La compañía

Joseph Finder · Capítulo 87 de 111

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La compañía

Capítulo 86

 

—Sé que eres un hombre muy ocupado, Nick —dijo Jerome Sundquist mientras le acompañaba a su despacho y pasaban frente a las fotografías enmarcadas de campeones de tenis multiculturales—, pero si alguien te debe una disculpa, ése es tu hijo. —Sundquist habló en voz alta para que lo oyera Lucas.

Lucas estaba sentado en una de las butacas tapizadas de color tostado, encogido, con los hombros encorvados, como si hubiera menguado. Llevaba una camiseta debajo de una camisa a cuadros y un pantalón ancho con una cremallera a la altura de las rodillas para poder convertirlos en unas bermudas, cosa que Lucas nunca hacía.

Cuando Nick entró, su hijo no alzó la vista.

Nick se detuvo, enfundado en una gabardina —esta vez estaba preparado para enfrentarse al mal tiempo, incluso había cogido un paraguas—, y dijo:

—De modo que has vuelto a las andadas.

Lucas no respondió.

—Cuéntaselo a tu padre —terció Sundquist, sentándose detrás de su voluminosa mesa. Nick se preguntó brevemente por qué las personas que tenían unas mesas de trabajo gigantescas y unos despachos enormes en realidad no solían ejercer mucho poder.

Entonces recordó que aunque Jerry Sundquist sólo era el director de un instituto en una pequeña población en Michigan, en estos momentos ejercía una influencia tan poderosa en las vidas de los Conover como Willard Osgood.

Lucas miró al director con los ojos enrojecidos y luego fijó la vista en sus pies. ¿Había estado llorando?

—Bien, si él no tiene el valor de decírtelo, entonces lo haré yo —dijo Sundquist, repantigándose en su silla. Parecía disfrutar con la situación, pensó Nick—. Ya te dije que si volvían a pillarlo fumando, le expulsaríamos.

—Entiendo —respondió Nick.

—Y creo que también te dije que si encontrábamos drogas, avisaríamos a la policía.

—¿Drogas?

—Hace unos años la junta escolar votó unánimemente que cualquier estudiante que consumiera, distribuyera o poseyera marihuana en el recinto de la escuela, sería expulsado temporalmente, arrestado y sometido a un proceso, arriesgándose a ser expulsado de forma permanente.

—Arrestado —repitió Nick, sintiendo un repentino escalofrío, como si hubiera entrado en una cámara frigorífica de carne. Lucas no había estado llorando. Estaba colocado.

—Nosotros notificamos a la policía y dejamos que sean ellos los que presenten cargos contra el estudiante. Debo decirte que las leyes de Michigan son muy severas con respecto a los menores a quienes se les incauta marihuana. La multa de dos mil dólares probablemente sea una insignificancia para ti, Nick, pero he visto a jueces imponer a menores desde una pena de libertad condicional hasta cuarenta y cinco días en prisión, e incluso un año.

—Jerry…

—Según las leyes de Michigan, estamos obligados a notificar a la policía, ¿comprendes? No hay alternativa.

Nick asintió con la cabeza y empezó a masajearse la frente para aliviar su jaqueca. «Dios santo —pensó—. Van a expulsarle». No había otro instituto en setenta kilómetros a la redonda. ¿Y qué colegio privado aceptaría a Lucas con su expediente? ¿Cómo habría reaccionado Laura ante esto? Ella estaba mejor dotada que Nick para resolver situaciones difíciles.

—Quisiera hablar contigo, Jerry. Los dos solos. Sin Luke.

Sundquist sólo tuvo que volverse hacia Lucas y alzar el mentón, y el chico se levantó como una bala.

—Espera en la sala de profesores —le dijo Sundquist, quien a continuación agregó—: Lo siento, Nick. Me disgusta hacerte esto.

—Jerry —dijo Nick, inclinándose hacia delante. Durante unos momentos perdió el hilo de sus pensamientos. De pronto ya no era un padre importante, el presidente y director general de la empresa más relevante de la ciudad. Era un estudiante implorándole al director de su instituto—. Estoy tan furioso como tú por este incidente. Probablemente más. Y debemos hacer comprender a Lucas que es una conducta inaceptable. Pero es la primera vez que lo hace.

—En cambio yo no estoy tan seguro de que sea la primera vez que Lucas fuma marihuana —contestó Sundquist, mirando de soslayo—. De todos modos, seguimos una política de tolerancia cero. En estos casos nuestras opciones son muy limitadas.

