La compañía

Joseph Finder · Capítulo 41 de 111

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La compañía

Capítulo 40

 

 

La casa de Cassie Stadler estaba en West Sixteenth Street, en un sector de Fenwick conocido todavía como Steepletown debido a la cantidad de iglesias que había habido allí. Nick conocía bien la zona; se había criado allí, en una modesta vivienda de dos plantas, rodeada por un pequeño césped cubierto de maleza y una valla de tela metálica para mantener a los vecinos a raya. Cuando Nick era niño, Steepletown era un barrio obrero; buena parte de los hombres trabajaban en la fábrica de Stratton. En su mayoría eran polacos católicos, aunque los Conover no eran polacos ni miembros del Sagrado Corazón. Era un barrio donde la gente guardaba el dinero debajo del colchón.

Al circular en coche por esas calles, Nick se sintió embargado por una extraña y melancólica nostalgia. Todo tenía un aspecto y exhalaba un olor que le resultaban familiares, el edificio de la Legión Americana, la bolera, los billares. Los acabados de aluminio de los edificios de madera, los sándwiches de tres pisos, la tienda de licores de Corky’s. Incluso los coches seguían siendo grandes y americanos. Era distinto del resto de Fenwick, que se había modernizado, con sus restaurantes vegetarianos y sus caffè latte, con sus grandes superficies y sus concesionarios de BMW, lo cual confería a la ciudad un aire extraño que desentonaba, como una niña que se disfraza de persona mayor con los zapatos de tacón de su madre. Antes de aparcar el coche junto al bordillo frente a la casa, por la radio sonó una canción: She’s always a woman, de Billy Joel. Una de las canciones favoritas de Laura. Había aprendido a tocarla en el piano, bastante bien por cierto. Solía cantarla en la ducha —«Oh, she takes care of herself…»—, mal, desafinando, con voz escasa y temblorosa. Al escuchar la canción Nick sintió un nudo en la garganta. Apagó la radio, no lo soportaba, y permaneció unos minutos sentado en el coche antes de apearse.

Nick llamó al timbre: seis tonos melodiosos que sonaban como un carillón. Se abrió la puerta y apareció una figura menuda que se recortaba contra la penumbra detrás de la polvorienta puerta metálica.

«¿Qué diablos estoy haciendo? —se preguntó Nick—. Joder, esto es una locura. La hija del hombre que maté».

«Todos tenemos alguien que nos quiere», había dicho la policía.

Esta mujer era ese alguien.

—Señor Conover —dijo Cassie Stadler. Llevaba una camiseta negra y unos vaqueros raídos. Era delgada, más menuda de lo que Nick recordaba tras haberla visto en el funeral, y mostraba una expresión dura, recelosa.

—¿Puedo pasar un momento?

La mujer tenía los ojos enrojecidos y enmarcados por unas profundas ojeras.

—¿Por qué?

—Le traigo una cosa.

Cassie miró a Nick y luego se encogió de hombros.

—Bueno. —La mínima expresión de cortesía. Abrió la puerta metálica para que él pasara.

Nick penetró en un recibidor pequeño y sombrío que olía a humedad. El correo estaba amontonado sobre una mesa de caballete. Había algunos toques que prestaban un aire acogedor a la estancia: un cuadro en un ornamentado marco dorado, una marina mal ejecutada, que parecía una reproducción; un jarrón con unas flores secas; una lámpara con una pantalla adornada con un fleco. Un paño bordado en punto de cruz o algo semejante, en un austero marco negro, decía: DEJA QUE VIVA EN UNA CASA JUNTO A LA CARRETERA Y SEA AMIGO DEL HOMBRE. Debajo, una imagen bordada de una casa bastante más bonita que la vivienda en la que colgaba. Parecía como si nadie hubiera movido nada ni quitado el polvo en una década. Nick vislumbró una pequeña cocina y una aparatosa nevera con los cantos redondeados de color blanco.

Cassie retrocedió unos pasos y se detuvo en un cono de luz procedente de una claraboya.

—¿Qué pasa?

Nick sacó el sobre del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó. Cassie lo tomó, perpleja, y examinó el sobre como si nunca hubiera visto uno. Luego extrajo el cheque de color azul pálido. Cuando vio la cantidad, no mostró la menor sorpresa ni reacción.

—No lo entiendo.

—Es lo que menos que podemos hacer —dijo Nick.

—¿Por qué me lo da?

—Es la indemnización que su padre hubiera debido cobrar.

Entonces Cassie lo comprendió.

—Mi padre dimitió de su puesto.

—Tenía problemas psicológicos.

Cassie esbozó una sonrisa, mostrando una dentadura blanca y reluciente, que en otro contexto habría resultado sexy. Pero que en esos momentos turbó a Nick.

—Esto es muy interesante —dijo Cassie. Tenía una voz aterciopelada, seductoramente grave. Y tentadora, pensó Nick. Las comisuras de su boca se curvaban hacia arriba aun cuando no sonreía, lo cual le otorgaba una expresión perspicaz.

—¿El qué?

—Esto —respondió Cassie.

—¿El cheque? No lo comprendo.

—No. Usted. ¿Qué ha venido a hacer aquí?

—¿Cómo?

—Es como si hubiese venido a sobornarme.

—¿A sobornarla? No. Su padre no fue debidamente asesorado durante la entrevista referente a su despido. No debimos permitir que se fuera sin percibir la misma indemnización que los demás, al margen de que dimitiera. Estaba furioso, y con razón. Pero era un empleado que había trabajado mucho tiempo para la empresa y merecía recibir mejor trato.

—Esto es mucho dinero.

