Madre de alquiler

Shelley V. Ashley · Capítulo 29 de 49

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Madre de alquiler

Capítulo 28

Club de Vieux-Nice

-¿Quiere hablar con Pancho, verdad? ¡Jean-Luc, mira lo que acaba de entrar por la puerta preguntando por el gitano! ¿Qué quiere de ese perezoso y arrogante cabrón?

¿No me prefiere a mí en su lugar?

En un movimiento rápido y vulgar, el punk puso su cara tan cerca de la de Cecil que no pudo ver nada más que un par de ojos saliéndose de las órbitas debido a la excitación de la droga, y una lengua roja que asomaba insinuante en las comisuras de una boca obscenamente pintada.

–¿Hey, qué pasa conmigo, encanto? ¿Por qué yo no?

Cecil apretó con fuerza las palmas de las manos contra la superficie metálica de la chaqueta verde lustrosa y lo empujó. Como una muñeca sin huesos, el punk cayó hacia atrás, contra la pared, y se quedó allí agachado, se inclinó hacia adelante y se la quedó mirando con sus ojos diabólicos y perfilados en negro. Su pelo verde se elevaba de su cráneo en unas púas agresivamente improbables, y un enorme imperdible le atravesaba el oído derecho. Sin apartar la mirada, el punk separó el cuerpo de la pared y se lanzó galvánicamente hacia adelante.

–Jean-Luc, ¿por qué me ha hecho eso? ¿Le parece amable tratarme así? ¡Será mejor que te andes con cuidado, encanto! ¡Si Jean-Luc pierde los estribos, el infierno se desatará aquí mismo!

Perdido en las profundidades azules y llenas de humo del sótano del club, su amigo Jean-Luc permanecía tan invisible como inaudible.

–Dime, nena -dijo el impúdico punk-, ¿has venido aquí buscando lío o simplemente te has dejado caer por accidente?

–¡Por qué no te callas! – exclamó Cecil exasperada-. Ya he tenido suficientes problemas en Niza como para que ahora me salgan un par de punks más apagados que un

fluorescente fundido. ¿Dónde está el encargado de este local?

–Ésta no tiene miedo de nada. ¿Te has dado cuenta, Jean-Luc? No se le ha erizado ni un pelo de la cabeza, no le tiembla ni un músculo. Se cree muy valiente, ¿no te parece?

¿Qué tal si comprobamos si está faroleando?

Cecil se dio media vuelta bruscamente y se encaminó hacia las escaleras, diciendo por encima del hombro:

–Cuando venga Pancho, decidle que no volveré hasta que no desinfecte este lugar y barra todas las sabandijas.

Desde detrás de ella le llegó una voz sensualmente tranquilizadora.

-Querida mía*, no te enfades conmigo. Todo era una broma.

Cecil se volvió lentamente. A través de las espesas sombras azules, sólo se veía el destello de un ojo. Éste guiñaba maliciosamente, y el punk saltó en medio del angosto haz circular de la luz que proyectaba la lámpara colgante. Riendo pérfidamente, agarró dos mechones de su terrible peluca verde y la levantó, revelando un pelo completamente negro y tupido.

–¡Eres tú, maldita rata! ¡Bastardo, cabrón, traidor! ¡Cada vez me haces lo mismo!

Cecil no podía aguantar la risa.

–Se me da muy bien el hacer de rata. Al igual que en el parque de Burdeos o en el hotel, no has sospechado ni por un momento, ¿verdad? ¡Soy un genio del disfraz!

Bailaba alrededor de ella, entrando y saliendo de las sombras, su cara ferozmente maquillada se iluminaba debido al placer que le proporcionaba el éxito de su broma.

–Eres un megalómano, no un genio, y si no vas con cuidado, y sigues inflándote como un globo, acabarás por salir volando. ¿Qué tiene que decir tu amigo Jean-Luc de todo esto, o es que es mudo?

–Jean-Luc, ¿qué dices a todo esto? Oh, lástima, se ha largado. Estamos solos, amorcito*.

- Ya veo que Jean-Luc es el perfecto amigo para alguien de tu ego. No sólo es mudo, sino que ni siquiera existe.

–No hablemos más de eso. Te ha costado mucho decidirte a venir a verme -dijo Pancho con gesto mohíno-. Te había pedido que vinieras a oírme tocar desde el día en que llegamos a Niza.

A la vista de esta expresión de mártir profesional, Cecil estalló en una carcajada.

–¿De modo que ahora eres tú la parte ofendida?