—No se trata de una pistola, y Lucas no es un camello. Estamos hablando de un cigarrillo de marihuana, ¿no es así?

Sundquist asintió con la cabeza.

—Hoy en día empiezan por ahí.

—Jerry, debes tener en cuenta lo que ha sufrido el chico debido a la muerte de Laura. —El tono de Nick contenía una nota de súplica que le avergonzó.

El director del instituto no se inmutó. Es más, parecía casi satisfecho. Nick sintió que la ira se adueñaba de él, pero sabía que si se abandonaba a este sentimiento eso sólo serviría para empeorar la situación.

Nick respiró hondo y dijo:

—Jerry, te suplico clemencia. Si hay algo que yo pueda hacer por el instituto, el sistema del instituto, cualquier cosa que pueda hacer Stratton, cuenta con ello.

—¿Me estás ofreciendo un soborno? —preguntó Sundquist con aspereza.

—Por supuesto que no —contestó Nick, aunque ambos sabían que eso era exactamente de lo que estaba hablando. Otro descuento importante en el mobiliario ahorraría al instituto cientos de miles de dólares al año.

Sundquist cerró los ojos y sacudió la cabeza con tristeza.

—Eso es indigno de ti, Nick. ¿Qué clase de lección vas a enseñarle a tu hijo si obtiene un trato especial debido al cargo que ocupa su padre?

—Lo que hablemos aquí quedará entre nosotros —respondió Nick. Le parecía increíble que acabara de ofrecer al director del instituto un soborno. ¿Había algo más bajo? Los sobornos eran la moneda de cambio que utilizaban Scott McNally y Todd Muldaur. No él.

Jerome Sundquist miró a Nick con una nueva expresión, una expresión de desencanto e incluso desprecio.

—Fingiré que no lo he oído, Nick. Pero estoy dispuesto a mostrar cierta tolerancia con Luke debido a la muerte de su madre. Tendré que notificar a la policía que estamos dispuestos a encargarnos nosotros del caso, que lo dejen a nuestro criterio. Impondré a Lucas una expulsión de cinco días y la obligación de someterse a psicoterapia durante ese tiempo y el resto del curso escolar. Pero la próxima vez acudiré directamente a la policía.

Nick se levantó, se acercó a la mesa de Sundquist y extendió la mano para estrechársela.

—Gracias, Jerry —dijo—. Creo que has tomado la decisión adecuada, y te lo agradezco.

Pero Sundquist no quiso estrecharle la mano.

Diez minutos más tarde, Nick y Lucas salieron juntos por la puerta de cristal del instituto. Llovía a cántaros —debía de ser la época del monzón— y Nick sostuvo el paraguas sobre Lucas, pero éste hizo caso omiso y echó a andar bajo la lluvia, con la cabeza alta, como si quisiera empaparse.

Lucas vaciló unos instantes antes de ocupar el asiento delantero, como si no supiera si regresar a la carrera. Cuando salieron del aparcamiento y enfilaron por Grandview Avenue, dentro del coche se instaló un ambiente cargado de tensión debido al mutismo de ambos.

El efecto de la marihuana se había disipado y Lucas se sentía deprimido. Estaba callado, pero no era un silencio neutral. Era una actitud desafiante, como la de un prisionero de guerra decidido a no revelar nada más que su nombre, graduación y número de identificación.

El de Nick era un silencio de quien tiene mucho que decir pero teme lo que pueda ocurrir si empieza a hablar.

Lucas movió el dial de la radio hasta sintonizar una emisora de rock alternativa y la puso a todo a volumen.

Nick apagó de inmediato el aparato.

—¿Te sientes satisfecho de ti mismo?

Lucas calló, limitándose a fijar la vista en la carretera mientras los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro en un monótono ritmo.

—¿Sabes qué te digo? Esto habría sido una gran decepción para tu madre. Deberías alegrarte de que no esté viva para verlo.

Más silencio. Esta vez Nick esperó una respuesta. Cuando se disponía a proseguir, Lucas dijo con voz hueca:

—Ya te ocupaste tú de eso.

—¿Qué quieres decir?

Lucas no contestó.

—¿Qué coño significa eso?

Nick se dio cuenta de que estaba gritando. Observó unas gotas de su saliva en la luna del coche. Detuvo el vehículo en el arcén y se volvió hacia Lucas.

—¿Tú qué crees? —replicó Lucas, en voz baja y trémula, procurando no mirar a su padre a los ojos.

