La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 50 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 3

En 1729 publicó un compendio de este proyecto y en él fijaba su atención

en su valor para la lejana posteridad y no en sus resultados inmediatos. Nadie, dice, puede imaginar o prever las ventajas que semejante alianza de Estados europeos procuraría a Europa después de quinientos años de haber sido establecida. Ahora tan sólo podemos ver sus principios, pero los poderes de la inteligencia humana no son suficientes para discernir sus infinitos efectos en el futuro. Esto puede producir resultados más valiosos que todo cuanto el hombre ha experimentado hasta el momento. Y mantiene su argumento con la observación de que nuestros primitivos antepasados no podían prever los progresos que el curso del tiempo acarrearía a sus rudimentarias medidas para asegurar el orden social.

 

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Es característico que las ideas del Abbé de Saint-Pierre fueran un subproducto de sus proyectos particulares. En 1773 publicó un Proyecto para perfeccionar el gobierno de los Estados, en el que esbozaba su concepción del curso progresivo de la civilización. La vieja leyenda de la edad de oro en la que los hombres eran perfectamente felices, a la que siguieron las edades de plata, de bronce y de hierro, es exactamente el inverso de la verdad histórica. La edad de hierro vino primero, fue la infancia de la sociedad, en la que los hombres eran pobres e ignorantes de las artes; es la condición actual de los salvajes de África y América. La edad de bronce siguió a esta primera y en ella había más seguridad, mejores leyes, y comenzó la invención de las técnicas más necesarias. A ésta siguió la edad de plata de la que Europa no ha salido aún. Nuestra razón ha alcanzado el estadio en el que ya podemos considerar cómo abolir la guerra y, por tanto, nos estamos aproximando a una futura edad de oro; pero, el arte de gobierno y la regulación general de la sociedad, a pesar de los progresos realizados, se encuentra aún en su infancia. Sin embargo, todo lo que se necesita es una corta serie de reinados inteligentes en los Estados europeos para poder alcanzar la edad de oro o, en otras palabras, el paraíso sobre la tierra.

Unos pocos reinados inteligentes. El Abbé compartía la ilusión de muchos

de que el gobierno es omnipotente y puede proporcionar la felicidad a los hombres. Las imperfecciones de los gobiernos se debían, estaba convencido de ello, principalmente al hecho de que hasta el momento las mentes más capaces no se habían dedicado al estudio de la ciencia de gobernar. La parte más esencial de su proyecto consistía en la formación de una Academia Política que realizaría en el terreno de la política la labor que la Academia de Ciencias realizaba en el estudio de la naturaleza, y actuaría como un cuerpo consultivo para los ministros del Estado en todas las cuestiones referentes al bienestar público. Si fueran aceptadas esta proposición y algunas otras, Saint-Pierre pensaba que la edad de oro no tardaría en llegar.

Estas observaciones —poco más que obiter dicta— muestran que Saint-

Pierre tenía una visión general del mundo fundada sobre una concepción del progreso de la civilización hacia una meta de felicidad humana. En 1737 publicó una obra especial para explicar este concepto: las Observaciones acerca del progreso continuo de la razón universal.

En ella recurre a la comparación de la vida de la humanidad en conjunto

con la de un individuo y, como Fontenelle y Terrasson, insiste en que la analogía falla. Podemos considerar nuestra especie como compuesta por todas las naciones que han existido y existirán y asignarle diferentes edades. Por ejemplo, cuando la especie tenga diez mil años de edad, un siglo será para ella lo que un solo año es para la vida de un centenario. Pero hay, sin embargo, una prodigiosa diferencia. El hombre mortal crece hasta la vejez y pierde su razón y su felicidad mediante el debilitamiento de su máquina corporal; mientras que la especie humana, por la perpetua e infinita sucesión de generaciones, se encontrará al final de los diez mil años más capaz de crecer en sabiduría y en felicidad de lo que era al final de los primeros cuatro mil.

En este momento, la especie humana aparentemente no tiene más de siete

u ocho mil años y se encuentra «en la infancia de la razón humana», si se la compara con lo que será dentro de cinco o seis mil años. Y cuando se alcance este estadio, habrá entrado tan sólo en lo que podremos llamar primera juventud, al considerar lo que llegará a ser cuando tenga cien mil años más, creciendo continuamente en razón y sabiduría.

Por vez primera aparece definida aquí en términos claros la visión de una

larga vida progresiva que la humanidad tiene ante sí. La civilización se encuentra aún en su infancia. Bacon, como Pascal, había pensado que se encontraba en la vejez. Fontenelle y Perrault parecen haber pensado que se encontraba en su madurez; no ponían término a su duración, pero no insistían sobre las perspectivas futuras. El Abbé fue el primero que fijó su mirada en los remotos destinos de la humanidad y que le asignó inmensos períodos de tiempo. No se le ocurrió pensar que nuestro destino está ligado al del sistema solar y que es inútil operar con períodos milenarios de progreso, a menos que estemos seguros de la estabilidad correspondiente del medio ambiente cósmico.

Como prueba de los progresos que la razón ha realizado ya, Saint-Pierre

sostiene que una comparación entre los mejores trabajos ingleses y franceses sobre ética y política, y las mejores obras de Platón y Aristóteles, demuestra que la humanidad ha realizado un avance sensible. Pero ese avance habría sido infinitamente mayor si tres obstáculos generales no lo hubieran retrasado e incluso, en algunos países y épocas, no lo hubieran hecho retroceder. Estos obstáculos fueron la guerra, la superstición y el miedo de los gobernantes que pensaban que el progreso en la ciencia política sería peligroso para sus propios intereses. Como consecuencia de esos impedimentos, la humanidad sólo empezó a avanzar otra vez a partir del punto al que había llegado con Platón y Aristóteles, en los días de Bodino y de Bacon.

Desde entonces el ritmo del progreso se ha acelerado, y esto se debe a

diversas causas. La expansión del comercio marítimo ha producido más riqueza y riqueza significa mayor ocio, y más escritores y lectores. En segundo lugar, las matemáticas y la física se estudian más en los colegios, tendiendo a liberarnos progresivamente de la sujeción a la autoridad de los antiguos. Además, la fundación de academias científicas ha dado facilidades, tanto para comunicar como para corregir los nuevos descubrimientos; el arte de imprimir nos da medios para difundirlos y, finalmente, el hábito de escribir en lengua vulgar los hace accesibles. El autor podría haberse referido también a los esfuerzos modernos para popularizar la ciencia, de los que su amigo Fontenelle había sido uno de los principales defensores.

Así procede a exponer el principio, más bien dudoso, de que en dos países

cualesquiera la diferencia de ilustración entre las clases bajas corresponde con la diferencia entre las clases más educadas. Actualmente, dice, París y Londres son los lugares en que la sabiduría humana ha llegado a un estadio más avanzado. No hay duda de que los diez mejores hombres de las clases elevadas de Ispahan o Constantinopla serán inferiores en su conocimiento de la política y de la ética a los diez sabios más distinguidos de París y Londres. Y esto es válido para todas las demás clases. Los treinta niños de catorce años más inteligentes de París serán más ilustrados que los treinta niños más inteligentes de la edad correspondiente en Constantinopla. La misma diferencia proporcional será válida para las clases más bajas de ambas ciudades.