La idea del progreso
Introducción
Cuando decimos que las ideas gobiernan el mundo o que ejercen un poder decisivo en la Historia, pensamos generalmente en aquellas ideas que expresan aspiraciones humanas y cuya realización depende de la voluntad humana, como por ejemplo la libertad, la tolerancia, la igualdad de oportunidades, el socialismo. Algunas han sido realizadas en parte y no hay razón para que cualquiera de ellas no pueda llegar a ser realizada en una sociedad o en el mundo, si este fin fuese el propósito común de una sociedad o del mundo. Esas ideas son objeto de aprobación o de rechazo, según se consideren buenas o malas, y no por ser verdaderas o falsas. Pero hay otra clase de ideas que pueden tener una gran importancia en la determinación y orientación de la conducta humana y que, sin embargo, no dependen de la voluntad del hombre. Son ideas referentes a los misterios de la vida, tales como el Destino, la Providencia o la inmortalidad personal. Estas ideas pueden actuar de modo importante sobre las formas de actuación social, pero encierran una cuestión de hecho y son aprobadas o rechazadas no por su utilidad o su perjudicialidad sino porque se las supone verdaderas o falsas.
La idea del progreso de la humanidad pertenece a esta segunda clase, y
esto conviene aclararlo desde un principio. Ahora lo damos tan por sentado, somos tan conscientes del constante progreso de nuestros conocimientos, de las artes, de la capacidad de organización, de toda suerte de servicios, que nos resulta sencillo considerar el Progreso como una meta, como igual que lo es la libertad o una federación universal, cuya consecución depende única y exclusivamente de nuestros propios esfuerzos y nuestra buena voluntad. Pero, pese a que todos los incrementos de poder y de conocimiento dependen del esfuerzo humano, la idea del Progreso de la humanidad, de la que derivan su valor todos esos progresos particulares, suscita una clara cuestión de hecho a la que los deseos y el trabajo del hombre no pueden afectar, igual que no pueden prolongar la vida tras la tumba.
Esta idea significa que la civilización se ha movido, se mueve y seguirá
moviéndose en la dirección deseable. Pero para poder juzgar si nos estamos moviendo en una dirección deseable tendríamos que saber con exactitud cuál es la meta. Para muchos, el fin deseable de la evolución humana sería un estado social en el que todos los habitantes de la Tierra llevasen una existencia perfectamente feliz. Pero es imposible tener la certeza de que la civilización se está moviendo en la dirección adecuada para llegar a esa meta. Ciertos aspectos de nuestro «progreso» pueden presentarse en favor de ese argumento, pero siempre existen otros que le sirven de contrapeso, y siempre ha sido fácil demostrar que, desde la perspectiva de una felicidad creciente, las tendencias de nuestra civilización progresiva se hallan lejos de lo deseable. En resumen, no se puede probar que esa desconocida meta hacia la que se dirige el hombre, sea la deseable. El movimiento puede ser Progreso, o puede darse en una dirección no deseada y, por tanto, no ser Progreso. Esto es una cuestión de hecho, tan insoluble en estos momentos como la de la inmortalidad personal. Es un problema que atañe a los misterios de la vida.
Por otra parte, incluso si admitimos que es probable que el curso de la
civilización haya evolucionado hasta ahora en la dirección deseable y que, de seguir así, llegaremos a la felicidad general, no podemos probar que su arribada feliz dependa enteramente de la voluntad humana. Pues la marcha hacia adelante podría verse detenida en algún punto por un obstáculo infranqueable. Tomemos, por ejemplo, el caso del saber. Siempre sobrentendemos que la continuidad de su progreso futuro depende totalmente de la continuidad del esfuerzo humano (suponiendo que el cerebro humano no degenere). Esa presunción se basa en una experiencia estrictamente limitada. La ciencia ha avanzado ininterrumpidamente durante los últimos trescientos o cuatrocientos años, todo nuevo descubrimiento ha llevado a nuevos problemas y a nuevas fórmulas para solucionarlos y ha abierto nuevos campos a la investigación. Hasta ahora, el hombre de ciencia no se ha visto obligado a detenerse y ha encontrado los medios para proseguir su camino. Pero ¿podemos estar seguros de que no se encuentre algún día con un obstáculo infranqueable? Una experiencia limitada a un espacio de cuatrocientos años, durante los cuales hemos empezado a conocer con éxito la parte más superficial de la Naturaleza, no puede ser considerada como garantía de conclusiones referentes a operaciones que hayan de extenderse a lo largo de otros cuatrocientos o de cuatro mil siglos. Pensemos en la biología o la astronomía. ¿Cómo podemos asegurar que algún día el progreso de estas ciencias no llegue a un punto muerto, no porque se hayan terminado las posibilidades de conocimiento, sino porque nuestros recursos para la investigación se hayan agotado, porque, por ejemplo, los instrumentos científicos hayan alcanzado el límite de una perfección que se pueda demostrar insuperable o porque (en el caso de la astronomía) lleguemos a encontrarnos con fuerzas de las que, a diferencia de la gravedad, no tenemos experiencia terrestre? Afirmar que no vayamos a alcanzar pronto un punto en nuestro conocimiento de la naturaleza al cual el intelecto humano no está capacitado para superar, es una suposición indemostrable.
