La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 53 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 1

Así, en armonía con el movimiento general de pensamiento, aparecieron

alrededor de la mitad del siglo XVIII nuevas líneas de investigación que desembocaron en la sociología, la historia de la civilización y la filosofía de la historia. De l’esprit des lois de Montesquieu, que puede reclamar para sí el título de padre de la moderna ciencia social, el Essai sur les moeurs de Voltaire y el plan de Turgot para una Histoire Universelle abren una nueva era en la visión humana del pasado.

 

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Montesquieu no se contaba entre los apóstoles de una idea del Progreso. Esta idea no prendió nunca en su mente. Pero se había educado en el mismo medio intelectual en que había aparecido la idea; se había alimentado tanto en la disolvente dialéctica de Bayle cuanto en la enunciación cartesiana de la ley natural. Y su obra se puso al servicio no de la doctrina del pasado, sino de la del futuro. Intentó extender la teoría cartesiana a los hechos sociales. Mantuvo que los fenómenos políticos, igual que los físicos, se hallan sujetos a leyes generales. Ya había concebido esta idea, la más sorprendente e importante de todas las suyas, cuando escribía sus Consideraciones sobre la grandeza y decadencia de los Romanos (1734), en donde trataba de aplicarla:

 

No es la Fortuna lo que gobierna el mundo, tal y como demuestra la historia

de los romanos. Son causas generales, morales o físicas las que operan

sobre cada Estado, lo elevan, lo mantienen o lo destruyen; todo cuanto

sucede se halla sujeto a esas causas; y si una causa particular, como el

resultado accidental de una batalla, arruina a un Estado, no hay duda de que

por debajo de ésta había una causa general que acarreó la decadencia de ese

Estado a partir de esa batalla individualmente considerada. En una palabra,

el movimiento principal (l’allure principale) lleva consigo todos los

acontecimientos particulares.

 

Pero si esto excluye a la Fortuna, igualmente elimina a la Providencia, los

designios divinos y las causas finales; y uno de los efectos de las Consideraciones, que Montesquieu no pudo dejar de tener en cuenta, fue desacreditar el tratamiento de la historia de Bossuet.

El Esprit des lois apareció catorce años después. Entre los libros que han

ejercido una considerable influencia sobre el pensamiento, hay pocos más capaces de defraudar a un lector moderno. El autor no tenía el don de lo que podríamos llamar arquitectura lógica, y su obra causa el efecto de una colección de ideas que Montesquieu fue incapaz de coordinar con claridad sistemática. Se entroniza un nuevo principio: la actuación de causas generales; pero esas causas, fuera de su obvia distinción entre físicas y morales, no son clasificadas. No tenemos garantía de que las causas morales se hallen plenamente enumeradas y no se distinguen las originarias de las derivadas. La causa general que Montesquieu subraya con más claridad es el medio ambiente físico: la geografía y el clima.

La influencia del clima sobre la civilización no era una idea nueva. En la

Edad Moderna, como hemos visto, fue apuntada por Bodino y reconocida por Fontenelle. El Abbé de Saint-Pierre la aplicó a su explicación de la religión mahometana y el Abbé Du Bos en sus Reflexiones sobre poesía y pintura sostuvo que el clima ayuda a determinar las épocas del arte y la ciencia. Chardin, en sus Viajes, un libro que Montesquieu estudió a fondo, había apreciado también su importancia. Pero Montesquieu hizo fijar la atención general sobre ella y, desde entonces, todos los investigadores han reconocido las condiciones geográficas como factor influyente en el desarrollo de las sociedades humanas. Su propia discusión del tema no llegó a ninguna conclusión útil. No determinó los límites de la acción de las condiciones físicas y el lector llega difícilmente a distinguir si son fundamentales o accesorias, si determinan el curso de la civilización o tan sólo lo perturban.

 

Varias cosas gobiernan a los hombres —dice—, el clima, la religión, las

leyes, las máximas de gobierno, los ejemplos históricos, la moral y las

costumbres, de todo lo cual resulta un espíritu general (esprit général).

 

Esta coordinación del clima y los productos de la vida social es

característica de la falta de sistematización de su pensamiento. Pero la observación que hizo el autor de que hay siempre una correlación entre las leyes de un pueblo y su esprit général es de gran importancia. Apuntaba hacia la teoría de que todos los productos de la vida social se hallan íntimamente relacionados.

En los tiempos de Montesquieu, la creencia general era que la legislación

tiene un poder casi ilimitado para modificar las condiciones sociales. Ya lo hemos visto en el caso de Saint-Pierre. La concepción de Montesquieu de las leyes generales debió ser un antídoto contra esta creencia. Sin embargo, causó menos efecto sobre sus contemporáneos de lo que habríamos podido esperar y éstos encontraron más de su gusto lo referente a la influencia de las leyes sobre las costumbres. Alguna influencia de esto debe haber en la sugerencia de Comte de que no podía dar a su concepción una consistencia o vigor reales porque él mismo se encontraba inconscientemente bajo la influencia de la fe excesiva en los efectos de la acción legisladora.