Madre de alquiler
Sección 1
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Sobrecubierta
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Tags: General Interest
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Madre de alquiler
Shelley V. Ashley
Para Howard,
que no pudo esperar.
¿De dónde vienes, querido hijo?
De todas partes, y he acabado aquí.
George MacDonald
En el cielo, un ángel no es nadie en particular.
George Bernard Shaw
Capítulo 1
Dallas, Tejas
-¿Hay alguien más esperando? – preguntó E. Z. Jeffrey Sandial. Su voz se abrió paso a través del interfono al igual que una segadora de césped a través de la brisa de verano.
–Sí, señor. Estaba a punto de avisarle. Hay una tal señorita Cecil Gutman esperando para verle.
Pronunció Cecil como si fuera B. de Mille. Un nombre masculino.
–Mándela abajo. Y dígale a Denise que la haga pasar en cuanto llegue. Ya lleva un cuarto de hora de retraso.
Sandlin colgó el auricular de un golpe, irritado, y comenzó a diseccionar a la señorita Cecil Gutman antes de haberla visto. Tenía tiempo. Los pasillos de McNaught, Muncheon, Sandlin y Doss eran largos, muy largos.
Uno: Señorita. Nunca había estado casada. Vulnerable y siempre dispuesta a cambiar de opinión. Demasiado arriesgado. Dos: Cecil. Hombruna. Probablemente marimacho y llena de verborrea feminista. De ninguna manera. Tres: Gutman. Suena étnico. Quizá judío. Un judío nunca buscaría algo así. Tres fallos y quedará descalificada, señorita Cecil Gutman. Lo siento mucho, porque no encontrará nunca oportunidades en las que se ofrezca el salario que nosotros le proponemos.
Cogió su pluma Dupont de oro, extradelgada, y trazó una airada línea a través de su nombre. Ella era -o había sido hasta ese mismísimo instante- la candidata número
diecisiete. Sandlin sintió un nuevo arrebato de ira ante el pensamiento de tener que pasar, aunque fuera un breve instante, en compañía de esa joven. Meneó la cabeza con irritación. Había estado haciendo eso periódicamente y de manera incontrolable durante toda la mañana.
Aun en el caso de que nuestro cliente fuera tan rico como todos los jeques del Golfo juntos, preferiría no haberme visto envuelto en eso. Realmente no… realmente no es… Por un instante, Jeff Sandlin no encontró palabras para expresarse y experimentó un instante de asombro por encontrarse en situación tan insólita. Luego, con una sonrisa de triunfo, encontró el término exacto que estaba buscando… ¡saludable!
Denise O'Neil, su joven y decididamente nada hombruna secretaria, golpeó suavemente la puerta, la abrió y se hizo a un lado para dejar entrar a la joven que la acompañaba. Por el casi imperceptible movimiento de cabeza de su jefe comprendió que debería llamarle exactamente dentro de doce minutos e interrumpir esa entrevista a causa de un pretexto acordado de antemano.
Denise hizo las presentaciones, ofreció una de sus mejores sonrisas y dijo:
–Llámenme si necesitan algo.
Luego abandonó el despacho haciendo crujir su vestido de seda azul y blanco y balanceando sus largas y bien conformadas piernas.
Sandlin se obligó a sí mismo a concentrar sus no escasos poderes de observación en Cecil Gutman a medida que ella llevaba a cabo su largo viaje a través de la gruesa alfombra hasta el monolítico bloque de mármol blanco que hacía las veces de mesa de despacho. Era muy alta y delgada, el tipo de mujer joven que, si hubiera sido un poco menos desmañada y un poco más consciente de sus posibilidades, podría haber hecho una buena carrera posando como modelo para unos grandes almacenes. O para catálogos de ventas. Vestía una blusa rosa y estampada, de aspecto
barato, un fino jersey de verano de algodón, sandalias con correa. Tenía el pelo descuidadamente echado hacia atrás y sujeto por una cinta elástica: su aspecto era horrible. En la metódica mente de Sandlin, todo eso no eran sino más puntos en contra de ella. Ni siquiera se había arreglado para la entrevista; por tanto, no se sentía motivada. Parecía un tanto hippy; no era una mujer controlable. Ella le recordaba a alguien que había visto en televisión, una actriz inglesa…
Vanessa algo. Más que una hippy: una revolucionaria.
Relacionada con los terroristas del Oriente Medio, una persona de ese tipo.
