La compañía

Joseph Finder · Capítulo 73 de 111

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La compañía

Capítulo 72

 

Nick estaba hecho polvo. Los problemas con Todd y con Scott, los rumores y misterios que no comprendía le agotaban. Y por si fuera poco, las advertencias de Eddie con respecto a Cassie: «Ándate con cuidado si no quieres acabar mal». Y: «¿Qué coño crees que pretende esa tía?». ¿Era posible que Eddie tuviera razón?

¿Era posible, se preguntaba Nick, de que su subconsciente deseara que descubrieran lo que había hecho?

Lo peor de todo, un detalle tan estremecedor que Nick no soportaba pensar en él, era el fragmento de un casquillo que la policía había hallado en el césped de su casa.

Nick siempre había hecho gala de su capacidad para soportar una presión que habría aplastado a la mayoría de personas. Quizá se debía a la práctica del hockey, a que había aprendido a hallar un lugar sereno en su interior en el que se refugiaba cuando las cosas se ponían feas. Nick no solía perder la calma. Laura, que tenía un temperamento nervioso, no lo entendía. Pensaba que Nick pasaba de todo, que no daba importancia a ciertas cosas. Nick solía encogerse de hombros y responder con tono afable:

—¿De qué sirve perder los nervios? No resuelve nada.

Pero desde el asesinato, todo había cambiado. Su duro caparazón se había vuelto poroso. O tal vez era que le había afectado el estrés de las últimas semanas, los problemas que se habían acumulado sobre su espalda haciendo que sus músculos se acalambraran. Nick temía sufrir un colapso nervioso.

Pero no podía permitírselo, al menos no en esos momentos.

Porque al margen de lo que Todd y Scott se llevaran entre manos, sus confabulaciones, los viajes secretos, las llamadas telefónicas y los documentos codificados habían activado en Nick un fusible que chisporroteaba y lanzaba chispas.

«Tómate un respiro, te conviene».

Como si a Todd le importara un carajo el bienestar emocional de Nick.

Todd quería que Nick se tomara unas vacaciones. No que dimitiera, lo cual no dejaba de ser interesante. Si Todd y los chicos de Fairfield hubieran querido librarse de Nick, ya le habrían despedido. ¿Por qué no lo habían hecho? ¿Les echaba atrás la indemnización, los cinco millones de dólares que tendrían que pagarle por despido improcedente? ¿Con los billones que manejaba Fairfield?

Nick tecleó en su ordenador, extrajo el directorio de la empresa y seleccionó a Martin Lai. En la pantalla apareció la fotografía de un hombre de rostro orondo y expresión flemática, junto con sus informes directos, su correo electrónico y número de teléfono.

Nick consultó su reloj. La diferencia horaria con Hong Kong era de trece horas. Si eran las nueve y media de la mañana significaba que allí eran las diez y media de la noche. Nick descolgó el teléfono y marcó el número particular de Martin Lai. Después de sonar durante un buen rato, oyó un mensaje en chino, seguido por unas breves palabras pronunciadas en inglés con acusado acento chino.

—Martin —dijo Nick—, soy Nick Conover. Tengo que hablar contigo enseguida. —Nick dejó su consabida colección de números telefónicos.

Luego pidió a Marjorie que localizara el número del móvil de Martin Lai, que no figuraba en la red interna de Stratton. Al cabo de unos minutos apareció en su monitor un número muy largo.

 

Nick llamó a ese número y al oír de nuevo una voz grabada dejó el mismo mensaje. Consultó la agenda de reuniones de Lai, su agenda corporativa on-line, y al parecer éste no había salido de las oficinas de Stratton en Hong Kong.

Nick no dejaba de oír las palabras de Todd: «Tómate un respiro, te conviene».

Pero ¿qué se proponían Todd Muldaur y Fairfield Equity Partners? ¿Quién podía saberlo?, se preguntó Nick.

La respuesta se le ocurrió tan rápidamente que Nick se asombró de que no se le hubiera ocurrido antes. La persona que podía saberlo era un «primo» de la numerosa familia Fairfield.

Nick abrió el cajón central de su mesa y sacó una tarjeta de visita con la esquina doblada que decía KENDALL RESTAURANT GROUP, y debajo, RONNIE KENDALL, DIRECTOR GENERAL.

Ronnie Kendall era un hábil emprendedor, un tipo inteligente con un acento tejano impenetrable. Había fundado el Kendall Restaurant Group a partir de un pequeño local de comida tex-mex en Dallas, convirtiéndolo en una exitosa cadena y al cabo de un tiempo en un próspero holding de restaurantes. Consistía principalmente en una cadena de restaurantes tex-mex que gozaba de gran popularidad en el suroeste, pero su empresa era también propietaria de una cadena de tartas de queso, una cadena de pollo asado que no funcionaba bien, una cadena de restaurantes japoneses impresentables en los que unos cocineros ataviados como samuráis preparaban la comida en la mesa y te la servían ellos mismos, y una cadena de bares-restaurantes célebres por sus diminutas costillas de lechal y sus descomunales margaritas helados. Diez años atrás Kendall había vendido sus empresas a Willard Osgood.

