La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 72 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 2

Los filósofos —dijo— han tratado de sacudir el trono con una mano y de

destruir el altar con la otra. Su propósito era cambiar la opinión pública

sobre las instituciones civiles y religiosas, y la revolución puede decirse

que se ha llevado a cabo. Historia y poesía, novelas, e incluso diccionarios

han sido infectados con el veneno de la incredulidad. Apenas han sido

publicados los escritos en la capital y ya inundan las provincias como un

torrente. El contagio se ha esparcido por todos los talleres y casas de

campo[78].

 

El contagio se esparcía, pero el funcionario que escribía estas palabras no

vio que tenía éxito porque se presentaba en el momento oportuno, pues las mentes estaban preparadas para recibir la semilla de las ideas revolucionarias a causa de la increíble corrupción del Gobierno y de la Iglesia. Como lo señaló Voltaire, casi al mismo tiempo, Francia, y Europa también, se estaban haciendo enciclopedistas.

 

2

 

La influencia de los pensadores subversivos y racionalistas en los acontecimientos de 1789 se ha estimado de diferentes maneras por los historiadores. La verdad, probablemente, se encuentra en esta sucinta idea de Acton de que «la confluencia de la teoría francesa con el ejemplo norteamericano causó el estallido de la Revolución». Los teóricos perseguían la reforma y no la revolución política; fue el estímulo de la Declaración de Derechos de 1774 y la subsiguiente victoria de las colonias lo que precipitó la convulsión, en el momento en que el país tenía las mayores esperanzas de mejora que nunca había tenido, cuando, en 1774, Luis XVI subió al trono. Pero las teorías habían preparado a Francia para cambios radicales y guiaron las fases de la Revolución. Sus líderes tenían todo el entusiasmo de los enciclopedistas; a pesar de lo cual, la fuerza individual más poderosa era la de Rousseau, quien, pese a su negación del Progreso y, antipatía por la civilización, había difundido la doctrina de la soberanía del pueblo, dándole una atractiva apariencia de precisión matemática; y en esta doctrina tenían

puestas sus optimistas esperanzas los revolucionarios[79]. La teoría de la igualdad dejó de ser ya una doctrina simplemente especulativa, pues la constitución norteamericana estaba fundada sobre la igualdad democrática, mientras que la constitución inglesa, que antaño había parecido la mayor aproximación al ideal de libertad, se fundaba sobre la desigualdad. La polémica filosófica de los maestros fue continuada con las armas de la violencia por parte de los discípulos. Chaumette y Hébert, los seguidores de D’Holbach, fueron aniquilados por los discípulos de Rousseau. En nombre del credo del Vicaire Savoyard, el Club Jacobino destrozó el busto de Helvetius. Mably y Morelly tuvieron por seguidores a Babeuf y los socialistas.

Una ingenua confianza en que la revuelta política equivalía a regeneración

e inauguraba un reinado de justicia y felicidad inundó a Francia en el primer período de la Revolución y encontró una singular expresión en las ceremonias de la «Federación» universal que se celebraron en el Campo de Marte el 14 de julio de 1790. El festival fue bastante artificial, pues se decretó y arregló por la propia Asamblea Constituyente, pero el entusiasmo y el optimismo del pueblo, que se reunió para jurar fidelidad a la nueva Constitución, fueron genuinos y espontáneos. Consciente o inconscientemente se hallaban bajo la influencia de la doctrina del Progreso que los líderes de la opinión habían expuesto al público durante décadas. No se les ocurrió que los juramentos y los abrazos fraternos no cambian las mentes y los corazones y que, como señaló Taine, seguían siendo aquello en lo que los habían convertido tantos siglos de sujeción política, como un corto período de literatura política. La presunción de que la nueva maquinaria social podía alterar la naturaleza y crear un cielo en la tierra habría de ser rápida y terriblemente refutada.

Post varios casus et tot discrimina rerum

venimus in Latium,

 

pero el Lacio habría de convertirse en el escenario de luchas sangrientas.

La Revolución reflejó y expuso otra equivocación fundamental en la que

todos los filósofos, Rousseau incluido, habían caído más o menos. Habían considerado al hombre in vacuo. No habían visto que el desarrollo total de una sociedad es una fuerza enorme que no puede ser eliminada simplemente hablando o legislando sobre ella; habían ignorado el poder de la memoria social y de las tradiciones históricas y habían subestimado la fuerza de los lazos que unen a las generaciones. Así, los revolucionarios imaginaban que podían romper bruscamente con el pasado y que un nuevo método de gobierno, construido sobre moldes matemáticos, una Constitución (para usar palabras de Burke) «prefabricada y predispuesta, madura a la hora de su nacimiento, diosa perfecta de la sabiduría y de la guerra, extraída por nuestras comadronas, herreros de la cabeza del propio Júpiter», llegaría a crear las condiciones para una felicidad idílica en Francia y que la llegada del milenio dependía tan sólo de la adopción de los mismos principios por las demás naciones. Las ilusiones forjadas por la Declaración de los Derechos del Hombre el 4 de agosto murieron bajo la sombra del Terror. Pero aunque fueron desmentidas las esperanzas de quienes creían en una rápida regeneración del mundo, algunos intelectuales no se descorazonaron. Hubo por lo menos uno cuya fe en que el movimiento era un paso gigantesco en el camino del hombre hacia su felicidad última, por muy largo que fuese aún ese camino, no vaciló. Condorcet, uno de los más jóvenes enciclopedistas, pasó los últimos meses de su vida bajo la amenaza de la guillotina, proyectando una historia del Progreso humano.