La compañía

Joseph Finder · Capítulo 46 de 111

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La compañía

Capítulo 45

 

La casa situada en West Sixteenth, en Steepletown, era aun más pequeña de lo que Nick recordaba. Parecía casi una casita de muñecas, una miniatura.

Dos plantas. Unos acabados de aluminio o de vinilo, había que tocarlos para estar seguro. Unos postigos negros que no eran lo bastante grandes para pasar por unos postigos.

Nick, sosteniendo dos bolsas del supermercado Family Fare en el que se había detenido de camino, llamó al timbre y oyó el áspero sonido del carillón.

Cassie tardó casi medio minuto en abrir. Lucía un top de punto negro y unas mallas negras. Estaba muy pálida, y su rostro perfecto expresaba tristeza. Llevaba los labios pintados de un color naranja brillante, un tanto extraño, pero a ella le quedaba bien. Presentaba mejor aspecto, más descansado que el día anterior.

—Hola. ¡Al final ha venido! —dijo Cassie, abriendo la puerta. Nick la siguió hasta la pequeña sala de estar, pasando frente a las flores secas y el pañito de punto de cruz enmarcado. Oyó la canción One’s the loneliest number, que sonaba a través de los pequeños altavoces del reproductor de CD portátil. No la versión de Three Dog Night, sino una versión moderna. La interpretaba una cantante de voz desgarrada. Cassie apagó el tocadiscos.

Nick depositó en la mesa lo que había traído: pan, huevos, zumo, leche, agua mineral, fruta y un par de botellas de té helado.

—Deje lo que no le guste —dijo. A continuación sacó un par de sándwiches de sus envoltorios y los colocó ceremoniosamente en unos platos de cartón—. ¿Pavo o rosbif?

Cassie contempló indecisa el rosbif.

—Está demasiado crudo —dijo—. Básicamente, me gusta la carne muy hecha.

—Ya me lo quedo yo —dijo Nick—. Para usted el de pavo.

Ambos comieron en silencio. Nick dobló los envoltorios del delicatessen Boar’s Head en unos pulcros cuadrados, por hacer algo. Cassie se bebió casi toda su botella de té helado y jugueteó con el tapón. Ambos se sentían un tanto incómodos, y Nick se preguntó por qué le había invitado Cassie a comer en su casa. Mientras se devanaba los sesos en busca de algo que decir, Cassie se le adelantó.

—Es impresionante la de cosas que aprendes del tapón de una botella — comentó—. Aquí dice: «Un dato curioso: la última letra agregada al alfabeto inglés fue la “J”».

Nick trató de pensar en algo que responder, pero antes de que abriera la boca Cassie prosiguió:

—¿No debería estar usted dirigiendo una de las Quinientas Empresas más importantes según Fortune?

—No somos una empresa pública. De todos modos, anulé un almuerzo de trabajo muy aburrido.

—Ahora me siento culpable.

—Pues mal hecho. Ha sido la excusa perfecta para anular el almuerzo.

—Ayer me sorprendió usted.

—¿Por qué?

—No se comportó como Nick el Verdugo. Supongo que las personas nunca son como imaginamos. Como suele decirse, las apariencias…

—¿Engañan?

—Algo así. Ya sabe, conoces a una persona que parece desesperada y tratas de ayudarla…

—Usted no parece desesperada.

—Me refería a usted.

Nick se sonrojó.

—¿Perdone?

Cassie se levantó y puso a hervir agua en la tetera.

—Los dos hemos perdido a un ser querido —dijo de pie junto al fogón—. Como dice Rilke, cuando perdemos algo, eso forma un círculo alrededor de nosotros. «Traza una curva ininterrumpida en torno a nosotros».

—Humm. De niño me regalaron un espirógrafo.

—Había supuesto que sería el típico ejecutivo. Hasta que le conocí. Pero ¿sabe qué pienso ahora? —La mirada de Cassie era serena pero intensa—. Creo que es un hombre entregado a su familia.

Nick carraspeó para aclararse la garganta.

—Sí, ya, dígaselo a mi hijo. Dígaselo a Lucas.

