La compañía

Joseph Finder · Capítulo 42 de 111

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La compañía

Capítulo 41

 

Nick depositó la tortilla en la mesa delante de Cassie, junto con un tenedor, una servilleta de papel y una taza de té. La taza, según observó Nick demasiado tarde, ostentaba en un lado el viejo logotipo de Stratton de los setenta.

Cassie empezó a comerse la tortilla con voracidad.

—¿Cuándo fue la última vez que tomó algo sólido? —preguntó Nick.

—Ahora mismo —respondió Cassie—. Me olvidé de comer.

—¿Se olvidó?

—He estado pensando en otras cosas. Oiga, esto no está nada mal.

—Gracias.

—Jamás habría dicho que sabría usted cocinar.

—Mis dotes culinarias se reducen a eso.

—Ya me siento mejor. Gracias. Creí que iba a desmayarme.

—De nada. Vi un trozo de salami en la nevera, pero pensé que quizá fuera vegetariana.

—Los vegetarianos no comen huevos —contestó Cassie—. Humm, qué rico. ¿Sabe?, existen unas lombrices que si no encuentran comida se devoran a sí mismas.

—Me alegro de haber llegado a tiempo.

—El director general de Stratton prepara una tortilla genial. Espere a que los periódicos publiquen la noticia.

—¿Por qué se fue a Chicago?

—Es una larga historia. Me crié aquí. Pero cuando tenía nueve o diez años, mi madre se cansó de las locuras de mi padre. Se mudó a Chicago, la ciudad del viento, y me dejó aquí con mi padre. Al cabo de un par de años fui a vivir con mi madre y su segundo marido. Eh, estamos en mi casa pero soy una pésima anfitriona.

Cassie se levantó, se acercó a una de las alacenas inferiores y abrió la puerta. La alacena contenía una nutrida colección de botellas cubiertas de polvo: vermut, Bailey’s Irish Cream y otras.

—A ver si lo adivino: usted bebe whisky.

—Tengo que volver a casa, mis hijos me esperan.

—Ah —dijo Cassie—. Sí, claro.

Su rostro mostraba una expresión desvalida y necesitada que conmovió a Nick. Éste había dicho a Marta que tardaría aproximadamente una hora en volver; no pasaría nada si se retrasaba.

—Pero tomaré un poco de whisky.

Cassie sonrió más animada, se inclinó y sacó una botella de Jameson.

—No es escocés, sino irlandés, ¿le parece bien?

—Perfecto.

Cassie sacó un vaso de cristal tallado del mismo armario.

—¡Caray! —exclamó, soplando sobre el vaso y levantando una nube de polvo. Lo lavó bajo el grifo del fregadero—. Yo diría que con hielo.

—¿Qué?

—Que le gusta el whisky con hielo. —Cassie se dirigió a la vieja nevera, abrió el congelador y sacó una bandeja de cubitos de hielo que Nick no había visto desde hacía décadas, de aluminio, provista de una pequeña palanca para extraer los cubitos. Cassie tiró de la palanca, haciendo un ruido que a Nick le recordó su infancia. Le recordó a su padre, a quien le gustaba el whisky con hielo: lo tomaba cada noche, y en cantidades excesivas.

Cassie vertió un puñado de cubitos de hielo en el vaso, añadió unos centímetros de whisky y se lo pasó a Nick, mirándole por primera vez a los ojos. Cassie tenía los ojos grandes, de un color gris verdoso, y lúcidos, y Nick sintió que se excitaba sexualmente. De inmediato se sintió avergonzado. Joder, pensó.

—Gracias —murmuró Nick.

El vaso tenía grabado Famous Grouse, la marca de whisky. Era el tipo de vaso que te dan en la tienda de licores junto con la botella, para promocionar el producto.

—¿No toma nada? —preguntó Nick.

—No me gusta el whisky —respondió Cassie. La tetera empezó a emitir su estridente silbido. Cassie la retiró del fuego, halló en un cajón unas bolsitas de té y se preparó una infusión.

—¿Cómo se siente en casa? —preguntó Nick. El whisky tenía un sabor intenso pero agradable, y Nick sintió enseguida sus efectos. A decir verdad, tampoco recordaba haber comido.

—Es extraño —respondió Cassie sentándose a la mesa—. Evoca muchos recuerdos en mí. Algunos agradables, otros no tanto. —La joven miró a Nick —. Usted no puede entenderlo.

—Eso no lo sabe.

—¿Imagina lo que representa tener un padre que padece una grave enfermedad mental? Lo peor es que cuando eres una niña no comprendes lo que ocurre.

—Es cierto. ¿Cómo va a comprenderlo?

Cassie cerró los ojos, como si se hubiera traslado a otro lugar.

—Eres su hija adorada, y tu padre te abraza como nadie es capaz de abrazarte, y apoya su frente en la tuya y te sientes segura, amada, y todo va bien en el mundo. De repente, un día, se muestra distinto, pero crees que la distinta eres tú.

