La idea del progreso

John B. Bury · Capítulo 4 de 124

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La idea del progreso

Capítulo 1

 

Las muestras de que la civilización humana consistía en un crecimiento

progresivo y de que los hombres habían avanzado penosamente desde un estadio primitivo y salvaje, no podían desde luego escapar a la aguda visión de los griegos. Por ejemplo, Esquilo pinta a los hombres viviendo originalmente de forma precaria en cuevas sombrías, condición de la que Prometeo les salvó al enseñarles las artes de la vida. En Eurípides encontramos un reconocimiento similar del ascenso de la humanidad desde un estadio primitivo de barbarie, desempeñando aquí otros dioses el papel de Prometeo. En pasajes como éste se puede decir que existe la idea de que el hombre ha progresado; y podemos suponer que tanto para Esquilo como para Eurípides, tras la ficción poética de una intervención sobrenatural, existía la creencia en un progreso natural. Pero estos reconocimientos de un progreso no eran incompatibles con la creencia, ampliamente extendida, en una degeneración de la raza humana en sus orígenes, y tampoco aparecía usualmente como doctrina rival. La vieja leyenda de una «edad de oro» sencilla, desde la cual el hombre había caído, se aceptaba generalmente como una verdad y los pensadores de más talla la combinaron con la doctrina de

una sucesión de mejoras sociales y materiales[1] durante el período subsiguiente de decadencia. Encontramos ambas ideas combinadas así, por ejemplo, en Las Leyes de Platón y en la más antigua historia razonada de la

civilización, escrita por Dicearco, discípulo de Aristóteles[2]. Pero la vida sencilla de aquella primera edad en la que los hombres desconocían la fatiga, la guerra y la enfermedad, era considerada como el estadio ideal en el que el hombre sería tremendamente afortunado, caso de que pudiese volver a él. El hombre había conseguido, ciertamente, en un remoto tiempo pasado mejorar algunas de las condiciones de su destino, pero descubrimientos tan antiguos como el fuego, el arado, la navegación o el arte de legislar no sugerían que nuevas invenciones pudiesen llevar finalmente a condiciones en las que la vida pudiera ser más compleja pero tan feliz como la vida sencilla del mundo primitivo.

Así pues, aunque pudiera admitir un relativo progreso, la concepción

general de los filósofos griegos era la de que estaban viviendo en un período de inevitable degeneración y declive inevitable, porque así lo prescribía la naturaleza del Universo. Sólo tenemos un imperfecto conocimiento de las influyentes especulaciones de Heráclito, Pitágoras y Empédocles, pero podemos tomar el esbozo de filosofía de la historia de Platón para ilustrar las tendencias y los prejuicios del pensamiento griego acerca de este tema. El mundo fue creado y puesto en marcha por la Divinidad y, al ser obra suya, era perfecto, pero no era inmortal y llevaba en sí el germen de la decadencia. Su duración era de setenta y dos mil años solares. Durante la primera mitad de este período, la uniformidad y el orden primigenio que le fueron grabados por el Creador se mantienen gracias a la dirección de éste, pero luego se llegará a un punto a partir del cual el mundo comenzará, por así decirlo, a dar marcha atrás. La Divinidad pierde su influencia sobre la máquina, el orden se perturba y los últimos treinta y seis mil años es un período de gradual declive y degeneración. Al final de este período, el mundo, abandonado a sí mismo, se disolverá en el caos, pero la Divinidad volverá a tomar el timón, restaurará las condiciones originales y todo el proceso comenzará de nuevo. La primera parte de este ciclo cósmico corresponde a la legendaria Edad de Oro, en la que los hombres vivían feliz y sencillamente. En este momento nos encontramos, desdichadamente, en algún punto del período de decadencia.

Platón aplica esta teoría del declive al estudio de las comunidades

políticas. Concibe su utópica aristocracia como un estado que existió en algún momento, hacia el principio del período de recaída cósmica, cuando las cosas

no iban tan mal todavía[3] y explica su gradual deterioro a través de los sucesivos estadios de la timocracia, la oligarquía, la democracia y el despotismo. Platón explica ese deterioro como algo causado, en primer lugar, por la degeneración de la raza debida a la relajación y los errores en la regulación estatal del matrimonio, lo que acarreó el nacimiento de individuos biológicamente inferiores.

Las teorías de Platón son sólo el más ilustre ejemplo de la tendencia,

característica de los filósofos griegos, a idealizar lo inmutable como en cuanto provisto de un valor superior a lo que varía. Esto afectó todas sus especulaciones sociales. Creían en el ideal de un orden absoluto de la sociedad que, una vez establecido, no podía ser alterado sino para empeorar. Aristóteles, considerando el tema desde una perspectiva práctica, señaló que los cambios en un sistema social establecido son poco deseables y deberían