Había muy pocas oportunidades de que Sandlin cambiara la opinión que tenía de ella. En ningún despacho de abogados de Dallas se aplicaba el axioma «el tiempo es oro» ni se citaba con más prontitud que en McNaught, Muncheon, Sandlin y Doss. Además, siempre que el hijo del penúltimo socio fundador tomaba una decisión repentina, se atenía a ella. Repudiar un juicio o un plan de acción era admitir que se había malgastado tiempo y que un beneficio potencial se había desperdiciado irremisiblemente.
Sin embargo, Sandlin dejó que una indolente pregunta se deslizara a través de su estructurado cerebro, tan eficiente como un ordenador: ¿por qué ha venido? Era una criatura tímida y oprimida. Quizá lo único que buscaba era dinero fácil, como tantas otras a las que había entrevistado.
Educada en Tejas… o Arkansas, o Louisiana, o en uno de esos horribles vecindarios de Fort Worth o Dallas, no tenía ninguna posibilidad, ningún futuro en ninguna parte.
–Por favor, tome asiento, señorita Gutman -dijo Sandlin con su voz sureña más amable-. Estoy encantado de conocerla. Tenemos todo el tiempo del mundo, así que, por favor, póngase cómoda.
Exactamente once minutos y medio, calculó lanzando una rápida mirada al reloj que había en su escritorio, una pequeña obra maestra de Peretti, en jade y oro. Tal como Sandlin se había comportado, la joven jamás imaginaría que
ya la habían eliminado, del mismo modo que los testigos en un juicio tampoco pueden prever que el amable y elocuente abogado que hay frente a ellos está a punto de saltarles a la yugular.
La señorita Gutman se sentó en la butaca de piel que había frente a él y por fin levantó la cabeza. Sandlin vio su cara por primera vez, perfectamente iluminada por el sol que resplandecía a través de la ventana que él mantenía sin persianas, precisamente para poder iluminar a todo aquel -
amigo o enemigo- que se sentara en esa butaca en particular. La luz del piso 21, sin ningún edificio de comparable altura que la oscureciera, era perfecta para el tipo de inquisición que a Sandlin le gustaba llevar a cabo.
Incluso así, rompió una de sus reglas cardinales y se inclinó hacia adelante para contemplarla más de cerca, y una expresión de absoluta sorpresa se dibujó en su atractivo rostro.
¿Cómo podía haberla juzgado estúpida y sosa? ¿Se debía a la manera en que ella había entrado en la habitación, con la cabeza inclinada, manteniéndose en las sombras como si temiera ser vista? ¿O para poder ver? Hacía tan sólo un minuto, el pelo de esa chica le había parecido triste, de un marrón tirando a pardo. Ahora le parecía de un color tan rico como un tapiz bizantino, un resplandor castaño veteado de hilos de oro pálido. Y sus ojos… eran, al menos para él, más increíbles que su cabello. Eran grandes y luminosos, de un intenso color violeta, engastados bajo unos finos arcos de cejas castañas y enmarcados por unas pestañas más oscuras. En resumen, ella era -o había sido antes que alguna profunda aflicción o amargo desengaño se hubiese aposentado sobre ella y oscurecido sus rasgos- una joven asombrosamente hermosa. Esos increíbles ojos parecían anormalmente grandes en su rostro fino y pálido, y su boca hacía tiempo que había olvidado cómo sonreír. Esas sombras oscuras bajo los ojos, las manos lánguidas sobre el
estampado de su falda barata, todo en ella apuntaba a la existencia de sufrimiento reciente.
Dios, pensó Sandlin, no permitas que sea nada físico. No me importa si está más loca que una cabra, pero no permitas que tenga ninguna enfermedad.
–Señorita Gutman, ¿le importaría hablarme un poco de usted?
–¿Qué necesita saber? – Su voz era áspera, pero no carecía de educación. Delataba enojo, posiblemente incluso hostilidad.
–Cualquier cosa que pueda servirme de presentación -
dijo Sandlin intentando tranquilizarla.
Lo que siguió fue pronunciado de modo apresurado y con la misma voz áspera:
–Tengo 23 años y mi estado de salud es perfecto. Tengo grandes deseos de que se me elija para este cometido. No me asusta lo más mínimo. No existen lazos personales ni de otro tipo que me impidan asumir mis responsabilidades. ¿Le parece satisfactorio?
–Bastante sucinto -comentó secamente Sandlin. No quería incrementar la hostilidad de la muchacha, aunque le preocupaba todo lo referente a su educación y familia. ¿Y
qué demonios importa todo eso? Aunque los clientes especificaron claramente…
- Me pregunto si sería tan amable de abordar cuestiones más personales, señorita… eh, ¿puedo llamarla Cecil?
