La idea del progreso
Capítulo 4
¿Cómo puede el hombre esperar obtener en unos pocos siglos el dominio
del proceso cósmico que está en marcha desde hace millones de años? «La teoría de la evolución no favorece anticipaciones de milenios».
He citado estas opiniones para señalar cómo la evolución se presta tanto a
una interpretación pesimista como optimista. La pregunta sobre si va en la dirección apropiada o no puede contestarse según el temperamento del que pregunta. En tiempos de prosperidad y autocomplacencia la respuesta afirmativa fue la más frecuente y el término evolución atrajo sobre sí, en el lenguaje corriente, las connotaciones valorativas que pertenecían al Progreso.
Es de señalar que la autocomplacencia de la época se debía a la
vulgarización del conocimiento científico. Un rasgo notable de la segunda mitad del siglo XIX es la demanda creciente (especialmente en Inglaterra) de libros y lecturas que hicieran accesibles e interesantes para los profanos los resultados de la ciencia. Por otra parte, la satisfacción de esta demanda se convirtió en una empresa lucrativa. Esta literatura popular que explicaba las maravillas del mundo físico, simultáneamente hacía que la imaginación de los hombres se impregnara sutilmente con la idea de que se estaba viviendo una época que, al ser superior a cualquier tiempo pasado, no debía estar lastrada por el miedo al declive o a la catástrofe y conseguía despertar confianza en que los ilimitados recursos de la ciencia podían desafiar confiadamente al hado.
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Así, hacia 1870 y 1880 la idea del Progreso se convirtió en un artículo de fe para la humanidad. Algunos la defendían en la forma fatalista de que la humanidad se mueve en la dirección deseada, aun en contra de todo lo que los hombres hagan o dejen de hacer; otros creían que el futuro depende en gran medida de nuestros propios esfuerzos y que no hay nada en la naturaleza de las cosas que impida un avance seguro e indefinido. La mayoría no se problematizaba estos temas y los admitía con la vaga sensación de que constituían una afirmación de sus convicciones. Pero la idea del Progreso se convirtió en una parte de la estructura mental genérica de las gentes cultivadas.
Cuando Mr. Frederic Harrison pronunció en 1889, en Manchester, un
elocuente discurso sobre la «Nueva Era», en el que el tema dominante es «la fe en el progreso humano en lugar de las recompensas celestiales para cada individuo», sus ideas alcanzaron a círculos mucho mayores que los positivistas a los que se dirigía de modo especial.