La compañía

Joseph Finder · Capítulo 27 de 111

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La compañía

Capítulo 26

 

—Estos cereales saben a ramas de árboles —protestó Julia.

Nick no pudo evitar una carcajada. En la parte delantera de la caja había una fotografía de dos personas sonrientes, una niña asiática y un chico rubio de rasgos nórdicos. Pero seguro que no sonreían debido a los cereales.

—Pero te conviene comértelos —adujo Nick.

—¿Por qué tengo que desayunar siempre cereales tan sanos? Todos mis compañeros de clase comen lo que quieren para desayunar.

—No lo dudo.

—Paige come por las mañanas Froot Loops, Cap’n Crunch o Apple Jacks.

—Paige… —Normalmente, la respuesta paterna no se hacía esperar, como si Nick tuviera puesto el piloto automático, pero esta mañana le costaba hilvanar los pensamientos. Le preocupaba estar tomando somníferos durante tantos días seguidos. Temía acabar enganchado. Nick se preguntó si Julia, Lucas o Marta habrían oído algo hacía dos noches—. A Paige no le van bien los estudios porque no empieza el día con un desayuno sano.

A Nick le asombraban a veces las tonterías que decía en voz alta, la descarada propaganda. De niño había comido siempre lo que le apetecía para desayunar, alimentos repletos de azúcar como bollos y donuts, y no había tenido problemas en la escuela. En realidad no sabía si hoy en día todos los padres obligaban a sus hijos a comer un desayuno saludable o si sólo era cosa de Laura. En cualquier caso, Nick observaba la ley del desayuno saludable como si fuera la Constitución.

—Paige está en mi grupo de matemáticas —replicó Julia.

—Me alegro por ella. Me da lo mismo si come tarta de chocolate para desayunar.

Habían instalado el televisor temporalmente en esa esquina de la cocina. Estaban dando el programa Today, pero en esos momentos aparecía un anuncio local de Pajot Ford que a Nick siempre le irritaba. John Pajot, el propietario, era también el protagonista del spot —a fin de cuentas, como pagaba los anuncios podía protagonizarlos si lo deseaba—, y siempre aparecía luciendo un atuendo de cazador y haciendo juegos de palabras como «dar en el blanco» y «no errar el tiro».

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Nick.

Julia se encogió de hombros y miró con gesto displicente los cereales. Lo cierto era que parecían fragmentos de ramas recogidos en el suelo del bosque.

—Probablemente aún está durmiendo.

—De acuerdo, cómete el yogur.

—Es que no me gustan los yogures que tenemos. No me gusta su sabor.

—Pues es lo que hay. Tú decides: el yogur o… las ramitas.

—A mí me gustan con sabor a fresa.

—Le pediré a Marta que compre más yogures con sabor a fresa. Pero de momento tenemos de vainilla. Están muy ricos.

Marta estaba haciendo la colada. Nick se dijo que debía acordarse de pedirle que añadiera yogures de fresa a su lista de la compra. Y unos cereales saludables que no supieran a ramas.

—No es verdad. Es porque son orgánicos. La vainilla tiene un sabor raro.

—O eso o un quesito.

Julia emitió un prolongado suspiro de decepción.

—Un quesito —protestó malhumorada.

En ese momento dieron las noticias locales, y el presentador, un tipo de rostro delgado y acicalado, con el cabello negro como el betún, dijo algo sobre que habían hallado un cadáver «salvajemente asesinado».

—¿Dónde está el mando a distancia? —preguntó Nick.

Cuando Julia andaba cerca, su padre solía apagar el sonido cuando daban noticias sobre asesinatos, crímenes macabros o abusos a menores. Julia tomó el mando que estaba entre el cartón de leche orgánica desnatada y el azucarero, y se lo entregó a su padre. Nick se apresuró a tomarlo y trató de localizar el botoncito de «mute» —¿por qué no los hacían más grandes y de un color distinto?—, pero cuando iba a pulsarlo, apareció una imagen en la pantalla. Una fotografía de un rostro que le resultaba horriblemente conocido, y las palabras ANDREW STADLER. Nick se quedó helado, sintiendo que el corazón le latía violentamente.

