La compañía

Joseph Finder · Capítulo 57 de 111

Páginas del PDF

La compañía

Capítulo 56

 

 

Mientras avanzaba en el coche hacia la elegante verja con la placa de bronce que decía URBANIZACIÓN FENWICKE, Audrey se dio cuenta de que penetraba en otro mundo. Se había cambiado el traje con el que había asistido a la iglesia por un atuendo más informal, y tenía la sensación de no ir vestida de forma adecuada. Su Honda Accord decididamente no estaba a la altura del lugar. El guardia de la garita le dio un repaso con aire de desaprobación mientras tomaba su nombre y cogía el teléfono para llamar a Conover. Audrey dudaba de que la actitud del empleado obedeciera al color de su piel. Era mucho más probable que se debiera al del guardabarros, que estaba oxidado.

Audrey se fijó en las cámaras de seguridad. Una, instalada en la garita del guardia, la grababa a ella. Otra estaba colocada de forma que captara la matrícula posterior. Junto a la ventana del guardia había también un lector de tarjetas. Audrey dedujo que las personas que vivían en la urbanización Fenwicke probablemente tenían que pasar una tarjeta por el sensor para que les franquearan la entrada. El dispositivo de seguridad era impresionante. ¿Qué se debe de sentir al vivir de este modo?, se preguntó Audrey. En un lugar como Fenwick, donde la mayoría de delitos estaban localizados en los barrios bajos de la ciudad, ¿qué necesidad había de vivir así? Entonces recordó lo que Conover le había comentado sobre el temor de su esposa a que algún empleado que hubiese sido despedido de Stratton amenazara a su familia.

Cuando Audrey se detuvo ante la casa, contuvo el aliento.

Era una auténtica mansión, no podía describirse de otro modo. Era un edificio inmenso, de piedra y ladrillo, maravilloso. Audrey jamás había visto una casa como ésa, sólo en las películas. Estaba rodeada por una inmensa extensión de césped, árboles y unas plantas magníficas. Cuando Audrey echó a andar por el camino adoquinado hacia la casa, contempló de nuevo el césped y observó que la hierba era menuda, fina y poco tupida. Al observar el césped más de cerca comprobó que había sido sembrado recientemente.

El césped.

Audrey fingió tropezar con un adoquín y cayó de rodillas, extendiendo una mano para amortiguar el golpe. Cuando se incorporó, se guardó disimuladamente un puñado de tierra en el bolso en el preciso momento en que se abría la puerta principal y salía Nicholas Conover a recibirla.

—¿Se ha hecho daño? —preguntó Nick, al tiempo que bajaba los escalones de la entrada y se acercaba a Audrey.

—No, ha sido un tropiezo tonto.

—No es la primera persona que tropieza con esos adoquines. Tendré que arreglarlo.

Nick llevaba unos vaqueros desteñidos, un polo de color azul marino y unas deportivas blancas. Audrey no se había percatado de lo alto y musculoso que era. Parecía un atleta, o un exatleta. Audrey recordó haber leído que Conover había sido una estrella del hockey en el instituto.

—Siento venir a importunarle en su casa un domingo.

—No se preocupe —se apresuró a responder Conover—. Es preferible que haya venido hoy. He tenido una agenda muy apretada esta semana. Además, estoy encantado de ayudarla. Llevan a cabo una labor muy importante.

—Se lo agradezco. Tiene una casa preciosa.

—Gracias. Pase. ¿Le apetece un café?

—No, gracias.

—¿Una limonada? Mi hija preparara una limonada riquísima.

—¿De veras?

—Sí, la hace con zumo congelado.

—Suena tentador, pero no, gracias. —Antes de alcanzar los escalones de la entrada, Audrey se volvió y comentó—: Es el césped más espléndido que he visto en mi vida.

—Eso es lo que les gusta oír a los hombres.

—Ah, claro. Los hombres y el césped. En serio, parece un campo de golf.

