La idea del progreso
Capítulo 2
centrales son Cabanis, el amigo de Condorcet[118], y Destutt de Tracy. M. Picavet ha agrupado alrededor de ellos, junto con otros muchos nombres, a los grandes científicos de la época, tales como Laplace, Bichat y Lamarck, relacionándolos directamente con el pensamiento del siglo XVIII. Los llama
«ideólogos[119]». La ideología, o ciencia de las ideas, fue la palabra que inventó Tracy para distinguir las investigaciones intelectuales según los métodos de Locke y Condillac de la metafísica pasada de moda. El principio fundamental de los ideólogos era la aplicación de la razón a los hechos observados, esquivando las deducciones a priori. Los pensadores de esta escuela tenían un órgano influyente, la Décade philosophique, uno de cuyos fundadores había sido, en 1794, J. B. Say, el economista. El instituto, que había sido establecido por la Convención, estaba inundado de «ideólogos»
que continuaron la labor de la Enciclopedia[120]. Estos hombres tenían una fe firme en el progreso indefinido del saber, la ilustración general y la «razón social».
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Así pues, las ideas de los «sofistas» de la época de Voltaire se mantenían vivas aún en el mundo especulativo, a pesar de la reacción política, religiosa y filosófica. Pero era necesario trascender sus limitaciones y tener en cuenta hechos y aspectos que su filosofía había ignorado o minimizado. La importancia del movimiento reaccionario estriba en el hecho de que situó en primer lugar esos hechos y aspectos al volver a abrir determinados rincones del espíritu humano que la época de Voltaire había cerrado a cal y canto.
La idea del Progreso se había ocupado especialmente de los cambios de
actitud, intelectual y emocional, de la humanidad después de la Edad Media. Era una consecuencia natural del movimiento religioso de resurgimiento, un nuevo interés por la gran edad de la Iglesia, interés que se extendía más allá del círculo de los católicos fervientes. Ese interés fue uno de los rasgos sobresalientes del movimiento romántico, como es sabido. Pero no sólo afectó a la literatura de creación, sino que interesó a los pensadores especulativos y estimuló a los historiadores. Para Guizot, Michelet y Augusto Comte, igual que para Chateaubriand y para Víctor Hugo, la Edad Media tomó una importancia que los franceses de la generación anterior difícilmente habrían comprendido.
Ya hemos visto cómo este período había dificultado la labor de los
pioneros que intentaron trazar el curso de la civilización como un movimiento progresivo, cómo pasaron como sobre ascuas por encima de él y hasta qué punto lo explicaron de modo poco conveniente. A comienzos del siglo XIX, la cuestión medieval se planteaba en tal forma que cualquiera que tratase de desarrollar la doctrina del Progreso tendría que explorarla más seriamente. Madame de Staël se dio cuenta de ello al escribir su libro La Literatura considerada en sus relaciones con las instituciones sociales (1801). Por aquel entonces se encontraba bajo la influencia de Condorcet y era una ferviente creyente en la idea de la perfectibilidad. La obra es un intento de extender esta teoría, que ella cree se estaba desacreditando, al mundo de la literatura. Madame de Staël vio que si, durante diez siglos, el hombre retrocedía en lugar de progresar, la causa del Progreso se encontraba gravemente comprometida, por lo que trató de demostrar que la Edad Media había contribuido al desarrollo de las facultades intelectuales y a la expansión de la civilización y que el cristianismo era un agente indispensable de ésta. La afirmación de un Progreso ininterrumpido representa un avance respecto a Condorcet y una anticipación de Saint-Simon y de Comte.
Otra voz más elocuente y persuasiva se elevó al año siguiente desde el
lado de los reaccionarios: la de Chateaubriand, cuyo Genio del Cristianismo apareció en 1802, «entre las ruinas de nuestros tiempos», como declaró posteriormente su autor, una vez que Francia hubo salido del caos de su revolución. El libro era una declaración de guerra contra el espíritu del siglo XVIII que había tratado a la cristiandad como un sistema bárbaro, cuya demolición era necesaria en nombre del Progreso. Pero en la obra había algo más que polémica. Chateaubriand recopilaba argumentos en favor de los dogmas ortodoxos, del pecado original, de la degeneración primitiva, etc.; pero el interés del libro no se encontraba en su lógica sino en la valoración de la cristiandad desde una nueva perspectiva. Se ocupaba de ella con el espíritu de un artista, de un esteta, no de un filósofo, y cuando probaba algo, probaba que la cristiandad es valiosa porque es bella, no porque sea verdadera. Trataba de demostrar que puede «enchanter L᾽âme aussi divinement que les dieux de Virgile et d’Homère». Podría haber acudido en busca de ayuda a los Padres de la Iglesia, pero realmente se basaba en Dante, Milton y Racine. El libro es una apología hecha desde la perspectiva estética de la escuela romántica. «Dieu ne défend pas les routes fleuries quand elles servent à revenir à Lui».
Era evidente que un defensor del pecado original debía oponerse a la
doctrina de la perfectibilidad.
Cuando se alcanza el más alto punto de la civilización —escribía
Chateaubriand con estilo de Rousseau—, el hombre se encuentra en el
estadio más bajo de moralidad; si es libre, se convierte en un bruto; al
civilizar sus costumbres, se encadena a sí mismo. Su corazón se beneficia a
expensas de su cabeza y su cabeza a expensas de su corazón.
Aparte las consideraciones de la doctrina cristiana, la teoría del Progreso
tenía poco interés para la escuela romántica.
Víctor Hugo, en el famoso Prefacio de su Cromwell (1827), en el que
profundizaba más aún que Chateaubriand en los contrastes entre el arte antiguo y moderno, revivía la comparación de la humanidad con un individuo y declaraba que la Antigüedad clásica era la época de la virilidad y que los hombres eran en sus tiempos meros espectadores de su imponente vejez.
Desde otras perspectivas, inteligencias poderosas se volvían hacia la Edad
Media dispuestas a arrumbar toda la evolución de la sociedad moderna desde la Reforma, de igual modo que los filósofos de la Enciclopedia habían tratado de arrumbar a la Edad Media. El ideal de Bonald, de De Maistre y de Lamennais era un gobierno teocrático del mundo y la constitución inglesa se les antojaba no menos peligrosa que la Revolución a la que De Maistre había calificado de «satánica». Defensores del desaparecido sistema teocrático, estos hombres contribuyeron, pese a todo, al progreso del pensamiento no sólo sobre las instituciones medievales al llamar la atención de sus contemporáneos, sino también por su idea de que la sociedad había sido estudiada en forma excesivamente mecánica durante el siglo XVIII, de que las instituciones se desarrollan y de que el individuo considerado fuera de su vida en sociedad es una abstracción equivocada. Plantearon estos temas en forma absurda e insostenible pero en sus críticas había mucho de verdad, lo que ayudó al siglo XIX a revisar y trascender los resultados de la especulación del XVIII.