La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 31 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 2

Pero la disputa literaria no nos interesa aquí. Lo que nos ocupa es que

Saint Sorlin era consciente de los aspectos más amplios de la cuestión, aunque no estaba seriamente interesado por ellos. La Antigüedad, dice, no era tan feliz, ni tan culta, ni tan rica, ni tan noble como la Edad Moderna, que es realmente la edad de la madurez, una especie de otoño del mundo, que posee los frutos y los desechos de los siglos pasados, con poder para juzgar los inventos, experiencias y errores de sus predecesores y para sacar provecho de todo ello. El mundo antiguo era tan sólo una primavera que produjo unas pocas flores. La naturaleza, en efecto, produce en todas las épocas obras perfectas; pero no sucede así con las creaciones del hombre, que necesitan correcciones; y los hombres que viven en una época posterior deben aventajar a sus predecesores en felicidad y en saber. Aquí encontramos la afirmación de la permanencia de las fuerzas de la naturaleza, así como la idea, ya expresada por Bacon y otros, de que la Edad Moderna tiene unas ventajas sobre la antigua, comparables a las de la vejez sobre la infancia.

 

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La seriedad con que fue tomada la disputa entre modernos y antiguos —por cuya causa Boileau había intervenido y luchado con Saint Sorlin— lo muestra el hecho de que Saint Sorlin, antes de su muerte, legó solemnemente a un hombre más joven, Charles Perrault, la defensa de la causa de los modernos. Más adelante veremos cómo realizó el encargo. También está demostrada en un libro aparecido en los años 70, Les Entretiens d’Ariste et Eugène, de Bouhours, un padre jesuita mundano y popular.

En uno de estos diálogos surge la cuestión, si bien tratada con un curioso

cuidado y evasivamente, lo que nos hace pensar que el autor no quería

comprometerse; no quería crearse enemigos[43].

El clima general de Francia, en el reinado de Luis XIV era favorable a la

causa de los modernos. Se consideraba una época de grandeza, comparable a la de Augusto, y pocos hubiesen preferido vivir en cualquier otra época. Sus literatos, Corneille, y más tarde Racine y Moliére, respondían tan perfectamente a sus gustos que no hubiesen podido otorgarles otro puesto que no fuesen los primeros. Los hombres de aquel tiempo se impacientaban ante las pretensiones de que el grado de excelencia al que habían llegado los griegos y los romanos era inasequible. «Los antiguos —dijo Moliére— son antiguos, nosotros somos los hombres de hoy». Esta frase podría ser perfectamente la enseña de Descartes y, probablemente, expresaba un sentimiento ampliamente extendido.

En 1687 Charles Perrault —quien es más conocido por su colección de

cuentos que por el papel principal que asumió en esta controversia— publicó su poema sobre «la época de Luis el Grande». La ilustración de la Edad Moderna sobrepasa a la de la Antigüedad: éste es el tema del poema:

La docte Antiquité dans toute sa durée

A l’égal de nos jours ne fut point éclairée.

 

Perrault adopta una actitud más cortés con respecto a «la belle antiquité» que Saint Sorlin, pero su crítica es más insidiosa. Los genios griegos y romanos, afirma, estaban muy bien en su propio tiempo y podían ser considerados divinos por nuestros antepasados. Pero hoy en día, Platón es más bien aburrido; y el «inimitable Homero» habría escrito un poema épico mucho mejor si hubiese vivido durante el reinado de Luis el Grande. El pasaje más importante del poema, sin embargo, es aquel en el que el autor afirma tajantemente el permanente poder de la naturaleza para producir hombres de talento semejante en cada edad.

A former les esprits comme à former les corps

La Nature en tout temps fait les mesmes efforts;

Son être est immuable, et cette force aisée

Dont elle produit tout ne s’est point épuisée,

.............................................

De cette mesme main les forces infinies

Produisent en tout temps de semblables génies.

