La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 21 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 4

allá de un punto determinado? Esta doctrina de los retornos o [32] ricorsi es

denunciada por Bacon como el mayor obstáculo para el progreso del saber, al crear, como de hecho lo hace, desconfianzas y desesperación. No la refuta formalmente, pero expone las razones para tener un punto de vista optimista y estas razones constituyen el mentís de aquella teoría. Los hechos en que se basa la doctrina fatalista del Retorno pueden ser explicados sin necesidad de recurrir a ninguna ley misteriosa. El Progreso no ha sido ni estable ni continuo a causa de los prejuicios y errores que impidieron a los hombres trabajar en sentido adecuado. Las dificultades en el progreso no se deben a causas que escapen a nuestro poder, sino al entendimiento humano, que perdió tiempo y trabajo dedicándose a cosas baldías. «Los errores que en el pasado impidieron los avances, ahora nos permiten tener esperanza en el futuro».

 

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Pero ¿será de una duración indefinida el nuevo período de avance que Bacon esperaba y se esforzaba en asegurar? No se plantea el problema. Su opinión de que vivía el crepúsculo del mundo implica que no pensaba que quedase un gran lapso de tiempo hasta el fin de la carrera del hombre sobre la tierra. Pero no se podía esperar que un cristiano ortodoxo de aquel tiempo se atreviese a hacer predicciones. La impresión que nos da es que, en su confiado entusiasmo, creía que un «prudente interrogatorio» a la naturaleza podría arrancarle todos sus secretos en unas pocas generaciones. Como reformador, estaba tan comprometido en el logro de resultados inmediatos que su imaginación no se dirigía a las posibilidades de un futuro más remoto, aunque ello debiera desprenderse lógicamente de su reconocimiento de que «la propiedad esencial del tiempo consiste en descubrir cada vez más verdad». Lo espera todo de su tiempo, en el cual la sabiduría ha venido por tercera vez al mundo; un período que, en su opinión, sobrepasará al de los griegos y romanos. Si pudiera haber vuelto a visitar Inglaterra en 1700 y hubiese comprobado los progresos de la ciencia después de su muerte, sus esperanzas hubiesen quedado más que colmadas.

Pero pese a estar animado de un espíritu progresista, como lo había estado

antes Leonardo da Vinci, todo lo que Bacon dice sobre las perspectivas de un aumento del saber no llega a constituir una teoría del Progreso. Bacon prepara el camino, lleva a él, pero la creencia de que su tiempo era la vejez de la humanidad excluye el concepto de un progreso indefinido en el futuro, lo que es esencial para que la teoría cobre su verdadero significado y valor. Con respecto al progreso en el pasado, si bien es más claro y concluyente que Bodino, apenas añade cosa alguna a las observaciones de éste. La novedad de su concepción estriba no en su reconocimiento del saber y de su poder para avanzar aún más, sino en la finalidad que él le atribuía. La finalidad de las ciencias es su utilidad para el género humano. Aumentar el conocimiento equivale a extender la soberanía del hombre sobre la naturaleza, aumentando al mismo tiempo su bienestar y su felicidad, en cuanto dependan de circunstancias externas. Para Platón o para Séneca o para un cristiano que sueñe con la Ciudad de Dios esta doctrina parecerá material y vulgar; su enunciado fue revolucionario porque implicaba que la felicidad en la tierra era un fin que había que perseguir por sí mismo y que debía realizarse mediante la cooperación de la humanidad en su conjunto. Esta idea constituye un axioma para la doctrina general del Progreso y es la mayor contribución de Bacon al conjunto de ideas que, posteriormente, hicieron posible la aparición de dicha doctrina.