—Es una mala edad para que un chico pierda a su madre —dijo Cassie en voz baja. Sacó una tetera de porcelana del armario, y unas tazas.

—Lo dice como si existiera una buena edad para eso.

—Probablemente el chico le necesita desesperadamente.

—No creo que Lucas opine lo mismo —replicó Nick con cierta amargura.

Cassie desvió los ojos.

—Eso es porque se ha aislado, porque está rabioso y se ha vuelto contra usted, ¿no es así? Porque usted le inspira seguridad. Todo se arreglará. Se quieren. Forman una familia.

—Eso era antes.

—No sabe la suerte que tienen sus hijos.

—Ya.

Cassie se volvió hacia Nick.

—Imagino que ser el director general de una empresa es como ser el cabeza de una familia.

—Sí —respondió Nick con aspereza—. Como esas familias esquimales que dejan a la abuelita tendida en el hielo cuando ya no puede preparar la grasa de ballena.

—Imagino que los despidos fueron muy duros para usted.

—Más lo fue para la gente que se quedó sin trabajo.

—Mi padre tenía un montón de problemas, pero creo que el hecho de tener un empleo le ayudaba a soportarlos. Cuando comprobó que ya no le necesitaban, se vino abajo.

Nick se sentía como si una tira de metal le oprimiera el pecho; le costaba respirar. Asintió con la cabeza.

—Yo estaba furiosa con Stratton —dijo Cassie—. Estaba furiosa con usted, ésa es la verdad. Quizá porque soy una chica y me tomo estas cosas muy a pecho. Pero quizá afectara a mi padre. Tratándose de una persona con problemas psíquicos, es difícil adivinarlo.

—Cassie… —dijo Nick, pero no terminó la frase.

—Eso ocurrió antes de que usted y yo nos conociéramos. Usted no quería hacerlo. Le obligaron sus jefes de Boston. Porque, en última instancia, Stratton es un negocio.

—Sí.

—Pero para usted no es sólo un negocio, ¿verdad? Acabo de darme cuenta de una cosa. Trabajar en Stratton durante los dos últimos años debió de ser como ser la hija de un esquizofrénico. Un día eres un miembro adorado de la familia, y al siguiente eres una unidad, un centro de costes, algo que conviene eliminar.

Cassie se apoyó en la encimera y cruzó los brazos.

—Lamento lo de su padre —dijo Nick—. Más de lo que soy capaz de expresar.

«Y con más motivos para lamentarlo de lo que imagina».

—Mi padre… —dijo Cassie con voz queda, vacilante—. No quería… ser como era. No podía controlar esos brotes. Deseaba ser un buen padre, como usted. Quería… —Cassie empezó a respirar de forma entrecortada y se cubrió los ojos con una mano. Unos gruesos lagrimones le cayeron por las mejillas.

Nick se levantó bruscamente, restregando las patas de la silla contra el suelo de linóleo, y la abrazó.

—Cassie —dijo suavemente—. Lo siento mucho.

La mujer era menuda, como un pajarito, con los hombros estrechos y huesudos. Emitió un sonido como si hipara. Olía a especias, un aroma muy New Age, a pachulí o algo parecido. Nick se sintió avergonzado al comprobar que estaba excitado sexualmente.

—Lo siento —repitió.

—Deje de decir eso. —Cassie le miró, sonriendo débilmente a través de sus lágrimas—. No tiene nada que ver usted.

Nick recordó un día en que había tratado de reparar una lámpara que creía que estaba apagada. De pronto había sentido un extraño y agudo hormigueo en el brazo que había hecho que se le erizara el vello, y había tardado unos segundos en identificar esa sensación como una descarga eléctrica a través del destornillador. En estos momentos sintió algo semejante, una sentimiento de culpa que le recorrió el cuerpo como un calambrazo eléctrico. Nick no sabía cómo reaccionar.

—Creo que es usted un buen hombre, Nicholas Conover —dijo Cassie.

—No me conoce —respondió Nick.

—Le conozco mejor de lo que imagina —insistió ella, y Nick sintió sus brazos oprimiéndole la espalda, atrayéndolo hacia sí. Luego Cassie se alzó de puntillas, acercó su rostro al de Nick y le besó en los labios.

