Madre de alquiler
Capítulo 29
El cordón umbilical rojo sangre y a listas lívidas y blancas es su único salvavidas y allí se aferra cuando la cosa le roza el pecho, junto al corazón. En un patético intento por hacerse más pequeño, acerca las rodillas a la barbilla. Todo su cuerpo está alerta, cada célula, cada músculo, cada nervio se tensan para escapar a aquello que lo ataca de manera tan inexorable.
Si el peligro está allí, y luego fuera, ella debe de saberlo también. Y aun así no hace nada. El cuerpo de ella no se mueve. Está tan inmóvil como la misma muerte.
Levanta un menudo pie y da una débil patada contra la pared. Ahora le suplica, le suplica que se despierte, le suplica que se mueva, suplica por su vida.
De todos modos, no va a haber piedad, pues la afilada punta se lanza una y otra vez contra el cuerpo de la mujer y apunta directamente hacia su boca abierta.
Capítulo 29
Cimiez, Niza
Tenía las manos y los tobillos atados por medio de correas de cuero, y un chorro de luz caliente le empapaba la cara. Estaba en una cárcel o en una comisaría; un hombre la torturaba. Sentía un dolor punzante en el vientre, como si la estuvieran apuñalando repetidamente, sólo que el dolor no procedía del exterior, sino del interior de su carne, cientos de diminutos cuchillos desgarrándole los vasos y los tejidos para alcanzarle la piel.
Gimió y abrió los ojos, parpadeó una vez, volvió a cerrarlos. A través de ranuras atisbaba los rizos en espiral de la oscura cabeza del hombre inclinado sobre su vientre desnudo. ¿Quién era? ¿La imagen de un sueño? ¿Su torturador?
Como si hubiera percibido que estaba despierta, el hombre alzó la cabeza y la miró a los ojos. Tenía unas cejas duras como alambres y espesas; unos ojos marrones y mates; una boca carnosa y arqueada de Cupido.
Le conozco, pensó Cecil, ¿pero quién es? ¿dónde estoy?
–No se mueva. Todo irá bien -la voz era confortadora, amable-. Vuelva a dormirse como una buena chica.
–El bebé me está dando patadas -dijo ella-. Me hace daño.
–Relájese. Pronto se sentirá mejor.
–Usted es el doctor López, no es cierto.
El doctor volvió la cabeza hacia su vientre. Cecil le oyó reírse entre dientes.
–Lo era cuando me fui de casa esta mañana. Al menos eso creía mi mujer.
Un grito rasgó la calma de la habitación; le siguió el lastimero gemido de un animal enfermo. ¿Era posible que aquellos terribles sonidos procedieran de su garganta?
–¿Qué ha ocurrido, Mademoiselle?
El doctor tocó la ardiente sien de Cecil con la frialdad de la palma de su mano.
–Es terrible, no puedo soportarlo. Por favor… deme algo.
Él se encontraba entre ella y la brillante luz; apenas podía verle la cara.
–¿Cómo he llegado aquí? ¿Porqué estoy atada de pies y manos?
–Por favor, intente volver a dormirse. – El doctor López se movió ligeramente, y Cecil vio que llevaba una bata blanca.
En una mano sostenía una jeringa con una aguja extremadamente larga. Ya había visto aquello antes, ¿pero dónde?
–¿Qué… qué está haciendo conmigo?
–Acabo de completar la prueba que le pedí que se hiciera en diciembre.
–¿Qué prueba? No lo recuerdo.
–¿Ve usted la pantalla? Es una imagen por ultrasonidos de su vientre. He penetrado en la pared uterina y he tomado una muestra de la sangre del bebé a través de la vena del cordón umbilical. Todo esto ha ocurrido mientras dormía. El laboratorio acaba de traer los resultados, y es
exactamente lo que yo sospechaba. Me veré obligado a practicarle una transfusión de emergencia, de nuevo a través del cordón umbilical. Siento tener que decirle que su bebé se halla en un estado de extrema gravedad.
–¿Es por eso que me encuentro tan… tan mal?
–Claro que eso tiene que ver, pero también está usted muy tensa. Mire, observe donde la estoy tocando… tiene el vientre tan duro como una pelota de fútbol. Tiene que relajarse.
