La idea del progreso
Capítulo 8
un experimento acerca del carácter de la opinión pública y de la necesidad
que siente de una sociedad rural y políticamente mejor, después de haber
vivido tantos años tempestuosos.
En lo que se refiere a [103] Prometheus Unbound , su biógrafo hace notar:
Todos los falaces atractivos de «Political Justice» —suficientemente
puestos ahora de relieve—, junto con todas sus tonificantes y estimulantes
verdades pueden encontrarse en el caput mortuum que resta una vez que el
crítico ha reducido la poesía del «Prometheus» a una serie de afirmaciones
doctrinarias.
El mismo sueño inspiraba el coro final de Hellas. Shelley ha sido el poeta
de la perfectibilidad.
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La atracción de la perfectibilidad llegó más allá del círculo de los hombres de letras y tuvo un apóstol en Robert Owen, el benevolente molinero de Lanark, quien basó en ella una teoría diferente de la mantenida en Political Justice y se convirtió en uno de los fundadores del socialismo moderno.
El éxito de la idea de Progreso se ha producido con su asociación al
socialismo[104]. La primera fase del socialismo, que ha sido llamada fase sentimental, se inició con Saint-Simon en Francia y Owen en Inglaterra, casi al mismo tiempo; Marx la haría bajar de las nubes y la convertiría en una fuerza dentro de la política práctica. Pero tanto en sus formas tempranas como en las posteriores las doctrinas económicas se basan en una teoría de la sociedad fundamentada en el presupuesto, disfrazado de una u otra manera, de que la responsabilidad por el vicio y la miseria existentes pertenece a las instituciones sociales exclusivamente, y de que si éstas son modificadas, vicio y miseria desaparecerán. Esto es una teoría del más puro siglo XVIII; y pasó de los doctrinarios revolucionarios de esta etapa a los socialistas constructivos del XIX.
Owen la tomó probablemente de Godwin y no lo ocultó. Sus numerosas
obras lo afirman ad nauseam. Comenzó la propaganda de su evangelio con su «Nueva concepción de la Sociedad o Ensayos sobre la formación del carácter humano, preparatorios para el desarrollo de un plan para mejorar gradualmente la condición de la humanidad», que dedicó al Príncipe
Regente[105]. En esta obra mantiene que
cualquier carácter general, desde el mejor hasta el peor, puede otorgarse a
cualquier comunidad, incluido el mundo entero, por la aplicación de los
medios apropiados; estos medios están en gran parte a las órdenes y bajo el
control de aquellos que influyen en los asuntos humanos[106].
La nota que hace sonar constantemente es la de que el error cardinal en
política es suponer que los hombres son responsables de sus vicios y de sus virtudes y, por tanto, de sus acciones y de sus costumbres. Por el contrario, éstos son resultado de la educación y de las instituciones y pueden ser transformados si se transforman esas bases. Owen fundó varios diarios de corta vida para defender sus teorías. El primer número del New Moral World
(1834-36)[107] proclamaba la proximidad de una sociedad ideal en la que no habría ignorancia, ni pobreza ni caridad; un sistema «que asegurará la felicidad del género humano a lo largo de los tiempos venideros» y que reemplazará a uno «que, en tanto que se mantenga, producirá en todo momento miseria». Su propio experimento de fundar una sociedad semejante en miniatura en América se mostró como un total fracaso.
Conviene observar que en estas teorías socialistas la concepción del
Progreso como un infinito tiende a desaparecer o a disminuir en importancia. Si las esperanzas del milenio pueden alcanzarse de un golpe mediante una determinada estructuración de la sociedad se habrá alcanzado la meta del desarrollo; habremos alcanzado el fin y sólo tendremos que vivir y gozar del estado ideal —un recinto de hombres felices—. Habrá lugar para un más amplio, tal vez indefinido, avance en el progreso del saber, pero la civilización en su carácter social se convertirá en algo estable y rígido. Una vez que las necesidades humanas se encuentren perfectamente satisfechas en un medio ambiente armónico, no hay estímulos para obtener nuevos cambios y el carácter dinámico de la historia desaparece.
Las teorías del Progreso comienzan, así, a diferenciarse en dos tipos
distintos, correspondientes a dos teorías políticas radicalmente opuestas que apelan a dos temperamentos totalmente diferentes. Un tipo es el de los idealistas constructivos y socialistas que piensan que pueden ya llamar por sus nombres a todas y cada una de las calles y torres de «la ciudad de oro» que creen está situada al otro lado del promontorio; el desarrollo humano es un sistema cerrado; su meta nos es conocida y se encuentra a nuestro alcance. El otro tipo es el de quienes creen que, considerando la gradual progresión humana, el hombre, mediante el mismo juego entrecruzado de fuerzas que le han conducido hasta donde se encuentra y mediante un mayor desarrollo de la libertad que tantos esfuerzos le ha costado ganar, marchará lentamente hacia unas condiciones de progresiva y creciente armonía y felicidad. Para éstos, el desarrollo no tiene fin; su meta es desconocida y se pierde en el remoto futuro. La libertad individual es su tema central y su teoría política correspondiente, el liberalismo. La primera clase de doctrina lleva un sistema simétrico en el que la autoridad del Estado es preponderante y el individuo tiene un valor poco mayor que el de un tornillo en un engranaje bien engrasado, es decir, tiene su lugar asignado ya de una vez para siempre y no tiene derecho a hacer valer sus propias opiniones. El principal ejemplo de esta doctrina, como veremos, es una filosofía no socialista, la filosofía de Comte.