 

«La Época de Luis el Grande» era una breve declaración de fe. Perrault la continuó con una obra más amplia, su comparación entre los antiguos y modernos (Parallèle des Anciens et des Modernes) que apareció en cuatro partes a lo largo de los años 1688 a 1699. Arte, oratoria, poesía, ciencias y sus aplicaciones prácticas son ampliamente discutidas; y la discusión aparece bajo la forma de una serie de conversaciones entre un defensor entusiasta de la Edad Moderna que dirige el debate, y un devoto de la Antigüedad, a quien le resulta difícil no admitir los argumentos de su oponente, aunque persista obstinadamente en mantener sus propias opiniones.

Perrault basa su tesis en consideraciones generales que ya hemos

encontrado incidentalmente en escritores anteriores, y que en su tiempo eran casi lugares comunes entre quienes se ocupaban en alguna manera de esta cuestión. El saber avanza con el tiempo y la experiencia; la perfección no está necesariamente asociada con la Antigüedad; los que han llegado más tarde han heredado el saber de sus predecesores y le han añadido nuevas adquisiciones específicamente suyas. Pero Perrault ha pensado metódicamente sobre este tema y llega a conclusiones que no tienen más que ser ampliadas para llegar a equivaler a una clara teoría del progreso del saber.

Una dificultad particular había contribuido en gran medida a impedir que

se admitiese generalmente una mejora progresiva en el pasado. El argumento de que lo posterior es mejor y de que los hombres que vienen después tienen ventaja sobre los antiguos parecía incompatible con un hecho histórico evidente. Somos superiores a los hombres de las edades oscuras en el saber y en las artes. Concedido. Pero ¿se atrevería alguien a sostener que los hombres del siglo X eran superiores a los griegos y a los romanos? A esta pregunta — sobre la que ya había reflexionado Tassoni— responde Perrault: por supuesto que no. Hay solución de continuidad. Las ciencias y las artes son como ríos, que en una parte de su curso caminan subterráneamente para, después, al encontrar una abertura brotar tan abundante como cuando se sumergieron bajo la tierra. Un período de largas guerras, por ejemplo, puede forzar a los pueblos a que abandonen los estudios y dediquen toda su fuerza a otras necesidades más urgentes como la autoconservación; puede sobrevenir un período de ignorancia; pero tras la paz y la felicidad, el saber y las invenciones comenzarán de nuevo y harán nuevos progresos.

Conviene observar que nuestro autor no pretende que los modernos

tengan ninguna superioridad en talento o en facultades intelectuales. Por el contrario, se mantiene en su postura con el principio, que ya había afirmado en «La Época de Luis el Grande», que la naturaleza es inmutable. La naturaleza produce ahora tan grandes hombres como siempre, pero no mayores. Los leones de los desiertos de África en nuestros días no difieren en fuerza de los de tiempos de Alejandro Magno, y los mejores hombres de todos los tiempos son iguales en fortaleza. Lo que es distinto son sus producciones y sus trabajos y, en condiciones igualmente favorables, el trabajo de los últimos debería de ser el mejor, ya que las ciencias y las artes dependen de la acumulación del saber y el saber se acrecienta necesariamente a medida que el tiempo pasa. Pero ¿podría aplicarse este argumento a la poesía y a la literatura, el caballo de batalla de los beligerantes, incluyendo al propio Perrault? Podría probar que la edad moderna era capaz de producir poetas y literatos tan excelentes como los maestros antiguos, pero ¿podría probar que sus obras tenían que ser superiores? La objeción no pasó desapercibida, y respondió ingeniosamente. La función de la poesía y de la oratoria consiste en complacer al corazón humano, y, para ello, tenemos que conocerlo. ¿Será acaso más fácil o más corto penetrar los secretos del corazón humano que los de la naturaleza? Continuamente realizamos nuevos descubrimientos sobre sus pasiones y sus deseos. Si nos fijamos tan sólo en las tragedias de Corneille, encontramos en ellas mejores y más delicadas reflexiones sobre la ambición, la venganza y los celos que en todos los libros de la Antigüedad. Sin embargo, Perrault, en la conclusión de su Comparación, a pesar que declara la superioridad general de los modernos, hace una reserva en lo que se refiere a la poesía y a la oratoria «deseando conseguir la Paz».