–No puedo… estoy tan asustada…
–¡Oh, Mademoiselle Gutman! – Su exuberancia mediterránea parecía estar regresando en todo su esplendor-. ¡Sólo con que se hubiera hecho esta prueba en diciembre, tal como le recomendé! ¡Podríamos haber tenido una oportunidad de salvar al niño! ¡Qué lástima! ¡Qué terrible lástima!
–¿No me dirá que…?
–Haré todo lo que esté en mi mano, pero no puedo garantizarle los resultados. La situación es crítica, muy crítica.
–Doctor, he pasado un infierno por este niño. No puede…
dejarle morir.
–Sólo le queda confiar en mí. Relaje sus músculos, por favor. No es un método doloroso.
Cecil cerró los ojos y luego los abrió en un sobresalto cuando algo hurgó de nuevo en la pared de su estómago.
Tal como el doctor López había predicho, la aguja en realidad no le hizo daño -debía de haberle anestesiado la piel con algo- pero aun así no le gustaba esa sensación.
Observó la pantalla de ultrasonidos y ahogó otro grito. Ahí estaba el feto, una criatura pequeña y borrosa, pero perfectamente reconocible.
¿Qué hacía en aquellos momentos? Con una mano asida a un objeto delgado y luminoso, que Cecil imaginó era el cordón umbilical, ¡hacía cabriolas! Saltaba sobre un pie y se movía bruscamente a la derecha; saltaba sobre el otro y se
movía a la izquierda, todo el tiempo agitando la mano libre como para mantener el ritmo de su extraña danza. Era lo más extraordinario que Cecil había visto nunca. El bebé nunca parecía relajarse, ni por un instante abandonaba su baile casi ritual. Sólo que, naturalmente, no estaba bailando; se trataba de una ilusión óptica que a Cecil le producía esa impresión.
Incluso podía distinguir el confuso perfil de la cabeza del bebé. Si hubiera estado dotada de una visión con rayos X, ahora la estaría mirando a ella directamente. ¡Qué extraño!
Naturalmente ella sabía que sus ojos estaban cerrados del todo, y aunque no lo estuvieran, no era posible que su mirada se fijase fuera de la pantalla. No había manera de que el feto supiera que ella estaba observando en la pantalla su ballet febril y casi patético.
De pronto Cecil observó la aguja. Era poco más que un fino punto en el borde de la pantalla, pero aun así eso la estremecía. Sus ojos la engañaban de nuevo: el feto parecía coordinar sus agitados movimientos con los de la aguja, como si a toda costa intentara evitarla.
Cecil dejó que su cabeza cayera hacia atrás, sobre el plano reposacabezas. Quería seguir el consejo del doctor López y dormirse. Observar el constante parpadeo de las imágenes en blanco y negro la había dejado agotada. Sin embargo, una vez hubo cerrado los ojos de nuevo fue vencida por el dolor. No la había abandonado ni por un instante desde que sintiera por primera vez su punzante intensidad en aquel café atestado y caluroso. Y no podía pensar en nada más.
Había estado allí con… Dios mío: con Serge y Alan. Ahora lo recordaba; les había dejado en la Place Garibaldi sin la menor explicación. ¿Qué había hecho a continuación? Un taxi… sí, eso era. De algún modo había tenido suficiente presencia mental para decirle al conductor que la llevara a aquella clínica. Al menos había hecho algo bien. Si alguien
podía ayudarla era el doctor López. Era una de las pocas personas en el mundo que querían ver vivo al bebé.
–¡MALDITO SEA!
Las palabras fueron pronunciadas con una furia intensa y silbante. Los asombrados ojos de Cecil se abrieron. Sólo podía ver la cara del doctor, convulsa por la ira mientras permanecía doblado sobre ella, manipulando con la jeringa.
En la pantalla, el feto todavía proseguía con su baile tan poco natural, siempre girando una fracción de centímetro fuera del alcance de la aguja.
Debe de estar muy cansado, pensó Cecil en un arrebato de desesperación. No puede seguir así por mucho más tiempo, la aguja le alcanzará tarde o temprano. ¡No! Todo esto es sólo mi imaginación. Toda esta frenética actividad en la pantalla no es sino el resultado de movimientos torpes y al azar por parte del bebé.
En aquel momento, le sucedió a Cecil algo extraordinario y del todo inesperado. El miedo del bebé penetró en su propia corriente sanguínea, la inundó como si de pronto se derrumbara la puerta de una presa. A pesar de todo su dolor, su mente comenzó a funcionar de nuevo. Sus músculos se tensaron, dispuestos a actuar.