—Yo ni siquiera juego al golf. Mi mayor defecto como director general de una empresa.

—¿Le importa que le pregunte si lo ha plantado con tierra? Mi marido, Leon, siempre se queja del estado de nuestro césped.

—No, sólo semillas.

—¿Unas semillas de hierba corrientes o…, cómo se llama ese producto que se rocía…?

—Hidrosemillas. Sí, eso es lo que utilizamos.

—Tengo que decírselo a Leon. Él lo llama «hidrohierbajos», porque dice que nuestro césped está lleno de malas hierbas, pero el suyo me parece perfecto.

—Su Leon parece todo un personaje.

—Lo es —contestó Audrey, sintiendo un curioso hormigueo—. No cabe duda.

La puerta principal parecía sacada de Versalles, de madera color miel exquisitamente tallada. Cuando Conover empujó la hoja sonó un agudo pitido: la alarma. Nick condujo a Audrey por un enorme recibidor, con el techo abovedado, una estancia impactante. De modo que así es como viven los ricos, pensó Audrey. «¡Imagina poder permitirte el lujo de vivir en una mansión como ésta!». Por más que intentó disimularlo, estaba impresionada.

Audrey oyó a alguien tocando el piano y pensó en Camille.

—¿Es uno de sus hijos? —preguntó.

—Mi hija —respondió Nick—. Créame, no ocurre a menudo que se ponga a practicar el piano. Es tan poco frecuente como un eclipse solar completo.

Pasaron junto a la habitación donde la joven practicaba el piano, una niña alta y desgarbada, de cabello oscuro, aproximadamente de la edad de Camille, que lucía una camiseta de béisbol. Tocaba el primer preludio del Clave bien temperado de Bach, una de las piezas favoritas de Audrey. Lo tocaba de forma brusca y mecánicamente, pues aún no había aprendido a ejecutarlo con la fluidez que requería. Audrey vio fugazmente un pequeño piano de cola, un Steinway. Recordó los meses que LaTonya y Paul estuvieron ahorrando para comprar el viejo y desvencijado piano vertical, que siempre estaba desafinado. «¡Imagina poder adquirir un Steinway!», se dijo Audrey.

Estuvo tentada a detenerse y escuchar, pero Conover echó a andar por el pasillo y Audrey tuvo que seguirlo. Cuando entraron en la elegante sala de estar, que contenía unas alfombras persas y unas mullidas y confortables butacas, Audrey comentó:

—Los críos siempre se resisten al piano.

—Dígamelo a mí —contestó Conover, sentándose en una de las butacas —. Siempre hay que obligarles… —empezó a decir, pero comenzó de nuevo —: A esa edad se rebelan contra todo. ¿Tiene usted hijos, inspectora?

Audrey se sentó en una butaca junto a la de Conover, no en la que estaba frente a él, prefiriendo evitar el lenguaje corporal de la confrontación.

—No, no tenemos la suerte de tener hijos —contestó. ¿Qué había estado a punto de decir Conover, «siempre hay que obligarles a punta de pistola»? Lo interesante no era la frase en sí, sino el hecho de que se hubiera abstenido de pronunciarla.

Muy interesante.

Audrey echó una ojeada a una colección de fotografías de la familia en marcos de plata, dispuestos sobre una mesita situada entre ambos, y sintió una punzada de envidia. Vio a Conover y a su difunta esposa, un hijo, y una hija, Conover con sus dos hijos y el perro de la familia. Era una familia extraordinariamente atractiva.

La casa, los hijos… Audrey sintió una profunda envidia, de lo cual se avergonzó enseguida.

«La envidia y la ira acortan la vida», decía el Eclesiastés. En otra parte de la Biblia decía que la envidia era la podredumbre de los huesos. ¿Quizá en Proverbios? ¿Quién es capaz de desafiar a la envidia? Sí, ¿quién? «Los impíos prosperan en el mundo; en poder crecen». Eso figuraba en los Salmos, Audrey estaba segura. «Ciertamente, Tú los pones en lugares resbaladizos, los empujas a su ruina».

