La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 78 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 2

Una vez más, los pensadores ingleses se mostraban proclives a sostener,

tal y como lo había hecho Locke, que la recta función de un gobierno ha de ser principalmente negativa, preservar el orden y defender la vida y la propiedad, y no lograr por medios directos una mejora de la sociedad, sino asegurar las condiciones en las que los hombres pueden perseguir sus propias y legítimas metas. La mayor parte de los teóricos franceses creían en la posibilidad de remodelar la sociedad indefinidamente mediante la acción política, y ponían sus esperanzas para el futuro no sólo en las conquistas de la técnica, sino en la actividad ilustrada de los gobiernos. Esta diferencia de perspectivas contribuía a otorgar a la doctrina del Progreso en Francia un mayor significado práctico que en Inglaterra.

Pero en los demás aspectos, el campo intelectual inglés se encontraba

abonado para la recepción de la idea. Las clases acomodadas de ambos países tenían idéntico carácter optimista. Shaftesbury, el filósofo deísta, había dado esta nota a principios de siglo con su teoría optimista, expresada en la banal frase de Pope: «Todo lo que existe es bueno», y elaborada luego en sistema por Hutcheson. El optimismo penetró incluso en los círculos ortodoxos. El Progreso, lejos de aparecer como rival de la Providencia, fue discutido en

interés del cristianismo por el teólogo escocés Turnbull[86].

 

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La idea de un Progreso indefinido de la civilización dejó indiferente a Hume. Existe poco fundamento, opinaba, para suponer que «el mundo» es eterno o incorruptible. Probablemente es finito, mortal, y debe tener, como todas las cosas que en él existen, una infancia, una juventud, un período adulto y una vejez, períodos de cambio que el hombre compartirá. Tenemos que esperar, pues, que la especie humana posea un mayor vigor corporal y mental y una mayor aptitud y capacidad de creación cuando el mundo se encuentre en su período de madurez. Pero no es posible asegurar cuándo se alcanzará semejante estado, pues las revoluciones graduales se realizan demasiado lentamente para que podamos detectarlas en el corto ciclo de tiempo que conocemos a través de la historia y la tradición. La potencia física y mental de los hombres ha sido más o menos igual en todos los tiempos que nos son conocidos. Las ciencias y las artes han florecido en un momento para decaer después, pero cuando llegaron a su máximo esplendor en un pueblo determinado, los pueblos cercanos tal vez las desconocían totalmente. Por tanto, no podemos afirmar si en el presente el hombre avanza hacia su

perfección o se aparta de ella[87].

Este argumento puede parecer un tanto sorprendente en un filósofo del

siglo XVIII como Hume, aunque ello no le impidió reconocer la superioridad de la civilización moderna en relación a la antigua. Esta superioridad es, de hecho, la premisa menor de una argumentación general que utilizaba para refutar la opinión comúnmente aceptada acerca de la gran densidad de población de las naciones de la Antigüedad. Hume insistía en los progresos realizados en las artes y en la industria, así como en la mayor libertad y seguridad de que gozaba el hombre moderno.

 

Para quien piense fríamente sobre el tema, —afirmaba—, quedará claro que

la naturaleza humana en general goza realmente de mayor libertad en el

presente bajo el más arbitrario gobierno en Europa que en los más

florecientes períodos de la Antigüedad [88].

 

Hume analizó muchos de los problemas de la civilización, especialmente

las condiciones necesarias para el florecimiento de las ciencias y de las

artes[89] y dedujo algunas conclusiones de carácter general, pero era demasiado escéptico para suponer que se podía realizar una síntesis general de la historia o que podía realizarse alguna mejora considerable en las

costumbres de la humanidad[90].

La mejor obra que se produjo en Inglaterra durante el siglo XVIII sobre

problemas sociales fue La riqueza de las naciones de Adam Smith, cuya brillante exposición de los efectos de la división del trabajo fue la contribución más notable de un pensador inglés de la época al estudio del desarrollo humano. Es mucho más que un tratado de principios económicos; contiene una historia del gradual progreso económico de la humanidad y sugiere la posibilidad de un aumento indefinido de la riqueza y el bienestar. Smith se hallaba plenamente de acuerdo con los economistas franceses sobre el valor de la riqueza para la civilización y la felicidad de la humanidad. Pero quizá fue indirectamente como su obra contribuyó más efectivamente a la doctrina del Progreso de la humanidad en general. Sus enseñanzas de que el libre comercio entre todos los pueblos del mundo, no obstaculizado por las políticas gubernamentales, contribuía a la obtención de las mayores ventajas para cada individuo representaba un ideal de «solidaridad» económica del género humano, que es uno de los elementos del ideal del Progreso. Pronto este principio comenzó a afectar a la práctica. Pitt lo asimiló siendo aún joven, y uno de los rasgos distintivos de su actividad política consistió en tratar de aplicar las doctrinas de su maestro en todo aquello en que los prejuicios que prevalecían en su época lo posibilitaban.