Madre de alquiler
Capítulo 31
–¿Qué es exactamente? – preguntó prudente. Oraga cacareó de nuevo.
–Estofado gitano de gato. Lo prepararé especialmente para ti.
Capítulo 31
Cercanías de Grasse
Era noche cerrada cuando oyó la llave en la cerradura. La alfombra de nieve se había derretido en el jardín; la primavera les rodeaba por todas partes; sin embargo, en la pequeña casa aún hacía frío, un frío intenso que helaba los huesos y que nacía de la soledad, la preocupación y la sospecha.
Llegó de puntillas hasta la habitación, deteniéndose frente a la ventana, al pie de la cama. Perfilado contra la luna roja, parecía un íncubo inmóvil, un diablo.
–Pancho, ¿estoy prisionera de esta casa? – La pregunta, que ella pretendía que sonara indignada, fue como el interrogante de un niño asustado.
–¡Oh, qué despierta estás esta noche! ¡Y qué hermosa!
–No me tomes el pelo. Te he hecho una pregunta en serio.
–Pero si no te tomo el pelo. Extendido así encima de la cama, tu pelo es como una gran explosión de fuegos artificiales. ¿Pretendes seducirme con tus cabellos despeinados?
Las palabras de Pancho evocaban sentimientos confusos y contradictorios en Cecil; para ocultar sus emociones, fingió aún más cólera de la que sentía.
–Pancho, no me calmarás tan fácilmente. Hace horas que estoy despierta, esperando que llegues.
–¿De verdad? Me halagas. – De manera casi mágica, ahora estaba al lado de la cama. Colocó una de sus manos ardientes sobre el hombro desnudo de Cecil-. Pero si estás temblando. Espera, encenderé el fuego.
La pequeña habitación, que hacía sólo un instante le pareciera a Cecil fría y temible, se transformó de pronto en un lugar maravilloso y estremecedor en el que deseaba permanecer para siempre. La voz baja y musical de Pancho, el tacto eléctrico de sus dedos sobre su carne desnuda, la habían hipnotizado. Dentro de un minuto comenzaría a contarle algún cuento fantástico, o se transformaría en otra persona, y ella se olvidaría de todas las preguntas que la habían obsesionado. ¿Y no era eso exactamente lo que él intentaba? Con un increíble esfuerzo de voluntad, Cecil desechó todos los románticos arrebatos de emoción y anhelo físico que la habían invadido durante los últimos minutos.
–No, quédate aquí, Pancho. Quiero hablar contigo. Estoy muy asustada. Esta tarde intenté ir a dar un paseo y Oraga me lo impidió.
–¡Pobre Cecil! ¡Atacada por Oraga!
Ella sonrió a pesar de sí misma.
–¡No quiero decir físicamente, idiota! Oraga no hizo nada de eso. Pero a su manera, me dijo que me estaba prohibido dejar la casa sin tu permiso. Puso mucho énfasis en eso.
Dijo que si desobedecía esas, digamos, «órdenes» podrías desaparecer inmediatamente de mi vida. ¿Supongo que podrás explicarme qué quiere decir eso?
La boca de Pancho se abrió en una mueca maliciosa.
Parecía inusualmente complacido consigo mismo, y a medida que la luz rojiza de la luna se reflejaba en sus dientes, Cecil pensaba que a lo que más se parecían era a una reluciente exhibición de armas.
– Golondrina*, me ha costado mucho encontrarte un lugar en el que tenerte a salvo. Deberías quedarte aquí hasta finales de mayo. Después podrás irte donde quieras, hacer lo que gustes.
–¡Por amor de Dios, debería poder pasear por el bosque o ir al pueblo a tomar una taza de café sin que se convirtiera en un incidente de la mayor importancia! ¡Nadie en este
recóndito lugar ha oído hablar de mí, ni de los Schomberg, si a eso te refieres!