Toda su casa se contenía en un par de estas habitaciones, pensó Audrey.

Jamás tendría hijos.

Estaba sentada junto al hombre que había despedido a Leon.

Audrey sacó su bloc de notas y dijo:

—Sólo quiero aclarar un par de puntos de nuestra última conversación.

—Desde luego. —Conover se repantigó en su butaca, cruzó los brazos y estiró las piernas—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quisiera retroceder al martes pasado por la noche, hace diez días.

Conover la miró perplejo.

—La noche en que Andrew Stadler fue asesinado.

Conover asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Muy bien.

Audrey consultó su bloc, como si leyera las notas que había tomado durante la última entrevista con Conover. Lo cierto era que las había transcrito e incorporado a una carpeta en los archivos del caso Stadler.

—Hablamos sobre dónde se hallaba usted esa noche —prosiguió Audrey —, cuando probablemente tenía los recuerdos más frescos en su memoria. Dijo que se había quedado en casa, que se había ido a dormir hacia las once u once y media. Dijo que no se había despertado en toda la noche.

—Así es.

—¿No recuerda haberse levantado esa noche?

Conover frunció el ceño.

—No sé, es posible que me levantara para ir al baño.

—Pero no hizo ninguna llamada telefónica.

—¿Cuándo?

—Durante la noche. Después de acostarse.

—No, que yo recuerde —respondió Conover, sonriendo e inclinándose hacia delante—. Si hago llamadas telefónicas en sueños, significa que mis problemas son más graves de lo que imaginaba.

Audrey también sonrió.

—Señor Conover, a las dos y siete minutos de esa noche llamó a su jefe de seguridad, Edward Rinaldi. ¿No lo recuerda?

Conover no reaccionó. Parecía examinar el dibujo de la alfombra oriental.

—¿Se refiere a pasada la medianoche, a primeras horas del miércoles?

—Sí.

—En ese caso debo de confundirme de día.

—¿Cómo dice?

—Recuerdo que una de esas noches se disparó la alarma. Está instalada de forma que suena en mi dormitorio, para no despertar a toda la casa.

—De modo que sonó la alarma —repitió Audrey. Era un dato fácil de comprobar.

—Se disparó por algún motivo, y bajé a comprobar qué era. Por lo que pude comprobar, no pasaba nada anormal, pero me inquietó. Como sin duda comprenderá, después de lo ocurrido…

Audrey asintió con la cabeza, apretó los labios y escribió en su bloc, rehuyendo la mirada de Conover.

—Eddie, el jefe de seguridad de Stratton, había pedido a uno de sus técnicos que instalara este sofisticado sistema, y yo no estaba seguro de si se trataba de una falsa alarma o si tenía motivos para preocuparme.

—¿No llamó a la compañía del sistema de alarma?

—Lo primero que se me ocurrió fue llamar a Eddie y pedirle que viniera para comprobar lo ocurrido.

Audrey alzó la vista.

—¿No podía comprobarlo usted mismo?

—Lo hice. Pero quería cerciorarme de que no hubiese ningún fallo en el sistema. No quería llamar a la policía por si se trataba de una falsa alarma. Preferí que Eddie le echara un vistazo antes.

—¿A las dos de la mañana?

—A Eddie le sentó fatal —respondió Conover, sonriendo de nuevo—. Pero teniendo en cuenta lo que yo había pasado, al final decidimos que era mejor prevenir que curar.

—Pero usted me dijo que esa noche durmió de un tirón.

—Está claro que me confundí de día. Le pido disculpas. —Conover no parecía a la defensiva. Se expresaba en un tono natural, relajado—. Debo decirle que he estado tomando somníferos, de manera que por las noches me siento un tanto aturdido.

—¿Le produce amnesia?