El momento de rechazarla, de apartarse, pasó. Nick reaccionó de una forma casi reflexiva. Esta vez le devolvió el beso, sintiendo las lágrimas de Cassie sobre su rostro, y deslizó las manos, que tenía apoyadas en sus hombros, hacia la cintura.

—Humm —murmuró Cassie.

La tetera empezó a silbar.

 

Cassie permaneció largo rato tendida sobre Nick, empapada en el sudor de ambos, con la boca oprimida contra su pecho. Nick sintió los latidos de Cassie, acelerados como los de un pajarillo, que remitían paulatinamente. Le acarició el pelo y le besuqueó su cuello de porcelana, aspirando el aroma de su cabello, a suavizante o lo que fuera. Sintió sus senos oprimidos sobre su vientre.

—No sé qué decir —dijo Nick.

—Entonces calla.

Cassie sonrió y se incorporó sobre los codos hasta sentarse sobre él. Le pasó las uñas suavemente sobre el torso, jugueteando con el vello de su pecho.

Nick movió el trasero contra la áspera tapicería del sofá de la sala de estar. Se alzó, abrazó a Cassie y se inclinó hacia delante, hasta quedar también sentado.

—Sí que eres fuerte —comentó Cassie.

Tenía los senos menudos y redondos, los pezones rosados y erectos todavía, y la cintura muy estrecha. Extendió la mano hacia la mesa que había junto al sofá, rozando con sus senos la cara de Nick, que se apresuró a besarlos. Cassie tomó una cajetilla de Marlboro y un encendedor Bic, extrajo un cigarrillo y se lo ofreció a Nick.

—No, gracias.

Cassie se encogió de hombros, encendió el cigarrillo, dio una profunda calada y expelió una delgada columna de humo.

—«Deja que viva en una casa junto a la carretera y sea amigo del hombre» —recitó Nick.

—Sí.

—¿Esa labor la hizo tu abuela?

—La compró mi madre en una tienda. Le gustó la frase.

—¿Cuánto tiempo hace que te marchaste de aquí?

—Acabo de cumplir treinta años. Me fui cuando tenía aproximadamente doce. De modo que hace mucho tiempo. Pero regresé varias veces para visitar a mi padre.

—Entonces ¿fuiste a la escuela en Chicago?

—¿Estás tratando de reconstruir la saga de Cassie Stadler? Te deseo suerte.

—No, te lo he preguntado por curiosidad.

—Mi madre volvió a casarse cuando yo tenía once años. Con un odontólogo, que tenía dos hijos más o menos de mi edad, un poco mayores que yo. Digamos que no éramos precisamente la familia Brady. El doctor Reese no me apreciaba especialmente. Ni los pequeños Reese, Bret y Justin. Al fin decidieron enviarme a la Academia de Lake Forest, básicamente para librarse de mí.

—Debió de ser muy duro para ti.

Cassie dio una calada, conteniendo durante unos segundos el humo en la boca. Luego, al expelerlo, dijo:

—Sí y no. En cierto aspecto, me hicieron un favor. En la academia me fue muy bien. Yo era una chica precoz. Obtuve una beca y me gradué con la mejor nota de la clase. ¡Si me hubieras visto a los diecisiete años! Era una joven ciudadana que prometía, no esta chalada que está ante ti.

—A mí no me pareces una chalada.

—¿Porque no babeo ni llevo gafas gruesas? —preguntó Cassie, bizqueando—. La gente se deja engañar con facilidad.

—Hablas de ello como si fuera algo divertido.

—Probablemente lo sea. Una broma cósmica que no acabamos de entender. Una broma de Dios. Sólo nos queda sonreír, asentir con la cabeza y fingir que lo entendemos.

—Con esta actitud puedes llegar muy lejos —respondió Nick. Consultó disimuladamente su reloj y se llevó un sobresalto al comprobar que ya eran las dos y debía regresar al despacho.

Cassie se dio cuenta.

—Tienes que irte.

—Cassie, yo…

—Anda, vete, Nick. Tienes que dirigir una empresa.