¿Por qué, se preguntó por primera vez, estaba en aquella pequeña sala -un vulgar consultorio- en lugar de una mesa de operaciones? ¿Y por qué el doctor López llevaba a cabo un peligroso procedimiento sin haber obtenido antes su permiso? Nadie le había dado nada para firmar al entrar; se encontraba demasiado mal para eso. Firmar… ¿Qué había dicho Edith-Ann Schomberg? «Le entregaré el cheque cuando haya firmado el permiso del médico.»
¿Era el doctor López el hombre a quien Edith-Ann la iba a llevar aquel fatídico día?
No, eso sería demasiada coincidencia, sólo que la última vez que había sufrido aquel dolor súbito y terrible, había sido el doctor López quien había aparecido mágicamente a su lado.
La cara del doctor todavía estaba marcada con lo que parecía una terrible furia, la ira de un hombre enfrascado en una prolongada y brutal lucha que estaba desesperado por vencer. Agarraba la jeringa como si fuera una pistola de calafatear, sus dedos aplastados ocultando completamente el fluido blanquecino que Cecil había observado antes en la jeringa.
De nuevo su mente se disparó. ¿No se suponía que la jeringa debía de estar vacía? ¿No le había dicho el doctor que era para sacar sangre del cordón umbilical? ¡Oh, aquello era estúpido! Se había quedado inconsciente varias veces. ¿Cómo podía tener la esperanza de seguir un método tan complicado? Y aun así, tenía derecho a saber exactamente qué estaba haciendo el doctor. Había dicho algo más, algo acerca de una transfusión directamente al cordón umbilical. Pero no era el cordón umbilical lo que parecía estar buscando con la afilada punta de su aguja, sino el feto. Casi, podía haber jurado en los momentos de mayor claridad mental, el corazón del mismo.
¿Qué había en la jeringa? ¿Qué era ese líquido blanquecino que el doctor López estaba tan determinado a inyectar dentro del cuerpo del bebé, en el interior de aquel punto menudo y parpadeante de la pantalla que con toda seguridad era su corazón?
–¡Ayuda! ¡Dios mío, que alguien me ayude!
El grito fue tan poderoso y estridente que la cabeza del doctor López se agitó con sobresalto y elevó sus ojos pardos, redondos por la sorpresa, hacia la cara de Cecil.
–¿Qué ocurre? ¿Vuelve a sentir dolor?
–Un calambre. Es horrible. ¡Ayúdeme, maldita sea, no se quede ahí! ¡No puedo soportarlo! ¡Haga algo!
Lenta y metódicamente, el doctor retiró la aguja de su vientre y se movió, de modo que él y su jeringa llena de líquido blanquecino quedaron sólo a unos centímetros del sudoroso ceño de Cecil.
–¿Dónde es el calambre? – preguntó acusadoramente.
–Aquí arriba, en el brazo y en el hombro derechos.
Sáqueme la correa, sólo un momento. ¡Rápido… o volveré a gritar si no lo hace!
Pero el doctor López no se movió. Su boca de Cupido parecía formar en cada comisura algo parecido a una sonrisa, sólo que Cecil sabía que no lo era. Sus ojos pardos eran de nuevo inexpresivos, y totalmente vacíos de alegría o de cualquier otra emoción.
El corazón de Cecil latía a gran velocidad; apenas podía respirar, tanto era su miedo. Estaba completamente indefensa. Tanto sus brazos como sus piernas estaban atadas a la mesa; nadie en el mundo sabía que estaba allí.
Su única arma era gritar, pero el instinto le decía que el doctor podía silenciar sus gritos con toda eficacia mediante el contenido de aquella jeringa de larga aguja que ahora estaba sólo a unos centímetros de su propio corazón.
–Por favor, ayúdeme, doctor -susurró Cecil. Puso voz de niña sumisa y asustada-. Por favor, le prometo que luego me callaré.
El doctor la estudió durante un minuto. Luego, farfullando algo, comenzó a deshacer la hebilla de la correa de cuero que le sujetaba el brazo derecho.
–Tengo que incorporarme, sólo un segundo -dijo Cecil tan sumisa como antes.
Meneando la cabeza con desaprobación, le soltó el otro brazo.