–¡NO! – la palabra le llegó con tal brutalidad que Cecil se apartó de la mano de Pancho con terror y sorpresa-. ¡Es estúpido que digas algo así! ¡Es estúpido creer que puedes ir a cualquier parte y pasar desapercibida! Mañana te traeré un aparato de televisión para que puedas ver por ti misma qué clase de publicidad te están dando. Hay gente buscándote por toda Francia e Italia, por toda Europa: policías, periodistas, abogados, locos, todos compitiendo por ponerte las manos encima para sus propios propósitos.
–¿Por qué… por qué no me lo dijiste antes?
–Porque estabas enferma y no quería preocuparte.
Querida*, no eres una persona de aspecto corriente. Si fueras al pueblo te reconocerían al instante. Tendrás que quedarte aquí, tal como te he dicho, hasta que nazca el bebé.
–¡Bueno, pues no puedo y no lo haré! – la voz de Cecil había adquirido las inflexiones de un niño malhumorado-.
Voy a volverme loca de tanto ver a Oraga trajinando por la cocina con sus hierbas y sus hediondos brebajes. Hoy ha puesto sangre de pollo en el suelo, alrededor del muro de piedra, presumiblemente para mantener al phurdini fuera y a mí dentro. Sólo que ha perdido el tiempo, porque mañana por la mañana voy a cruzar esa verja antes incluso de que ninguno de vosotros dos se haya levantado de la cama.
–¿Es a causa de tu amigo que quieres ir al pueblo? ¿Es tan importante oír su voz que arriesgarías tu vida y la del bebé?
–¿Por casualidad te refieres a Serge Vlady? – preguntó fríamente Cecil.
–Ah, sí, el despiadado pero todavía tan deseable Serge.
–Será mejor que no le metas en esta conversación.
–Si no quieres que hable de le beau Serge, entonces jamás debiste hablarme de cómo te abandonó.
–Eso fue un error de proporciones monumentales, como estoy observando. No merecías mi confianza. En cualquier caso, mis relaciones con Serge, pasadas y presentes, es algo que no te incumbe lo más mínimo.
–¡Entonces hablemos de algo que sí me concierne! Si vuelves a desobedecer mis órdenes e intentas dejar esta casa, entonces lo que Oraga dice será verdad. Te abandonaré. Te dejaré aquí para que des a luz a tu bebé sola… sin ningún médico ni nadie que te ayude.
Las crueles palabras de Pancho despertaron en ella un temor del que no había tenido conciencia hasta aquel instante. Había tenido una súbita y clara visión de sí misma yaciendo sobre el húmedo suelo, en medio del bosque. El viento aullaba; los pájaros piaban; y durante todo el rato un bebé se abría paso como podía a través de su cuerpo sacudido por el dolor. Incluso aunque el miedo retorcía su cuerpo, el orgullo de Cecil la hizo replicar a las palabras de Pancho.
–Será mejor que te metas una cosa en la cabeza. No tolero a los tiranos. Si éste es el tipo de relación que quieres establecer entre nosotros, la de soldado romano y esclavo medroso, ¡entonces no creo que tenga mucho futuro entre nosotros!
–¡Qué guapa estás toda enfadada! Querida*, sólo intento protegerte… no te lo tomes tan a pecho. – Cecil podía ver lo que ocurría justo ante sus ojos: Pancho recobraba su personaje de atractivo suplicante-. Mírate el vientre, es redondo como la Luna.
Pancho comenzó a canturrear algo que Cecil jamás había oído, y luego le oyó musitar en voz baja, confusos sonidos como los cantos de los monjes. «Andro, anro him olkes. Te e pera hin obles. Andro, anni him olkes.» Se detuvo de pronto y dijo:
–De ahora en adelante tú y yo sólo pensaremos en el bebé. Ahora mismo voy a tocar la pieza que he compuesto para ella.
–¿PARA ELLA?
–Naturalmente, este bebé es una niña.
–¿Y en qué te basas para esta asombrosa deducción?
