La idea del progreso
Capítulo 4
Las consideraciones de Kant acerca del desarrollo histórico son un apéndice a su filosofía; no son una parte necesaria de ésta, ligadas a la raíz de su sistema. Sus sucesores, los idealistas, pensaban de otra manera, ya que para ellos el sistema era el punto de partida, aunque rechazasen el rasgo esencial del sistema kantiano: la limitación del pensamiento humano. En Fichte y en Hegel el desarrollo progresivo se deducía en línea directa de sus principios. Si su interpretación particular de la historia no tiene un valor permanente, no deja de ser significativo que, en sus ambiciosos intentos de explicar el universo a priori, la historia tuviese una significación progresiva y que sus filosofías se esforzasen en reforzar una concepción que, a través de muy diferentes principios, se iba abriendo paso en el mundo. Pero el progreso en que se encarnaban sus sistemas no estaba ligado a los intereses de la felicidad humana sino se mantenía como un hecho que, agradable o no, era consecuencia de la naturaleza del pensamiento.
El proceso del Universo, como se lo representaba Fichte [111], tiende hacia
la total realización de la «libertad», que es su fin y su meta, aunque es una meta que siempre retrocede. Nunca puede ser alcanzada, ya que su total realización significaría la supresión total de la Naturaleza.
El proceso del mundo, sin embargo, consiste en una aproximación
indefinida a un ideal inalcanzable: la libertad está siendo cada vez más y más realizada; y el mundo, a medida que asciende en esa dirección, se convierte progresivamente en el reino de la razón.
Lo que Fichte entendía por libertad puede comprenderse mejor
oponiéndolo a lo que entendía por instinto. Un hombre que obra instintivamente puede estar obrando de modo absolutamente razonado, de un modo que cualquier hombre totalmente consciente de todas las implicaciones y consecuencias de su acción pensaría que es razonable. Pero para que sus acciones sean libres, ese mismo hombre que obraba instintivamente debe ser totalmente consciente de todas aquellas implicaciones y consecuencias.
De donde se sigue que la meta de la humanidad sobre la tierra consiste en
alcanzar un estado en el que todas las relaciones de la vida se ordenen en concordancia con la razón; no instintivamente sino con conciencia total y propósito deliberado. Esta meta debería dominar las reglas éticas de la conducta y es ella quien de hecho determina los estadios necesarios de la historia.
Así alcanzamos de inmediato dos períodos principales: el primitivo y el
final. El primero es aquel en que los hombres obran instintivamente y el final aquel en que son conscientes de su razón y tratan de realizarla por completo. Pero antes de alcanzar este estadio final deben pasar por una época en la que la razón es consciente de sí misma pero no se impone aún. Y para alcanzarla tienen que haberse liberado totalmente del instinto. Este proceso de emancipación marca una cuarta época. Pero no pueden desear emanciparse por sí mismos a menos que lo hayan sentido como una servidumbre impuesta por una autoridad externa y, por tanto, hemos de distinguir aún otra época en la que la razón se expresa en instituciones autoritarias a las que los hombres se someten ciegamente. Así, Fichte señala cinco períodos históricos: dos en que el progreso es ciego, dos en los que es libre y uno intermedio de lucha por
la razón[112]. No hay compartimentos estancos entre ellos sino que se entremezclan. Cada uno de ellos puede tener alguna característica de otro y en cada uno de ellos hay una vanguardia que acelera el paso y una retaguardia que se queda atrás.
En el presente (1804) nos encontramos en la tercera edad; hemos roto con
la autoridad pero todavía no poseemos un claro y disciplinado conocimiento
de la razón[113].
Fichte ha deducido este esquema puramente a priori sin ninguna
referencia a la experiencia real.
El filósofo —dice— sigue la huella a priori del plan universal que le
aparece meridiana sin necesidad de referirse a la historia; y si hace uso de
la historia no es para probar nada, ya que sus tesis se prueban
independientemente de toda historia.
El desarrollo histórico se presenta así como un progreso necesario hacia
una meta que nos es conocida pero no puede ser totalmente alcanzada. Y este hecho constituye la base de la moralidad en lo que se refiere al destino de la especie. Su ley fundamental consiste en obrar de tal modo que se consiga una total realización de la razón sobre la tierra. Se ha señalado por algún crítico que Fichte fue el primer filósofo moderno que humanizó la moral. Rechazó totalmente la concepción individualista que subyace a la ética de Kant de igual modo que a la cristiana. Mantuvo que el verdadero motivo de la moralidad no es la salvación individual sino el Progreso de la humanidad. De hecho, con Fichte, el Progreso se convierte en el principio de la ética. El corolario liso y llano de la idea de un Progreso terrestre es la negación de todo valor moral al ideal cristiano de santidad ascética.