Pronunció Cecile, y ella respondió inmediatamente.
–Puede llamarme como le venga en gana, pero no es Cecile, sino Cecil. En cuanto a mi vida personal, no quiero entrar en eso. De hecho, no lo haré.
–Aprecio su susceptibilidad y su reserva, señorita Cecil.
Ambas son cualidades que despertarán la estima de mis clientes. Pero también me siento obligado a informarle de que me he pasado casi toda esta semana entrevistando candidatas para este… eh… puesto. Los requisitos son más difíciles de cumplir de lo que usted puede imaginar, debido
a ciertas especificaciones indicadas por mis clientes. Estoy obligado a obtener información que quizás usted, en principio, no desee proporcionarme, pero cuya utilidad se hará evidente a medida que progresemos en nuestras relaciones.
–Mi intención es ser sincera -dijo Cecil. Una ligera curva en su labio superior mostraba exactamente lo que pensaba de las palabras de Sandlin-. Le he dicho ya tres cosas acerca de mí misma que son relevantes para esta entrevista: la edad, mi salud y mi buena voluntad. Existe una cuarta que, si yo fuera usted, desearía asegurarme respecto a ella. No parece que vaya a preguntármelo, pero se lo diré de todos modos. Moralmente, soy digna de confianza. Si me propongo cumplir una tarea, estoy en ella hasta el final.
Mantengo mis promesas, sin importarme los obstáculos que puedan interponerse en el camino. Soy sueca y muy obstinada.
Dijo todo eso con energía y con una aureola de verosimilitud, pero Sandlin sólo había oído una palabra que le interesara verdaderamente, y saltó sobre ella de inmediato.
–Sueca. Creía que Gutman era más… ¿centroeuropeo?
¿Alemana, quizá?
–Realmente no sabría decirle. Los Gutman han vivido en Estados Unidos durante más de cien años, y todos ellos han sido suecos.
–¿Y sus creencias religiosas…?
Ella le lanzó una mirada glacial, y él en seguida dejó caer la pregunta:
–¿Es usted judía, señorita Gutman? – Siempre hacía esa pregunta amablemente, con la regia conmiseración de un rabino hacia su rebaño.
–Que yo recuerde, de niña era luterana.
La curva de sus labios era más perceptible ahora. La modestia de esa joven había desaparecido completamente, y Sandlin experimentó el tipo de conmoción que tenía lugar
en el tribunal cuando una joven de dulce aspecto le plantaba cara súbitamente con la hostilidad de una serpiente de cascabel. A él no le gustaba eso, ni lo comprendía. En ese instante, se sentía un tanto violento en su mullida butaca de ejecutivo.
–¿Qué motivos le llevaron a considerar…?
–El anuncio mencionaba Francia. Necesito salir del país…
-Hizo una pausa, pareció momentáneamente confusa a medida que procedía a explicarse-. Lo que intento decirle es que necesito un cambio de aires y de escenario… cuanto antes mejor.
–Mi querida y joven dama, me temo que hay algún error.
Quizá no leyó el anuncio correctamente.
Ella había recuperado su compostura, y de nuevo le respondió con brusquedad.
–Lo he leído muy bien, señor Sandlin. Tengo una licenciatura en medios de comunicación. Quizás el anuncio se redactó ambiguamente para atraer a un mayor número de aspirantes. ¿O se hizo a propósito para que resultara deliberadamente engañoso?
Sandlin hizo caso omiso de su indirecta.
–La situación legal en Francia es extremadamente ambigua, por no decir otra cosa. Esa es la razón por la que mis clientes están buscando en Estados Unidos, y por eso desean que usted permanezca aquí mientras lleva a cabo su… trabajo.
Sandlin se quedó asombrado de la rapidez con la que la hasta entonces lánguida mujer saltó de las cómodas profundidades de la butaca de piel. Elevándose por encima de él, muy erguida ahora, mostraba una expresión que podía haber sido de alivio si hubiera habido algo más en ella aparte de esa cólera implícita.
–Esa era mi condición, señor Sandlin. Si no hay viaje, entonces no perderé el tiempo.
Él se puso en pie a su vez, se movió apresuradamente alrededor de la ancha pieza de mármol que le servía de
escritorio y la tomó de uno de sus delgados brazos. De ninguna manera iba a permitir que esa mujer le dejara plantado.
