La idea del progreso
Capítulo 3
Kant acepta la última alternativa sobre la base de que no es razonable
suponer que exista un propósito final en los procesos particulares de la Naturaleza y de que no lo exista en el conjunto. Así su teoría del Progreso depende de la hipótesis de las causas finales.
De donde se sigue que trazar la historia de la humanidad equivale a
revelar un plan secreto de la Naturaleza para realizar una perfecta constitución civil de la sociedad universal; pues una sociedad universal es el único estado en el que pueden desarrollarse completamente las tendencias de la naturaleza humana. No podemos determinar la curva del desarrollo porque el período total es demasiado vasto y sólo conocemos una fracción del mismo, pero ésta nos basta para caer en la cuenta de que existe un curso definido.
Kant piensa que semejante historia «cosmopolita», como él la llama, es
posible y que si se escribiera nos daría la clave para descubrir
un lado consolador en el futuro, en el que a una distancia remota veremos a
la especie humana sentada sobre un promontorio que habrá alcanzado con
infinitas dificultades, en el que todas las semillas que la Naturaleza ha
plantado habrán germinado, con lo que la humanidad habrá realizado su
propio destino sobre la tierra.
3
Para comprender en su totalidad la significación del argumento kantiano, hemos de comprender su relación con la Ética. Su teoría ética es el fundamento de sus especulaciones sobre el Progreso, Progreso que entiende como mejoras morales; en pocos pasajes se refiere al progreso científico o material. Para él, la moralidad era una obligación absoluta fundada en la naturaleza de la razón. Tal obligación presupone un fin a alcanzar y ese fin es el reinado de la razón bajo el cual, al obedecer todos los hombres a la ley moral, se tratan mutuamente como fines en sí mismos. Tal estado ideal debe ser considerado posible porque es un postulado necesario de la razón. Desde este punto de vista puede observarse que la especulación de Kant sobre la historia universal es realmente una discusión sobre si el estado ideal, que se mantiene como postulado subjetivo en interés de la ética, es capaz de ser realizado objetivamente.
Ahora bien, Kant no mantiene que, ya que nuestra razón moral debe
aceptar la posibilidad de esa meta hipotética, la civilización se esté dirigiendo realmente hacia ella. Sería incapaz de caer en una trampa semejante. La civilización es un fenómeno y todo lo que conocemos acerca de ella lo sabemos tan sólo a través de la experiencia. Lo que él sostiene es que hay determinadas indicaciones de progreso en esa dirección. Apuntaba como ejemplo el crecimiento, en su tiempo, de la libertad civil y religiosa, condiciones de progreso moral. Hasta aquí su argumentación coincide en principio con la de los teóricos franceses del Progreso. Pero Kant continúa aplicando a esos datos la discutible concepción de las causas finales y sigue encontrando un propósito en el desarrollo de la humanidad. Sin embargo, estas presunciones se mantienen como hipótesis y no como un dogma.
Es probable que lo que impidió a Kant proponer su teoría del Progreso
con tanto entusiasmo y confianza como Condorcet fuese su conocimiento de que no se puede afirmar nada de modo absoluto con respecto al curso de la civilización hasta tanto no se hayan descubierto las leyes de su evolución. Se dio cuenta de que éste era un campo abierto a la investigación científica. Expresamente afirma que esas leyes no nos son todavía conocidas y sugiere que algún genio futuro tal vez pueda lograr en el campo de las ciencias sociales lo que Kepler y Newton hicieron con las leyes físicas de los cuerpos celestes. Como veremos, esto es precisamente lo que algunos de los más importantes pensadores franceses de la generación inmediata trataron de hacer.
Pero aunque se aproximaba con cautela a la idea, Kant creía
indudablemente en la posibilidad del Progreso. Reconocía que el mayor obstáculo al avance del hombre se encuentra en la guerra y en la carga que la posibilidad de ésta supone. Por tanto, dedicó mucho tiempo a pensar por qué medios podría abolirse la guerra. Publicó una obra filosófica sobre la Paz perpetua, en la que articulaba sus propuestas para un tratado internacional que asegurase la desaparición de la guerra. Pensaba que, a pesar de que el ideal positivo sería un estado universal, tendríamos probablemente que contentarnos con un sustitutivo negativo, consistente en una federación de pueblos ligados por una alianza de paz que garantizase la independencia de cada miembro. Pero para asegurar la permanencia de este sistema, era necesario que cada uno de los miembros de la alianza tuviera una Constitución democrática, ya que semejante Constitución se basa en la libertad individual y la igualdad civil. Todos estos cambios habrían de realizarse por medio de reformas legales; la revolución —Kant escribía en 1795— no puede tener justificación.
En estas ideas podemos rastrear la influencia del Contrato Social de
Rousseau y la del Abbé de Saint-Pierre, cuyas obras Kant conocía. No cabe duda de que fue precisamente el influjo del pensamiento francés, tan influyente en Alemania durante este período, lo que dirigió el pensamiento kantiano hacia especulaciones semejantes durante el último período de su vida, especulaciones que forman una especie de apéndice a la totalidad de su sistema filosófico. La teoría del Progreso, la idea de una reforma universal, la doctrina de la igualdad política son puntos que Kant estudió y puso al servicio de su teoría ética personal. Esta nueva conjunción de ideas hizo cambiar su espíritu.
En Francia, como hemos visto, la teoría del Progreso se asociaba
generalmente con opiniones éticas que encontraban su sustrato metafísico en el sentido de Locke. Helvetius elaboró un sistema basado sobre la sensación como hecho mental primario. Pero el principio de que la ley suprema que debe regir las conductas es el obedecer a la naturaleza había existido como filosofía práctica desde Rabelais y Montaigne hasta Moliére en el XVIII. Se hallaba reforzada además por la teoría de la bondad natural del hombre. El jansenismo había luchado contra esta doctrina y había sido derrotado. Ahora le llegaba el turno a la metafísica. El imperativo moral de Kant marcó la etapa siguiente en el conflicto entre las dos tendencias opuestas que buscan sanciones morales naturales y ultranaturales.
De ahí que la idea de Progreso tuviese un significado diferente en Kant y
en sus exponentes franceses, aunque las opiniones particulares de estos últimos acerca del futuro posible de la especie humana coincidiesen en algunos puntos esenciales con las de aquél. Pero su teoría de la vida ambientó de modo diferente a la idea. En Francia, la atmósfera es decididamente eudemonista: la felicidad es la meta. Kant es un resuelto adversario del eudemonismo.
Si tomamos como medida el goce o la felicidad, es sencillo —escribe—
valorar la vida. Su valor es menor que nada. Pues, ¿quién volvería a
empezar su vida en las mismas condiciones o incluso en condiciones
naturales nuevas, si ello fuera posible, con el goce por meta exclusiva?
Había indudablemente una señalada veta de pesimismo en Kant, que
influyó en uno de los hombres más capaces de la nueva generación, educada en su sistema, hasta convertirle en el fundador del pesimismo filosófico — muy diferente en categoría y profundidad del pesimismo sentimental de Rousseau, de gran resonancia en el pensamiento alemán del siglo XIX—. La desagradable conclusión de Schopenhauer de que éste es el peor de todos los mundos posibles es una de las ideas cuya responsabilidad, en última instancia, pertenece a Kant.