La compañía

Joseph Finder · Capítulo 97 de 111

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La compañía

Capítulo 96

 

 

La directora de tecnología de información de la Stratton Corporation no parecía la típica especialista en informática, pensó Audrey. Era una mujer madura, alta y un tanto corpulenta llamada Carly Lindgren, que lucía su preciosa caballera castaño rojiza recogida en un moño en lo alto de la cabeza. Vestía un traje sastre azul marino sobre una blusa de seda color hueso, una cadena de oro alrededor del cuello y unos pendientes a juego.

Audrey había conseguido una cita con la señora Lindgren con una sola llamada telefónica, diciéndole que se trataba de «un asunto de la policía». Pero cuando Audrey le había mostrado la orden de registro, la señora Lindgren había reaccionado como una tigresa acorralada. La había examinado en busca de posibles fallos, aunque muy pocas personas hubieran sido capaces de detectarlos, y en cualquier caso la orden había sido redactada con toda pulcritud. Era tan amplia como Audrey había logrado que el fiscal la aceptara y firmara, aunque lo único que pretendía era obtener cualquier imagen archivada en los ordenadores de Stratton que proviniera del sistema de seguridad del domicilio de Nicholas Conover.

La señora Lindgren había hecho esperar a Audrey y a Kevin Lenehan en una antesala mientras realizaba unas frenéticas llamadas a su cadena de mando, el jefe superior de información y el de tecnología, y Audrey no sabía a quién más, pero finalmente la señora Lindgren no pudo hacer nada al respecto.

Al cabo de unos veinte minutos, la señora Lindgren cedió a Kevin una silla y un ordenador en un despacho desierto. Audrey tuvo que limitarse a observar. Al echar un vistazo a su alrededor, vio un póster azul con unas letras blancas que decían algo sobre «la familia Stratton», una especie de declaración de principios. Las sillas que ocupaban eran particularmente cómodas; Audrey observó que todas estaban fabricadas por Stratton. En la Unidad de Casos Prioritarios no contaban con unas sillas como ésas. Kevin colocó un CD en el ordenador e instaló un programa. Explicó a Audrey que se trataba de un software que había descargado de la página web de la compañía que fabricaba la grabadora de vídeo digital instalada en casa de Conover. Eso les permitiría visualizar, y captar, las imágenes.

—¿Sabes dónde hallar lo que andamos buscando? —preguntó Audrey preocupada.

—Se hallaba en la instalación del DVR —respondió Kevin—. La carpeta a la que estaba dirigida, la fecha, la hora y todo lo demás. No hay problema.

Audrey sintió una pequeña sacudida de emoción, que trató de reprimir. Estaba segura de que el asesinato de Andrew Stadler se contenía en esos once minutos grabados por la cámara de seguridad. Suponiendo que existiera efectivamente una copia.

¿Cuántas veces se topaba un inspector de homicidios a lo largo de su carrera con una prueba como ésta? Una imagen digital de un asesinato. Era casi increíble. Audrey no quería confiar en que la obtendría, porque si finalmente no era así el desengaño sería tremendo.

—¿Puedo ayudarla en algo, inspectora?

Al levantar los ojos y ver a Eddie Rinaldi en el umbral, Audrey sintió que el corazón le daba un vuelco. Desde el ángulo en que se hallaba sentada, Rinaldi parecía más alto, fornido y musculoso. Llevaba una chaqueta oscura y una camisa negra sin cuello. Sonreía, y sus ojos reflejaban una expresión malévola.

—Señor Rinaldi —dijo Audrey. Incluso cuando hablaba con sospechosos de asesinato, Audrey trataba de ser educada, pero se negaba a mostrarse cordial con ese hombre. Había algo en él que repelía a Audrey. Quizá fuera su aire de superioridad, su arrogancia, la sensación que transmitía de disfrutar con esos jueguecitos que se traía entre manos con ella.

—¿Ha traído una orden para registrar los ordenadores de la empresa?

—Puede examinarla si lo desea.

—No, no, no. No dudo de que cumple todos los requisitos. Me consta que es usted una profesional muy concienzuda.

—Gracias.

—Aunque tal vez la palabra concienzuda sea demasiado suave. Quizá sea más exacto decir «obsesiva». Al parecer, sigue empeñada en examinar la grabación de seguridad de mi jefe.

—Hemos requisado la grabadora. —Audrey pensó en decirle que sabían que habían borrado una parte, para observar su reacción, pero con ello sólo conseguiría proporcionarle una información que Rinaldi no tenía por qué saber.

—Casi lo tengo —murmuró Kevin.

Rinaldi observó a Kevin con curiosidad, como si acabara de reparar en su presencia. Luego miró de nuevo a Audrey. Ese hombre mostraba un aire de prepotencia insoportable.

—Sigo sin entender qué espera encontrar —dijo Rinaldi.

—Yo creo que sí lo sabe —replicó Audrey.

—Tiene razón. Lo sé.

—¿Ah, sí?

—Sí. Un par de fotogramas de un viejo loco trastabillando a través del césped de mi jefe en plena noche. Pero ¿eso qué le indicará?

Audrey se acercó al ordenador en el que estaba trabajando Kevin. Éste inclinó el monitor hacia Audrey, que entornó los ojos, sin ver ninguna imagen, pero luego leyó las palabras «Aquí también ha sido borrado» sobre un documento en la pantalla.

—Excelente —dijo Audrey, asintiendo con la cabeza—. Buen trabajo. — Extendió la mano y tecleó: «Sígueme el juego». Luego añadió—: Perfecto, Kevin. ¿Puedes aumentar un poco la resolución?

—Desde luego —respondió Kevin—. Claro. Menos mal que tenemos este software que mejora las imágenes digitales que reduce el pixelado. Un filtro que separa la crominancia de la luminancia. Por último, un poco de duplicación y deinter-lacing y obtendremos una imagen clarísima. No hay ningún problema.

Kevin siguió tecleando y el documento desapareció antes de que Rinaldi pudiera acercarse para echar un vistazo.

Pero lo curioso del caso es que Eddie Rinaldi no se movió, no se molestó en contemplar el monitor. Daba la impresión de que no le interesaba en absoluto.

No, no era eso, comprendió Audrey.

Rinaldi estaba muy seguro. Sabía lo que Kevin había descubierto: que la copia del vídeo había sido borrada en el servidor de Stratton, al igual que la grabación de seguridad de casa de Conover.

Y su aplomo le había traicionado.