La idea del progreso
Capítulo 2
El Origen de las Especies condujo al tercer estadio en los avatares de la
idea del Progreso. Vimos cómo la astronomía heliocéntrica, al destronar al hombre de su posición privilegiada en el universo espacial y dejarle abandonado a sus propios esfuerzos había ayudado a que esta idea compitiese con la de una Providencia operante. El hombre sufre ahora una nueva degradación dentro del marco de su propio planeta. La evolución, al despojarle de su gloria como ser racional especialmente creado para ser el señor de la tierra, le da un flojo árbol genealógico. Esta segunda degradación fue el factor decisivo para el afianzamiento del reinado de la idea de Progreso.
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Evolución, por sí misma, no significa necesariamente, aplicada a la sociedad, que el hombre se mueva hacia una meta predeterminada. Es una concepción neutral, científica, compatible tanto con el optimismo como con el pesimismo. Según las diferentes preferencias puede aparecer como una cruel sentencia o como una garantía de mejora segura. Y de hecho se la ha interpretado en ambos sentidos.
Se necesitan dos argumentos diferentes para basar el progreso sobre la
evolución. Si se pudiese demostrar que la vida social obedece a las mismas leyes generales evolutivas que la naturaleza y también que este proceso supone un aumento de bienestar, el Progreso sería una hipótesis tan válida como la evolución de las formas vivientes. Darwin había concluido su obra con estas palabras:
Como todas las formas vivientes de la vida son los descendientes lineales
de los que existieron antes de la época silúrica, podemos dar por cierto que
la sucesión ordinaria por medio de las generaciones no se ha roto y que
ningún cataclismo ha asolado al mundo en su totalidad. De aquí que
podamos mirar con cierta confianza hacia un futuro de longitud igualmente
inapreciable. Y como la selección natural obra tan sólo por y para el bien de
cada ser, todos los medios ambientes corporales y mentales tenderán a
progresar hacia la perfección.
El evolucionista hacía sonar la nota del optimismo. Y sugería que las
leyes del Progreso habían sido encontradas en campos distintos de los que habían sido buscadas hasta el momento presente.
La prolongación más hábil y más influyente del argumento de la
evolución hacia el Progreso fue la obra de Spencer. Extendió el principio de la evolución a la sociología y a la ética y fue su más conspicuo intérprete en sentido optimista. Spencer había sido evolucionista desde bastante antes de la intervención decisiva de Darwin y había publicado en 1851 su Social Statics en donde, a pesar de que todavía no había elaborado las leyes evolucionistas que empezó a formular poco después y de que todavía era teísta, aparecen las tendencias generales de su filosofía optimista. El Progreso aparece aquí como la base de la teoría ética. El título indica la influencia de Comte pero la argumentación se opone al espíritu de sus enseñanzas y se trata a la sociología
desde una perspectiva nueva[155].
Spencer comienza argumentando que la tan frecuentemente alegada
constancia de la naturaleza humana es una falacia. El cambio es la ley de todas las cosas, tanto de cada objeto singular como de la totalidad del universo. «La naturaleza, en su infinita complejidad, se está moviendo siempre hacia nuevos desarrollos». Sería extraño que en esta mutabilidad universal sólo el hombre permaneciese invariable. No es cierto. «También él obedece a la ley del cambio indefinido». Comparemos a los nómadas salvajes con los Newton y los Shakespeare; entre ambos extremos hay incontables grados de diferencia. Y si la humanidad es indefinidamente variable, la perfectibilidad es posible.
En segundo lugar, el mal no es una necesidad permanente. Todo el mal es
resultado de la falta de adaptación del organismo a sus condiciones; esta es una ley general para todos los vivientes. También es verdad que el mal tiende perpetuamente a desaparecer. En virtud de un principio esencial de la vida, esta falta de adaptación de los organismos a sus condiciones está siendo continuamente rectificada y continuará siéndolo hasta que la adaptación sea perfecta. Esto se aplica tanto a la esfera física como a la mental.
En el estado presente del mundo, los hombres sufren muchos males, lo que muestra que sus caracteres todavía no están ajustados al estado social. Ahora el requisito fundamental del estado social debe ser que cada individuo tenga tan sólo tantos deseos cuantos puedan ser satisfechos, sin dañar las posibilidades de los demás para obtener satisfacciones similares. Este requisito todavía no se ha cumplido porque el hombre civilizado tiene aún algunas de las características convenientes a las condiciones de su primitivo estadio predatorio. Necesitaba determinadas condiciones morales para su estado primitivo y necesita otras totalmente diferentes para el actual. El resultado es un proceso de adaptación que ha durado largo tiempo y aún durará mucho en el futuro.