–Sí, estoy blessé, mortalmente herido por tu indiferencia, pero te perdono porque estoy enamorado de ti de pies a cabeza. – Pancho cogió una silla de una pequeña mesa y la colocó para que Cecil se sentara-. Mira, lo he dispuesto todo para ti, unos bocadillos y un cóctel de frutas que yo mismo he preparado en el bar. ¿No te parece bien? ¿No soy un amante maravilloso? Dime, ¿cómo has podido estar alejada de mí tanto tiempo?

Cecil contempló la mesa; estaba perfectamente preparada, con fuentes de bocadillos y cosas de picar y unos vasos altos decorados con paraguas de papel color escarlata.

–Esto es muy amable por tu parte, Pancho; quise venir desde el primer día, pero ya sabes lo enferma que estuve la primera semana, y después me han surgido un montón de…

estúpidos problemas. Lo principal es que mi trabajo se convirtió en humo. – Cecil se quedó horrorizada al darse cuenta de lo literal que era la frase que acababa de pronunciar-. Y ahora ya casi no me queda dinero. Ni siquiera sé cómo voy a regresar a Estados Unidos.

–¿Esperas que robe para ti?

–¡No espero nada! -respondió Cecil exasperada-. Creía que eras mi amigo y que podía hablar contigo. ¡Créeme, ni siquiera estás en mi corta lista de posibles salvadores!

–Pero has venido hasta aquí buscando consejo, así que te daré uno -dijo Pancho con frialdad-. Basta de comportarte como una niña mimada americana a la que le da un ataque

de nervios cada vez que tiene un pequeño problema. Ya no puedes permitirte seguir más así. Tienes que pensar en tu hijo.

–Oh, olvidaba que sabías lo del bebé. Sí, es una maravillosa compañía para mí. Me evita el tener que pasar por pruebas y tribulaciones y endulza todos los amargos tragos que me ofrecen. Es un verdadero rayo de sol en el diluvio de mi vida.

De pronto enterró la cabeza entre las manos.

-Querida*, no hagas eso. Lo mejor es que me cuentes qué te preocupa realmente. – A medida que hablaba, Pancho levantó varios mechones del cabello de Cecil y los recorrió con los dedos, contemplándolos como si fueran hebras de un oro muy valioso-. Quiero ayudarte.

–¡Pero yo no NECESITO tu ayuda! – exclamó ella, levantando la cara abatida en un airado desafío-.

Ultimamente hay demasiada gente intentando solucionar mis problemas, y siempre acaba pasando algo malo. ¿Qué te hace pensar que deseo que seas mi caballero blanco?

–No hace falta que me lo digas. Recuerda que soy capaz de leer una cara.

Cecil sonrió a pesar de sí misma.

–Creía que leías la palma de la mano.

–Todo es lo mismo. Casi todo el mundo es un libro abierto, y si te tomas la molestia, puedes leer toda la vida de cada ser en las arrugas y expresiones de sus caras.

–Bueno, la verdad es que yo no he sido capaz de descifrar ni una de las tuyas. No sé si estás casado, ni si tienes hijos, ni si has estado enamorado alguna vez, ni la edad que tienes, ni por qué viniste a Francia, ni cuál es tu verdadero nombre, porque no puede ser Paso Real. De lo único que hablas es de música y de tu anciana abuela.

–¿Anciana? ¿Qué te hace pensar que Sarita sea una anciana? – preguntó sorprendido Pancho, ignorando todas las demás preguntas-. Mi abuela era una mujer muy

hermosa, tendría unos cuarenta años cuando trabajaba en la calle. No podía haber sido mayor, a causa de la leche.

–¿Leche? – repitió Cecil intrigada. Pancho poseía la capacidad de atraerla hacia un mundo propio obsesivo y estrafalario, en medio del cual se disolvían sus problemas.

–¿Quieres saber de mí? Hoy te contaré cómo recibí una educación que fue completamente distinta de esa asepsia americana en la que tú te educaste. Cada mañana me levantaba, tomaba el desayuno y salía… no para ir a la escuela, sino a El Once, un barrio judío de Buenos Aires lleno de peleterías, mercerías y pequeñas fábricas de artículos de cuero. Solíamos detenernos en una puerta, y ella me empujaba para que entrara primero, pues yo era tan encantador… un guapo muchacho con una maravillosa sonrisa. Todos me querían.

–Naturalmente.

–Naturalmente. Con mi cháchara, siempre conseguía que nos dejaran entrar. El propietario solía ser un caballero respetable y de mediana edad, y Sarita coqueteaba un poco con él, y luego decía: «Señor, enséñeme un billete de mil pesos que haya pasado por la palma de su mano y le leeré el futuro». Si el hombre era curioso y crédulo, e incluso un poco supersticioso, se sacaba el billete de la cartera y se lo daba. «Señor», decía Sarita, «una hermosa dama de piel morena le aguarda para amarle como siempre ha deseado que le amen, pero tendrá problemas si permite que un hombre de pelo claro entre en su casa primero. Grandes, grandes riquezas serán suyas antes de dos lunas».