—No es eso. No creo que el Ambien cause amnesia como algunos otros somníferos. Pero cuando caigo dormido, me quedo grogui.

—Entiendo.

Conover había modificado notablemente su historia, pero de forma convincente. ¿Se estaba mostrando excesivamente recelosa?, se preguntó Audrey. Era posible que Conover se hubiera confundido de día. Podía ocurrirle a cualquiera. Si esa noche no había sucedido nada insólito ni memorable para él —es decir, si esa noche no había presenciado el asesinato de Andrew Stadler ni había tenido noticia de que se hubiera producido— no tenía por qué recordar con precisión lo que había hecho. O lo que no había hecho.

—¿Vino el señor Rinaldi?

Conover asintió con la cabeza.

—Al cabo de una media hora. Registró el jardín, pero no encontró nada. También comprobó la alarma. Supuso que quizá un ciervo o cualquier otro animal había hecho que se disparara.

—No un intruso.

—No, que yo sepa. Es posible que hubiera alguien merodeando por mi propiedad, cerca de la casa. Pero cuando me levanté no vi a nadie, y cuando Eddie vino tampoco encontró nada anormal.

—¿Dice que esa noche tomó una pastilla de Ambien para dormir?

—Sí.

—Por lo que debía de estar bastante aturdido cuando sonó la alarma.

—Desde luego.

—Así que podía haber alguien, o algo, y es posible que usted no se percatara debido a su estado.

—Es posible, sí.

—¿No se despertó nadie más en la casa?

—No. Los niños dormían, y Marta, la niñera y ama de llaves, tampoco se levantó. Como le he dicho, la alarma sólo suena en mi habitación, y no muy fuerte. Buena parte de la casa está insonorizada.

—Señor Conover, ha dicho que poco antes su jefe de seguridad había hecho que le instalaran un nuevo sistema de alarma. ¿Cuánto hace de eso?

—Dos semanas. No llega.

—¿Después del incidente del perro?

—Exacto. De haber podido, habría pedido a Eddie que instalara un foso y un puente levadizo. No quiero que mis hijos corran el menor peligro.

—Es lógico. —Audrey había observado al llegar las cámaras instaladas alrededor de la casa—. Si hubiera contado con un sistema tan sofisticado como el que tiene ahora, quizá habría podido evitar que se produjera el allanamiento.

—Es posible —respondió Conover.

—En cualquier caso, vive en esta urbanización protegida. Parece disponer de un eficaz dispositivo de seguridad: el guardia, el control de acceso, las cámaras situadas en la entrada y en todo el perímetro de la urbanización.

—Lo cual evita que entren vehículos no autorizados. Lo malo es que nada impide que un intruso salte la verja sin que le vea el guardia de seguridad y entre tranquilamente. Las cámaras captarán su imagen, pero no hay ningún sensor de movimiento que dispare la alarma.

—Un grave fallo del sistema de seguridad.

—Dígamelo a mí. Por eso Eddie insistió en que yo instalara un sistema más sofisticado en la casa.

De pronto Audrey se fijó en otro detalle, del que tiró como si fuera un hilo suelto.

El sistema de seguridad.

Las cámaras.

«Nada impide que un intruso salte la verja».

Si Stadler había saltado la verja que rodeaba la urbanización Fenwicke y se había dirigido a la casa de Conover en plena noche, atravesando el césped, activando los sensores recién instalados, ¿no habrían captado su imagen las cámaras de seguridad de Conover?

En tal caso, ¿no estaría grabada su imagen en algún sitio? Probablemente no en una cinta de vídeo, puesto que ya nadie las utilizaba. Seguramente estaba grabado en un disco duro en alguna parte de la casa. Audrey pensó en ello. No tenía mucha idea de cómo funcionaban estos nuevos sistemas de seguridad.

Tendría que examinar la cuestión con mayor detenimiento.

—He cambiado de opinión sobre el café que me ha ofrecido —dijo Audrey.