Pero justamente es esa suposición la luz y la inspiración de la
investigación científica. Pues si la suposición no es cierta, significa que nunca se puede llegar a ver el fin que, en el caso de la física, es si no un conocimiento completo del cosmos y de los procesos naturales, sí por lo menos un incomparablemente mayor y más profundo saber que el que ahora tenemos.
Así, el progreso continuo en el conocimiento humano de su entorno, que
es una de las principales condiciones del Progreso general, es una hipótesis que puede ser cierta o no. Y si es cierta, quedaría aún una hipótesis ulterior, la de la «perfectibilidad» moral y social del hombre, que se basa en una evidencia mucho menor. No hay nada que pueda demostrar que el hombre no pueda llegar en su desarrollo psíquico y social a un estadio en que sus condiciones de vida estén lejos de ser satisfactorias y más allá del cual resultaría imposible progresar. Ello es una cuestión de hecho que ningún voluntarismo por su parte conseguiría alterar. Es algo que atañe a los misterios de la vida.
Creemos haber mostrado suficientemente que el Progreso humano
pertenece a la misma categoría de ideas que la Providencia o la inmortalidad personal. Es una idea verdadera o falsa y, a semejanza de aquellas otras, no puede probarse su verdad o falsedad. Creer en ella exige un acto de fe.
La idea del Progreso humano es, pues, una teoría que contiene una síntesis del pasado y una previsión del futuro. Se basa en una interpretación de la historia que considera al hombre caminando lentamente —pedetentim progredientes — en una dirección definida y deseable e infiero que este progreso continuará indefinidamente. Ello implica que, al ser «el fin del problema máximo de la Tierra», se llegará a alcanzar algún día una condición de felicidad general, que justificará el proceso total de la civilización, pues, si no, la dirección adoptada no sería la deseable. Pero hay alguna implicación más. Ese proceso debe de ser el resultado necesario de la naturaleza psíquica y social del hombre, no debe hallarse a merced de ninguna voluntad externa, ya que, de no ser así, no existiría la garantía de su continuidad y de su final feliz, y la idea de Progreso se convertiría paulatinamente en la de Providencia.
Dado que el tiempo es la condición esencial para la posibilidad de
Progreso, es obvio que esta idea carecería de valor si tuviésemos razones convincentes para pensar que el tiempo de que dispone la humanidad llegará a su final en un futuro próximo. Si hubiese razón para pensar que la tierra se convertirá en inhabitable hacia el año 2000 o 2100, la doctrina del Progreso perdería su significación y desaparecería automáticamente. Sería una cuestión delicada decidir sobre el mínimo de tiempo que debe tener asegurado el hombre para su desarrollo futuro, de suerte que el Progreso no acabase por perder su valor y su influjo sobre los sentimientos humanos. La historia documentada de la civilización se extiende a lo largo de unos seis mil años, y si tomamos ese período como medida de nuestra concepción de las distancias temporales, podemos afirmar que si tuviésemos la certeza de disponer de un período diez veces mayor, la idea del Progreso no perdería su atractivo. Sesenta mil años de tiempo histórico abren unos horizontes casi infinitos a la imaginación cuando pensamos en lo que se ha realizado durante seis mil.
Sin embargo, no necesitamos solucionar esta cuestión psicológica, ya que
la ciencia afirma que la estabilidad de las condiciones presentes del sistema solar están aseguradas para varios millares de años más. Aunque pueda haber modificaciones graduales del clima, el planeta no dejará de sustentar la vida durante un período que excede y escapa a cualquier esfuerzo de nuestra imaginación. En suma, la posibilidad del Progreso está garantizada por una alta probabilidad, basada en la ciencia astro-física, de un inmenso tiempo en el cual progresar.