La idea del progreso
Capítulo 3
A quienes acusaban a Descartes de falta de respeto hacia los antiguos, éste
hubiera podido responder que, al rechazar su autoridad, no hacía sino rendirles homenaje imitándolos y obrando mucho más en su espíritu que quienes les seguían servilmente. Pascal se dio cuenta de esto.
¿Qué puede haber de más injusto —escribía— que tratar a nuestros
antepasados con mayor consideración de la que ellos mostraron hacia sus
propios predecesores y testimoniarles ese increíble respeto que merecen de
nosotros solamente porque ellos no lo tuvieron para quienes tenían las
mismas ventajas (en antigüedad) respecto a ellos?
Al mismo tiempo, Pascal reconocía que nos hallamos en deuda con los
antiguos precisamente por nuestra enorme superioridad respecto a ellos en extensión del saber.
Ellos llegaron a un punto determinado a partir del cual el menor esfuerzo
nos ayuda a subir más, de suerte que nos hallamos en un plano superior,
con menos dificultades y menos gloria.
La actitud de Descartes era muy diferente. Aspirando a empezar ab
integro y a reformar los cimientos humanos del saber, ignoró o tomó muy poco en cuenta las realizaciones del pasado. Trató de cortar los hilos de la
continuidad con las tierras de Atropo. Esta ilusión[37] le impidió proponer una doctrina sobre el progreso del saber como lo podría haber hecho de tomar una actitud diferente, porque la doctrina del Progreso debe tener en cuenta tanto al pasado como al futuro.
Pero de su filosofía había de surgir una teoría del Progreso, aunque no
fuera el propio Descartes quien la expusiese. La desarrollaron otros hombres, imbuidos del espíritu cartesiano.
3
El mundo teológico de Francia se dividió en un principio sobre la cuestión de si el sistema de Descartes podía o no reconciliarse con la ortodoxia. Los jesuitas se inclinaron por la negativa y los oratorianos por la afirmativa. Los jansenistas de Port-Royal eran cartesianos entusiastas. Sin embargo, es probable que fuese sobre todo la influencia de esa gran fuerza espiritual del jansenismo la que impidió la difusión inmediata de las doctrinas de Descartes. Fue preponderante en Francia durante cincuenta años. La fecha del Discours de la Méthode es 1637. El Augustinos de Jansenio se publicó en 1640, y en 1643 la Comunión Frecuente de Arnauld convirtió al jansenismo en una fuerza popular.
El movimiento jansenista fue en Francia, en cierto modo, lo que el
movimiento puritano en Inglaterra, e influyó de manera muy parecida sobre muchas personas serias. Los jesuitas se habían propuesto hacer del cristianismo algo fácil, buscar un compromiso entre el mundo y la religión, llenando el mundo de literatura casuística destinada a este fin. Ex opinionum varietate jugum Christi suavius deportatur. La doctrina de Jansenio iba contra semejante corrupción de la fe y de la moral. Sostenía que no cabe un compromiso con el mundo; que el casuismo es incompatible con la moralidad; que el hombre es pecador por naturaleza y que una cierta dosis de corrupción aparece hasta en sus actos más virtuosos.
Ahora bien, la significación de estas dos fuerzas —el severo ideal de los
jansenistas y la casuística de los maestros jesuitas— consiste en que ambas trataban de frenar, mediante métodos opuestos, la oleada de libertinaje en el pensamiento y en la conducta que es un rasgo relevante de la historia de la sociedad francesa desde el reinado de Enrique IV al de Luis XV. Este libertinaje tuvo su filosofía, una especie de filosofía de la naturaleza, cuyos más brillantes exponentes fueron Rabelais y Moliére. La máxima, «sé fiel a la naturaleza», evidentemente se oponía claramente a los principios de la religión cristiana y dependía estrechamente de las doctrinas escépticas que tuvieron una amplia audiencia en Francia desde los primeros años del siglo XVII. Los jesuitas trataban de llegar a un acuerdo, diciendo:
Nuestros principios religiosos y vuestra filosofía de la naturaleza no son,
después de todo, tan incompatibles en la práctica. Cuando se trata de la
aplicación de los principios, las opiniones difieren. Pero la teología es
enormemente elástica, como queráis. No abandonéis vuestra religión
basándoos en que su yugo es demasiado pesado.
Jansenio y sus seguidores, por el contrario, lucharon radicalmente contra
el espíritu licencioso del tiempo, manteniendo los más austeros dogmas y denunciando cualquier clase de compromiso o condescendencia. Su doctrina tuvo un éxito impresionante y se difundió por todas partes. Pocos de los grandes literatos del reinado de Luis XIV escaparon a su influencia. Influencia que puede ser rastreada en las Maximes de La Rochefoucauld y en los Caractères de La Bruyére. La influencia de la doctrina jansenista hizo que Moliere encontrase dificultades para montar algunas de sus obras. Ello explica el hecho de que la corte de Luis XIV, aunque corrompida, fuese decorosa, comparada con las de Enrique IV y de Luis XV; se había establecido una norma, aunque no fuera observada.
El genio de Pascal consiguió llevar al jansenismo a sus últimas
consecuencias. Pascal abandonó su cartesianismo y se convirtió en el más influyente portavoz del jansenismo. Sus Provinciales (1656) hicieron más o menos inteligibles las más abstrusas cuestiones teológicas invitando a un vasto público a que diese su opinión sobre ellas. Su lúcida exposición del tema hizo que todos se interesasen en el difícil problema: ¿La libertad del hombre no convierte a la gracia en algo superfluo? Pero Pascal se dio cuenta de que la casuística no era el único enemigo que amenazaba el verdadero espíritu de la religión que el jansenismo defendía. También se dio cuenta de que el cartesianismo, cuya influencia él mismo había sufrido en un principio, se encontraba en profunda oposición con las ideas fundamentales del cristianismo. Sus Pensées son fragmentos de una obra que se proponía escribir en defensa de la religión y es fácil comprobar que esta defensa estaba especialmente dirigida contra las ideas de Descartes.
Pascal tenía razón en denunciar como contrarias al cristianismo la
concepción del universo de Descartes, aunque éste hubiese pretendido mitigar esta tendencia, y su fiel discípulo, Malebranche, hubiese tratado de probar que aquella concepción era más o menos reconciliable con la doctrina ortodoxa. No necesitamos preocuparnos de las creencias metafísicas particulares de Descartes. Los dos axiomas que había propuesto con respecto al mundo —la supremacía de la razón y la invariabilidad de las leyes naturales— chocaban directamente con los cimientos mismos de la ortodoxia. Pascal estaba atacando al cartesianismo cuando trataba de desacreditar la autoridad de la razón, mostrando que es débil y engañosa. La consecuencia natural de este cambio de actitud era que Pascal hablase (en sus Pensées) en un tono mucho menos confiado respecto de la marcha de la ciencia de lo que lo había hecho en el pasaje que he citado más arriba. Y era natural que se mostrase pesimista con respecto al progreso social y que, teniendo la vista puesta en el hecho central de que la cristiandad es la meta de la historia, concediese sólo un mínimo y subsidiario interés a ese progreso.