–Muy original -murmuró Cecil secamente.

–¡Ah, pero funcionaba! Cuando Sarita ponía en marcha su música, el hombre se encontraba en las nubes, y cuando ella la apagaba, sentía como si se bajara de una alfombra mágica. A veces se olvidaba de su billete de mil pesos. Si se atrevía a pedir que se lo devolvieran, Sarita se enfadaba mucho, muchísimo. En medio de esa furia, se abría la blusa, sacaba un pecho hinchado de leche y se pellizcaba el pezón

como si fuera a mutilarse. ¿Y qué crees que ocurría a continuación?

Un tanto molesta, Cecil agitó la cabeza.

–¡Esto! – Pancho metió la mano en la jarra, y con el dedo y el pulgar salpicó expertamente un chorro de jugo sobre la mano de Cecil-. Una salpicadura de leche aterrizaba directamente sobre el billete. Comprendes, en aquella época, en Argentina, mil pesos eran mucho dinero.

«¡Qué porquerías estáis haciendo con mi dinero!», gritaba el encargado de la tienda o el peletero. «Señor, le he bendecido mil pesos. ¿Me los da o no?» Y siempre se los daban, pues nadie quería tocar el dinero manchado por su leche. Al principio yo estaba muy avergonzado. Veía el odio y el disgusto en la cara de esos hombres. Era algo sexual,

¿comprendes?

–¿Pero cómo podía hacerlo? ¿Es que siempre hacía de ama de cría?

–Casi siempre. Mi madre, que era la mayor, nació cuando Sarita sólo tenía catorce años. Después de eso, cada dos o tres años había un nuevo bebé.

–¡Qué persona tan horrible para educar a un niño!

–¡Sarita no era una persona horrible! Me cuidaba muy bien, me quería. Era yo el desagradecido… rehusé permanecer en su mundo.

–¿Dónde estaba tu madre todo ese tiempo?

–Era la mujer más guapa de todo Buenos Aires, una bailarina de flamenco llamada La Mariposa. Todos los hombres que la veían bailar se enamoraban de ella. Y yo igual, sólo que era mi madre, y yo creía que ella sólo me pertenecía a mí. Me enteré de lo equivocado que estaba cuando se escapó a París con un francés treinta años mayor que ella. Yo era apenas un muchacho, y nunca volví a verla.

Lo cierto es que no me dejó nada más que mi música.

–¿Esa es la razón por la que viniste a Francia? – preguntó dulcemente Cecil-. ¿Para encontrar a tu madre?

Pancho esbozó una sonrisa. Sus hermosos y nivelados dientes brillaron como ídolos ante su cara pintada.

–¿Entonces te ha gustado mi historia, querida*? ¿Te ha parecido lo suficientemente bohemia? ¿Es ésta la manera en que crees que viven los gitanos? ¿No te parece romántico y salvaje, perfecto para asustar a las pequeñas vírgenes vestidas de blanco de camino a su primera comunión?

–¡Oh, eres imposible! ¡Tan pronto eres encantador como un demonio!

–¿Entonces no te gusto?

–Puede que me gustes mucho. – A la vista de la maliciosa sonrisa de Pancho, Cecil añadió en seguida-, pero no confío en absoluto en ti. Nunca dices la verdad.

–A veces es mejor confiar en mentirosos y ladrones y estar en guardia contra los ciudadanos honestos.

La imagen de los Schomberg pasó por la mente de Cecil, pero Pancho no podía estar refiriéndose a aquellos sinvergüenzas en particular. No sabía nada de ellos. A pesar de su llamativo maquillaje, Pancho se mostraba ahora tan solemne como un juez. Ningún disfraz, comprendió Cecil, podría competir jamás con su extraordinaria habilidad para introducirse en cualquier personalidad que encajara con sus necesidades del momento.

–Y ahora, chica*, ¿quieres decirme qué es lo que te preocupa tanto?

Cecil vaciló, luego dijo:

–Quizás esta noche. Probablemente te hayas convertido en un sacerdote confesor, y entonces no tendré opción.

–No quiero ser un cura para ti. Se me ocurren otros papeles mucho más divertidos.

–Detesto destrozar tus esperanzas, pero voy a salir a tomar un poco el aire. Este aire tan cargado me marea un poco. – Naturalmente, Pancho sólo bromeaba, pero Cecil sentía algo casi eléctrico que los conectaba, y eso la

asustaba-. Si quieres te llamaré a medianoche, cuando acabes el último show.