–En el hecho de que ella y yo somos ya grandes amigos.
Ella adora mi música. Sabe que soy un genio.
Cecil meneó la cabeza exasperada. Sus discusiones con Pancho nunca llegaban a ninguna parte. Infinitamente confiado en sí mismo, arrastrado por su propia facilidad para contar historias, él siempre se salía con la suya, que era no decirle nada de lo que ella precisaba saber.
Pancho ya había sacado el bandoneón de su funda negra y ahora lo desplegaba con una sinuosidad argentina. Entre sus manos nudosas, el instrumento se movía como un animal salvaje, encogiéndose para ocultarse, y luego, cuando los fuelles se separaban, desplegándose en una agresiva muestra de valor. Cantaba como un felino, alternando un ronroneo de satisfacción con arrebatos de aullante furia. Cuando Pancho levantaba dramáticamente el instrumento por encima de su cabeza, toda la habitación se llenaba de sus ritmos primitivos y sensuales.
Cecil se echó hacia atrás y dejó que la música la condujera por el viaje que Pancho estaba creando. Estaba tan hermoso en aquel momento, tan moreno y de un aspecto tan salvaje a la roja luz de la Luna. ¿Y qué si él realmente la amaba? ¿Es que ella no sería capaz de romper el hechizo en que Serge la había mantenido durante casi dos años? Podría despertar de aquel terrible asunto amoroso al igual que de una pesadilla. En el club de Niza, Pancho había dicho que la amaba, pero estaba bromeando.
Ella nunca se había tomado sus palabras en serio. Sólo que… ¿y si era verdad? ¿Podía Cecil amar a un hombre del que no sabía nada, un hombre que, por muy atractivo que fuese físicamente, a veces literalmente la aterraba? Por segunda vez en aquella noche, Cecil se obligó a apartar de sí aquellos estúpidos pensamientos románticos. Lo cierto era que a la hora de elegir a un hombre siempre se
equivocaba: Serge, Sam, y ahora Pancho. ¿Cuál era la diferencia entre ellos?
–¿Cómo se llama la pieza que has compuesto para el bebé? – dijo por encima de la música de Pancho.
–¡La mariposa! – gritó él.
La mariposa: su madre, la hermosa bailarina de flamenco de Montevideo. Sin saber por qué, Cecil volvió a enfadarse.
–Encontraste esta casa para el bebé, ¿verdad Pancho?
¿Es al bebé a quien quieres, no a mí?
La música se detuvo a mitad de un acorde, y el silencio que siguió fue estremecedor. Pancho se puso en pie con el bandoneón ahora mudo y abierto sobre sus rodillas. Parecía atónito, como una persona golpeada por un dardo de virulento veneno. Cuando su voz le llegó a Cecil, sin embargo, era como siempre, tranquila y apaciguadora.
–Escucha la música, querida*, no sabes lo que estás diciendo. No estés celosa de una niña pequeña y que aún no ha nacido. Te lo prometo, toco esta canción sólo para nosotros. Tú y yo… y tu bebé.
Ella sólo puede oír sus voces por encima del silbido de la respiración de la mujer y del constante latir de su corazón.
La voz de esa mujer resuena a su alrededor. El hombre es como un lejano rumor de agua.
Él ríe de pronto, un estallido que literalmente la hace dar un respingo de la sorpresa. Buscando un paliativo a su alarma, mueve el pulgar hasta su boca y comienza a chuparlo. La voz de la mujer sube y baja de volumen antes de desvanecerse finalmente en el silencio.
¡Y luego aquello comienza!
Ella da otro respingo, pero esta vez de alegría. Es lo que más le gusta en el mundo, más que el latido del corazón de la mujer o el eco de su voz, más que sus propios pataleos o sus saltos mortales o que el chuparse el pulgar, tan dulce y redondo.
Es un sonido maravilloso, delirante, continuo, lleno de todos los otros sonidos que ha oído, la cadencia del corazón,