La idea del progreso
13. Especulaciones alemanas sobre el Progreso
13. Especulaciones alemanas
sobre el Progreso
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Las ideas filosóficas predominantes en Alemania durante el período en el que la psicología de Locke estaba de moda en Francia y antes de que el genio de Kant abriese nuevas perspectivas, se basaban en el sistema de Leibniz. Podríamos, por tanto, esperar que allí existiese una teoría del Progreso bien desarrollada y paralela a la que existía en Francia, aunque se basase sobre diferentes principios. Pues Leibniz, como hemos visto, en su optimismo cósmico proporcionaba una base para la idea del Progreso humano y él mismo había hablado incidentalmente en este sentido. Esta iniciativa, sin embargo, quedó olvidada. Solamente a fines de este período —conocido comúnmente como la edad de la «Ilustración»— apareció con fuerza la idea del Progreso. Es interesante estudiar las razones de esta aparición.
Wolf fue el más importante sucesor e intérprete de Leibniz. Recogió sus
ideas en un compacto sistema lógico que inundó Alemania hasta ser barrido por Kant. En circunstancias semejantes suele suceder que determinadas doctrinas y tendencias del maestro se acentúan y refuerzan, en tanto que otras caen en el olvido o se debilitan. Así sucedió con Leibniz. En el sistema de Wolf, la concepción leibniziana del desarrollo se debilitó y el elemento dinámico que animaba su especulación desapareció. En concreto, Leibniz había establecido que la suma de las fuerzas motoras del mundo físico es constante. Sus discípulos dedujeron de ahí que la suma de moralidad en el mundo ético es también constante. Este dogma eliminaba obviamente la posibilidad de un progreso moral para la Humanidad tomada en conjunto. Así se expresa Mendelssohn, el vulgarizador de la filosofía wolfiana, cuando declara que
el progreso sólo existe para los individuos; pero que la totalidad de la
Humanidad en el curso del tiempo progresará siempre y se perfeccionará a
sí misma no me parece que sea el designio de la Providencia.
La publicación de los Nouveaux Essais en 1765 indujo a algunos
pensadores a volver desde el seco cuerpo doctrinal de Wolf al espíritu de Leibniz. Al mismo tiempo, la filosofía francesa comenzaba a penetrar en Alemania. Como consecuencia de estas influencias, la fase final de la «Ilustración» alemana está marcada por la aparición de dos o tres obras en las que el Progreso es la idea predominante.
Podemos ver esta reacción contra Wolf y su escuela estática en un
opúsculo publicado por Herder en 1774 —«Una filosofía de la historia para el cultivo intelectual de la Humanidad»—. Mantiene en ella que hay un desarrollo continuo y que unos pueblos prosiguen la labor de los otros. Hemos de juzgar las edades pasadas, no a partir del presente, sino en relación con sus propias circunstancias particulares. Lo que hoy existe nunca habría sido posible con anterioridad, ya que todo cuanto el hombre realiza está condicionado por el tiempo, el clima y las circunstancias.
Seis años más tarde, el opúsculo de Lessing sobre la Educación del
género humano salió a la luz pública apareciendo en forma de aforismos, y podemos aventurarnos a decir que le falta fuerza argumentativa para un lector moderno. Su tesis es que el drama de la historia debe de explicarse como la educación de los hombres por una serie progresiva de religiones, serie aún no acabada, ya que en el futuro se producirá una nueva revelación, que elevará al hombre hasta un plano superior a aquel en que Cristo le ha colocado. Esta interpretación de la historia aceptaba la idea de Progreso pero mantenía un ideal y aplicaba una medida muy diferente a la de los filósofos franceses. Su meta no es la felicidad social sino una comprensión total de Dios. La filosofía de la religión se convierte en la clave de la filosofía de la historia. La obra no supone más que una iniciativa para una nueva síntesis, pero fue oportuna y atractiva.
Entre tanto, Herder había estado pensando sobre estos temas y en 1784
participó al mundo alemán su visión de la historia humana —Ideas para una Filosofía de la Historia de la Humanidad—. En esta famosa obra, en la que podemos señalar la influencia de los pensadores franceses, especialmente de Montesquieu, y también la de Leibniz, se proponía, si bien discurriendo por distintos cauces, realizar la misma tarea que habían planeado Turgot y Condorcet: una historia universal de la Humanidad.
La Divinidad crea el mundo pero nunca se interfiere en sus procesos, tanto
en el mundo físico como en la historia humana. La misma historia humana, la civilización, es puramente un fenómeno natural. Los acontecimientos están estrictamente concretados entre sí; la continuidad nunca se rompe; lo que sucede en un momento determinado solamente puede ocurrir entonces y no puede ocurrir ninguna otra cosa. El rígido determinismo de Herder no sólo excluye las eventualidades de Voltaire sino que suprime también el libre juego de la voluntad inteligente del hombre. El hombre no puede guiar su propio destino; sus acciones y su suerte están determinadas por la naturaleza de las cosas, su organización física y su medio ambiente. El hecho de que Dios exista en su fácil inactividad apenas afecta a la tendencia fatalista de esta filosofía; tal vez el único consuelo estribe en que el mundo fue hecho para el hombre y la humanidad es su causa final.
La variedad de fases en la civilización que ha aparecido sobre la faz de la
tierra se debe al hecho de que son muy numerosas las posibles manifestaciones de la naturaleza humana y todas ellas deben ser realizadas. Las formas más Ínfimas son aquellas en que las mejores facultades, es decir, las más humanas de nuestra naturaleza, quedan subdesarrolladas. Las más altas no han sido aún realizadas.
La flor de la Humanidad, cautiva aún en su capullo, florecerá algún día
según la verdadera forma del hombre sometido a Dios, en un estado cuya
grandeza y majestad no puede imaginar hombre terrestre alguno.
Herder no es un pensador sistemático —por lo que sus obras abundan en
contradicciones— y no aclara hasta qué punto esta alegre epifanía será el resultado de las experiencias de la Humanidad en las fases precedentes. Cree que la vida es educación de la Humanidad (tomando la frase de Lessing), que el bien se desarrolla progresivamente y que la razón y la justicia devienen gradualmente más poderosas. Esto es una doctrina del Progreso, pero Herder se opone con toda claridad a la hipótesis de un estado final único e igual en perfección, como meta de la historia, pues ello implicaría que las generaciones precedentes existieron sólo para servir a las últimas y que sufrieron para asegurar la felicidad de la posteridad más remota, teoría que ofendía su sentido de la justicia y de la conveniencia. Por el contrario, el hombre puede realizar su felicidad en cualquier estadio de la civilización. Todas las formas de sociedad son igualmente legítimas, tanto las perfectas como las imperfectas; todas son fines en sí mismas y no meros estadios en el camino hacia algo mejor. Y quien se encuentra a gusto y es feliz en uno de los estadios inferiores tiene perfecto derecho a permanecer en él.