-Mademoiselle Gutman, no está siendo razonable, nada razonable. Me hace perder un tiempo precioso y está poniendo en peligro la vida de su hijo con su manera de comportarse. Me veo en la obligación de llamar a la enfermera y de suministrarle un sedante suave.
–¿Un sedante? – repitió Cecil, con la voz incontrolablemente vacilante. Se incorporó para frotarse el lugar de su supuesto calambre, y, oscilando hacia un lado, casi se cayó de la mesa. Su cabeza daba vueltas como un carrusel desbocado.
–Quédese aquí sin moverse. Vuelvo en seguida.
Todavía sin dejar de observar a Cecil, el doctor López colocó la jeringa cuidadosamente en el interior de una pequeña vitrina de cristal. Luego caminó lentamente hacia la puerta, lanzó una última mirada de desaprobación y salió.
Cecil no podía estar segura de si había cerrado la puerta con llave, pero el miedo la convenció de que así había sido.
Jadeando de dolor, se inclinó hacia adelante y desabrochó la primera de las hebillas que sujetaban sus tobillos.
Se hallaba sobre una alta mesa de reconocimiento, con una sábana a lo largo de su superficie metálica. La sala era más pequeña de lo que había imaginado; a excepción de la pequeña vitrina, una silla y el equipo ultrasónico, no había más muebles. Aquello también resultaba extraño. A partir de su experiencia en el hospital de Dallas, Cecil sabía que los médicos generalmente llamaban a un técnico especializado para que se encargara del escáner ultrasónico. El hecho de que el doctor López estuviera solo con ella en la diminuta habitación le resultaba cada vez más siniestro.
Por fin se había soltado las piernas. Las deslizó cuidadosamente a un lado de la mesa y las colocó en el peldaño superior de una pequeña escalera de tijera. De repente, trastabilló, y cayó de bruces. Extendió sus brazos para detener la caída, pero la cabeza golpeó dolorosamente contra la pared. Aturdida y muy asustada, permaneció donde se encontraba, temblando de vértigo.
A medida que su mente se aclaraba gradualmente, Cecil intentaba pensar qué hacer. En primer lugar, el problema de sus ropas: llevaba una bata corta y verde de hospital que se abría revelando su desnudez. No iba a ir muy lejos vestida así, ni aunque pudiera andar. Y debía andar, ya que oía un murmullo de voces en el exterior. Lo más probable es que el doctor López estuviera de regreso con la enfermera y el
«sedante suave».
En su desesperación, Cecil recorrió la habitación con la mirada para descubrir que había una segunda puerta acristalada detrás de ella. Todavía apoyándose en la pared para no caerse, dio unos pasos hacia adelante, rezando para que no estuviera cerrada. Cuando llegó a la misma aspiró profundamente varias veces y probó con el pomo.
Para su inmenso alivio, vio que no sólo se abría, sino que daba a un pasillo vacío.
Cecil abandonó su cuerda salvavidas, la pared, tropezó y dio un par de traspiés hasta llegar al vestíbulo. De pronto tuvo conciencia de que estaba descalza. Sin zapatos, sin ropa y medio muerta de dolor. Sus expectativas no eran muy halagüeñas.
El breve corredor comunicaba con otro más largo e igualmente vacío. La clínica era una tumba. ¿Dónde estaban los otros médicos, las enfermeras, los pacientes? ¿Qué día de la semana era? ¿Era un día de fiesta en Francia? El cerebro de Cecil rehusaba proporcionar información; era como si cada fragmento de su energía nerviosa estuviera movilizado para llevarla por aquel vestíbulo silencioso y de paredes blancas hacia la puerta que se abría al otro extremo. A medida que caminaba, otros dolores despertaban para sumarse al de su vientre… en su hombro
«acalambrado», en su cuello y en sus dos piernas. Otro minuto de agonía y llegaría a la puerta. ¡Escaleras!
¡Escaleras que llevaban al piso de abajo! ¿Cómo se las arreglaría para bajarlas?
Con un sollozo, se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo. Moviéndose lenta, muy lentamente, fue bajando sentada los escalones uno a uno. El viaje fue interminable, y lloraba silenciosamente ante lo desesperado de su situación. La escalera se hacía más oscura; al final fue incapaz de ver nada y colocó un pie desnudo para tocar las baldosas frías y planas. Toda aquella oscuridad sólo podía indicar que estaba en el sótano. Todavía deslizándose hacia adelante como un animal herido, chocó con un mueble y se
sirvió de él para erguirse. Tanteando con una mano encontró primero una lámpara y luego un interruptor.
