La idea del progreso
12. La teoría del Progreso en Inglaterra
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La idea del Progreso no podía dejar de cruzar el Canal. Francia e Inglaterra se encontraban en guerra el primer año del siglo XVIII; también lo estaban en el último, y su lucha por la hegemonía es el rasgo más destacado de la historia internacional de este siglo. Sin embargo, en ningún otro tiempo había habido una más constante intimidad intelectual, o una más marcada influencia recíproca entre ambos países. Era un lugar común decir que París y Londres eran los dos grandes focos de la civilización y nunca se perdió el contacto intelectual entre ambas ciudades. La mayor parte de las principales obras literarias que aparecían en uno u otro país se traducían con rapidez, y algunos libros franceses a los que la censura consideraba peligroso publicar, se editaban en Londres.
Sin embargo, no había razón para esperar que la teoría del Progreso
tuviera el mismo éxito o ejerciese efectos semejantes a los de Francia en Inglaterra. Inglaterra gozaba de lo que entonces se consideraban libertades políticas amplias, causa de envidia para otros países; Francia gemía bajo la tiranía de gobernantes indignos. La Constitución inglesa satisfacía a la nación y serios abusos que hoy nos parecerían intolerables no eran suficientes para despertar un apasionado deseo de reforma. La tendencia general del pensamiento británico era buscar las soluciones en la estabilidad de las instituciones existentes y mirar con sospecha cualquier cambio. Por el contrario, un apasionado deseo de reformas era la fuerza dominante de la idea de Progreso en Francia. Y cuando esta idea se traslada, desde el clima de combate en el que la habían desarrollado los hombres de letras franceses, al tranquilo panorama inglés, parece una fría reflexión.