Nick le miró con incredulidad.

—¿Qué insinúas? —murmuró, haciendo acopio de toda la serenidad de que era capaz.

—Olvídalo —respondió Lucas haciendo un pequeño ademán con la mano izquierda para indicar a su padre que cortara el rollo.

—¿Qué insinúas?

—No lo sé, papá. Yo no estaba presente.

—¿Qué te pasa, Lucas? —Los limpiaparabrisas seguían moviéndose de un lado a otro, de derecha a izquierda, y Nick percibió el sonido del intermitente, que no se había desconectado. Alargó la mano y lo apagó. La lluvia caía a mares sobre las lunas del coche, creando la impresión de que ambos se hallaban encerrados en una cabaña durante una violenta tormenta, aunque era una cabaña que no ofrecía seguridad—. Mira, Luke, ya no tienes a tu madre. Sólo me tienes a mí. Tú querrías que no fuera así. Yo también. Pero debemos tratar de sacar el máximo partido de una mala situación.

—Yo no he creado esta situación.

—Nadie ha «creado» esta situación —contestó Nick.

—Tú mataste a mamá —soltó Lucas, en voz tan baja que durante unos momentos Nick no estuvo seguro de si Lucas había pronunciado esas palabras.

Nick se sintió como si alguien le hubiera estrujado el corazón.

—No puedo hablar de eso ahora. No puedo hablar contigo.

«Los hombres Conover estáis mejor protegidos que un castillo medieval».

—De acuerdo.

—No —dijo Nick—. No. Borra eso. —Respiraba agitadamente, como si hubiera participado en una carrera de ochocientos metros—. Escúchame. Lo que le ocurrió a tu madre esa noche… Dios sabe que hemos hablado de eso…

—No, papá —dijo Lucas con voz trémula pero firme—. Nunca hemos hablado de eso. Tú no quieres hablar de eso. Es la regla de la casa. No hablar del tema. Tú no quieres. Sólo quieres hablar de que soy un caso perdido.

Las ventanillas habían empezado a empañarse. Nick cerró los ojos.

—A propósito de tu madre. No pasa un día sin que me pregunte si pude haber hecho algo para evitarlo.

—Tú nunca… —Lucas tenía los ojos humedecidos y su voz sonaba ronca, entrecortada.

—El camión apareció de repente —dijo Nick, pero se interrumpió. Era demasiado doloroso—. Lo ocurrido no tiene remedio, Luke. No fue culpa mía ni culpa tuya.

Tras unos instantes de silencio, Lucas dijo:

—Maldita competición de natación.

—No trates de buscarle sentido, Lucas, porque no existe ninguna lógica. Ocurrió, y punto.

—No fui a visitarla. —Lucas hablaba tan entrecortadamente, debido al porro que se había fumado o tal vez por la emoción, que Nick apenas le entendía, aunque eso era lo de menos—. En el hospital. Más tarde.

—Tu madre estaba en coma. Ya había muerto, Luke.

—Quizá me habría oído. —La voz de Lucas se tornó débil y aflautada.

—Tu madre sabía lo mucho que la querías, Luke. No era necesario que se lo recordaras. En cualquier caso, no creo que hubiese querido que la recordaras de ese modo. No le habría disgustado que no fueras a verla. Se habría alegrado. Estoy convencido. Siempre estuvisteis muy compenetrados. Como si hubiera una radiofrecuencia que sólo oíais vosotros. Creo que tú fuiste el único de la familia que hiciste lo que tu madre hubiese querido que hicieras, Luke.

Lucas ocultó la cara entre las manos. Cuando volvió a hablar, parecía como si su voz proviniera de muy lejos.

—¿Por qué me odias tanto? ¿Porque me parezco a ella y no lo soportas?

—Lucas —dijo Nick. Estaba resuelto a reprimir su emoción—. Quiero que me escuches. Necesito que oigas lo que voy a decirte. —Nick cerró los ojos—. Eres lo que más quiero en este mundo —dijo con voz ronca, articulando las palabras con dificultad, pero expresándose finalmente—. Te quiero más que a mi propia vida.

Nick abrazó a su hijo, que al principio se tensó y rebulló en el asiento, pero de repente Lucas estrechó a Nick con fuerza, como cuando era niño.

Nick sintió las rítmicas convulsiones de dolor, la acelerada respiración, y tardó unos momentos en caer en la cuenta de que Lucas no era el único que estaba sollozando.