La luz inundó el pasaje. Se encontraba en otro vestíbulo de paredes blancas, éste era largo y amplio. Una mesa de despacho y unas sillas se alineaban contra la pared. Y, milagro entre milagros, ¡sobre la mesa había un teléfono!
Cecil asió el auricular como si fuera a coger alas y volar. De inmediato, una metálica voz femenina preguntó:
–¿Qué número, por favor?
–Hotel des Lilas. No… no sé el número.
–¿Está en Niza?
–Sí.
–¿Dirección?
–Está en el barrio antiguo.
–¿De qué departamento llama?
–¿Qué… qué quiere decir?
–¿Quién es usted? – preguntó la voz impaciente-. Tengo que saber a quién cargarle la llamada.
–Mire, esto es una emergencia. El doctor López me ha pedido que le ponga urgentemente con alguien en el Hotel des Lilas, y usted pierde el tiempo preguntando a quién cargarle una llamada de un franco. ¡Marque ese número!
–Espere -dijo la chica malhumorada.
Cecil casi dejó caer el auricular de tanto como le temblaba la mano, y aun así se había quedado estupefacta de oír su voz, fría y sosegada y dando órdenes como si de hecho trabajara allí.
Un hombre le susurró algo al oído, y Cecil dio un respingo. Tardó varios segundos en darse cuenta de que el mensaje varias veces repetido procedía del instrumento que tenía en la mano.
–Aquí Hotel des Lilas. Diga. Aquí Hotel des Lilas…
–Por favor, debo hablar con Pancho Paso Real inmediatamente… no me haga esperar. Es una cuestión de vida o muerte.
–No sabe cuánto lo siento -dijo la voz lacónicamente-, Monsieur Paso Real no está aquí en este momento. ¿Desea hablar con otra persona?
–No, claro que no. ¿Dónde… dónde está? – Por primera vez le tembló la voz. Todavía estaba sola en aquel sótano extrañamente vacío, pero no por mucho tiempo. Esta era su única oportunidad de encontrar ayuda.
–Acaba de salir ahora mismo. Creo que fue al café de enfrente. ¿Quiere que le diga que la llame?
–No, escuche, soy su amiga Cecil, su amiga americana,
¿comprende? Estoy enferma. Necesito que venga a buscarme lo antes posible. Por favor, ¿puede ir a buscarle y decirle que se ponga?
–No puedo abandonar la recepción, señorita. Aquí no hay nadie más.
Cecil oyó los apagados sonidos de unas voces excitadas en el piso superior, de pasos presurosos. Habían descubierto su desaparición y la buscaban por toda la clínica. Sólo tenía un minuto o dos para convencer a aquel hombre de que la ayudara.
–Por favor, escuche atentamente. Tengo un dolor terrible.
Puede… puede que muera. ¿Me oye? Dígale a Pancho que venga a buscarme en seguida a… Dios mío, no recuerdo el nombre de este lugar. Mire, anote esto. Estoy en una clínica en algún lugar de Cimiez. El nombre del doctor es López.
Creo que es el director. Pancho le conoce; es el mismo doctor que nos recibió en el aeropuerto.
–Señorita, si está tan enferma, ¿por qué no se queda en esa clínica? Parece ser el mejor lugar para usted.
–¡Maldita sea, escuche lo que le digo! ¡Tengo que salir de aquí… esto es una emergencia, mi vida está en peligro! Si le da mi mensaje a Monsieur Paso Real en los próximos cinco minutos, le recompensaré generosamente cuando llegue al hotel.
Por primera vez, el hombre reaccionó. Había encontrado las palabras mágicas que primaban sobre cuestiones de
vida y muerte y sobre toda concebible emergencia que quedara en medio de ellas.
–Muy bien, lo haré por usted, señorita. Espero que no me echen.
–Dígale que me reuniré con él en la calle que hay frente al hospital. Que no se moleste en aparcar, estaré a punto para meterme en el coche en cuanto llegue, digamos dentro de quince minutos.
–Haré lo que pueda…
–Dese prisa, por favor. Tengo que estar viva para pagarle.