- Hey, Jean-Luc, esta pelirroja tan sexy va a llamarnos a medianoche. ¿Eso no te sugiere algo? Sí, pero primero iremos a un restaurante, los tres juntos. ¡Jean-Luc dice que esta noche te librará del imbécil del gitano! Hasta entonces, debes prometerme algo.

–¿El qué?

–Tener mucho cuidado. Hay mucho criminal en estas calles, mala gente.

–Eres ya la segunda persona que me lo advierte. De todos modos, no debes preocuparte en absoluto -añadió Cecil solemnemente-. He decidido llevarme a tu amigo Jean-Luc para que me proteja de todos los chiflados y delincuentes.

Las palabras de Pancho resonaban en la mente de Cecil mientras se deslizaba por las calles tortuosas y entrelazadas del barrio antiguo. De nuevo le asombraba lo italiana que resultaba aquella ciudad. Si Burdeos le había parecido una ciudad cerrada, casi inglesa en su reserva, Niza era cien por cien Nápoles. De colores vivos, con la colada colgando ante casi todas las ventanas, y desde por la mañana hasta la puesta de sol verbosas matronas desplegaban recetas, enfermedades familiares y asuntos amorosos junto con sus ropas húmedas. Después de la aterciopelada y callada atmósfera del Negresco, el barrio antiguo le parecía a Cecil la verdadera vida.

Aquella fría tarde, las calles estaban anormalmente apagadas. Era lunes, y las persianas y puertas metálicas de las tiendas estaban cerradas; algunas escasas personas se aprestaban a luchar contra el viento. Cecil subió un corto tramo de escaleras, giró hacia una calle aún más estrecha y se dio cuenta de que estaba siguiendo a una dispersa jauría de perros. Trotaban delante de ella a paso vivo, como si se dirigieran a algún lugar en concreto dentro de un laberinto de plazas y calles tortuosas.

Cecil comenzaba a lamentar haber dado ese paseo en lugar de dirigirse directamente al hotel. No había mentido al decirle a Pancho que estaba mareada; lo que no había querido revelarle era que tenía una cita a las seis en el hotel. Pancho era celoso y posesivo, y cuanto menos supiera del asunto, mejor.

Iba siendo tarde y la luz invernal se desvanecía rápidamente. Apoyada contra la puerta cerrada de una tienda de pasta había dos jóvenes extremadamente delgados, con las caras en la sombra y las manos hundidas en las profundidades de sus bastos pantalones de faena.

Cecil oyó una llamada apagada y disimulada a medida que pasaba; dio un rápido giro que la llevó a otra plaza también vacía. Sólo había una salida, unos escalones de piedra que conducían a un túnel de negra oscuridad.

Cecil se dio cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Las calles estaban completamente desiertas, pero podía oír los ecos de unos zapatos golpeando contra el empedrado, unas voces lejanas y apagadas. Alrededor de ella había vida, ¿pero dónde? De pronto tuvo la impresión de que las pisadas estaban directamente detrás de ella, que se detenían cuando ella se detenía, que se movían cuando ella se movía. Lanzó una mirada aprensiva por encima de su hombro, pero sólo percibía los leprosos muros de un claustro de edificios. El miedo se apoderó de ella. ¿Por qué había llegado a imaginar que encontrarse en medio de un vecindario poblado de gente pobre la haría sentirse segura?

El largo brazo de los Schomberg llegaba a todos los rincones de Francia, incluso a los más humildes.

Ahora podía oír las pisadas claramente; quizás estaban media manzana detrás de ella, y moviéndose a su misma cadencia. En su mente, Cecil vio a una mujer: Edith-Ann, con su sombrero frisbee blanco y las gafas de plástico verde que ocultaban sus ojos fríos y rasgados. En una de sus manos enguantadas se veía algo afilado y puntiagudo que titilaba a la débil luz.

Cecil comenzó a correr, chocando con el manillar de una bicicleta aparcada contra una pared. Detrás de ella también corrían otros pies. A cada giro Cecil se encontraba en otra plaza y en otro tramo de escalones. Por encima del plano tejado de un edificio que había delante de ella, Cecil vio la cúpula iluminada de una iglesia. Sólo con que supiera qué dirección tomar, podría refugiarse allí. La iglesia estaría abierta para la función de la tarde; habría alguien dentro, un cura, un fiel, un mendigo intentando escapar del frío.