La civilización representa las adaptaciones que ya se han llevado a cabo.
El Progreso es la serie de pasos sucesivos en ese proceso. Spencer no tiene la menor duda de que el hombre se acoplará eventualmente a los modos de vida mediante ese proceso. Todo exceso o deficiencia de las facultades utilizadas debe desaparecer; en otras palabras, debe extinguirse toda imperfección.
El desarrollo último del hombre ideal es lógicamente cierto. Tan lógico
como cualquier conclusión en la que implícitamente pongamos un elemento
de fe. Por ejemplo, que todos los hombres han de morir.
Aquí está expuesta la teoría de la perfectibilidad sobre nuevas bases, con
no menor convicción que en Condorcet o en Godwin.
Por tanto, el Progreso no es un accidente sino una necesidad. La
civilización es parte de la naturaleza al ser un desarrollo de las capacidades ocultas del hombre bajo la acción de circunstancias favorables que han de producirse con seguridad en un momento u otro. Aquí, el argumento de Spencer asume una causa final. El propósito último de la creación, argumenta, es la producción de la mayor cantidad de felicidad y, para lograr esa meta, es necesario que cada miembro de la especie posea facultades que le permitan experimentar el mayor goce de la vida, de manera que no disminuya el poder de los demás para recibir una satisfacción parecida. Los seres así constituidos no pueden multiplicarse en un mundo dominado por criaturas inferiores, por lo cual éstas deben ser desposeídas de todo espacio. Para desposeerlas, el hombre aborigen debe tener en principio una constitución inferior: debe ser predatorio, debe tener deseos de matar. En general, dada una tierra aún no dominada y «designado» ya el ser humano que la domine y ocupe, siendo las leyes de la vida como son, no pueden producir una serie de cambios distinta de la que ha habido anteriormente.
El argumento podría arreglarse de forma que no necesitase imponer una
causa final y no introdujera la idea de Providencia divina que Spencer introdujo en esta obra, aunque la superó en su filosofía posterior mediante la enunciación de la idea de lo desconocido, que existe más allá de todo fenómeno. Pero el papel del gobernante divino se limita a poner en marcha fuerzas inmutables que realicen sus designios.
En el mundo moral, como en el material, la evidencia adquirida está
produciendo gradualmente la convicción de que los acontecimientos no son
fortuitos en el fondo, sino que están ordenados así según una cierta e
inevitable manera, por medio de fuerzas invariables.
El optimismo de la teoría de Spencer era insuperable. «Tras un paciente
estudio —escribe—, este caos de fenómenos en medio de los cuales ha aparecido el hombre ha comenzado a generalizarse»; en vez de confusión empieza a ver «los feos contornos de un plan gigantesco. No hay accidentes, no hay azar sino orden por todas partes. Las excepciones desaparecen una por una y todo se convierte en sistemático».
Un poderoso movimiento se dirige siempre hacia la perfección, hacia un
completo desarrollo y un mayor bien sin mezcla; subordinando en su
universalidad todas las pequeñas irregularidades y retrasos al modo en que
la curvatura de la tierra se subordina a las montañas y los valles. Incluso en
el mal, el estudioso aprende a reconocer tan sólo en una forma del bien en
lucha. Pero, sobre todo, es sorprendido por la autosuficiencia de las cosas.
Pero el movimiento hacia la armonía, la eliminación del mal, no será
llevada a cabo por idealistas que imponen al mundo sus construcciones ni por gobiernos autoritarios. Ese movimiento significa adaptación gradual, cambio psicológico y vida dentro de la libertad individual. El movimiento procede por el toma y daca de las opiniones contrapuestas. Guizot había dicho: «Progreso y, al tiempo, resistencia». Spencer considera beneficiosa esta resistencia, siempre que venga de quienes piensan honestamente que las instituciones que defienden son realmente las mejores y que las innovaciones propuestas son equivocadas.
Se observará que la doctrina de la perfectibilidad en Spencer descansa
sobre una base totalmente diferente de la de la doctrina del siglo XVIII. Una cosa es deducirla de una psicología abstracta que mantiene que la naturaleza humana es irresistiblemente plástica en las manos del legislador y del educador, y otra defender que la naturaleza humana está sujeta a leyes generales de cambio y que el proceso por el que ésta, lenta pero continuamente, tiende a adaptarse más y más a las condiciones de la vida social —al adquirir los niños por herencia los caracteres y aptitudes de sus padres— se dirige a una armonía última. En esta teoría la legislación provechosa y la educación son auxiliares del proceso de adaptación inconsciente y responden a los cambios psicológicos en la continuidad, cambios que se manifiestan en la opinión pública.