La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 62 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 7

Regis ad exemplum totus componitur orbis[68]».

Aunque abogaban por una reforma total de los principios rectores de la

política fiscal de los Estados, los economistas no eran idealistas, a diferencia de los filósofos de la Enciclopedia; no sembraban las semillas de la revolución. Su punto de partida era lo realmente existente y no lo que debía ser. Y, aparte de su más estrecho horizonte, diferían de los filósofos en dos puntos verdaderamente importantes. No creían que la sociedad fuese una institución humana y, por tanto, tampoco que pudiera existir una ciencia deductiva de la sociedad basada simplemente en la naturaleza humana. Además, sostenían que la desigualdad de condiciones era uno de los rasgos inmutables de aquélla; inmutable porque es consecuencia de la desigualdad de los poderes físicos.

Pero creían en un progreso futuro de la sociedad hacia un estado de

felicidad mediante el crecimiento de la opulencia que dependería del aumento de la justicia y de la «libertad»; también insistían en la importancia de la ampliación y difusión del saber. Su influencia en la formación de la creencia en el Progreso la atestigua Condorcet, amigo y biógrafo de Turgot. Como Turgot se mantiene separado de los fisiócratas (con los que, de hecho, él no se identificaba) por sus más amplias perspectivas acerca de la civilización, podría sospecharse que Condorcet estaba pensando principalmente en él. Sin embargo, no debemos limitar el alcance de su aserción si recordamos que, como escuela, los economistas tuvieron como primer principio el valor eudemonístico de la civilización, mantuvieron que la felicidad temporal es alcanzable y lanzaron todo su peso en la balanza en contra de las doctrinas regresivas que habían encontrado un poderoso defensor en Rousseau.

 

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Por libertad, los economistas entendían la libertad económica. Ni ellos, ni tampoco los filósofos ni Rousseau, padre de la democracia moderna, tenían una clara idea de lo que significa la libertad política. Contribuyeron en gran medida a su realización, pero sus ideas propias al respecto eran estrechas e imperfectas. Nunca discutieron la validez del gobierno despótico, sino que mantuvieron sólo que el despotismo debería de ser ilustrado. El gobierno paternalista de un José o de una Catalina, que obraban por consejo de los filósofos, les parecía la solución ideal para los problemas de gobierno; por eso, cuando el progresista y desinteresado Turgot, al que podían considerar como uno de los suyos, fue nombrado ministro de finanzas al subir al trono Luis XVI, parecía que su ideal estaba a punto de ser realizado. Su rápida caída destruyó sus esperanzas, pero no les enseñó el secreto de la libertad. No se quejaban de la validez de la censura, aunque sufrieron bajo su tiranía; no deseaban aboliría. Solamente se quejaban de que fuera usada contra la razón y las luces, es decir, contra sus propios escritos; y si el Conseil d’État o el Parlamento hubieran suprimido las obras de sus adversarios oscurantistas, se hubiesen congratulado de que el mundo marchase rápidamente hacia su perfección.