Con la sensación de haber jugado su mejor baza, Cecil colgó el auricular. Ahora sólo le quedaba hacer una cosa: encontrar un lugar en el que ocultarse y un camino para escapar.
Abrió la primera puerta que encontró y volvió a cerrarla rápidamente; de la oscuridad le había llegado una cacofonía de ruidos, arañazos y chirridos. El hedor había sido suficiente para adivinar que se encontraba en el laboratorio del hospital. En la segunda habitación en la que penetró no había nada a excepción de largas filas de armarios azules, pero ninguno de ellos era lo suficientemente ancho como para deslizarse dentro.
De pronto le llegaron unas voces procedentes del piso superior.
–Katia dice que en ningún momento se ha acercado a la puerta principal. Jojo cubre la salida de atrás, de modo que eso quiere decir que tiene que estar aquí dentro, en alguna parte.
–La mujer está mortalmente enferma y a punto de abortar. – Era ahora el doctor López, y sonaba como si se encontrara en lo alto de la escalera. Su voz reflejaba preocupación-. Puede que sufra alucinaciones a causa del dolor.
–¿Dice usted que es una psicótica o algo así? – Esta era una voz más áspera, de alguien mucho menos culto. Desde luego no la de un médico.
–No, se trata sólo de un estado temporal, pero se debe actuar con cautela. Cuando la encuentre, no preste atención a nada de lo que diga o haga… simplemente llévela a la sala de operaciones. Utilice la fuerza si fuera necesario.
Asumiré toda la responsabilidad de lo que ocurra. La anestesiaremos, y mañana ya no recordará nada.
Mañana o cualquier otro día, pensó amargamente Cecil.
Los pasos descendieron las escaleras; eran al menos dos.
Agradeciendo el encontrarse descalza, Cecil comenzó a correr. Pasó a toda prisa junto a las puertas cerradas como si fuera la mujer de Barbazul, temiendo y anhelando al mismo tiempo que alguna sellara su destino. A medida que el sonido de los pasos se intensificaba, Cecil abrió una de las puertas y se deslizó hacia el interior.
De nuevo la oscuridad era absoluta. Tanteando como una ciega, se movió alrededor de mesas, escritorios, vitrinas, cámaras, sillas, nunca se hubiera imaginado que en una habitación pudiera haber tantos muebles. Por fin, sus manos alargadas encontraron una puerta con un pomo. Con la esperanza de que fuera un armario en el que poder esconderse, intentó abrirlo. Lo hizo con facilidad.
El espacio al que accedió no era un armario, sino una habitación enorme, de techo alto y muy fría. Una débil luz se filtraba a través de dos ventanas parecidas a las que suele haber en los sótanos, cerca del techo. En medio de aquella baja temperatura, Cecil fue de nuevo consciente de su desnudez; tiró infructuosamente de las faldillas de su fina bata de hospital al tiempo que sus pies se posaban sobre unos azulejos de cerámica helados. ¿Puede que hubiera entrado en una zona de conservación frigorífica? No, no con ese olor tan desagradable a medicina que incluso cuando procuraba identificarlo, no hacía sino aumentar la angustia de Cecil.
Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la escasa luz, podía ver que había más vitrinas altas de cristal, además de varias mesas en medio de la habitación, todas
menos una vacías y brillando metálicamente a aquella media luz. En la última de ellas había un montón de ropa sucia cubierto por una sábana blanca. Cecil tuvo la esperanza de que en esa pila hubiera algo que pudiera utilizar para cubrirse; al menos podría envolverse en la sábana.
Con prisa por abandonar aquella extraña habitación, Cecil tiró de la sábana y lo que vio la hizo retroceder en un movimiento involuntario de repulsión y terror. Sobre la mesa yacía una estatua de esteatita lastimosamente descarnada y de un color entre gris y azul, una figura que antaño había sido una joven y hermosa muchacha.
Cecil cubrió su cuerpo medio congelado con aquella sábana. El olor que desprendía era tan mareante como el que había percibido al entrar en la habitación. El hedor de la muerte. Permanecería en su pelo y en su piel y en su alma durante semanas. Siempre y cuando llegara a vivir tanto tiempo.
Cecil empujó una de las mesas, haciéndola resbalar a lo largo del suelo. Se detuvo bruscamente contra la pared que había bajo una de las altas ventanas. Era casi de la altura adecuada para permitir escalarla; todo lo que tenía que hacer ahora era llegar a la ventana abierta y estaría camino de la libertad.