Oyó decir: «En un contenedor de basura situado detrás del restaurante Lucky’s, en Hastings Street».

Oyó decir: «Treinta y seis años en la compañía Stratton hasta que fue despedido en marzo».

—¿Qué ocurre, papá? —preguntó Julia.

Nick oyó algo sobre el funeral.

—¿Qué? Ah, nada. Uno de nuestros empleados de Stratton ha muerto, cariño. Venga, ve a por el quesito.

—¿Era viejo? —preguntó la niña, levantándose.

—Sí —contestó Nick—. Muy viejo.

 

Marge ya estaba sentada a su mesa cuando Nick llegó al despacho, bebiendo café de una taza Stratton y leyendo una novel de Jane Austen. La secretaria se apresuró a cerrar el libro con gesto de disculpa.

—Buenos días —dijo—. Lo siento, confiaba en poder terminarlo antes de asistir esta noche a la reunión de mi grupo de lectura.

—Por mí puedes seguir leyéndolo.

Nick vio sobre su mesa, junto al teclado del ordenador, un ejemplar del Fenwick Free Press. Los titulares de portada decían: «Un antiguo empleado de Stratton, probable víctima de un asesinato». Marjorie debió de dejarlo allí doblado de forma que el artículo sobre Stadler quedara bien visible.

Nick no se había molestado en ojear el periódico esa mañana antes de salir de casa; había tenido demasiadas cosas que hacer. En vista de que Luke no se había levantado, Nick había ido a su habitación para despertarlo. Desde debajo del montón de mantas y la sábana, Luke le había dicho que tenía una hora de estudio antes de las clases y que había decidido quedarse a dormir. En lugar de discutir, Nick había cerrado la puerta de la habitación de su hijo.

Tomó el periódico y leyó el artículo detenidamente. De nuevo sintió que el corazón le latía con fuerza. El artículo no contenía muchos detalles: «… un cadáver hallado en un contenedor de basura detrás de un restaurante en Hastings Street». No decía nada sobre el hecho de que estuviera envuelto en unas bolsas de plástico; Nick se preguntó si Eddie habría retirado, por algún motivo, las bolsas de basura. «Al parecer había recibido varios disparos», pero no precisaba en qué parte del cuerpo. Sin duda, la policía no había informado al periódico de todos los pormenores del caso. Pese al sobresalto que se había llevado Nick al leer la noticia, curiosamente le tranquilizó. Los detalles formaban un convincente retrato de un hombre en el paro que había sido asesinado en los barrios bajos de la ciudad, probablemente por estar involucrado en algún delito urbano. Había una foto de Stadler tomada unos veinte años antes: las mismas gafas, los mismos labios finos. La lectura del artículo llevaba a pensar con tristeza que la pérdida de su trabajo había conducido a ese hombre con trastornos del comportamiento a caer en el mundo de las drogas o el crimen, justo antes de pasar a la página de los deportes.

Nick sintió que se le humedecían los ojos. Éste es el hombre que he matado. Un hombre que había dejado un hijo —«una hija, Cassie, de veintinueve años, de Chicago»—, y una exesposa que había muerto hacía cuatro años. Un hombre modesto, que llevaba una vida tranquila y había trabajado en Stratton durante toda su vida adulta.

De pronto Nick se percató de que Marge había entrado y le miraba preocupada. Le había dicho algo.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—He dicho que es triste.

—Muy triste —convino Nick.

—El funeral es esta tarde. Tienes una teleconferencia con ventas, pero puedo aplazarla.

Nick asintió en silencio, tomando nota de lo que decía Marjorie. Nick solía asistir a los funerales de todos los empleados de Stratton, al igual que había hecho el viejo Devries. Era una tradición, un deber ceremonial del director general de la compañía.

Nick tenía que asistir al funeral de Andrew Stadler. No le quedaba más remedio.