefónicas del jefe de seguridad de Stratton?

—¿Ya ha llegado?

—No te andes por las ramas. ¿Por qué querías verlo?

Audrey supuso que Bugbee los había tomado del fax, o quizá los había visto en el buzón de su ordenador.

—Déjame verlo —dijo Audrey.

—¿Por qué te interesa el registro de llamadas que haya hecho Edward Rinaldi?

Audrey le dirigió una mirada fría y prolongada, el tipo de mirada que LaTonya manejaba con gran habilidad.

—¿Te niegas a entregármelo, Roy?

Bugbee le pasó los papeles de inmediato.

Caray, pensó Audrey, tendré que seguir el cursillo de Afirmación de la Personalidad que imparte LaTonya. Experimentó una sensación de triunfo y se preguntó si era un sentimiento digno. Suponía que no, pero de todos modos se recreó en él, aunque no sin cierta sensación de culpabilidad.

—Gracias, Roy. Ahora, en respuesta a tu pregunta, quería verlo porque me interesa averiguar si Rinaldi hizo alguna llamada a Andrew Stadler.

—¿Por qué?

—Piensa un poco. Rinaldi llamó a nuestra división de archivos para averiguar si Stadler tenía antecedentes penales. Stadler es el único empleado que había sido despedido de Stratton por el que se interesó Rinaldi. Eso indica que sospechaba de él, que debió de sospechar que Stadler era el acosador que había entrado en casa de Nicholas Conover.

—Sí, y quizá tuviera razón. Desde el asesinato de Stadler no se han producido más allanamientos en casa de Conover.

—Que hayan denunciado —puntualizó Audrey—. Y sólo ha pasado una semana.

—Quizá Stadler fuera el acosador. Quizá Rinaldi había descubierto algo.

—Es posible. O quizá no. En cualquier caso, no me sorprendería que el jefe de seguridad hubiera llamado a Stadler para advertirle de que no se acercara por la vivienda de Nicholas Conover. Quizá le dijera: «Como vuelvas a hacer algo, te arrepentirás».

La lista de llamadas que les había enviado por fax el operador del móvil de Rinaldi era densa y apretada, compuesta por unas diez o veinte páginas. Audrey le echó un breve vistazo y comprobó que la lista contenía buena parte de la información que había solicitado, pero no toda. En ella constaba la fecha y hora de todas las llamadas que Rinaldi había hecho y recibido, pero sólo algunos números telefónicos adjuntaban un nombre. Otros, no.

—Deduzco que has examinado esta lista —dijo Audrey.

—Sí, le he echado una breve ojeada. Ese tipo parece tener una vida social muy activa. La lista está repleta de nombres femeninos.

—¿Has comprobado si contiene el nombre de Andrew Stadler?

Bugbee negó con la cabeza.

—¿Has examinado detenidamente el día y la noche en que se produjo el asesinato?

Bugbee miró a Audrey con desdén.

—No todos los números telefónicos llevan adjunto un nombre.

—Ya me he dado cuenta. Un poco raro, ¿no?

—Supongo que si un número no consta en la guía, el nombre no aparece automáticamente.

—Suena lógico —respondió Audrey. Vaciló unos instantes, tentada a mostrarse tan parca en elogios como se mostraba siempre Bugbee. Pero ¿no estaba escrito en algún versículo de los Proverbios que una palabra pronunciada en el momento idóneo es como una manzana de oro en bandeja de plata?—. Creo que tienes razón. Has dado en el clavo.

Bugbee se encogió de hombros, un gesto no tanto de modestia como de indiferencia, para indicar a Audrey que en él era normal llegar a estas brillantes conclusiones.

—Eso representa un montón de referencias cruzadas —comentó Bugbee.

—¿Podrías encargarte tú?

Bugbee soltó un bufido.

—Claro, como que me sobra el tiempo…

—Alguien tiene que hacerlo.

Un instante de silencio: una táctica para guardar las distancias.

—¿Has averiguado algo más sobre esa hidrosemilla?

Bugbee sonrió lentamente y extrajo del bolsillo del pantalón un formulario de color rosa del laboratorio.

—Es Compost Penn.

—¿Compost Penn? ¿Qué es eso?

—Una fórmula patentada comercializada por la Lebanon Seaboard Corporation en Pensilvania, una compañía que fabrica fertilizantes y productos para el césped. —Bugbee leyó las notas redactadas por otra persona, probablemente un técnico del laboratorio—. Se caracteriza por unas bolitas pequeñas de forma regular, que miden algo más de un centímetro de longitud y medio centímetro de ancho. Parecen caca de hámster. Bolas de celulosa compuestas por papel de periódico reciclado liofilizado, fertilizante enriquecido y cristales de polímero superabsorbentes. Y tinte verde.

—Y semillas de hierba.

—No forman parte del Compost Penn. La empresa de productos para el césped mezcla las semillas de hierba con el compost y un emulsionante para crear un estiércol líquido que se rocía sobre el suelo. Es como una crema de guisantes, pero menos espesa. En este caso las semillas de hierba son una mezcla de Kentucky Bluegrass y Creeping Red Fescue, con un toque de Saturn Perennial Ryegrass y Buccaneer Perennial Ryegrass.

—Buen trabajo —dijo Audrey—. Pero eso no me dice gran cosa. ¿Es una fórmula corriente de hidrosemillas?

—Lo que varía mucho son las semillas de hierba. Existen unas novecientas variedades. Algunas son una porquería.

—¿O sea que no todas las empresas de productos para el césped utilizan la misma mezcla?

—No. La mierda que se utiliza junto a las carreteras, una mezcla barata, es mejor que no la utilices para el césped de tu jardín. Cuanto mejor sea el compost, mejores resultados obtienes.

—El Compost Penn…

—Es caro. Mucho mejor que la porquería que suelen utilizar, formado por un compost hecho con pulpa de madera o papel de periódico. Lo venden en sacos de veinticinco kilos. Es un producto bastante caro. Dudo que sea muy corriente. Es lo que utilizan los ricos para sus céspedes, es decir, los ricos que saben lo que es calidad.

—De modo que tenemos que averiguar qué empresas de productos para el césped utilizan el Compost Penn.

—Lo cual significa un montón de llamadas telefónicas.

—¿Cuántas empresas de productos para el césped hay en Fenwick? ¿Dos o tres?

—Eso no es lo que me importa —contestó Bugbee—. Digamos que encontramos una empresa que en ocasiones utiliza el Compost Penn en su mezcla para el césped. ¿Y luego qué?

—Luego averiguamos qué personas utilizaron el Compost Penn en sus céspedes. Si dices que es tan caro, no serán muchas.

—¿Y qué adelantamos? Nuestro fiambre atravesó un césped plantado con Compost Penn. ¿Y qué?

—No creo que haya muchos céspedes elegantes en La Perrera, Roy — replicó Audrey—. ¿Y tú?