–Por favor, señorita Gutman, queremos que quede satisfecha. Yo estaba hablando de los arreglos preliminares, que llevarán un mínimo de tres meses. Seguramente comprenderá usted que no hay manera de calcular anticipadamente estas cosas. Sin embargo, creo que puedo interceder ante mis clientes a fin de que, posteriormente, podamos ponerla en un avión hacia Francia. Si es que eso va a hacerla más feliz. – Ella todavía intentaba desembarazarse de él, y Sandlin añadió presuroso-. Primera clase. Y si quiere, en el Concorde.
–¿Cuánto tiempo podría quedarme?
–Bajo tales circunstancias, podría verse obligada a quedarse en Francia hasta que todo el asunto hubiera concluido. Yo no estoy en situación de adoptar esa decisión por mí mismo, pero… digamos que usted deseara hacer un pequeño viajecito por la campiña francesa durante un mes o algo así, una vez hubiera acabado todo. Es muy posible que mis clientes…
–Sí. Eso es exactamente lo que quiero.
–Muy bien. Entonces queda perfectamente claro, y créame que aprecio su sinceridad. Por favor, puede estar segura que su bienestar irá por delante de cualquier otra consideración si se la selecciona para este puesto. Pero debe usted responder a mis preguntas. Necesitamos alguna base sobre la que tomar nuestra decisión definitiva.
Finalmente, el brazo de ella se relajó ante el apretón de Sandlin. Cuando él la soltó, ella volvió a hundirse en la enorme butaca de cuero como una marioneta cuyas cuerdas de pronto se han soltado.
–Bueno, ahora vayamos a los hechos -dijo Sandlin, tomando la iniciativa con firmeza-. En qué universidad se graduó.
Ella volvió a vacilar. Luego, como si se preparara para la penosa experiencia de revelar ni que fuera una mínima cantidad de información, se echó hacia atrás y sacó de su bolso de tela una cajetilla de cigarrillos.
–En la Universidad de Illinois. Allí recibí mis dos titulaciones, con un intervalo de un año. La segunda en mayo del año pasado.
–¿Hizo un máster en un año? Extraordinario. ¿Y su familia?
–No tengo a nadie. Si desea referencias familiares, tendrá que buscar a otra persona.
–¿Dónde trabaja en la actualidad?
Durante todo este tiempo, Sandlin tomaba notas ostentosamente en una libreta que había en su mesa. En realidad estaba estudiando las reacciones de la mujer, catalogando algún signo de tensión o desequilibrio emocional, registrando los débiles temblores que estremecían su cuerpo de vez en cuando. El abogado no tenía necesidad de tomar notas. Su mente recordaba cada palabra y cada gesto. Nunca olvidaba nada.
–Trabajé en la facultad mientras estudiaba. Los dos últimos años fui ayudante en el departamento de periodismo. Desde entonces no he hecho nada digno de figurar en un curriculum. Soy muy pobre, señor Sandlin.
Cuando necesito comer, trabajo de camarera en una coctelería. Generalmente en la del Holiday Inn.
–¿Con un título de máster? – preguntó con una leve nota de escepticismo.
–Puede que usted no sepa cómo están las cosas… desde aquí arriba. – Sus manos describieron una amplia curva que abarcó las paredes de cristal, las obras de arte y los marcos de oro, los terminales de ordenador, el teléfono extraplano de marfil, aquella alfombra que había bajo sus pies, tan espesa como la hierba-. Para algunas personas, es una época difícil.
Abruptamente, ella dejó de hablar y se hundió aún más en la butaca. Su cabeza cayó hacia adelante, y de nuevo asumió esa actitud de retirada que parecía invadirla de vez en cuando.
–Tuve algunos problemas cuando dejé la universidad -dijo en una voz muy baja, sin mirarle-. Problemas de naturaleza personal, quiero decir. Emocionales. No quiero hablar de eso, tan sólo decirle que pasé el último año intentando recuperarme, y que finalmente lo conseguí. Ahora ya ha acabado todo. Completamente. De una vez por todas.
Y un cuerno, se dijo Sandlin, pero apartó de sí ese pensamiento como a una mosca inoportuna.
–Dice usted que es pobre, señorita Gutman. La compensación económica que implica este «encargo» quizá no sea tan sustancial como había creído. Además de la compensación moral de ayudar a dos personas distinguidas y respetables, víctimas de un destino poco amable, recibirá usted un reembolso de gastos equivalente a 30.000 dólares.
Nosotros, naturalmente, le proveeremos de todos los vales necesarios para estos «gastos», pero sólo se le pagará una vez haya usted completado su examen final. ¿Me he expresado con la suficiente claridad?