Cecil atisbo una figura no lejos de ella; no era Edith-Ann, sino un hombre, y cuando pasó bajo una farola, vio que era un tipo enorme, con el pelo grasiento y reluciente. Llevaba un sobretodo azul y una chaqueta gruesa y acolchada. Su aspecto era físicamente tan tremendo que Cecil se quedó helada de miedo. Se apretó contra el edificio, preparada para gritar. En nombre de Dios, ¿dónde estaban todos los transeúntes? Se hallaba en una ciudad muerta, la Venecia de una obra de misterio.

Cuando el hombre llegó a su altura, la agarró por los hombros y la empujó hacia atrás contra la jamba de una puerta. La mantuvo inmóvil entre sus dedos como tenazas, apretando su cuerpo contra el de ella. Cecil percibió un apestoso olor de ajo contra sus mejillas.

–¡Déjeme ir o gritaré!

En su terror, Cecil había olvidado su francés. Apenas podía pronunciar las palabras en inglés. El hombre le susurraba la misma palabra una y otra vez, pero Cecil no podía comprenderla.

-Je t'ai demandé, combien! Tout le temps, tu t'est tournee vers moi. Ne joue pas la comedie maintenant.

Finalmente, a través de la nube de miedo que ensombrecía su mente, Cecil se dio cuenta de lo que estaba diciendo.

–¿Me está preguntando que… cuánto? – comenzó a reír de manera incontrolable-. Cree que soy una… una chica de

la calle, ¿no es eso? Oh, eso es demasiado… divertido.

Perdóneme… no es de usted que me río…

El hombre le lanzó una terrible mirada durante otro instante, y luego, como el suelo abriéndose en un terremoto, su cara dejó asomar las líneas de una feroz sonrisa.

–¿Es usted inglesa? ¿Turista? Creí que… ah, sí, ¡es muy divertido!

Ahora él también estaba riéndose; soltó los hombros de Cecil para cubrirse la boca, que burbujeaba de alegría, y en aquel instante Cecil se dio la vuelta y corrió. Sus pies volaron por el empedrado. No se detuvo ni por un instante a comprobar si su gigantesco pretendiente la seguía. Todo el miedo de Cecil había retornado, y sólo podía pensar en aquellos dedos como morcillas hundiéndose en su carne.

Finalmente, su huida la condujo a una calle más ancha en la que había unas pocas tiendas y restaurantes abiertos.

Jadeaba, por lo que tuvo que detenerse a descansar. Un tanto mareada, se apoyó contra el tenderete de una verdulería hasta que consiguió controlar su respiración, y a continuación le pidió al bigotudo dueño de una tienda que le indicara el camino. Cinco minutos más tarde se encontraba en la pequeña y familiar calle de su hotel.

Cecil vio que eran las seis menos cuarto. Dentro de quince minutos tenía una cita con Serge. La había llamado al mediodía, e insistía en verla aquella tarde; todo el día Cecil había experimentado unos ambiguos sentimientos por lo que se refería a aquel encuentro, lo temía y deseaba al mismo tiempo. Y ahora, allí estaba, casi desmayada a causa de un estúpido incidente en la calle.

Cecil caminó rápidamente hacia la angosta entrada de su hotel cuando vio que alguien estaba de pie delante de ella, bloqueándole el paso. ¡Dios mío, Alan Mueller!

–¡Cecil!

El entrenador de tenis se dio la vuelta. Por una vez no sonreía; de hecho parecía fuera de sí de rabia, aunque Cecil

no podía imaginarse por qué motivo.

–¿Dónde ha estado todo este tiempo? – preguntó en tono acusador.

–Salí a dar un paseo. ¿Y usted que hace aquí?

–Vine a las tres para hablarle de algo importante.

Acababa de salir, y cuando intenté alcanzarla, se desvaneció en el aire.

–Bueno, aquí estoy -dijo Cecil irritada.

–Bueno. Vamos. – Alan le agarró fuertemente del brazo y tiró de ella para sacarla del hotel.

–¡Déjeme! ¡Me está haciendo daño!

–Lo siento. – Alan aflojó la presión, pero siguió arrastrándola hacia una de las oscuras callejas-. No ponga esa cara de preocupación, no la estoy secuestrando ni nada parecido. Sólo quiero que vayamos a tomar algo caliente.

Cecil se imaginó el enorme morado que se le estaba formando en el brazo derecho en aquellos momentos.

Primero Pancho actuando como un tonto, luego el maníaco del sobretodo persiguiéndola, y ahora Alan Mueller. Era demasiado para un día tan corto.

–¡Por qué no prueba antes a pedírmelo! No me gusta que me arrastren de esta manera, Alan. Y, además, a las seis tengo una cita en mi hotel. ¿Es para esto que me ha estado esperando toda la tarde… para hacer de Rambo y llevarme a tomar una copa?