Levantó el pestillo de la vidriera y lo hizo oscilar hacia adentro. Había espacio suficiente para deslizarse. Tiró de su cuerpo hacia arriba, y echada a través del marco con los pies aún colgando, comenzó a pasar a través de la ventana.
En aquel momento ocurrió lo peor que podía haber sucedido. La puerta se abrió y las luces se encendieron. Dos hombres entraron en la habitación. Uno era un tipo grande, de cara roja y con una telaraña de venas en su bulbosa nariz. Llevaba suelas de goma y ropa de enfermero, y la expresión de su cara grande y aterronada era de disgusto.
Su compañero era un árabe delgado y nervioso.
–¿Quién demonios ha destapado el fiambre? – El hombre de la cara roja se volvió para mirar acusadoramente al pequeño árabe vestido con tejanos-. ¿Has venido antes aquí, Mohammed?
–¿Yo? – fue la respuesta de la voz aguda y de pronunciado acento-. Ya sabes que yo nunca toco un macchabée. Traen mala suerte.
–Alguien ha estado aquí con la señorita, eso es seguro. Yo mismo la traje aquí hace media hora y la cubrí, como se supone que debe estar cuando arriban los de pompas fúnebres. Algún pervertido la ha manoseado para sobarla. Y
no sólo eso, sino que ha tenido el descaro suficiente para irse y dejarla con el culo al aire.
–¡Eso es una locura! ¿Quién haría algo así?
–Te sorprenderías de lo que ocurre en estos lugares -dijo el hombre grande enigmáticamente-. De todos modos, lo que es seguro es que esa muchachita loca que se le ha escapado al jefe no está aquí. Debería faltarle un tornillo para esconderse en una habitación donde hay un fiambre.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta principal. Cecil estaba segura de que el árabe la vería, pero el hombrecillo comenzó a estudiar sus propios dedos manchados de hollín desde todos los ángulos posibles, como si se obligara a alejar la mirada del cadáver que había en la mesa.
–Deberías lavarte las manos antes de entrar aquí -dijo el hombre de la cara roja regresando con una sábana en una mano y una Coca-Cola en la otra. Lanzó la sábana descuidadamente sobre el cadáver y luego se llevó la botella a los labios.
–¿Para qué? – gimió el árabe-. Ya te he dicho que jamás toco nada en lugares como éste.
–Mohammed, te conozco mejor que tú mismo. Vamos, voy a cerrar con llave. Para alejarte de la tentación.
Apagó la luz y los dos abandonaron la habitación, cerrando la puerta tras ellos. Echada en medio de la ventana abierta, Cecil estaba tan en silencio como el cuerpo
amortajado que había debajo de ella. El dolor y el frío conspiraban para dejarla inconsciente. Ahora gemía, ligeramente alterada, y murmuraba un nombre masculino en voz demasiado baja para descifrarlo. Finalmente recuperó sus sentidos lo suficiente para moverse.
Lentamente comenzó a salir del angosto espacio entre la cristalera abierta y el marco de la ventana. Centímetro a centímetro se fue deslizando, hasta que de pronto se encontró rodando hacia el pequeño jardín que había debajo.
Se quedó donde había caído, medio delirando. Parecía ser poco más que una franja de hierba separada de la calle por un pequeño seto. Podía oír voces a su alrededor, y de vez en cuando un misterioso gruñido. Estaba ciertamente fuera del edificio, aunque no fuera del peligro. Aun en el caso de que llegara un coche a aquella calle residencial,
¿quién se detendría para recoger una criatura de aspecto salvaje que llevaba una sábana desgarrada y manchada y que desprendía el fétido olor de la muerte?
Hiciera lo que hiciera, decidió Cecil extenuada, debía ser ahora. Se puso en pie lentamente, vio una abertura en el seto, y, reuniendo todo su valor, la atravesó. Apenas había alcanzado la acera cuando una pesada mano la agarró del hombro.
–Señorita Gutman, esta noche sí que nos ha puesto a prueba. Estoy seguro que estará de acuerdo conmigo en que ya es hora de regresar.
