La idea del progreso
Capítulo 3
Estas doctrinas, la identidad de la naturaleza humana y la omnipotencia
del legislador, no dejaban resquicio alguno para una teoría del Progreso. Se ha señalado con razón que estas ideas se encuentran en la base de algunas de las más famosas especulaciones del siglo XVIII, aun cuando no en la forma rotunda en que Maquiavelo las presentó.
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La identidad de la naturaleza humana significaba, para Maquiavelo, que el
hombre tendría siempre las mismas pasiones y los mismos deseos, idénticas debilidades y vicios. Este postulado era compatible con la opinión, ampliamente extendida, de que el hombre había degenerado en el curso de los últimos mil quinientos años. Ésta era la deducción fácil y natural de la exaltación de la Antigüedad griega y romana a una posición de superioridad inalcanzable, especialmente en el campo del conocimiento. Si los griegos eran autoridad en filosofía y en ciencias, si eran inigualables en arte y literatura, si la República romana, como creía Maquiavelo, era el estado ideal, había que concluir que los poderes de la Naturaleza habían declinado y que ésta ya no podía producir cerebros de la misma calidad. Es evidente que la idea del Progreso no podía aparecer hasta que no desapareciese esta paralizante teoría.
Aquí y allá, a lo largo del siglo XVI, si bien tímida y esporádicamente, los
hombres empezaron a rebelarse contra la tiranía de la Antigüedad o, mejor, a preparar el camino hacia una rebelión abierta que se produciría en el siglo XVII. Pronto empezaron a mostrarse brechas en la orgullosa acrópolis del saber antiguo. Copérnico minó la autoridad de Tolomeo y sus predecesores, las investigaciones anatómicas de Vesalio dañaron el prestigio de Galeno, Aristóteles fue atacado en diferentes puntos por Telesio, Cardan, Ramus y Bruno. En algunas ramas de la ciencia comenzó una innovación que sirvió de heraldo para una revolución radical en el estudio de los fenómenos naturales, aunque el significado general de las perspectivas que abrían esas investigaciones era tan sólo vagamente atisbado en aquellos tiempos. Los pensadores y los hombres de ciencia vivían un crepúsculo intelectual. Era el crepúsculo del amanecer. Por un lado, tenemos el misticismo que culminó en las especulaciones de Bruno y Campanella; por otro, el escepticismo de Montaigne, Charron y Sánchez. La desorientación que sufría el saber se muestra en el hecho de que, mientras Bruno y Campanella aceptaban la astronomía de Copérnico, ese mismo sistema era rechazado por un hombre que, en otros muchos aspectos, puede pretender que se le reconozca como un moderno: Francis Bacon.
Peto la tendencia creciente a desafiar la autoridad de los antiguos no
separa a este período del espíritu total que informó al Renacimiento, ya que estaba subordinada o era incidental en relación con un interés más general e importante. Rehabilitar al hombre natural, proclamar que debería ser el dueño de su propio destino, afirmar su libertad en el campo de la literatura y del arte, fue la tarea del primer Renacimiento. El problema del Renacimiento tardío consistía en completar esa emancipación en el terreno del pensamiento filosófico. La atrevida metafísica de Bruno, la cual habría de expiar en la hoguera, ofreció la solución menos ortodoxa y más completa. La deificación de la Naturaleza y del hombre como parte de aquélla implicaba la liberación de la humanidad de cualquier autoridad externa. Pero otros pensadores de la época, si bien menos audaces, estuvieron igualmente inspirados por la idea de interrogar libremente a la naturaleza y se dedicaron de lleno a realizar el programa del Renacimiento: la reivindicación de este mundo como poseedor de un valor humano independiente de sus relaciones con cualquier esfera ultraterrena. Los arrebatos de Giordano Bruno y la sobriedad de Francis Bacon se hallan aquí sobre una base común. Todo el movimiento era el preludio necesario para una nueva era en la que la ciencia sería soberana.
Conviene señalar que había un sentimiento general de complacencia con
respecto a la necesidad de aprender y a los objetivos intelectuales. Rabelais expresa este optimismo. Gargantúa, en una carta a Pantagruel, que estudiaba en París, comenta a su hijo las grandes mejoras en el conocimiento y en la educación que, dice él, acababan de producirse.
El mundo está lleno de sabios, maestros cultivados, amplias bibliotecas y
pienso que ni en tiempos de Platón, de Cicerón o de Papiniano hubo tantas
facilidades para el estudio como en la actualidad.
Indudablemente a lo que Gargantúa se refiere en una educación liberal
humanística es al estudio de las lenguas y literaturas de la Antigüedad, pero su satisfacción ante la presente difusión del saber junto con la sugerencia de que, al menos en esto, sus contemporáneos tienen ventaja sobre los antiguos, es el punto significativo. Esta satisfacción brilla también en la observación de Ramus de que «en un siglo hemos visto mayores progresos en los hombres y en el saber que cuanto pudieron ver nuestros antepasados en el curso total de
los catorce siglos anteriores[15]».
En esta última fase del Renacimiento, que incluye el primer cuarto del
siglo XVII, se estaba preparando el terreno en el cual germinaría la idea del Progreso. Y nuestra historia de sus orígenes comienza con el trabajo de dos hombres que pertenecen a este tiempo: Bodino, apenas conocido más que por los especialistas en ciencias políticas, y Bacon, conocido de todos. Ambos tuvieron una más amplia comprensión de la significación de su propia época que cualquiera de sus contemporáneos y aunque ninguno de los dos expuso una teoría del Progreso, ambos contribuyeron a la elaboración de un pensamiento que colaboró directamente en su aparición subsiguiente.