–No tenía intención de hacerle daño. Sólo estoy frustrado porque me gusta usted muchísimo y nunca puedo encontrarla. Si no supiera que no es cierto, pensaría que intenta evitarme.

A la luz de la farola que había en la calle, Cecil vio cómo retornaba la sonrisa familiar de Mueller. Tuviera o no acento mediterráneo, el hombre parecía un enorme y amistoso pastor alemán; nunca había conocido a nadie tan canino. Ni que le fastidiara más. Puede que Cecil se equivocara desilusionándole de aquel modo; Alan poseía una cualidad de perro guardián que quizá llegara a resultarle muy útil.

–Muy bien, Alan, pero no puedo quedarme más de cinco minutos. Vayamos a ese bar a la vuelta de la esquina, no dispongo de más tiempo.

–De ninguna manera. No quiero sentarme en ese asfixiante lugar lleno de árabes. – El tono hosco de la voz de Alan asustó a Cecil. Sus labios retrocedieron dejando entrever sus grandes dientes en los que de pronto más pareció el gruñido de un lobo que la feliz mueca de un perro. Casi parecía siniestro-. Vamos a la plaza.

–Alan, no me está escuchando.

La paciencia de Cecil se estaba acabando. Frenó el paso, intentando hacerlo retroceder, pero él la arrastraba hacia el túnel de aquel callejón oscuro como la noche. Y lo que era más, Cecil estaba segura de que no se encaminaban hacia una calle principal, sino de regreso hacia la desierta zona del barrio antiguo.

Una figura emergió de otra estrecha calleja, y una voz indolente y burlona la llamó.

–Vaya, Cici, parece como si este individuo te llevara a alguna parte a la que no quieres ir. Si eso es cierto, entonces me veré obligado a intervenir en tu ayuda.

–¡Serge!

Cecil jamás se había alegrado tanto de ver a alguien.

Alan le soltó el brazo al instante, y se apartó de modo que su cara quedara parcialmente iluminada por el neón de un restaurante; la mirada de perro amistoso aparecía de nuevo en su cara, pero Cecil ya se había olvidado de él.

–No pongas esa cara de asombro, Cici -dijo Serge-.

Simplemente iba de camino a tu hotel, que según creo está al final de esta calle fría y lúgubre.

–Toda la tarde me he estado preguntando cómo me habías encontrado.

–Oh, soy bastante buen detective cuando me lo propongo. Llamé a nuestro amigo común a Moscú. – Hizo una pausa y lanzó una mirada sospechosa en dirección a Mueller-. No tenía ni la más ligera idea de dónde estabas,

pero me dio un número de Dallas, y allí hablé con una mujer de ascendientes hispanos que parece saber mucho de mí, y nada que sea particularmente bueno. Me costó mucho convencerla para que compartiera conmigo tu actual paradero.

–Me asombra que te tomaras tantas molestias. Por mí, quiero decir.

Serge se la quedó mirando con expresión burlona, y Cecil sintió como se ruborizaba de vergüenza.

–Cici, ¿no vas a presentarme a tu gigantesco amigo?

–Qué hay, muchacho. Soy Alan Mueller. – Alan alargó una enorme mano para que se la estrechara, colocando al mismo tiempo un brazo alrededor de los hombros de Cecil en señal de posesión-. Tiene razón, hace demasiado frío como para que Cecil esté aquí de pie, en la calle. Ella y yo tenemos algo muy importante que tratar, de modo que le sugiero que vuelva mañana.

–Al contrario, soy yo quien tiene una cita con Cecil -

replicó suavemente Serge-. Sea buen chico y esfúmese.

Cecil vio que Alan se ponía rígido, pero su tono era aún cordial cuando dijo:

–No he entendido su nombre.

–No se lo he dicho. Llámeme Serge, si quiere. Cici, ¿qué quieres hacer?

–Ir a algún lugar más caliente. – Perversamente, dejó el brazo de Mueller donde estaba-. No hay ninguna razón por la que no podamos ir los tres a tomar una copa juntos, ¿no os parece?

Viendo que no había manera de librarse de Serge, Alan Mueller fue en cabeza del pequeño grupo durante unos doscientos metros, a través de un laberinto de callejas, hasta llegar a los árboles y a las antiguas arcadas de piedra de la Place Garibaldi. En la entrada del vivamente iluminado Café de Turin, Alan se detuvo y le susurró a Cecil:

–¿No puede librarse de él? Tengo que hablarle a solas. Es importante.