—Debido a la enfermedad.

—Tu padre te mira como si fueras una desconocida. Ya no eres su hija adorada. Quizá te parezcas a ella, pero él no se deja engañar, sabe que alguien o algo ha usurpado tu lugar. Al mirarte ve una especie de robot, ¿comprende? Y tú dices: «¡Papi!». Tienes tres o cuatro años y abres los brazos, esperando que te abrace de esa forma tan especial. Y tu padre exclama: «¿Quién eres? ¿Quién eres realmente?». Y dice: «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!». —La mímica de Cassie era asombrosa, Nick empezó a comprender la pesadilla que había vivido—. Te das cuenta de que tu padre se muestra aterrado ante ti. Y es una sensación distinta a todo lo que has experimentado. Porque no es como cuando te portas mal, y tus padres se enfadan y te gritan. Todos los niños saben lo que es eso. Están furiosos. Pero sabes que te siguen queriendo, que siguen sabiendo que existes. No te consideran un bicho raro. No te tienen miedo. Cuando uno de tus padres padece esquizofrenia, es muy distinto. Cuando caen en ese estado dejas de existir para ellos. Ya no eres su hija. Tan sólo una impostora. Una intrusa. Una… desconocida. Alguien que no pertenece a la familia. —Cassie sonrió con tristeza.

—Su padre estaba enfermo.

—Estaba enfermo —repitió Cassie—. Pero una niña no lo comprende. Una niña no puede comprenderlo. Aunque alguien me lo hubiera explicado, probablemente no lo hubiera entendido. —Cassie se sorbió los mocos; tenía los ojos llenos de lágrimas. Frunció el ceño, volvió la cara y se enjugó los ojos con la camiseta, mostrando un vientre liso y un ombligo pequeño y fruncido.

—¿Nadie le explicó lo que ocurría?

—Cuando tenía unos trece años, por fin lo comprendí. Mi madre no quería afrontarlo, de modo que nunca hablábamos de ello. Lo cual, bien pensado, es un disparate.

—Cuesta imaginar lo que debió usted padecer. —De hecho, Nick no podía imaginar lo que Cassie había soportado, ni lo que la muerte de su padre le hacía revivir. Ansiaba ayudarla de alguna forma.

—No, no puede imaginarlo. Te trastorna psíquicamente. A mí me trastornó.

Cassie bajó la cabeza y se pasó la mano por su cabello erizado. Cuando alzó la vista, tenía las mejillas húmedas.

—No tiene por qué aguantar todo este rollo —dijo con una voz empañada por las lágrimas—. Es mejor que se vaya.

—Cassie —dijo Nick. Sonó como un susurro, mucho más íntimo de lo que se había propuesto.

Durante unos minutos Cassie respiró entrecortadamente.

—Tiene que volver a casa para estar con sus hijos —dijo con voz tensa—. No hay nada más importante que la familia, ¿no es así?

—Nosotros apenas formamos una familia.

—No diga eso —protestó Cassie, y le miró indignada—. No se le ocurra volver a decirlo.

Había estallado algo en su interior, como una caja de fósforos, pero su ira se disipó rápidamente. ¿Quién podía reprochárselo a esa mujer que acababa de enterrar a su padre? Entonces Nick recordó el motivo.

—Lo siento —dijo—. No ha sido fácil para mis hijos, y yo no cumplo como es debido con mis obligaciones paternas.

—¿Cómo murió? —inquirió Cassie suavemente—. La madre de sus hijos.

Nick bebió otro trago. Vio en su mente una breve imagen fragmentada, como perteneciente a una película mal montada. Los trocitos de vidrio enganchados en el pelo de Laura. El parabrisas hecho añicos.

—Preferiría no hablar de ello.

—Lo lamento.

—No se disculpe. Es una pregunta natural.

—No, pero usted… está llorando.

Nick advirtió que efectivamente estaba llorando, y al volver la cara, avergonzado, maldiciendo el whisky que había tomado, Cassie se levantó de su silla y se acercó a Nick. Apoyó su pequeña y cálida mano en su mejilla, se inclinó sobre él y le besó en los labios.

Nick se apartó sobresaltado, pero Cassie siguió oprimiendo los labios contra los suyos, con más fuerza, con la otra mano apoyada en el pecho de Nick.

Nick volvió la cabeza.

—Tengo que irme a casa.

Cassie sonrió turbada.

—Váyase —asintió—. Le esperan sus hijos.

—Es por la canguro. No le gusta que llegue más tarde de lo que le había prometido.

—Su hija… ¿Cómo ha dicho que se llama?

—Julia.

—Julia. Un nombre encantador. Vaya a reunirse con Julia y con Luke. Le necesitan. Regrese a su bien protegida urbanización.

—¿Cómo lo sabe?

—La gente habla. Es perfecto.

—¿Qué?

—Que viva en una urbanización de ese tipo.

—No soy el típico inquilino de una urbanización de lujo.

—Yo creo que sí —respondió Cassie—. Más de lo que sospecha.