La idea del progreso
Capítulo 6
Hoy, mantiene, se admite que la inteligencia humana obedece a leyes
invariables, con lo que queda aún por resolver un problema. La auténtica sucesión de las ideas ha de deducirse de esas leyes necesarias. Pero cuando se realice esa deducción —dentro de un tiempo más bien largo— la historia desaparecerá; será absorbida por la ciencia.
Así Jouffroy atribuía al mundo lo que él llama «fatalidad del desarrollo
intelectual», que estaba destinado a reemplazar a la Providencia o al Destino. Una fatalidad, explica inmediatamente, que lejos de comprometer la libertad individual la presupone. No es la fatalidad del impulso sexual, que guía la procreación animal, sino que se explica del siguiente modo: si un millar de hombres tienen una idea igual acerca de lo que es bueno, esa idea regirá su comportamiento a pesar de sus pasiones porque, al ser razonables y libres, no se someterán ciegamente a las pasiones sino que podrán discutir y elegir.
Esta explicación de la historia como un desarrollo necesario de la
sociedad que corresponde a una necesaria sucesión de ideas difiere en dos puntos importantes de las teorías de Hegel y de Cousin. La sucesión de ideas no se concibe como una lógica trascendente sino que viene determinada por las leyes de la razón humana y pertenece al terreno de la psicología. Aquí Jouffroy pisa el mismo terreno que Vico. En segundo lugar, no es un sistema cerrado, sino que en él queda lugar para un desarrollo indefinido en el futuro.
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Mientras que Cousin discutía de filosofía en el París de los días del último Borbón, Guizot llenaba las salas en que pronunciaba sus conferencias sobre la
historia de la civilización europea[124], cuya clave podía resumirse en la palabra Progreso. Guizot lo estudiaba como mente limpia, libre de las teorías filosóficas que habían asistido y ayudado a su crecimiento.
La civilización, decía, es el hecho más importante en lo que se refiere al
hombre, «el hecho par excellence, el hecho general y definido en el que todos los demás se funden». Y «civilización» significa progreso o desarrollo. La palabra
despierta, al ser pronunciada, la idea de un pueblo en movimiento, no para
cambiar de lugar sino de estado, un pueblo cuya condición consiste en
extenderse y mejorar. La idea del progreso, del desarrollo, me parece que es
la idea fundamental que se contiene en la palabra civilización.
He aquí la más importante y positiva idea de la especulación del
siglo XVIII, libre e independiente, no sometida a un sistema. Cincuenta años antes nadie hubiese soñado que se llegaría a definir la civilización así, contando con la inmediata aquiescencia del auditorio.
Pero hay que definir el progreso. El progreso no supone simplemente la
mejora de las relaciones sociales y del bienestar público. Francia estaba en el siglo XVII y XVIII detrás de Holanda e Inglaterra en cuanto a la suma y a la distribución del bienestar entre los individuos y, sin embargo, se puede proclamar que era el país más «civilizado» de aquella época. La razón es que la civilización supone también el desarrollo de la vida individual, de las facultades propias de cada hombre, de los sentimientos y de las ideas. El progreso humano incluye, por tanto, las dos clases de desarrollo. Pero ambas se hallan íntimamente relacionadas. Podemos constatar que los reformadores morales recomiendan generalmente sus ideas prometiendo mejoras sociales como resultado de las mismas y que los políticos progresistas sostienen que el progreso de la sociedad exige necesariamente un desarrollo moral. La conexión puede que no siempre sea apreciable y, según los tiempos, predomina una u otra clase de progreso. Pero, al fin, uno sigue al otro, aunque ello tal vez se produzca tras un largo período, ya que «la Providente a ses aises dans le temps». La ascensión del cristianismo fue una de las crisis de la civilización, a pesar de que éste en sus primeros tiempos no buscaba una mejoría de las condiciones sociales; a pesar de que no atacaba las grandes injusticias que había en el mundo. Fue una gran crisis porque cambió las creencias y los sentimientos de los individuos; sus efectos sociales se produjeron más tarde.
La civilización de la Europa moderna ha crecido a través de un período de
quince siglos y aún progresa. La tasa de crecimiento ha sido menor que la de la civilización griega, pero, por otro lado, ha sido continua e ininterrumpida y así podemos contemplar «el paisaje de una inmensa carrera».
Los efectos de la doctrina de Guizot al propagar la idea del Progreso
fueron aún mayores por su divorcio de toda teoría filosófica. No tocó cuestiones debatidas, como la fatalidad, ni expuso un plan general del mundo; no trató de elevarse por encima del sentido común; tampoco propuso ningún esquema prematuro de la historia universal del hombre. Su recorrido magistral de la historia social de Europa trató el movimiento progresivo como un hecho, en un período en el que a los pensadores del siglo XVIII les hubiera resultado casi invisible. Esto, sin embargo, no llegaba a probar que el Progreso fuese la clave de la historia del mundo y de los destinos humanos. La ecuación de la civilización y el progreso sigue sin ser probada pues surge de nuevo la pregunta: ¿puede llegar la civilización a alcanzar un estado de equilibrio más allá del cual no haya avance posible?; y si puede, ¿deja de ser civilización? ¿Está mal planteada la civilización china o ha habido también en ella un movimiento progresivo durante todo el tiempo, si bien pequeño?