La idea del progreso
Epílogo
Para lograr influencia y revelar su significado, la idea del Progreso tenía que superar un obstáculo psicológico que puede ser denominado «ilusión de finalidad».
Es muy sencillo imaginar un estado social muy diferente del nuestro y que
exista en algún lugar desconocido, como el cielo. Es mucho más difícil tomar conciencia de que el sistema con el que estamos familiarizados tenga tan poca estabilidad que nuestros descendientes puedan llegar a nacer en un mundo tan diferente del nuestro como éste lo es del de nuestros antepasados del pleistoceno.
La ilusión de finalidad es poderosa. A los hombres de la Edad Media les
hubiese resultado difícil creer que estaba cercana una época en la que el Juicio Final dejaría de despertar un interés emotivo. En el campo de la especulación Hegel y Comte son muestras de esta limitación psicológica: no fueron capaces de reconocer que sus propios sistemas podrían ser superados como lo habían sido los de Aristóteles y Descartes. Tal vez la ciencia, más que cualquier otra cosa —la historia de la ciencia en los últimos cien años es maravillosa—, nos haya ayudado a superar esta ilusión.
Pero si aceptamos los razonamientos en que se basa la idea del Progreso,
¿no debemos llevarlos hasta su natural conclusión? ¿Es legítimo eximir al dogma mismo de la ilusión de finalidad? ¿No debería, también él, someterse a su propia negación de la finalidad? ¿No empujará este proceso de cambio, al que llamamos Progreso con acento optimista, a que este mismo Progreso se caiga de la posición de supremacía en la que hoy, con aparente seguridad, se encuentra instalado? ᾽Eπάγεται ἦμαρ ὅταν… A través de los siglos llegará un día en que una nueva idea usurpará su lugar como idea directriz de la humanidad. Otra estrella, desconocida ahora o tal vez invisible, llegará al cenit intelectual y las emociones humanas reaccionarán bajo su influencia, los planes humanos se ajustarán a sus directrices. Servirá de criterio para juzgar al Progreso y a otras ideas semejantes. Y tendrá a su vez un sucesor.
En otras palabras, ¿no sugiere el Progreso por sí mismo que su valor como
doctrina es tan sólo relativo, que se corresponde con un estadio no muy avanzado de la civilización; del mismo modo que la Providencia, en su momento, fue un valor relativo correspondiente a un estadio algo menos avanzado? ¿O se dirá que este argumento es tan sólo una desconcertante astucia de la dialéctica, que se utiliza al amparo de la oscuridad, en la que el prudente dios de Horacio ha dejado a salvo el término del futuro?
Terminaste La idea del progreso
John B. Bury
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