La compañía
Capítulo 90
Audrey localizó a Bugbee en su móvil en el Burger Shack, un lugar al que su compañero solía ir a comer. Bugbee apenas la oía, debido a la cacofonía de risas, ruido de platos y una música de rock que sonaba en el local.
—¿Cuándo vas a volver? —le preguntó Audrey varias veces.
—Estoy comiendo.
—Eso ya lo sé. Pero esto es importante.
—¿Qué?
—Conviene que regreses cuanto antes.
—Te he dicho que puede esperar.
—Y yo te digo que no —contestó Audrey.
—Estaré en el Burger Shack durante…
—Nos veremos allí —dijo Audrey, y colgó antes de que Bugbee pudiera protestar.
Bugbee se recobró enseguida del malhumor por haber visto interrumpido su almuerzo con los colegas, tres agentes de paisano, aproximadamente de su edad. Se excusó y él y Audrey se sentaron en un reservado vacío.
—Entonces ya está —dijo Bugbee cuando Audrey le contó que habían identificado el arma—. Ya los tenemos.
—Todavía quedan unos flecos —respondió Audrey—. Son pruebas circunstanciales.
Bugbee la miró enojado. Tenía una enorme mancha de ketchup en su espantosa corbata, lo cual le confería un aspecto más vistoso.
—¿Qué coño esperas? ¿Encontrar el diario de Nick Conover con una anotación especial de aquella noche confesando que se cargó a ese tío, con ayuda de Eddie?
—Estamos relacionando unos datos que no sé si el fiscal nos dejará relacionar.
—¿Qué putos datos estáis relacionando? —le espetó Bugbee.
Audrey pensó brevemente en pedirle que se abstuviera de soltar palabrotas, pero no le pareció el momento propicio.
—Sabemos que esto indica que Eddie Rinaldi y Nick Conover están implicados.
—Pero qué lista eres…
—¿Quieres hacer el favor de callarte unos segundos? —Merecía la pena decir eso con tal de ver la expresión de estupor de Bugbee—. La pistola utilizada para matar a Stadler es la misma que usaron en un caso en el que no se encontró el arma. Y Eddie Rinaldi trabajó en ese caso, hace seis años. Pero ¿demuestra eso que Rinaldi birló la pistola y se la llevó a Grand Rapids? Hay demasiadas lagunas.
—Anda ya. No lo creo, y tú tampoco.
—Nuestra opinión no va a convencer al fiscal del distrito para que presente cargos contra Rinaldi y Conover. Especialmente en un caso de homicidio en el que está involucrado el director general de una gigantesca empresa y uno de sus principales ejecutivos.
—Oye, mira, cuando conectemos a nuestro amigo Eddie a un polígrafo, confesará.
—No tiene que someterse a un polígrafo.
—Si se enfrenta a una acusación de asesinato en primer grado sin libertad condicional, te aseguro que accederá a hacerlo. —Bugbee se recostó en el respaldo del reservado, saboreando el momento—. Esto es genial —dijo con una sonrisa.
Audrey reparó en que era la primera vez que veía a Bugbee sonriendo de auténtico gozo. No encajaba en su rostro, parecía falso, alteraba el orden natural de las cosas. Sus mejillas mostraban unas profundas arrugas, como una tela excesivamente almidonada.
—Conover no se someterá a un polígrafo —dijo Audrey—. Y para ser sinceros, todavía no sabemos cuál de los dos disparó —comentó.
—Qué más da. Los acusaremos a ambos de asesinato en primer grado y luego ya veremos. Haremos un trato con el primero que se acerque a la ventanilla, como de costumbre.
—No sé si llegaremos a ese punto, si conseguiremos un fiscal que emita una orden de arresto.
—De modo que todo depende del fiscal. Venga, mujer, ya sabes cómo funciona esto.
—A Noyce no le gustan esas tácticas.
—Que le den. Ya te lo dije: éste caso es nuestro. No suyo.
—De todos modos… —contestó Audrey—. No sé. No quiero meter la pata.
Bugbee se puso a contar con la mano izquierda, empezando por el pulgar.
—Hemos identificado la tierra, tenemos la dichosa grabación de seguridad con el segmento borrado, tenemos el dato de que la alarma de Conover sonó a las dos de la mañana, seguido por la desesperada llamada por el móvil, tenemos al tipo esquizoide con un historial de agresiones contra el sospechoso, y ahora tenemos la identificación de la pistola. —Bugbee alzó cinco dedos con gesto triunfal—. ¿Qué más quieres? Propongo que vayamos a por ellos.
—Antes quiero decírselo a Noyce.
—¿Quieres comentarlo con papaíto? —Bugbee sacudió la cabeza—. ¿Aún no has caído en que Noyce no está de nuestra parte?
—¿Por qué lo dices?
—Piensa un poco. Cuanto más nos acercamos al director general de Stratton, más se interpone Noyce en nuestro camino. No quiere que arrestemos al gran kahuna. No me sorprendería que estuviera en la nómina de Stratton.
—Eso es absurdo.
—Lo digo muy en serio. Me escama la forma en que ese tío se ha puesto de lado de Stratton.
—Noyce tiene que mostrarse cauto en un caso tan importante como éste.
—Lo suyo es mucho más que cautela. ¿No te sorprendió que cuando registré el piso de Rinaldi, sin avisar, resulta que habían desaparecido un par de pistolas de su casa, como si alguien le hubiera prevenido?
—Quizá Rinaldi se libró de ellas después de que Conover asesinara a Stadler —apuntó Audrey—. O puede que Conover lo llamara, diciéndole que unos policías iban a registrar su casa, y Eddie corrió a la suya para desembarazarse de las pruebas.
—Sí, podría darse cualquiera de esas posibilidades. En teoría. ¿No te has fijado en que Noyce está tratando de ponértelo difícil, encargándote otros trabajos para que no tengas tiempo de ocuparte de este caso? Mira, Audrey, no me fío de él.
—Es mi amigo, Roy —contestó Audrey suavemente.
—¿En serio? —preguntó Bugbee—. Yo no estaría tan seguro.
Audrey no respondió.