Cecil se encogió de hombros; no veía razón para despachar ni a Alan ni a Serge. La verdad es que disfrutaba con la situación. Hacía calor en el café, y la parte del fondo estaba atestada. Por todas partes había gente ocupada en picotear de inmensas fuentes de mariscos; las voces llegaban como el rugido del mar.

–El servicio aquí es notoriamente lento -le dijo Serge a Alan con una sonrisa conciliadora-. Sea buen chico y vaya a pedir a la barra, ¿quiere?

–¿Por qué no va usted? Ha sido el último en llegar -gruñó Alan.

–¡Oh, por amor de Dios, deje de discutir y vaya! – dijo Cecil-. Y traiga también una botella de Evian. Me está entrando un dolor de cabeza terrible y necesito una aspirina.

Alan miró a Serge de modo beligerante, luego se levantó y se abrió paso a través del gentío hasta la barra que había en la sala contigua.

De inmediato Serge se inclinó hacia adelante y tomó la mano de Cecil.

–¿Me has echado de menos? No he hecho más que pensar en ti desde aquella noche en el Negresco.

–Eres el amante fantasma personificado, ¿no es eso? Una aparición y luego semanas, meses o años de abandono.

Pero, naturalmente, jamás dejas de amarme durante esas interminables ausencias.

–Cici, te debo una disculpa, pero éste no es el momento, no con ese pajarraco interrumpiendo a cada palabra. Sé que debería haberte llamado inmediatamente, pero la historia que me contaste era tan extravagante que necesitaba un poco de tiempo para acostumbrarme a ella.

–Así que por fin has decidido que te gusta como suena. –

Cecil retiró su mano, irritada.

–Sería difícil para mí seguir dudando en las circunstancias actuales. Querida, ¿no has leído los periódicos de hoy?

–Apenas les he echado un vistazo desde que llegué al Negresco. He tenido suficientes problemas personales como para preocuparme del resto del mundo. – Cecil detestaba el tono de autocompasión que había en su voz.

–Pobrecilla, lo has pasado terriblemente mal, pero te juro que todo ha terminado. A partir de ahora lo solucionaremos juntos.

–¿Lo solucionaremos juntos?

–Cici, una firma de abogados suizos ha puesto anuncios en todos los periódicos de Europa pidiendo que te pongas en contacto con ellos. Un periodista francés de Liberation metió la nariz en el asunto, y de algún modo descubrió que el anuncio se refería a la fortuna de los Schomberg y de que existía un heredero desaparecido. La historia está ocupando las primeras páginas de todo el mundo. Incluso Mica lo ha visto.

–Todo el mundo menos yo.

–Supuse que así sería. No te enteraste del accidente de los Schomberg, y eso que fue la noticia más importante en Francia. Escucha, tenemos muchas cosas de que hablar.

Despide a tu amigo para que podamos estar solos.

–Serge, estoy tan confusa. – La cabeza le daba vueltas; apenas distinguía los marcados y hermosos rasgos de Serge-. Edith-Ann Schomberg vino a verme al Negresco.

Quería obligarme a abortar. Dijo que no tenía ninguna opción, ya que Christine y Frederick no dejaron ninguna prueba escrita de que el bebé fuera suyo.

–O estaba mintiendo o no sabía nada de ese testamento en Suiza. Buen Dios, no lo hiciste, ¿verdad?

–¿El qué?

–Abortar.

–Tienes razón, muchacho. Es condenadamente difícil conseguir que te sirvan aquí. – Alan Mueller colocó encima de la mesa una bandeja que contenía tres tazas a rebosar de chocolate caliente y una botella de Evian. A continuación se dirigió a Serge-: Escucha, tío, seguro que Cecil tiene

hambre. ¿Qué me dices de darte un paseíto hasta la sección de pastelería y traer un par de croissants? Sólo está un par de metros más allá.

–No tengo hambre, Alan – le cortó Cecil rápidamente.

–Bueno, yo sí. ¿Qué me dices, Serge?

–Luego -fue la breve réplica.

–Por favor, no empecéis a discutir por algo tan estúpido como los croissants -dijo Cecil. Con una mano todavía temblorosa, cogió una de las tazas y tomó un poco de chocolate. ¡Se sentía tan extraña! Su mente daba vueltas con la información que Serge acababa de proporcionarle; necesitaba saber los detalles, y aun así no se veía capaz de reunir la energía suficiente como para librarse de Alan Mueller. Y además éste tenía razón, estaba hambrienta. En su estómago vacío, el chocolate le estaba sentando fatal. ¿O

ya se sentía así antes de entrar en aquel café lleno a rebosar y donde hacía un calor espantoso?