Cecil se volvió y se encontró cara a cara con el doctor López. Esta vez su boca de Cupido mostraba una sonrisa franca y feliz; Cecil pensó que no había visto nada tan aterrador como aquellas curvas sonrosadas que se elevaban de manera siniestra. Había dos hombres más con el doctor; uno de ellos procuraba controlar sin éxito un pastor alemán que no dejaba de gruñir y al que llevaba atado con una breve correa. Al ver el hocico babeante del perro, el cuerpo de Cecil se derrumbó. El más grande de los dos hombres la agarró antes de que cayera sobre la acera.
Al menos tendrán que volver a llevarme a la clínica, se dijo Cecil. Y si éste es el último acto voluntario de mi vida, entonces tendré que ponérselo lo más difícil que pueda a estos cabrones.
- Buenas tardes, doctor López. Encantado de verle de nuevo. He venido a buscar a mi amiga Cecil.
Los ojos de Cecil se abrieron al oír aquella voz familiar.
Pancho estaba de pie en la acera, justo delante del pequeño grupo, sonriendo educadamente a todos los que se encontraban allí, como si fueran buenos y viejos amigos. Al acabar su saludo se volvió hacia Cecil. Su expresión era la de un sátiro alborotado que acaba de aparecérsele a la ninfa durmiente del bosque.
– ¡Querida*! El coche está al final de la calle, y Jean-Luc nos espera dentro ¿Estás lista para irte?
Con un último asomo de valor, Cecil se desembarazó del asistente y se puso en pie.
–Sí, el doctor López me ha dado de alta, y todos estábamos aquí fuera esperándote. ¿Apuesto a que Jean-Luc ha traído su arma?
Pancho dibujó una amplia sonrisa.
–Ya sabes lo violento e incontrolable que es Jean-Luc. Le dije que dejara la pistola en casa, pero no me ha hecho caso. La lleva en el coche.
–¿ Mademoiselle Gutman? – llamó el doctor con una voz de rabia apenas controlada-. ¿Tiene la menor idea de lo que está haciendo?
–Sí, doctor López, es asombroso lo claro que lo estoy viendo todo ahora.
–Bueno, desde mi posición, parece como si fuera usted…
¿cuál es esa expresión que suelen utilizar?… a salir de Guatemala para caer en Guatepeor.
–No quiero oír nada más -le cortó Cecil.
Agarrando el brazo de Pancho para apoyarse y con la apestosa sábana alrededor de su cuerpo, comenzó el largo paseo acera abajo hasta llegar al coche. Estaba aparcado a
la sombra de un enorme pino, y cualquier ocupante que pudiera haber dentro resultaba invisible desde la posición del doctor López.
–Ya casi hemos llegado, querida* -le susurró Pancho para darle ánimos-. Lo has hecho muy bien. No mires atrás para nada; sigue adelante.
A cada paso, Cecil esperaba que los hombres y el perro les persiguieran, pero nada ocurrió. La noche se volvió repentinamente silenciosa. Ni una hoja se movía en el aire helado; no había nadie en las calles, ni coches, ni gente, nada. De pronto resonó de nuevo la voz del doctor López, y Cecil se arrojó en los brazos de Pancho aterrorizada y sorprendida. El doctor, sin embargo, no se había movido de su lugar junto al seto. Había recuperado su compostura, y su tono era de desdén.
–Ya que tan poco le importa la salud de su hijo, me lavo las manos, Mademoiselle. No se moleste en regresar. Me oye, Mademoiselle Gutman, no importa qué horror, qué catástrofe le ocurra, ¡no ponga más los pies en esta clínica!
–No se preocupe por mí, doctor López. Ni aunque un camión de diez toneladas me atropellara delante de su puerta volvería a este hospital.
Luego, con toda la dignidad de que fue capaz, todavía descalza y temblando de manera incontrolable, Cecil subió a aquel coche oscuro.
Fue sólo más tarde, cuando el viejo Renault se deslizaba colina de Cimiez abajo, hacia la autopista, con Pancho asido al volante, el rostro crispado en una dura e indescifrable expresión que Cecil comenzó a oír realmente las palabras del doctor. «Salir de Guatemala para ir a Guatepeor», «no importa qué horror, qué catástrofe le ocurra…».
¿De qué horror, Dios mío, de qué horror estaba hablando aquel charlatán? ¿Y dónde la llevaba Pancho? ¿Qué iba a ocurrirle ahora?
Y lo más importante de todo, ¿tendría fuerzas suficientes para seguir luchando hasta junio, la fecha prevista para el