Nick le había conocido durante un congreso de negocios en Tokio, y los dos habían simpatizado enseguida. Se daba la circunstancia de que Ronnie Kendall era un apasionado del hockey y, curiosamente, había seguido la carrera de Nick en la Universidad Estatal de Michigan. Nick le había confesado que había comido en la cadena de restaurantes japoneses propiedad del grupo de Kendall y que no le había gustado, y Kendall se había apresurado a responder:

—No me extraña. Cada vez que pongo los pies en uno de ellos tengo diarrea. Jamás como allí, pero a la gente le encanta. Es increíble.

Nick tuvo que esperar un buen rato antes de que Ronnie Kendall se pusiera al teléfono. Se expresaba con su acostumbrada exuberancia, hablando a borbotones. Nick cometió el error de preguntarle cómo iba el negocio, y Ronnie se lanzó a un endiablado monólogo sobre la expansión de la cadena de pollo asado en Georgia y Carolina del Sur, tras lo cual pasó al tema de la afición por la comida baja en calorías.

—Chico, no sabes lo que me alegro de que esa moda haya pasado. ¡Nos estaba destruyendo! No conseguimos implantar la tarta de queso baja en calorías, ¡en cuanto a los margaritas bajos en calorías…! Y justo cuando acabábamos de contratar a una nueva celebridad para que promocionara nuestros productos —Kendall citó el nombre de un famoso jugador de fútbol — y habíamos grabado unos anuncios de quince y treinta segundos, ¡le acusan de violar a una chica!

—Ronnie —le interrumpió Nick por fin—, ¿conoces bien a Todd Muldaur?

Ronnie se echó a reír.

—Odio a ese astuto cabrón, pero él me quiere. No obstante, yo no me meto en sus asuntos y él no se mete en los míos. Él y sus amigos de MBA trataron de interferir en mis negocios, de modo que llamé a Willard y le dije que controlara a sus caniches o me largaba. Y me fui. Soy demasiado viejo y demasiado rico, no lo necesito. Imagino que Willard debió de leerle la cartilla a Todd, porque éste dejó de inmiscuirse. Claro está que estaba muy ocupado con el negocio del chip.

—¿El negocio del chip?

—¿No se llaman así esos artilugios? ¿Microchips o algo parecido? ¿Unos semiconductores?

—Sí.

—¿Has leído el Journal? La industria de los semiconductores se hinchó de manera espectacular, debido a la masiva inversión de esos tíos de Fairfield en los microchips, hasta que la burbuja estalló. —Kendall soltó otra carcajada —. Me encanta el batacazo que se han dado esos tipos.

—Un momento, Ronnie. ¿Fairfield Equity Partners invirtió a lo grande en microchips?

—No toda Fairfield, sólo los fondos que maneja nuestro amigo Todd. Apostó por la industria del microchip. Puso todos sus huevos en la misma cesta, ¿comprendes?

Nick no compartió las carcajadas de Ronnie.

—Pensé que existía un límite en la cantidad de dinero que pueden invertir en un sector.

—Todd es un tipo arrogante, como bien sabes. Es un prepotente. Supuso que cuando las acciones de los semiconductores empezaran a caer, compraría a bajo precio unas cuantas empresas y obtendría unos buenos dividendos. Pero le ha salido el tiro por la culata. Sus fondos se han ido al traste. Willard Osgood debe de estar que trina. Si los fondos de Todd se hunden, todo el barco se hunde.

—¿De veras?

—Supongo que Todd Muldaur no dejará de daros coba. Sé que Stratton está pasando por un bache, pero al menos sois solventes. Comparado con otras inversiones, sois una mina. Todd podría convertiros en una empresa pública, lo cual le reportaría mucho dinero. Claro que teniendo en cuenta el tiempo que eso le llevaría, quizá sea demasiado tarde para él.

—Eso le llevaría como mínimo un año.

—Como mínimo. ¿Todd no te ha comentado esa posibilidad?

—No me ha dicho nada.

—Fairfield necesita conseguir liquidez cuanto antes.

—Es decir, que necesitamos dinero.

—Exacto.

—Sé que se traen algo entre manos —dijo Nick—. Están desesperados por recortar gastos.

—No es eso. Ya sabes lo que dicen los japoneses: cuando tu casa está ardiendo, no te pones a subastar los muebles.

—¿Cómo?

—Todd está en una situación tan comprometida que imagino que buscará la manera de conseguir dinero como sea, vendiendo Stratton de forma rápida y fraudulenta para salvar su pellejo. Yo que tú no lo perdería de vista.

Nada más colgar, Nick recibió otra llamada, de Eddie.

—Te espero en la sala de conferencias pequeña de tu planta —dijo Eddie sin más preámbulo—. Ahora mismo.