La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 56 de 124

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La idea del progreso

8. Enciclopedistas y economistas

 

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El movimiento intelectual que preparó la opinión francesa para la Revolución y que dio nuevos principios para la reconstrucción de la sociedad puede ser descrito como un movimiento humanista en el sentido de que el hombre era el centro del interés especulativo.

 

Una idea que nunca hemos de perder de vista —dice Diderot— es que si

alguna vez desterráramos al hombre, es decir, al ser pensante y

contemplativo, de la faz de la tierra, este patético y sublime espectáculo de

la naturaleza se convertiría en una escena de melancolía y de silencio. Es la

existencia del hombre la que da interés a la existencia de otros seres… ¿Por

qué no habríamos de convertirle en el centro común? El hombre es el

término único del que debemos partir.

 

De aquí que la psicología, la moral, la estructura de la sociedad fueran los

temas que atraían la atención, en vez de aquellos más amplios problemas supra-humanos que habían ocupado a Descartes, Malebranche y Leibniz. Poco importaba saber si nuestro mundo era el mejor de todos los mundos posibles; lo que interesaba era la relación entre el pequeño mundo del hombre y su voluntad y capacidades. La ciencia natural interesaba solamente en cuanto podía servir de ayuda a la ciencia social y subvenir a las necesidades humanas. La mejor analogía para este movimiento intelectual no la ofrece el Renacimiento, al que convencionalmente se le ha otorgado el título de humanista, sino la edad de la ilustración griega en la segunda mitad del siglo V antes de Jesucristo, cuyos representantes son Protágoras, Sócrates y algunos otros que abandonaron los problemas de las causas últimas del cosmos, que hasta entonces habían sido el gran tema de estudio de los filósofos, para dirigir su atención hacia el hombre, su naturaleza y sus obras.

En esta nueva forma de «antropocentrismo» podemos comprobar cómo el

movimiento general del pensamiento se ha adaptado instintivamente a la revolución astronómica. Dentro del sistema de Tolomeo no era incongruente o absurdo que el hombre, señor del centro del Universo, se considerase como la más importante de las criaturas del cosmos. Ésta es la concepción, implícita en el esquema cristiano, que había sido construido sobre la antigua y errónea cosmología. Cuando se descubrió el verdadero lugar de la tierra y el hombre se encontró en un pequeño planeta, parte de uno de los innumerables mundos solares, ya no fue posible sostener su importancia cósmica. Fue reducido a la condición de un insecto que se arrastraba en un «tas de boue», tan vivamente descrito por Voltaire en su Micromegas. Pero el hombre es una fuente de recursos; ᾄπορος ἐπ᾽ οὐδέν ἔρκχεται. Desplazado, junto con su morada, del centro de las cosas, descubre un nuevo modo de restaurar su propia importancia; interpreta su humillación como una liberación. Al encontrarse flotando como una isla insignificante en la inmensidad del espacio, decide que, por fin, se ha convertido en el dueño de su propio destino; puede liberarse del antiguo fardo de las causas finales, del pecado original y de todo lo demás; puede construir su propio mapa y, libre de todo esquema cósmico, no necesita contar con el universo más que cuando lo juzgue conveniente. O, si es un filósofo, puede decir que, después de todo, su universo está constituido por sus propias sensaciones y que, gracias a esta relatividad, el «antropocentrismo» ha sido restaurado de una nueva y más efectiva forma.

Constituido por sus propias sensaciones: la filosofía de Locke triunfaba

ahora en Francia. He utilizado el término «cartesianismo» para describir no las doctrinas metafísicas de Descartes (ideas innatas, dos sustancias, etcétera), sino los grandes principios que subsistieron una vez que su sistema metafísico fue superado: supremacía de la razón e inmutabilidad de las leyes naturales, libres de toda intervención providencial. Estos principios estaban aún en vigor, pero las opiniones particulares de Descartes acerca de los fenómenos mentales fueron superadas en Francia por la psicología de Locke, cuya influencia fue impuesta por Voltaire y Condillac. La doctrina de que todas nuestras ideas derivan de los sentidos subyace en toda la teoría acerca del hombre y de la sociedad, a cuya luz los pensadores revolucionarios, Diderot, Helvetius y sus seguidores, criticaron el orden existente y denunciaron los prejuicios vigentes. Este sensismo (que iba más allá de lo que Locke había querido decir) encerraba una estricta relatividad del conocimiento y desembocaba inmediatamente en la vieja doctrina pragmática de Protágoras de que el hombre es la medida de todas las cosas. Y el espíritu de los filósofos franceses del siglo XVIII era claramente pragmático. El interés del hombre era su principio y el valor de la especulación se juzgaba por su utilidad para la humanidad. «El valor y los derechos de la verdad se fundan sobre su utilidad», que es «la única medida de los juicios humanos», mantiene determinado pensador; otro declara que «la utilidad lo abarca todo», l’utile circonscrit tout; otro dice que «ser virtuoso es ser útil; ser vicioso es ser inútil y dañino; éste es el resumen de toda moralidad». Helvetius, anticipando a Bentham, elabora la teoría de que la utilidad es la única base posible de la ética. Bacon, el utilitarista, fue tan alabado como Locke. De igual modo que, un siglo antes, su influencia había inspirado la fundación de la Royal Society, su nombre ahora también fue invocado por los fundadores de la Enciclopedia.

Por debajo de toda la especulación filosófica, hay una corriente

subterránea de emoción que en los pensadores franceses del siglo XVIII era fuerte e incluso violenta. Se prefería llegar a resultados prácticos. Su obra era una calculada campaña para transformar los principios y el espíritu de los gobiernos y destruir el sacerdotalismo. Puesto que el problema del género humano consistía en alcanzar un estado de felicidad por su propios medios, estos pensadores creían que podría resolverse mediante el triunfo gradual de la razón sobre los prejuicios, del saber sobre la ignorancia. La revolución violenta estaba lejos de sus pensamientos; esperaban crear, mediante la difusión del saber, una opinión pública que obligase a los gobiernos a cambiar el tenor de su legislación y de su administración, y hacer de la felicidad del pueblo su principio rector. La confianza optimista en que el hombre es perfectible, es decir, capaz de un progreso indefinido, inspiró la totalidad del movimiento, por muy grandes que fuesen las discrepancias entre las opiniones de algunos pensadores particulares. La creencia en el Progreso era la fe que los mantenía, aunque, preocupados por los problemas de mejoras inmediatas, dejaran aquella noción más bien vaga y poco definida. La palabra misma aparece poco en sus obras. La idea recibe un tratamiento subordinado a otras ideas entre las que había crecido: Razón, Naturaleza, Humanidad, Ilustración (lumieres). Todavía no ha empezado una vida independiente ni ha recibido una definición clara, aunque sea ya una fuerza vital.