—Su padre trabajó para Stratton durante treinta y seis años. Tenía derecho a cobrar este dinero. Quizá no desde el punto de vista estrictamente legal, pero sí moral.

—Es dinero culpable. En alemán se dice Schuldgelt. —En los labios de Cassie se dibujó una sonrisa astuta, haciendo que las comisuras se curvaran ampliamente hacia arriba. Quizá fuera una sonrisa burlona—. La palabra «culpa» tiene las mismas raíces que la palabra alemana que significa dinero, Geld.

—No lo sabía —respondió Nick, sintiendo una opresión en la boca del estómago—. Pensé que no debíamos dejarla desprotegida.

—Dios. No entiendo cómo es usted capaz de hacer lo que hace.

«Tiene derecho a atacarme —pensó Nick—. Que lo haga, que siga con su discurso anticorporación. Que siga poniéndonos verde a Stratton y a mí. Así se sentirá mejor. Quizá yo esté aquí por puro masoquismo».

—De acuerdo —dijo Nick—. Soy Nick el Verdugo.

—Entiendo que no debe de ser fácil para usted sentirse odiado por toda la ciudad.

—Forma parte de mi trabajo —respondió Nick.

—Debe de ser agradable tener trabajo.

—A veces sí, otras no tanto.

—Supongo que la vida debía de ser mucho más fácil para usted hace un par de años, cuando todo el mundo le quería. Debía de sentirse el rey del universo, cuando todo le iba bien. Pero de pronto se convirtió en el malo de la película.

—No se trata de un concurso de popularidad. —¿Qué diablos era esto?

Una sonrisa misteriosa.

—Un hombre como usted desea ser apreciado. Necesita ser apreciado.

—Bueno, debo irme.

—Le estoy poniendo nervioso —observó Cassie—. No es usted una persona introspectiva. —Una breve pausa—. ¿Por qué ha venido? ¿No se fía del servicio de mensajería?

Nick meneó la cabeza en un gesto ambiguo.

—No estoy seguro. Creo que ha sido por su situación. Yo perdí a mi esposa el año pasado. Sé lo duro que es esto.

Cuando Cassie le miró, sus pupilas de color castaño oscuro reflejaban dolor.

—¿Tiene hijos?

—Dos. Una niña y un chico.

—¿Qué edad tienen?

—Julia tiene diez años. Lucas dieciséis.

—Dios mío, no quiero ni imaginar lo que ha de ser perder a la madre a esa edad. Supongo que siempre hay suficiente dolor para repartir en el banquete de la vida. Y segundas raciones, ¿no es así? —dijo Cassie como si le faltara el resuello.

—Tengo que irme. Siento haberla molestado presentándome de esta forma.

Inopinadamente Cassie se desplomó en el suelo. Cayó sentada sobre la alfombra y luego quedó tumbada de lado. Sus piernas habían cedido.

—Joder —dijo al tiempo que se apoyaba sobre un brazo.

—¿Se siente bien? —preguntó Nick, acercándose e inclinándose sobre ella.

Cassie se llevó la otra mano a la frente. Cerró los ojos. Su piel traslúcida presentaba un color ceniciento.

—Joder, lo siento. Me he mareado y…

—¿Quiere que le traiga algo?

Cassie negó con la cabeza.

—Sólo necesito sentarme. Estoy desorientada.

—¿Un vaso de agua? —Nick se arrodilló junto a ella. Cassie parecía a punto de perder el conocimiento—. ¿Quiere comer algo?

Cassie negó de nuevo con la cabeza.

—Estoy bien.

—No lo creo. No se mueva, le traeré algo.

—No pensaba ir a ninguna parte —respondió Cassie con la mirada perdida—. Déjelo, no se preocupe. Estoy bien.

Nick se levantó y se dirigió a la cocina. En el fregadero había una pila de cacharros sucios y en la mesa, junto al fregadero, varias bandejas de comida china. Nick miró a su alrededor, localizó el hornillo eléctrico y una tetera sobre un quemador. Tomó la tetera y comprobó que estaba vacía. La llenó debajo del grifo del fregadero, tras apartar algunos platos. Le llevó un par de segundos descifrar qué botón del hornillo correspondía a qué quemador. El fogón tardó largo rato en pasar del color negro al naranja.

—¿Le gusta el Szechuan Garden? —preguntó Nick.

Silencio.

—¿Se encuentra bien?

—En realidad es bastante cutre —contestó Cassie después de otra pausa, con un hilo de voz—. Hay dos o tres restaurantes chinos en toda la ciudad, a cuál peor que el otro. —Otra pausa—. En la manzana donde vivo, en Chicago, hay más restaurantes chinos que en todo Fenwick.

—Pero al parecer compra mucha comida allí.

—Sí, me cae cerca. No he tenido que cocinar desde que…

Cassie estaba en el umbral de la cocina. Entró lentamente, trastabillando. Se sentó en una de las sillas de la cocina, con el respaldo de vinilo rojo y cromado, la mesa de formica de color rojo y una tira cromada alrededor del borde.

La tetera empezó a emitir un sonido estridente y hueco. Nick abrió el frigorífico —en la puerta decía FRIGIDAIRE, unas letras metálicas grandes y cuadradas, en relieve, que recordó a Nick la nevera que había en su casa cuando era niño— y vio que estaba prácticamente vacía. Un litro de leche desnatada, una botella abierta de chardonnay australiano, con el corcho puesto, y una bandeja de huevos medio vacía.

Nick encontró un trozo de queso parmesano y unas cebolletas salvables.

—¿Tiene un rallador?

—¿Habla en serio?