Cecil se volvió hacia Serge para pedirle que ordenara algo para comer, pero él y Alan estaban demasiado ocupados intercambiando insultos muy poco velados. Sus voces, observó indiferente Cecil, le llegaban de lejos, de muy lejos.

La situación era grotesca: ¡Serge y Alan peleando por una mujer que estaba embarazada de cinco meses! Serge y Alan, y Pancho. ¿Estaba alguno de ellos verdaderamente interesado en ella como persona? Todos sin excepción estaban obsesionados por el heredero de los Schomberg.

No, eso no era justo: el perseverante entrenador de tenis no había dado el menor indicio de haberse dado cuenta de su estado. Todavía se mantenía delgada, tanto que por fin podía comprender todas estas historias de bebés encontrados en los cuartos de baño de los dormitorios de los internados sin que nadie fuera capaz de decir cuál de las chicas había estado embarazada.

–Perdonadme -dijo, levantándose precipitadamente de la banqueta-. Vuelvo en seguida.

–Cecil, ¿te encuentras bien? – Iré contigo.

–Déjala sola, ¡no te ha pedido ayuda! – Al diablo contigo…

–¿No te das cuentas de que no quiere saber nada contigo?

Cecil escapó hacia el salón contiguo. Estaba igual de abarrotado e incluso hacía allí más calor, parecía incapaz de respirar. Se apoyó en la barra e intentó detener a un camarero para preguntarle dónde estaba el servicio, luego decidió que lo que necesitaba era aire fresco. Se abrió paso a codazos a través de la multitud y llegó a la puerta principal. El aire frío la golpeó brutalmente, como si hubiera entrado en la noche siberiana.

¿Qué le estaba ocurriendo? El dolor… Procedía de ninguna parte, y ya era como un cuchillo atravesando su abdomen y empujando hacia el lugar en donde el corazón golpeaba contra la jaula de sus huesos. Le dolía tanto que no podía moverse; se quedó de pie en la esquina de aquella calle oscura, balanceándose, temblando como una víctima de la malaria, sus piernas tan inútiles como miembros de goma.

–¿Necesita un taxi, señora?

El perfil del coche apenas era visible en la niebla. Sólo que aquella noche no había niebla en Niza, de eso estaba segura. ¿Era el velo que había delante de sus ojos lo que hacía que los árboles sin hojas de la Plaza Garibaldi quedaran enfocados brevemente, oscilaran y luego desaparecieran? Dio un paso vacilante en dirección a aquella voz sin cuerpo. Ninguno de sus sentidos funcionaba ahora, excepto el que le indicaba que estaba sufriendo un dolor atroz.

–Por favor -susurró-. Soy incapaz de abrir la puerta del coche.

–No debería salir sin abrigo en una noche así, señorita.

Vamos, sólo un paso más. Eso es, ya casi hemos llegado.

Cecil tropezó y cayó hacia adelante en el interior de la oscura caverna del coche. Cuando oyó que la puerta se cerraba detrás de ella, dejó que su cabeza se apoyara en la fría tersura del cristal de la ventanilla. Dejó caer sus párpados insoportablemente pesados sobre sus ojos embotados de dolor.

Antes de que un velo cubriera el último rincón de su mente, fue capaz de hacer una pregunta.

–¿Dónde… me… lleva?

Si el conductor se lo hubiera dicho, Cecil nunca lo hubiera oído. Estaba inconsciente.

Desde el primer momento de existencia, sus células poseen una especie de inteligencia propia. Algo en el propio blastocito había conocido, recordado. Incluso antes de eso, en el instante en que el esperma surcaba el túnel sin fin y caía dentro de un vacío, en el instante en que el óvulo era arrancado de su cálido y apretado refugio para que volara a través del espacio en un viaje solitario, ya había poseído una especie de ser, de continuidad.

La memoria celular se vuelve más débil a medida que es reemplazada por la más compleja y dominante memoria del cerebro. Los dos métodos de conocimiento todavía existen en aquel momento; sin embargo, y tanto el que va a menos como el que va a más, funcionan a niveles de prodigiosa eficacia. Ambos han llegado al apogeo de sus posibilidades debido al estímulo emocional de un terror total y absoluto.

En aquel instante, junto a su cuerpo, hay una espada o un clavo o una broqueta, un cuchillo de punta afilada o una aguja, algún instrumento de muerte. Esa cosa se mueve rápidamente: se clava, retrocede, se clava de nuevo. Cada estocada convulsiona y galvaniza su propio corazón como si ya hubiera sido apuñalado. Vibrando como cables de alta tensión, sus nervios hacen que el cuerpo se agite a izquierda y derecha, arriba y abajo, siempre una fracción de centímetro fuera del alcance de la cosa que quiere matarlo.