La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 12 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 4

Es nuestro deber —escribe— completar lo que los antiguos dejaron

incompleto porque hemos entrado en sus tareas, las cuales, a menos que

seamos unos asnos, pueden estimularnos para conseguir mejores resultados.

 

Aristóteles corrigió los errores de los primeros pensadores. Avicena y

Averroes corrigieron a su vez a Aristóteles en muchos puntos y le añadieron muchas cosas nuevas, y así será hasta el fin del mundo. Bacon cita algunos pasajes de las Investigaciones Físicas de Séneca a fin de mostrarnos que la adquisición del saber es gradual. Ya hemos llamado la atención sobre esos pasajes, al tiempo que hemos señalado hasta qué punto es equivocado basar sobre ellos la idea de que Séneca fuera un maestro de la teoría del Progreso. Para Bacon se ha reclamado un honor semejante, con mayor seguridad aún, pero ello no deja de ser una equivocación. La idea del Progreso es evidentemente incongruente con su concepción del mundo. Si se hubiese aceptado su programa para revolucionar la enseñanza laica —que fue abandonado de igual modo que sus escritos quedaron olvidados durante muchos años— habría sido autor de una reforma progresiva, pero ¿cuántos reformadores no ha habido antes y después de Bacon en cuyas mentes nunca apareció la idea de Progreso?

 

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Así pues, las teorías baconianas de reforma científica, lejos de ser una

anticipación de la idea de Progreso, muestran hasta qué punto era imposible que semejante idea apareciese en la Edad Media. Todo el espíritu de la cristiandad medieval lo excluía. La concepción respecto del funcionamiento de la Providencia divina, la creencia en que el mundo, sorprendido como un hogar por un ladrón nocturno, pudiera en cualquier momento llegar a su repentino fin, tuvieron el mismo efecto que las teorías griegas de la naturaleza del cambio y los ciclos recurrentes del mundo. O, mejor dicho, tuvieron un efecto más poderoso todavía, ya que no eran conclusiones razonadas sino dogmas garantizados por la autoridad divina. Y el pesimismo medieval respecto de la condición mundana del hombre era aún más negro y más severo que el pesimismo de los griegos. Era compensado por la esperanza de felicidad en otra esfera, pero ésta, al absorber la imaginación, hacía aún menos probable la posibilidad de especular acerca del destino del hombre sobre la tierra.