La idea del progreso
Capítulo 1
como lo ha demostrado convincentemente M. Brunetière[39], en la evolución de la crítica francesa. Pero el modo en que se suscitaron los problemas críticos obligó al debate a tocar un problema de mayor impacto. La pregunta: ¿Puede el hombre de hoy luchar en igualdad de condiciones con los ilustres escritores antiguos, o son acaso intelectualmente inferiores?, implicaba un tema más amplio: ¿Ha agotado la naturaleza sus poderes?, ¿acaso no es ya capaz de producir hombres de inteligencia y vigor semejantes a los de aquellos que produjo en otros tiempos?, ¿está exhausta la humanidad, o, por el contrario, son permanentes e inagotables sus fuerzas?
La afirmación de la permanencia de los poderes de la naturaleza por los
defensores de los modernos era la contradicción directa de la teoría de la degeneración e, indudablemente, contribuyeron en gran medida a desacreditar esa teoría. Una vez que nos hayamos dado cuenta de esto, no será sorprendente ver que las primeras afirmaciones claras de una doctrina del progreso en el conocimiento fueron provocadas por la controversia en torno a los antiguos y los modernos.
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Aunque el escenario más importante de la controversia fue Francia, la cuestión había sido ya expresamente planteada por un italiano, nada menos que Alejandro Tassoni, el famoso autor del gran poema irónico «La Secchia rapita», que caricaturizaba a los poetas épicos de su tiempo. En él se dedicó a criticar los prejuicios de su tiempo y a exponer la nueva doctrina, originando con ello un gran escándalo en Italia por sus ataques contra Petrarca y contra Homero y Aristóteles. La primera comparación de los méritos de los antiguos y de los modernos se encuentra en un volumen de Miscelánea de
Pensamientos diversos [40] que publicó en 1620. Habla de la cuestión como de
un tema de discusión común[41], sobre el cual se propone dar un juicio imparcial por medio de una amplia comparación en todos los terrenos, tanto teóricos como imaginativos y prácticos.
Comienza criticando el argumento a priori de que, como las artes
alcanzan su perfección a través de la experiencia y un largo trabajo, la edad moderna tiene necesariamente la ventaja. Este razonamiento, afirma, es erróneo, porque las mismas artes y estudios no han sido ejercitados siempre ininterrumpidamente por los más poderosos intelectos, sino que han pasado a manos inferiores y, así, han declinado o incluso se han extinguido, como sucedió en Italia durante la decadencia del Imperio Romano, cuando las artes fueron menos que mediocres durante varios siglos. O, para decirlo de otra forma, este argumento sólo sería admisible si no existiese una solución de
continuidad[42].
Al hacer su comparación, Tassoni busca legitimar su afirmación de que no
es un abogado de ninguna de las dos partes. Pero a pesar de que aquí y allá concede alguna superioridad a los antiguos, piensa que los modernos en general se llevan la mejor parte. Su examen es bastante amplio, llegando a incluir el lado material de la civilización, incluso la forma de vestir, en contraste con algunos de los polemistas posteriores, que limitaron el terreno del debate a la literatura y al arte.
Los Pensamientos de Tassoni fueron traducidos al francés, y la obra fue
probablemente conocida de Boisrobert, un dramaturgo cuyo mayor mérito estriba en su participación en la fundación de la Académie Française. Este autor pronunció un discurso ante aquella corporación inmediatamente después de su constitución (26 de febrero de 1635), en el cual realizó un violento y aparentemente precipitado ataque a Homero. Este discurso encendió la controversia en Francia, e incluso le llegó a dar una nota característica. Homero —ya severamente tratado por Tassoni— había de convertirse en el blanco preferido de las flechas de los modernos, quienes pensaban que si lograban desacreditarle, habrían ganado su pleito.
Así se lanzó el guante —y es importante anotarlo— antes de la aparición
del Discurso del Método (1637); pero la influencia de Descartes se hizo sentir a través de toda la controversia y los más prominentes de los modernos fueron hombres que habían asimilado las ideas cartesianas. Esto parece ser cierto incluso en el caso de Desmarets de Saint Sorlin, quien, bastantes años después del discurso de Boisrobert, volvió a abrir fuego. Saint Sorlin se había convertido en un cristiano fanático, lo que era una de las razones para odiar a los antiguos. También, al igual que Boisrobert, era un mal poeta; ésta era otra razón. Su tesis era que la Historia de la cristiandad ofrecía temas mucho más capaces de inspirar a un poeta que los tratados por Homero y Sófocles y que la poesía cristiana tenía que ganar la palma que hasta entonces se había dado a la pagana. Su propio Clodoveo y su María Magdalena o el Triunfo de la Gracia eran la demostración de la derrota de Homero. Pocos son los que han oído hablar de estas obras; ¿cuántos las habrán leído? Curiosamente, casi al mismo tiempo se estaba componiendo en Inglaterra una épica que podría haber dado alguna plausibilidad ilusoria a las locas ideas de Saint Sorlin.