La idea del progreso
Capítulo 2
ver que el bien aumenta gradualmente en proporción siempre creciente.
¿Qué hombre instruido, si no es un misántropo o está enajenado por
declamaciones vanas, desearía realmente haber vivido en el tiempo bárbaro
y poético que Homero pinta con tan bellos como terroríficos colores?
¿Quién añora haber nacido en Esparta entre aquellos pretendidos héroes
que convirtieron en virtud el insulto a la naturaleza, practicaron el
bandidaje y se gloriaban del asesinato de un ilota; o en Cartago, escenario
de sacrificios humanos, o en Roma en tiempos de las persecuciones o bajo
el gobierno de Nerón o un Calígula? Concedamos que el hombre avanza,
aunque lentamente, hacia la luz y la felicidad.
Pero aunque los más influyentes escritores fueron sobrios en sus
especulaciones sobre el futuro, el hecho de que por vez primera se construyese una Utopía profética es muestra de su efectividad al difundir la idea del Progreso. Hasta el momento, como ya he señalado, los estados ideales o bien se proyectaban hacia un pasado remoto o se situaban en alguna región distante, poco conocida, en la que la fantasía podía obrar libremente. Proyectarlos hacia el futuro era algo nuevo, y cuando, en 1770, Sébastien Mercier describió lo que habría de ser la civilización humana en el año 2440, fue una muestra del poder que la idea de Progreso estaba empezando a ejercer.
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Mercier es recordado, o mejor, olvidado como un dramaturgo menor. Fue bastante más que eso, y las investigaciones de M. Béclard sobre su vida y sus obras nos permiten conocerlo. Si es excesivo decir que su espíritu reflejaba en
miniatura el espíritu mismo de su tiempo[74], no cabe duda de que fue uno de sus productos más típicos. Nos recuerda, en ciertos aspectos, al Abbé de Saint-Pierre, que fue uno de sus héroes. Todas sus actividades estaban inspiradas por el sueño de una humanidad regenerada por la razón, y todas sus energías las dedicó a la realización de ese sueño. La idea de Saint-Pierre sobre la paz perpetua inspiró su juvenil ensayo sobre el azote de la guerra.
Al principio, las teorías de Rousseau le atrajeron irresistiblemente, pero la
civilización moderna tenía también una fuerte influencia sobre él; tenía un temperamento demasiado parisino para conformarse por mucho tiempo con la teoría de la Arcadia. Escribió un libro sobre El salvaje para defender la tesis de que la verdadera norma de moralidad se encuentra en el corazón del hombre primitivo y para probar que lo mejor para nosotros sería volver a los bosques; pero parece que mientras lo escribía llegó a la conclusión de que toda aquella teoría era errónea. La transformación de sus opiniones se produjo en cuestión de pocos meses. Entonces desarrolló la tesis opuesta de que todos los acontecimientos han sido ordenados para felicidad humana y empezó a trabajar en una imaginaria descripción del estado en que el hombre podría encontrarse dentro de setecientos años.