–No quiero los treinta mil. Puede quedárselos usted mismo si quiere. Como tarifa por sus pesquisas. Después de todo, es usted quien me ha encontrado, ¿o no?
Ella rió por primera vez y a continuación le lanzó una mirada astuta. Toda su timidez se había evaporado como el humo, y Sandlin tuvo la desconcertante impresión de que era la joven la que le estaba poniendo a prueba, y no al revés. Era una sensación que le desagradaba intensamente.
Su irritación crecía a pasos agigantados, y de nuevo se preguntó por qué había permitido que le metieran en un caso en el que habían tantas condenadas mujeres. Jeff Sandlin era un chovinista y estaba orgulloso de ello; a pesar de las costumbres radicalmente cambiantes, su vida discurría igual que siempre, es decir, tal como él había
decretado. Recientemente había cambiado una mujer madura y que empezaba-a-causar-problemas por otras mucho más jóvenes que ahora administraban sus momentos de diversión. Naturalmente, él las compensaba debidamente por su trabajo. Sandlin conocía todo lo referente a la remuneración del trabajo realizado eficazmente, pero no comprendía a las mujeres fuera del marco de su valor monetario.
No comprendía a Cecil Gutman en absoluto, y eso era demasiado en un caso que había puesto a prueba su paciencia durante más de una semana. Allí donde dirigía su atención, tan sólo encontraba comportamientos irracionales e impredecibles. Incluso las personas que le habían contratado eran apenas mejores que las mujeres enloquecidas que desfilaban por su oficina.
Estas reflexiones fueron cortadas en seco cuando se abrió la puerta de su oficina. Denise O'Neil permanecía de pie en el umbral, una mirada de consternación en su cara pecosa y ruborizada.
–Señor Sandlin, siento terriblemente interrumpirle, pero acaba de llamar el juez Baker para decir que necesita ese escrito antes de una hora. Está ahora al teléfono, y quiere saber…
–Denise -le interrumpió suavemente-. Dígale al juez Baker que se vaya al infierno.
Denise se quedó por un instante con la boca abierta, asombrada. Luego, como era una chica inteligente, posó su mirada sobre Cecil Gutman, estudiando su esbelta figura con un destello de excitación reprimida.
–Será mejor que vuelva con el juez, si es que todavía no ha colgado -dijo Sandlin fríamente.
–Oh, sí señor. Ciertamente le daré su recado, tal como me lo ha dicho. ¡Apuesto a que vociferará alguna maldición!
Lanzó una risita y cerró la puerta mientras Sandlin retornaba su atención a la joven que ahora fumaba y miraba por la ventana, aparentemente nada impresionada por un
recado que hubiera provocado una apoplejía a un magistrado federal si de hecho hubiera sido transmitido.
–Señorita Gutman, he aquí un cuestionario para que lo cumplimente en todo detalle. A primera vista, usted no satisface las condiciones especificadas por mi cliente, aunque debido a su excepcional personalidad y carácter, voy a hacer una excepción y…
Hizo una pausa al ver que las cejas de Cecil Gutman se levantaban en un gesto de divertido escepticismo. La aflicción la había abandonado momentáneamente, y parecía bastante encantadora.
–Muy bien, pongamos las cartas sobre la mesa. Creo, por varias razones, que usted puede ser de interés para mis clientes, aunque no puedo decirlo de manera positiva hasta que ellos hayan visto su informe completo. Quiero que sea consciente de que si su candidatura es aceptada, aunque sea provisionalmente, entonces tendremos que iniciar las formalidades. La presentaré a uno de mis clientes. Si me da luz verde después de conocerla, entonces será conducida a un hospital y sometida a un chequeo completo. Tendrá que pasar una penosa serie de pruebas… no sólo las normales de grupo sanguíneo, diabetes, enfermedades pulmonares, irregularidades hormonales, etc., sino también para detectar enfermedades poco conocidas, problemas hereditarios y, sobre todo, enfermedades por transmisión sexual. De modo que si hay algo que desea confiarme, éste es el momento de hacerlo. Eso le evitará gran cantidad de incomodidades y de situaciones embarazosas posteriormente.
–Cuando entré en esta habitación le dije que gozaba de perfecta salud. También que era digna de confianza. ¿Debo volver a repetirlo? Creía que para llevar a cabo un sucio negocio como éste, ustedes, los abogados tenían que tener plenos poderes.
Lee mis pensamientos, pensó Sandlin reprimiendo su furia. Y no le gusto. Ni lo más mínimo. Puede que se considere a sí misma una persona digna de confianza, pero