La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 33 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 4

Sin embargo, en un punto, Hakewill va mucho más allá que Bodino. El

pensador francés, como hemos visto, sugirió que en ciertos aspectos la Edad Moderna es superior en su conducta y su moral a la Antigüedad, pero se extendió poco sobre el tema. Hakewill desarrolla esta sugerencia extensamente, realizando una severa y parcial crítica de las costumbres y la moral de los antiguos. Aunque sus argumentos son injustos y poco convincentes, y aunque se hallen inspirados por motivos teológicos, sin embargo su tesis merece ser resaltada como una afirmación del progreso del hombre en moral social. Bacon y en general los pensadores del siglo XVII se limitaron en su teoría del progreso al terreno intelectual. Hakewill, aunque erró el blanco y no dijo nada verdaderamente digno de recordarse, anticipó, sin embargo, el más amplio problema del progreso social que había de ser uno de los más importantes a lo largo del siglo XVIII.

 

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Durante los cuarenta años siguientes a la aparición del libro de Hakewill sucedieron muchas cosas en el mundo de las ideas, y cuando tomamos el libro de Glanvill Plus Ultra, o el progreso y avance del saber desde los días de

Aristóteles[45], respiramos una atmósfera diferente. El libro se publicó en 1668 y tenía como propósito defender la recientemente fundada Royal Society que recibió muchos ataques basados en que era perjudicial para los intereses de la religión y de la sana cultura. Ello a causa de que la tradición aristotélica se hallaba aún profundamente enraizada en la Iglesia y las universidades inglesas, a pesar de la influencia de Bacon. La Royal Society, que realizaba el «modelo romántico» de la sociedad de investigadores de Bacon, repudiaba los principios escolásticos y los métodos relacionados con el nombre de Aristóteles.

Glanvill era uno de esos clérigos liberales, tan comunes en la Iglesia

anglicana durante el siglo XVII, que estaban convencidos de que la fe religiosa debe estar de acuerdo con la razón y se negaba a desconocer cualquiera de las exigencias de la razón en favor de la religión. Glanvill estaba influido por Bacon, Descartes y los platónicos de Cambridge y había pocas personas más entusiastas que él sobre los nuevos descubrimientos científicos de su época. Desgraciadamente para su reputación, tenía un lado débil. A pesar de ser un hombre ilustrado, creía firmemente en la brujería y se le recuerda principalmente no como un admirador de Descartes o de Bacon, ni como defensor de la Royal Society, sino como el autor del Saducismus Triumphatus, un monumento de superstición que probablemente contribuyó a frenar el gradual crecimiento de la incredulidad con respecto a brujas y apariciones.

Su Plus Ultra es una revisión de los adelantos modernos en el

conocimiento práctico. Se limita a las matemáticas y a la ciencia, de acuerdo con su propósito de justificar a la Royal Society, y los descubrimientos de los sesenta años anteriores permiten al autor presentar un cuadro mucho más impresionante del moderno progreso científico de lo que había sido posible

para Bodino o Bacon[46]. Glanvill había absorbido totalmente la doctrina baconiana de la utilidad. Su actitud se manifiesta en la afirmación de que debemos más gratitud al desconocido inventor de la brújula marina

 

que a mil Alejandros o Césares o a diez mil Aristóteles. E hizo realmente

más por el aumento del saber y el adelanto del mundo con este experimento

que los numerosos polemistas sutiles que han vivido desde la creación de la

escuela de oratoria.

 

Glanvill, sin embargo, en su complacencia por lo que ya ha sido realizado

no comete el error de sobrestimar su importancia. Sabe que, de hecho, esto es aún poco comparado con el ideal del saber alcanzable. La empresa humana a la que es función de la Royal Society contribuir es tan profunda, dice, como las más hondas profundidades de la naturaleza y llega tan alto como la más alta cumbre del universo, se extiende a todas las variedades de nuestro gran mundo y aspira a realizar beneficios para la totalidad del género humano. Un trabajo semejante sólo puede llevarse a cabo lentamente, a pasos imperceptibles. Es una empresa en la que todas las generaciones humanas están comprometidas y nuestra propia edad puede esperar hacer poco más que quitar la basura inútil, colocar materiales y preparar las cosas para la construcción. «Debemos buscar y recoger, observar y examinar, y poner los cimientos para las épocas que nos han de seguir».

Estas líneas acerca de «la amplitud de la tarea» sugieren al lector que un

vasto futuro es la condición de hecho para su realización. Glanvill no se detiene en esto, pero lo da por supuesto. Evidentemente, está libre de las consideraciones teológicas que pesaron tanto sobre Hakewill. No se preocupa del problema de si el Anticristo ha de aparecer aún. La diferencia en la perspectiva general entre dos clérigos es una muestra de lo que el mundo había cambiado a lo largo de cuarenta años.

Hay otro punto en el librito de Glanvill que merece atención. Toma en

consideración a los habitantes del otro lado del Atlántico y dice que ellos también han de participar en los beneficios que puedan resultar del sometimiento de la naturaleza.

 

Al ganar este poderoso continente y sus numerosas y fructíferas islas más

allá del Atlántico, hemos obtenido un mayor espacio natural del que

sacaremos ventaja en más fenómenos y más ayuda tanto en el saber como

en la vida de la que posiblemente las edades futuras harán mejor uso, para

propósitos semejantes a los que las hemos usado hasta ahora; y no es

improbable que la ciencia pueda finalmente viajar a esos territorios y

enriquecer al Perú con un tesoro más precioso que el de sus minas de oro.

 

Sprat, obispo de Rochester, en su interesante Historia de la Royal Society,

tan sensata y libre de prejuicios —publicada poco antes de la obra de Glanvill —, también se ocupa de la difusión de la ciencia en el mundo. Hablando de las perspectivas de futuros descubrimientos, piensa que dependerán en parte de la expansión de la civilización occidental «si el genio mecánico que prevalece actualmente en estas partes de la cristiandad llega a esparcirse entre nosotros y otras naciones civilizadas o si por alguna feliz coincidencia llega a pasar a otros países que hasta el momento nunca han estado completamente civilizados».

 

Suponiendo que esto fuera así, que pueda difundirse por esas tierras aún

salvajes una afortunada ola de civilización, entonces se dará una doble

mejora, tanto respecto a nosotros como a ellos. Pues incluso las

actualmente industriosas partes de la humanidad se harán más hábiles, y las